Medio Ambiente

¿Qué tan peligrosas son las culebras que viven en Chile?

Un caso ocurrido recientemente en Putaendo, donde una mujer fue mordida por una culebra de cola larga, volvió a poner sobre la mesa una realidad poco conocida de la fauna chilena: en el país existen dos especies de serpientes capaces de inocular veneno. Aunque sus mordeduras no suelen asociarse a consecuencias mortales, pueden provocar lesiones importantes y requieren atención médica oportuna.

Se trata de la culebra de cola larga (Philodryas chamissonis) y la culebra de cola corta (Galvarinus chilensis). Ambas cuentan con mecanismos para inocular veneno, pero presentan diferencias físicas y un nivel de conocimiento científico desigual respecto de sus efectos. Según Paula Bravo, médica veterinaria y encargada del área de control de animales domésticos y de plagas del Departamento de Campus de la Universidad de Santiago de Chile, la especie de cola larga es aquella cuyo potencial tóxico ha sido más estudiado.

Reconocerlas puede ayudar a evitar confusiones. La culebra de cola corta mide entre 40 y 70 centímetros y suele presentar tonalidades café o ceniza, una línea gris sobre el dorso, bandas laterales oscuras y manchas que forman un patrón similar a un tablero de ajedrez. Una de sus señales más distintivas es una mancha negra debajo de los ojos, parecida a una lágrima. La culebra de cola larga, en cambio, puede alcanzar entre 1,4 y 2,2 metros y suele tener una banda oscura a lo largo de la columna, bordeada de negro y acompañada por líneas laterales más claras.

Las consecuencias de una mordedura dependen de la especie y de las circunstancias del accidente. En la culebra de cola larga se han descrito síntomas locales como dolor, enrojecimiento e hinchazón progresiva, que en casos más complejos pueden comprometer una parte importante de la extremidad y generar daño en los tejidos. También pueden aparecer manifestaciones generales como náuseas, dolor de cabeza y fiebre.

En el caso de la culebra de cola corta, la información científica disponible es más limitada. Sin embargo, se han reportado mordeduras que provocan dolor, inflamación rápida, náuseas y vómitos. La cantidad de veneno inoculado y las condiciones en que ocurre el contacto pueden influir en la intensidad de la reacción, por lo que no es recomendable esperar a que los síntomas empeoren para buscar ayuda.

Ante una mordedura, la prioridad es mantener la calma y acudir cuanto antes a un centro asistencial. “En caso de mordedura, la recomendación es lavar la zona con abundante agua, inmovilizar sin generar presión y trasladar a la persona de inmediato a un centro de salud”, señaló Paula Bravo. La especialista también advierte que no se debe intentar succionar el veneno, aplicar torniquetes ni recurrir a tratamientos caseros, ya que estas maniobras pueden agravar la lesión.

Conocer estas especies también implica entender su lugar dentro de la fauna nativa y evitar reaccionar con violencia ante un encuentro. La recomendación es mantener distancia y no intentar manipularlas ni capturarlas. Aunque las mordeduras son situaciones que requieren precaución, identificar a estos animales y saber cómo actuar permite reducir riesgos sin convertir el desconocimiento en una amenaza para la biodiversidad chilena.

El tornado que sorprendió a la capital y las condiciones que lo hicieron posible

Santiago vivió un fenómeno meteorológico poco habitual. La Dirección Meteorológica de Chile (DMC) confirmó que el evento que afectó a Estación Central durante la tarde de este martes fue un tornado, clasificado como EF-0, con vientos que alcanzaron los 137 km/h. El episodio provocó daños materiales y volvió a poner sobre la mesa cómo se forman estos eventos y qué tan preparados están los entornos urbanos para enfrentarlos.

Entre los sectores afectados se encuentra la población Villa Francia, donde se registraron daños en viviendas, además de la caída de árboles y postes en distintos puntos de la comuna. En el Terminal Sur también se reportaron techumbres levantadas por la fuerza del viento. El alcalde de Estación Central, Felipe Muñoz, señaló que el fenómeno “no estaba dentro de los pronósticos” y confirmó que una mujer sufrió lesiones en sus piernas producto del evento.

Aunque la confirmación de la DMC marca un hito para la capital, existen antecedentes históricos de un fenómeno similar en el territorio que hoy forma parte de Santiago. Según los registros mencionados en el comunicado, el 14 de mayo de 1893 se produjo un tornado en la comuna de Conchalí, hace 133 años. El evento de Estación Central vuelve a mostrar que, aunque los tornados no son habituales en la ciudad, no son completamente ajenos a las condiciones meteorológicas de la zona central.

