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La batalla por el mar que trasciende la Ley Lafkenche

La discusión sobre el futuro del borde costero chileno volvió al centro de la agenda política tras la Cuenta Pública del Presidente José Antonio Kast. El anuncio de eventuales modificaciones a la Ley Indígena y el avance de conversaciones para reformar la Ley Lafkenche han generado inquietud en comunidades indígenas desde Atacama hasta Los Lagos, que observan con preocupación cómo el debate público se ha concentrado en cuestionar mecanismos de protección territorial sin considerar la experiencia acumulada en los territorios donde ya operan los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO).

La controversia se intensificó luego de la visita del subsecretario de Pesca, Osvaldo Urrutia, a Puerto Montt, donde participó en el taller “Diálogo por el futuro del borde costero”. Allí se adelantó que los cambios en estudio podrían abordar aspectos como las solicitudes de ECMPO, la proporcionalidad de las áreas y los criterios para acreditar el uso consuetudinario. Sin embargo, desde distintas comunidades sostienen que la conversación se está desarrollando desde una lógica administrativa y productiva que deja fuera dimensiones culturales, ambientales y sociales fundamentales.

En medio de un escenario marcado por la presión sobre los recursos naturales y la creciente demanda por espacios costeros, dirigentes indígenas insisten en aclarar uno de los puntos que consideran más distorsionados en la discusión pública: los ECMPO no representan privatización del mar ni exclusión de otros usuarios. Desde Carelmapu, la Comunidad Indígena Encura Mapu asegura que estos instrumentos han permitido generar modelos de gobernanza compartida donde conviven la pesca artesanal, actividades productivas y la conservación de los ecosistemas.

“Se ha instalado la idea de que los ECMPO privatizan el mar o frenan el desarrollo, y eso ha generado temor y desinformación en muchos territorios, dificultando el diálogo. Pero nuestra experiencia demuestra todo lo contrario: la gobernanza comunitaria puede convivir con actividades productivas y aportar a modelos de desarrollo más sostenibles, donde exista equilibrio entre economía, ecosistemas y comunidades”, señala José Alberto Molina Hueichán, líder de la Comunidad Indígena Encura Mapu.

Más al sur, en los territorios australes de la Patagonia, la discusión adquiere una dimensión aún más profunda. Para las comunidades Kawésqar, el mar no es únicamente un espacio económico, sino una parte esencial de su historia, identidad y memoria colectiva. “Para nuestra comunidad Kawésqar el mar no es un recurso separado de nuestra vida o nuestra cultura. Es parte de nuestra memoria, de nuestra forma de habitar el territorio y de nuestra identidad. Por eso cuando defendemos estos espacios no lo hacemos desde una discusión técnica o económica, sino desde la experiencia de quienes han vivido históricamente vinculados al mar. La protección territorial no puede quedar subordinada únicamente a intereses industriales”, afirma Leticia Caro, representante de la comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar.

Las organizaciones indígenas coinciden en que el debate sobre la Ley Lafkenche trasciende una discusión legal. En regiones como Aysén y La Araucanía, advierten que la conversación pública se ha polarizado y que temas como la protección de ecosistemas, la crisis climática y la participación de las comunidades en la toma de decisiones han quedado relegados. En ese contexto, el llamado es a construir una mirada de largo plazo que permita compatibilizar desarrollo económico, conservación ambiental y derechos territoriales. Como resume Andrea Soledad Reuca Neculman, representante de la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar, “Lo que está en discusión no es solo una ley. Lo que está en juego es cómo Chile decide relacionarse con el mar, con los territorios y con las comunidades que históricamente los han cuidado”.

Ciencia made in Chile busca revolucionar las baterías de litio

La promesa de una tecnología más limpia y eficiente depende, en gran medida, de algo que la mayoría de las personas lleva todos los días en el bolsillo: las baterías de ion-litio. Desde smartphones y computadores hasta vehículos eléctricos, estos dispositivos se han convertido en la columna vertebral de la transición energética. Sin embargo, uno de sus principales problemas sigue siendo el mismo: con el tiempo pierden capacidad, se degradan y almacenan cada vez menos energía.

En ese escenario, un equipo de investigadores de la Universidad de Santiago de Chile está trabajando en una solución que podría cambiar las reglas del juego. El doctor Rudy Martín, académico de la Facultad de Química y Biología de la Usach, lidera un proyecto Fondecyt Regular que busca desarrollar materiales capaces de aumentar la capacidad de almacenamiento y mejorar la estabilidad de las baterías de ion-litio, permitiendo que duren más tiempo sin sacrificar rendimiento.

La investigación pone el foco en uno de los componentes más importantes de una batería: el ánodo. Actualmente, este elemento está fabricado principalmente con grafito, un material confiable pero limitado en términos de capacidad energética. El silicio aparece como una alternativa altamente atractiva porque puede almacenar hasta diez veces más energía que el carbono. El problema es que, durante los ciclos de carga y descarga, su estructura se expande y contrae de manera extrema, provocando un rápido deterioro.

“Las baterías tienen varias partes: un ánodo, un cátodo, una membrana y un electrolito. Cada componente es imprescindible y en el caso del ánodo porque es donde se almacena la energía una vez que se carga la batería. Hoy ese ánodo es de carbono, pero hay un material mucho más prometedor, que es el silicio, porque puede almacenar mucha más energía por unidad de masa. El problema es que, cuando el litio forma aleación con el silicio durante la carga, este cambia mucho su volumen, se expande y eso hace que el material se deteriore”, menciona el académico Martín.

Para enfrentar este desafío, el equipo desarrollará un innovador polímero que actuará como un aglutinante, una especie de pegamento inteligente encargado de mantener unidos los materiales activos del ánodo. La apuesta es que este material tenga la capacidad de autorrepararse frente al desgaste provocado por cientos o incluso miles de ciclos de carga. “Todas las baterías tienen un polímero, que corresponde a entre un 5% y un 10% de su masa total, que se llama aglutinante, este actúa como un pegamento, ya que mantiene unidos los materiales activos del electrodo (donde se almacena la energía), que en realidad son partículas, fijándolos a un conductor electrónico. Para que funcione bien, este material tiene que ser capaz de auto-repararse con los sucesivos ciclos de carga y descarga, y que pueda ciclar de cien a mil veces sin perder tanta capacidad”, explica el Dr. Rudy Martín.

Durante los próximos cuatro años, los investigadores construirán y probarán baterías experimentales para evaluar el comportamiento de estos nuevos materiales en condiciones reales. Más allá del laboratorio, el proyecto también busca una aplicación concreta en la industria. A diferencia de otras propuestas tecnológicas que requieren procesos costosos o materiales difíciles de escalar, esta solución podría incorporarse a las cadenas de producción actuales sin aumentar significativamente los costos. En un mundo cada vez más dependiente de la energía portátil y la electromovilidad, una batería capaz de almacenar más energía y resistir mejor el paso del tiempo podría convertirse en una de las piezas clave de la próxima generación tecnológica.

Calor, plástico y salud infantil bajo la lupa de la ciencia chilena

El plástico está en prácticamente todos los rincones de la vida cotidiana. Desde envases y botellas hasta juguetes y utensilios para bebés, su presencia parece inevitable. Sin embargo, mientras la ciencia continúa descubriendo los efectos que algunos de sus componentes pueden tener sobre la salud humana, una nueva investigación chilena busca responder una pregunta que preocupa especialmente a madres, padres y cuidadores: ¿qué ocurre realmente cuando una mamadera se expone al calor de forma repetida?

Ese es el desafío que lidera el doctor Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, quien encabeza un proyecto Fondecyt Regular orientado a estudiar la migración de compuestos químicos desde distintos tipos de plásticos hacia la leche o el agua que consumen niños y niñas. El estudio surge en un contexto donde el bisfenol A (BPA), uno de los disruptores endocrinos más conocidos, ya fue restringido en diversos países debido a sus posibles efectos sobre los sistemas inmunológico, neurológico y hormonal.