¿Por qué se forman? El investigador del Departamento de Física de la Universidad de Santiago de Chile, Raúl Cordero, explicó que estos fenómenos requieren condiciones atmosféricas específicas y que suelen presentarse con mayor frecuencia durante la primavera y el otoño. “Durante estas temporadas intermedias se da más frecuentemente el encuentro de masas de aire frío y masas de aire cálido. La diferencia de temperatura entre estas masas de aire favorece las inestabilidades que, a su vez, permiten la formación de tornados”, explicó a Diario Usach. El contraste entre masas de aire puede generar condiciones de inestabilidad, aunque no toda tormenta con estas características termina produciendo un tornado.

La relación entre estos eventos y el cambio climático todavía requiere cautela. Si bien el calentamiento global está intensificando distintos fenómenos extremos, no existe claridad suficiente para afirmar que los tornados hayan aumentado significativamente en frecuencia a escala global. Cordero advirtió que “está aumentando la frecuencia e intensidad de los eventos extremos. Sin embargo, en el caso de los tornados, no está claro que se haya registrado ya un aumento significativo de la frecuencia con la que estos eventos destructivos se dan”.

El investigador también apuntó a antecedentes de Norteamérica, donde se ha observado una posible transformación en la forma en que se presentan estos fenómenos. “Al menos en el caso de Norteamérica, parece existir evidencia de que el número de tornados por brote ha aumentado en las últimas décadas. Eso significa que, cuando las condiciones meteorológicas particulares que favorecen la formación de tornados están presentes, no se forma uno, sino varios tornados”, sostuvo. El caso de Estación Central no permite, por sí solo, atribuir el fenómeno al cambio climático, pero sí recuerda la importancia de fortalecer la observación meteorológica, la prevención y la capacidad de respuesta ante eventos inesperados en ciudades densamente pobladas.

El Desierto Florido prepara una temporada histórica

El norte de Chile podría volver a convertirse en una gigantesca explosión de color durante los próximos meses. Las intensas lluvias registradas recientemente en las regiones de Coquimbo y Atacama han activado las reservas de semillas y bulbos presentes en los suelos desérticos, elevando las expectativas de cara a una nueva temporada del Desierto Florido, uno de los fenómenos naturales más particulares del país.

Las proyecciones apuntan a una floración de grandes dimensiones. De acuerdo con estimaciones de la Corporación Nacional Forestal (Conaf) citadas por Ladera Sur, el fenómeno podría extenderse por una superficie de hasta 15.000 km². El escenario ha sido comparado por especialistas con el episodio de 1997, considerado uno de los eventos más destacados registrados en las últimas décadas. La floración comenzaría a manifestarse durante septiembre, mientras que su mayor expresión podría concentrarse entre octubre y noviembre.

Darío Moreira, biólogo ambiental, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad y director del Departamento de Gestión Agraria de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago, explicó que las condiciones actuales son especialmente favorables para una floración de gran magnitud. “un fenómeno como el que ocurrió en el año 97 podría también darse ahora, porque hay un banco de semillas importante disponible y también las condiciones de humedad han sido súper favorables”.

Las lluvias también podrían modificar el calendario habitual del fenómeno. Según Moreira, la abundancia de agua registrada en distintas zonas del norte podría retrasar el momento de mayor floración. “la fase temprana va a comenzar la quincena de septiembre para tener los peaks, probablemente la primera a segunda semana de octubre, que podría desfasarse por este tema de las lluvias”. De esta manera, el peak podría concentrarse durante octubre, aunque su evolución dependerá de las condiciones particulares de cada territorio.

La floración podría observarse en distintos sectores de Atacama, incluyendo Huasco, Freirina, Vallenar, Caldera, Copiapó y Chañaral. Entre los lugares destacados por Moreira se encuentran el Parque Nacional Llanos de Challe, ubicado a unos 90 kilómetros al noroeste de Vallenar; el Parque Nacional Desierto Florido, al sur de Copiapó; y el Parque Nacional Pan de Azúcar, en el límite entre las regiones de Atacama y Antofagasta. La distribución de las especies, sin embargo, dependerá de dónde y cuánto llovió, además de las condiciones de humedad de cada sector.