Aunque muchas mamaderas actuales se comercializan como libres de BPA, la comunidad científica todavía busca comprender qué sucede con otros compuestos presentes en los materiales plásticos. “Hoy en día, el punto es que no sabemos si al calentar una mamadera, incluso aquellas que se comercializan como libres de BPA, se pueden generar compuestos derivados del propio plástico que, con el tiempo, migren hacia el contenido nutricional, como la leche o el agua. En ese sentido, existe consenso en que la exposición a disruptores endocrinos presentes en productos plásticos podría afectar el desarrollo”, explica el Dr. Jaime Pizarro.

La investigación analizará cómo variables tan comunes como la temperatura, la exposición a la luz y el tiempo de uso pueden favorecer la liberación de sustancias químicas desde los plásticos. Se trata de un fenómeno poco estudiado de manera integral, pese a que forma parte de rutinas domésticas diarias. “Hasta la fecha no ha habido un estudio sistemático que aborde el efecto conjunto de factores como la temperatura, la luz y el tiempo de almacenamiento en una mamadera, especialmente considerando su uso cotidiano, como el calentamiento repetido a lo largo del día y su uso prolongado en el tiempo. Tampoco se ha evaluado con precisión su capacidad de generar compuestos que migren hacia la leche o el agua”, explica el investigador.

Para avanzar en estas respuestas, el equipo desarrollará sensores electroquímicos capaces de detectar sustancias como el nonilfenol y el ftalato de dibutilo, compuestos presentes en diferentes tipos de plásticos y que también son considerados potenciales disruptores endocrinos. La apuesta tecnológica busca ofrecer una alternativa más accesible y eficiente para monitorear la presencia de estas sustancias, validando posteriormente los resultados mediante técnicas cromatográficas de alta precisión.

Con una duración proyectada de cuatro años, el estudio no solo busca generar evidencia científica inédita en Chile, sino también abrir una conversación más amplia sobre el uso cotidiano del plástico en contextos sensibles como la alimentación infantil. “Si bien este tipo de investigación tiene un alto potencial de impacto, también es fundamental avanzar en la concientización sobre el uso de estos materiales. Hoy es difícil prescindir del plástico, pero sí es posible promover un uso más informado, especialmente en contextos sensibles como la alimentación infantil. Generar ese conocimiento y ponerlo a disposición de la sociedad es, finalmente, uno de los principales objetivos de este proyecto”, concluye el Dr. Jaime Pizarro.

Javiera Mena lleva al Movistar el álbum que marcó una generación

Hace dos décadas, cuando las redes sociales apenas comenzaban a moldear la cultura digital y la música independiente sobrevivía gracias al boca a boca, Javiera Mena lanzó un disco que terminaría convirtiéndose en una pieza fundamental del pop latinoamericano. Hoy, veinte años después de la publicación de Esquemas Juveniles, la artista chilena anuncia el concierto más grande de su trayectoria: su primer show en solitario en el Movistar Arena, programado para el próximo 9 de diciembre.

La presentación no solo marca un nuevo hito para una de las figuras más influyentes de la música hispana contemporánea, sino que también funciona como una celebración de un álbum que redefinió las reglas del pop independiente en Chile. Publicado desde la autogestión y construido junto al productor Cristian Heyne, Esquemas Juveniles nació en una época donde los discos se vendían físicamente en espacios emblemáticos como Sonik o durante conciertos en el desaparecido Cine Arte Alameda. Desde ahí comenzó una historia que terminaría influyendo a toda una generación de artistas.

La dimensión simbólica del concierto no pasa desapercibida para la propia cantante. “Hacer un Movistar Arena sola con Esquemas Juveniles se siente como cerrar un círculo hermoso y gigante. Cuando yo compuse esas canciones, mi universo era diminuto y todo nacía desde un teclado Casio. Pensar que ese minimalismo hoy nos va a llevar a un escenario tan grande como el Movistar es muy fuerte”, reflexiona Javiera Mena sobre este momento clave de su carrera.

El espectáculo estará centrado en rescatar la esencia original del álbum, devolviendo al escenario canciones que marcaron una época para la música independiente chilena. Temas como Sol de Invierno o Al Siguiente Nivel volverán a sonar con el espíritu que los convirtió en himnos generacionales, pero acompañados de una puesta en escena de gran formato que promete combinar tecnología, visuales y una narrativa especialmente diseñada para la ocasión.

Más que un concierto retrospectivo, la artista plantea esta fecha como un recorrido por las distintas etapas de su universo creativo. “El concierto va a ser un viaje fluido. Vamos a pasar de mi pequeña pieza con mi computador a muchos universos diferentes, en donde exploraré desde la ternura de las baladas hasta la apertura de la electrónica. Mi carrera siempre ha sido transitar entre esos dos mundos: la melancolía y la pista de baile”, adelanta.

La cita también contará con invitados especiales y colaboraciones que buscan rendir homenaje a la escena independiente que acompañó el surgimiento de Javiera Mena durante los años 2000. En una industria cada vez más acelerada y dominada por tendencias efímeras, el regreso a Esquemas Juveniles aparece como una oportunidad para revisitar uno de los discos más influyentes del pop chileno y confirmar que algunas canciones, lejos de envejecer, siguen encontrando nuevas generaciones dispuestas a hacerlas propias.

El empleo para toda la vida pierde terreno entre los jóvenes

La idea de permanecer años en una misma empresa parece cada vez más lejana para la Generación Z. Mientras generaciones anteriores construían carreras profesionales a largo plazo dentro de una organización, los Centennials están optando por trayectorias mucho más dinámicas, impulsadas por la búsqueda de aprendizaje, desarrollo y experiencias alineadas con sus valores personales. Así lo revela el informe global “Generación Z en el mundo laboral: enfocados en el futuro, moviéndose rápidamente”, elaborado por Randstad a partir de una encuesta a 11.250 trabajadores y del análisis de más de 126 millones de ofertas de empleo en todo el mundo.

Los datos muestran una generación que no teme moverse. Uno de cada tres jóvenes de la Generación Z planea cambiar de trabajo durante el próximo año, una cifra que supera ampliamente a Millennials, Generación X y Baby Boomers. Al mismo tiempo, apenas un 11% de estos trabajadores visualiza permanecer indefinidamente en su empleo actual. Lejos de interpretarse como una falta de compromiso, la tendencia responde a una nueva forma de entender el desarrollo profesional, donde el crecimiento constante pesa más que la estabilidad tradicional.

La velocidad con la que los Centennials construyen sus carreras también queda reflejada en el tiempo promedio que permanecen en un puesto durante sus primeros años laborales. Según el estudio, la permanencia promedio alcanza apenas 1,1 años, muy por debajo de las generaciones anteriores. La principal razón detrás de estos cambios, excluyendo el salario, es la falta de oportunidades de desarrollo profesional, un factor que se ha convertido en una prioridad para quienes buscan construir una carrera con propósito y posibilidades reales de crecimiento.

“Los datos muestran que esta mayor movilidad laboral de la Generación Z plantea desafíos adicionales a las organizaciones a la hora de atraer y retener talento. Esta nueva realidad nos interpela para repensar cómo construimos trayectorias profesionales atractivas, con aprendizaje continuo y oportunidades de impacto real que satisfagan los deseos y necesidades de los trabajadores más jóvenes”, señaló Andrea Avila, CEO de Randstad para Argentina, Chile, Uruguay y México.

El fenómeno ocurre además en un contexto laboral complejo. El análisis de Randstad detectó una caída del 29% en las ofertas de empleo para cargos de nivel inicial desde enero de 2024, reduciendo las oportunidades para quienes recién ingresan al mercado laboral. Frente a este escenario, muchos jóvenes están diversificando sus estrategias: solo el 45% ocupa actualmente empleos tradicionales a tiempo completo y una parte importante busca complementar sus ingresos y experiencia mediante trabajos paralelos. Más de la mitad se encuentra activamente explorando nuevas oportunidades laborales.