La diversidad que podría aparecer durante esta temporada también es considerable. “entre 800 y 1.000 especies son las que componen más o menos el pool de especies que están en las zonas áridas de la región de Atacama y Antofagasta”, explicó el investigador. De ese conjunto, agregó, “más o menos entre 200, 230 especies, que son las que componen el banco de germoplasma que germina y que florece durante estos eventos”.

El posible regreso de una floración de gran escala también plantea un desafío para quienes quieran presenciarla. El aumento de visitantes puede generar impactos sobre un ecosistema particularmente frágil, especialmente cuando se utilizan vehículos para acceder a zonas de floración. Moreira advirtió que “Estas idas masivas hacia los lugares, sobre todo con vehículos, pueden terminar compactando el suelo, pisoteando la zona y eso hace que la germinación no ocurra, porque se destruyen las plantas y las semillas también”. El espectáculo natural que prepara el desierto para 2026, por tanto, también dependerá de que quienes lleguen hasta Atacama puedan observarlo sin destruir aquello que lo hace posible.

El humedal de Batuco extiende su escudo para proteger la biodiversidad

La laguna Batuco tendrá otros 30 años de protección frente a la caza y captura de fauna silvestre, una medida que busca resguardar uno de los últimos grandes refugios de biodiversidad de Santiago. La prohibición, vigente desde 1995, fue renovada por el Ministerio de Agricultura mediante el Decreto Exento N° 75/2026, luego de una solicitud impulsada por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG).

Ubicada entre las comunas de Lampa y Tiltil, la cuenca de Batuco se extiende por más de 18.000 hectáreas y funciona como un punto estratégico para numerosas especies de aves acuáticas, incluyendo aquellas que llegan desde otros territorios durante sus ciclos migratorios. Se estima que cerca de un tercio de las especies de aves descritas para Chile pasa por este ecosistema para nidificar, descansar o alimentarse, convirtiendo al humedal en una pieza clave para la biodiversidad de la Región Metropolitana.

El valor ecológico de Batuco no se limita a su condición de humedal. La zona forma parte de los sitios prioritarios para la conservación de la biodiversidad y el área específica de la laguna cuenta además con la categoría de Santuario de la Naturaleza. En un territorio metropolitano marcado por la expansión urbana, la presión sobre los ecosistemas y la transformación del paisaje, este tipo de espacios se convierten en verdaderos refugios para especies que dependen de ambientes cada vez más fragmentados.

Para el director regional subrogante del SAG Metropolitano, Juan Valenzuela, la renovación de la medida representa un avance significativo para la conservación del sector. “se valoran las gestiones desarrolladas para el adecuado avance del proceso de renovación la declaratoria de esta área como zona prohibida para la caza y captura, lo cual permite fortalecer de manera sustantiva la protección de la laguna Batuco, que actualmente cuenta con la categoría de Santuario de la Naturaleza, constituyéndose en uno de los escasos humedales presentes en el área Metropolitana de Santiago”.

La extensión de esta protección también responde a un trabajo desarrollado junto a organizaciones locales, municipios y agrupaciones dedicadas a la observación y conservación de aves. Valenzuela destacó precisamente ese respaldo ciudadano, señalando que “hoy, gracias al apoyo de la comunidad local, de los alcaldes de las comunas de Lampa y Tiltil, Fundación San Carlos de Maipo, la Red de Observadores de Aves de Chile, Unión de Ornitólogos de Chile UNORCH-Aves Chile , Fundación San Carlos de Maipo 2 , entre otros organismos que existen dentro del área protegida, esta medida se ha convertido en un requerimiento sentido y deseado”.

La prohibición no significa, sin embargo, que toda actividad de captura quede absolutamente descartada bajo cualquier circunstancia. La normativa contempla excepciones vinculadas a investigación científica, programas de conservación o control de especies que puedan representar un riesgo para la biodiversidad. La fiscalización corresponde principalmente al SAG, aunque también pueden intervenir Carabineros de Chile e inspectores de caza ad honorem autorizados por el Servicio.

En tiempos en que los humedales urbanos enfrentan una presión creciente, la renovación de la prohibición en Batuco representa algo más que una extensión administrativa. Es una apuesta por mantener un territorio donde la biodiversidad todavía encuentra espacio dentro de una de las regiones más urbanizadas del país. La medida, además, se conecta con compromisos internacionales asumidos por Chile para proteger especies migratorias y conservar la diversidad biológica, colocando nuevamente a la laguna Batuco en el mapa de los ecosistemas que Santiago no puede darse el lujo de perder.