“Si bien los Z ingresaron al mercado laboral en un contexto de cambios profundos y alta incertidumbre, confían en sus habilidades y tienen ambición de futuro. Frente a esta realidad, los empleadores pueden solo prejuzgar que la movilidad es producto de un menor nivel de compromiso y atenerse a una profundización de la escasez de talento, o, por el contrario, asimilar la necesidad de trabajar colaborativamente con esta generación para definir trayectorias profesionales inspiradoras y ámbitos laborales más alineados con sus expectativas. Retener a los jóvenes no se trata solo de ofrecer un salario competitivo, sino de crear entornos donde puedan ver su crecimiento, sentirse escuchados y alinear su trabajo con sus valores y propósito personales”, agregó Avila. En un mercado laboral cada vez más competitivo, la Generación Z parece tener claro que el trabajo ya no es solo una fuente de ingresos: también es una herramienta para construir identidad, propósito y futuro.

El hallazgo chileno que podría cambiar las cirugías de cáncer de mama

Durante años, la grasa mamaria fue vista como un simple “relleno” biológico alrededor de los tumores. Pero una investigación liderada por la doctora Lobos-González está cambiando esa idea y abriendo una nueva discusión dentro de la ciencia oncológica chilena. El foco ya no está solo en las células cancerígenas, sino también en cómo el propio tejido adiposo podría ayudar al cáncer de mama a expandirse, reaparecer e incluso generar metástasis años después de una cirugía aparentemente exitosa.

La clave de esta investigación está en la lactadherina, una proteína presente normalmente en la leche materna, pero que en pacientes con cáncer de mama aumenta de manera agresiva. Según explica el equipo científico, esta molécula tendría un rol importante en la progresión tumoral y en la capacidad del cáncer para diseminarse. “Estamos abriendo el camino a un área desconocida, pero que, de lograr comprender mejor estos adipocitos asociados al cáncer, podríamos impactar rápidamente en nuestras pacientes que sufren y se angustian por no saber qué se viene en su evolución clínica. Estamos peleando contra ese miedo con herramientas de biología celular y molecular”, señala la doctora Lobos-González.

Para enfrentar este fenómeno, las investigadoras desarrollaron LacApta, un aptámero —una especie de “capturador molecular”— diseñado para bloquear la lactadherina. La idea es que este biofármaco pueda utilizarse durante las cirugías de cáncer de mama para limpiar el tejido intervenido y evitar que queden rastros moleculares capaces de provocar futuras recurrencias. El proyecto apunta incluso a que las pacientes puedan continuar el tratamiento posteriormente, frenando células con potencial metastásico antes de que se expandan a órganos como pulmones o cerebro.

Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio tiene relación con los adipocitos asociados al cáncer. El equipo descubrió que las células tumorales son capaces de “reprogramar” las células grasas de la mama, transformándolas en estructuras que favorecen la propagación del cáncer. “Lo hemos visto in vitro; si a adipocitos les ponemos células tumorales mamarias cerca, o la secreción de estas células tumorales, el adipocito cambia, se adelgaza y alarga, secreta ácido palmítico y luego se queda tal cual, casi eterno”, explica la académica. Según la investigación, estas células modificadas podrían permanecer durante años en el tejido cicatricial después de una mastectomía.

El estudio también pone bajo la lupa un procedimiento ampliamente utilizado en reconstrucción mamaria: usar grasa de la propia paciente para reconstruir la mama tras la cirugía. El equipo científico sospecha que, si quedan adipocitos alterados en la zona operada, estas nuevas células grasas podrían volver a transformarse y generar un ambiente favorable para el regreso del cáncer. La hipótesis todavía está en desarrollo, pero ya abrió conversaciones con cirujanos y oncólogos respecto a posibles cambios futuros en protocolos médicos.

Con modelos celulares avanzados y pruebas en sistemas experimentales, la investigación chilena busca entender cómo el microentorno del cáncer influye en su agresividad. Y aunque todavía falta camino para trasladar estos hallazgos a tratamientos masivos, el proyecto ya está instalando una pregunta incómoda dentro de la medicina moderna: ¿qué pasa si el cáncer no desaparece del todo porque ciertas células del propio cuerpo siguen ayudándolo a sobrevivir en silencio?

La solución sustentable chilena contra el ruido industrial

El ruido constante de máquinas, motores y herramientas ya no es solo parte del paisaje industrial: también es un problema de salud. Mientras la Organización Mundial de la Salud recomienda no superar los 65 decibeles, en Chile la normativa permite hasta 85 durante jornadas laborales completas. En medio de ese escenario, un equipo de investigadores de la Universidad de Santiago desarrolló una solución que mezcla innovación acústica, reciclaje y diseño sustentable: un resonador acústico fabricado completamente con plástico reciclado.

La tecnología nació a partir de una necesidad concreta dentro de la empresa Desafío Ambiente, dedicada a la valorización de residuos plásticos. El funcionamiento permanente de sus máquinas generaba eco y altos niveles de ruido al interior de la planta, dificultando incluso conversaciones básicas entre trabajadores. Para enfrentar el problema, el Laboratorio LEMAA de la Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido de la Usach diseñó módulos acústicos de 60 por 60 centímetros que pueden instalarse en techos y muros, reduciendo significativamente la reverberación del sonido.

“Como laboratorio propusimos la configuración de este producto en base a una cobertura y un relleno. Decimos diseñar un módulo, próximo a las medidas estándar de un cielo americano, de 60 por 60 centímetros, para lo cual utilizamos la tecnología de inyección”, explicó Hugo Pérez, director de LEMAA e investigador del Centro CIMAC de la universidad. El proyecto se desarrolló junto a Plásticos JH y la empresa Desafío Ambiente, en una colaboración que permitió diseñar tanto la carcasa acústica como el material absorbente interior.

La instalación piloto se realizó el año pasado en la planta de reciclaje y los resultados fueron inmediatos. Según las mediciones acústicas realizadas junto a la empresa Sonoflex, la reverberación disminuyó de forma considerable, mejorando las condiciones de trabajo dentro del espacio industrial. “Los cambios han sido notorios, haciendo el ambiente mucho más confortable”, afirmó María José Vargas, cofundadora de Desafío Ambiente. Antes de implementar el sistema, mantener reuniones o incluso hablar por teléfono dentro de la planta era prácticamente imposible.

Más allá del impacto acústico, el proyecto también apunta a otro problema urgente: el exceso de residuos plásticos. El resonador fue diseñado bajo principios de economía circular, utilizando materiales reciclados y reciclables, lo que reduce costos de producción y abre nuevas posibilidades para reutilizar desechos industriales. “Es un producto nacional, desarrollado a partir de residuos, lo que permite reducir costos de producción. Además de ser reciclado, también es reciclable”, sostuvo Pérez.

La apuesta de los investigadores no solo busca mejorar oficinas y fábricas más ruidosas, sino también demostrar que el reciclaje puede transformarse en tecnología útil y escalable. En tiempos donde el burnout laboral y la contaminación acústica se mezclan con la crisis ambiental, proyectos como este muestran que la innovación sustentable ya no pasa solo por reciclar plástico, sino por convertirlo en soluciones reales para la vida cotidiana.

Separar residuos no salvará al planeta si el sistema sigue fallando

Separar botellas, aplastar latas o lavar envases de yogurt se volvió parte del mood eco de una generación que intenta vivir con más conciencia ambiental. Pero en Chile, reciclar todavía se parece más a una misión individual que a una política realmente integrada. En el marco del Día Mundial del Reciclaje, especialistas de la Universidad de Chile advierten que el problema no termina cuando alguien deja sus residuos en un punto limpio: recién ahí empieza una cadena que muchas veces simplemente no existe.

La cifra golpea fuerte. Según la Estrategia Nacional para la Gestión Integral de Residuos Sólidos Municipales publicada este 2025, el 86% de los residuos del país termina en rellenos sanitarios o sitios de eliminación final. En otras palabras, la mayoría de la basura sigue teniendo el mismo destino de siempre, pese al auge del reciclaje, las campañas verdes y la instalación de una estética sustentable que domina redes sociales, marcas y estilos de vida urbanos.