Los humedales se consolidan como aliados frente a las lluvias extremas

Mientras las intensas lluvias vuelven a poner a prueba distintas zonas del país, los humedales emergen como uno de los ecosistemas más importantes para enfrentar los efectos del cambio climático. Desde el Altiplano hasta la Patagonia, Chile alberga cerca de 40 mil humedales, de acuerdo con el Inventario Nacional del Ministerio del Medio Ambiente, cubriendo una superficie cercana a los 5,6 millones de hectáreas. Más allá de su riqueza en biodiversidad, estos espacios cumplen una función clave al regular el agua, disminuir el riesgo de inundaciones y ayudar a moderar las temperaturas extremas.

Los humedales comprenden una amplia variedad de ecosistemas donde el agua determina la vida vegetal y animal, incluyendo lagos, ríos, marismas, salares, turberas y zonas costeras. Su capacidad para almacenar agua los convierte en un componente estratégico frente a eventos climáticos cada vez más frecuentes e intensos. En ese sentido, el biólogo ambiental y director del Departamento de Gestión Agraria de la Universidad de Santiago, Darío Moreira, explica que durante episodios de precipitaciones intensas estos ecosistemas funcionan como verdaderas barreras naturales para reducir el impacto de las crecidas.

“Técnicamente estamos hablando de su capacidad de regulación del flujo hídrico y, por lo tanto, mitigación de inundaciones. Esta capacidad responde a las propiedades físicas, biogeoquímicas y estructurales de este tipo de ecosistema”, señala el especialista. Según explica, los suelos de los humedales contienen grandes cantidades de materia orgánica acumulada en condiciones de escasez de oxígeno, formando una estructura altamente porosa que retiene enormes volúmenes de agua. A ello se suma la vegetación característica, compuesta por juncos, totoras y otras especies que disminuyen la velocidad de las corrientes, favoreciendo la infiltración del agua hacia las napas subterráneas y reduciendo el riesgo de inundaciones aguas abajo.

Pero su aporte no termina cuando cesan las lluvias. Para Moreira, los humedales también desempeñan un rol decisivo durante los episodios de calor extremo. Debido a la capacidad del agua para absorber grandes cantidades de energía sin elevar rápidamente su temperatura, estos ecosistemas funcionan como reguladores térmicos naturales. “Ante el aumento de calor, ese calor evapora el agua generando un efecto de enfriamiento evaporativo que puede reducir la temperatura ambiental local en varios grados respecto a las zonas urbanas o agrícolas adyacentes”, explica el académico, destacando que este fenómeno contribuye a disminuir los efectos de las islas de calor presentes en muchas ciudades.

Pese a estos beneficios, el especialista advierte que conservar los humedales no significa impedir completamente el acceso de las personas. “Proteger un humedal no implica necesariamente aislarlo de la sociedad, sino gestionar el territorio bajo el principio de capacidad de carga e integridad ecológica”, afirma. Para ello propone controlar el ingreso de nutrientes provenientes de actividades agrícolas y urbanas, mantener el flujo natural del agua, evitar la fragmentación causada por obras de infraestructura y desarrollar espacios de uso público mediante pasarelas elevadas y zonas especialmente destinadas a la educación ambiental, sin afectar los sectores más sensibles del ecosistema.

El investigador sostiene que una gestión adecuada también requiere establecer normas claras para proteger la fauna y la flora que habitan estos espacios. Entre ellas menciona la prohibición del ingreso de mascotas, la reducción del ruido y la restricción de actividades motorizadas que puedan alterar el equilibrio ecológico. En un escenario marcado por el cambio climático y la mayor frecuencia de eventos meteorológicos extremos, los humedales aparecen como una infraestructura natural indispensable para fortalecer la resiliencia ambiental del país y preservar uno de los patrimonios ecológicos más valiosos de Chile.

La lagartija negroverdosa revela un mapa genético que cambia su conservación

Antes de desaparecer entre los bosques y quebradas de la cordillera de la Costa y de los Andes, la lagartija negroverdosa ha dejado una pista clave para la ciencia. Un nuevo estudio liderado por investigadores de la Universidad de Chile reveló que esta especie endémica no constituye una única población homogénea, sino que está dividida en grupos genéticamente diferenciados que habitan las llamadas “islas del cielo”, ecosistemas montañosos aislados donde la conectividad entre individuos es prácticamente inexistente.