Para la antropóloga María Elena Acuña, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, el reciclaje doméstico implica mucho más trabajo del que suele reconocerse. “Este cambio de práctica implica, a veces, mucho esfuerzo para las unidades domésticas”, explica. Y es que reciclar no solo significa separar residuos: también implica lavar envases, secarlos, guardarlos, conocer las reglas y muchas veces trasladarlos personalmente hasta puntos de reciclaje que ni siquiera existen en todos los barrios.

La desigualdad territorial también aparece como un factor clave. Mientras algunas comunas cuentan con puntos limpios, retiro diferenciado y alianzas con empresas privadas, otras simplemente dejan la responsabilidad completa en manos de los vecinos. “No se trata solo de la voluntad de las personas, sino que tiene que haber una arquitectura de política pública, sobre todo a nivel micro, a nivel barrial, mucho más ágil y clara”, sostiene Acuña. El reciclaje, además, termina convirtiéndose en otra tarea doméstica invisible que muchas veces recae en una sola persona dentro del hogar, especialmente mujeres.

Desde una mirada más estructural, el profesor Hernán Durán, académico del diplomado en Gestión Ambiental y Economía Circular de Residuos Sólidos, plantea que Chile sigue atrapado en un modelo pensado para retirar basura, no para reducirla ni valorizarla. Aunque leyes como la REP marcaron avances, el sistema todavía funciona bajo una lógica lineal: consumir, desechar y enterrar. “El reciclaje es posible, es bueno, hay que fomentarlo, pero hay mucho esfuerzo que hacer, tanto desde el punto de vista normativo y del esquema institucional como desde el punto de vista de la conciencia ciudadana, para que entendamos que estamos frente a un problema grave”, afirma.

En el fondo, el debate ya no pasa solamente por quién recicla y quién no. La pregunta incómoda apunta al nivel de consumo que sostiene la vida cotidiana actual. “Si lo que queremos hacer es que haya menos residuos, entonces seguramente el tema no tiene que ver tan solo con el reciclaje, sino que tiene que ver con el consumismo”, advierte Durán. Porque mientras el reciclaje siga dependiendo casi exclusivamente de la buena voluntad individual, Chile seguirá acumulando basura más rápido de lo que logra hacerse cargo de ella.

Qué sabemos realmente sobre el contagio del hantavirus

La noticia parecía salida de una serie de pandemia: un crucero con pasajeros contagiados, muertes confirmadas y un virus asociado históricamente a zonas rurales del sur de Chile. El brote de hantavirus detectado en el buque holandés MV Hondius volvió a instalar una duda que durante años parecía resuelta: ¿el hanta no se transmitía solo por contacto con el ratón colilargo? La respuesta es sí, pero también no del todo.

En Chile, el hantavirus está asociado principalmente al ratón colilargo, un roedor silvestre que habita sectores rurales y boscosos. Jeannette Dabanch, infectóloga del Hospital Clínico Universidad de Chile, explica que “en Chile el hospedero natural es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus) y las personas se infectan accidentalmente en áreas rurales con presencia del roedor”. El contagio ocurre normalmente al inhalar partículas provenientes de orina, saliva o fecas contaminadas en lugares cerrados y poco ventilados.

Pero el caso del crucero activó las alarmas por otra razón. “Sin embargo, en Chile y Argentina se ha demostrado que la cepa Andes puede transmitirse persona a persona cuando existe un contacto muy estrecho”, aclara Dabanch. Aunque esta vía es poco frecuente, sí existe y ha sido documentada anteriormente. Claudia Cortés, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, añade que estos casos suelen darse entre convivientes o personas con cercanía prolongada, como matrimonios o familias que comparten espacios reducidos.

El paciente cero del crucero habría adquirido el virus por contacto con un roedor infectado con la cepa Andes y posteriormente contagió a otros pasajeros mediante contacto estrecho, un mecanismo inusual que explica por qué el caso ha generado tanta atención internacional. “La transmisión del virus hanta es por la inhalación del virus que está presente en la orina, en la saliva y en las deposiciones, exclusivamente, del ratón de cola larga”, enfatiza Cortés, marcando distancia con la idea de que cualquier ratón urbano pueda transmitir la enfermedad.

El problema es que el hantavirus puede evolucionar rápido y de manera grave. Los síntomas iniciales incluyen fiebre, dolor muscular, dolor abdominal, tos y diarrea, pero en algunos casos avanzan hacia un síndrome cardiopulmonar severo que afecta pulmones y corazón. La mortalidad puede llegar hasta un 30%. Además, actualmente no existe un tratamiento antiviral específico. En cuadros graves, los pacientes requieren cuidados intensivos, ventilación mecánica e incluso ECMO, una tecnología que funciona como pulmón artificial.

Pese al impacto del brote, especialistas insisten en que la prevención sigue siendo la herramienta más efectiva, especialmente en zonas rurales del sur de Chile. Ventilar cabañas cerradas por varias horas, limpiar superficies con cloro y evitar acumulación de basura o alimentos expuestos continúa siendo clave. Porque aunque el caso del crucero sea excepcional, el riesgo del hanta en Chile sigue estando donde siempre ha estado: en el contacto accidental con el ratón colilargo y sus secreciones.

La ola coreana ya cambió la forma en que los jóvenes aprenden idiomas

Lo que partió como playlists, fancams y maratones de K-dramas hoy ya está cruzando otro territorio: las aulas. La llamada Hallyu, la ola cultural surcoreana que hace años domina plataformas de streaming y redes sociales, está empujando a miles de jóvenes en Chile a aprender coreano como una forma de acercarse más profundamente a la cultura que consumen todos los días. Y no es una moda pequeña. Según cifras de Berlitz Chile, el interés por el idioma creció con fuerza en los últimos años, desplazando incluso a lenguas históricamente populares como francés, alemán o italiano.

El fenómeno tiene un perfil bastante claro: cerca del 85% de quienes estudian coreano en Chile son mujeres, principalmente adolescentes y jóvenes adultas. Detrás de eso no solo está el fanatismo por grupos de K-pop o series coreanas, sino también una necesidad de conexión cultural mucho más profunda. “El interés por el idioma ha crecido gracias a la popularidad del K-pop, los dramas televisivos y la gastronomía coreana. Muchos jóvenes ven en el idioma una forma de conectarse de manera más profunda con esa cultura”, explica Michelle Alexandra Varela Soza, Leader of Quality and Training de Berlitz Chile.

Lo interesante es que el fenómeno rompe con la lógica tradicional del aprendizaje de idiomas. Durante años, estudiar una lengua extranjera estuvo ligado casi exclusivamente al trabajo o la educación formal. Hoy gran parte de quienes aprenden coreano lo hacen simplemente porque quieren entender letras, entrevistas, series o contenidos sin subtítulos. La motivación ya no pasa necesariamente por el currículum, sino por identidad, comunidad y consumo cultural.

Eso también cambia la manera de enseñar. “Querer aprender un idioma por gusto o motivación personal suele generar un proceso más liviano y disfrutable. El desafío es mantener ese interés en el tiempo, ya que al no haber una obligación formal, algunos estudiantes tienden a desmotivarse”, comenta Varela Soza. En ese contexto, las escuelas de idiomas comenzaron a integrar elementos culturales, dinámicas inmersivas y formatos más flexibles que dialogan mejor con esta generación hiperconectada.

Aunque el inglés sigue dominando ampliamente las matrículas en Chile, el avance del coreano deja en evidencia algo más grande: la influencia cultural de Corea del Sur ya no se limita al entretenimiento. Hoy también modifica hábitos educativos, consumo digital e incluso formas de socialización. Aprender el idioma se convirtió en una extensión natural de pertenecer a una comunidad global alimentada por TikTok, Spotify y streaming.

Mientras los conciertos de K-pop siguen agotando entradas y los K-dramas dominan plataformas, el idioma coreano empieza a instalarse como uno de los nuevos símbolos culturales de la generación Z en Chile. Ya no se trata solo de escuchar música extranjera. Se trata de entenderla desde adentro.