Publicada en la revista científica Animal Conservation, la investigación “Highly Isolated Populations of a Lizard Inhabiting Sky Islands: A Challenge for Conservation” analizó el ADN de 175 ejemplares provenientes de distintas cumbres de Chile central. Los resultados muestran que, aunque las lagartijas mantienen intercambio genético entre sectores cercanos de una misma montaña, ese flujo desaparece casi por completo entre cordones montañosos distintos. Esto significa que cada población ha seguido una trayectoria evolutiva propia, un hallazgo que obliga a replantear las estrategias de conservación de la especie.

“En las cumbres se producen verdaderos microclimas que están aislados de las zonas inferiores. Si cambian sus condiciones, las especies que viven allí no tienen hacia dónde escapar. No es simplemente bajar, cruzar un área intervenida o una vegetación a la que no están acostumbradas y subir a otra montaña”, explica Jorge Mella-Romero, autor principal del estudio. A partir del análisis genético, el equipo identificó cinco poblaciones que deberían ser consideradas de forma independiente: El Roble, Cantillana, Los Caracoles, Farellones y El Yeso. “Al analizar una escala más reciente aparecen cinco unidades de las que deberíamos preocuparnos. Esto permite establecer prioridades, porque los recursos para conservación siempre son limitados y no todas las poblaciones enfrentan hoy el mismo nivel de amenaza”, sostiene el investigador.

Uno de los casos que más preocupa es el de Altos de Cantillana. Según el estudio, esta población presenta un prolongado descenso en su tamaño poblacional efectivo durante los últimos mil años, una disminución que se intensificó en los dos siglos más recientes y que se suma al fuerte aislamiento geográfico y a la creciente intervención humana de su entorno. Además, los modelos climáticos proyectan que este será uno de los hábitats más afectados por el cambio climático, convirtiéndolo en la principal prioridad para futuras acciones de protección.

Frente a este escenario, los investigadores plantean que la conservación deberá considerar medidas mucho más específicas que las aplicadas hasta ahora. Entre las alternativas aparece la migración asistida, una estrategia que consistiría en trasladar ejemplares hacia ecosistemas donde puedan sobrevivir bajo las futuras condiciones climáticas. Sin embargo, advierten que esta opción requiere una evaluación científica exhaustiva antes de implementarse. “No es llegar y trasladarlas, antes deben realizarse estudios para evaluar si esos ambientes son apropiados, qué riesgos existen y cuáles podrían ser las consecuencias. La migración asistida es una posibilidad que debemos investigar para saber si puede ser útil frente a un cambio global acelerado”, enfatiza Mella-Romero.

Más allá de la lagartija negroverdosa, la investigación abre una nueva mirada sobre la conservación de la biodiversidad chilena. Al integrar genética, ecología y proyecciones climáticas, el trabajo propone que proteger una especie implica reconocer la diversidad que existe dentro de ella y diseñar estrategias diferenciadas para cada población. “Estamos generando información que permite identificar qué poblaciones necesitan acciones urgentes. Proteger una especie no puede significar tratar a todos sus grupos como si fueran iguales, porque en cada uno existe una parte distinta de su historia”, concluye el investigador.

El avance del pino pone en jaque al bosque maulino

El verano de 2017 quedó marcado en la memoria colectiva de Chile por los megaincendios que arrasaron cientos de miles de hectáreas entre las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío. Ocho años después, las llamas siguen dejando huellas visibles en algunos de los ecosistemas más frágiles del país. Una nueva investigación científica advierte que el verdadero peligro para el ruil, una de las especies arbóreas más amenazadas de Chile, no terminó cuando se apagó el fuego.

Un estudio publicado en la revista especializada Frontiers in Plant Science reveló que los bosques maulinos costeros están enfrentando una transformación acelerada tras los incendios. El problema no radica únicamente en la pérdida de vegetación nativa, sino en la rápida expansión de Pinus radiata, una especie exótica que ha colonizado masivamente las zonas afectadas. El fenómeno está modificando la estructura ecológica de estos bosques relictos y comprometiendo seriamente la capacidad de recuperación del ruil, árbol endémico que actualmente se encuentra en peligro de extinción.

La investigación identificó escenarios especialmente críticos en sectores donde el fuego alcanzó una alta severidad. En algunos de estos lugares, la densidad de pinos llegó a los 9.760 individuos por hectárea cinco años después del incendio. Esta invasión genera una competencia desigual por recursos fundamentales como agua, luz y nutrientes, precisamente en las etapas más sensibles para la regeneración de las especies nativas. Mientras el bosque intenta recuperarse, el pino avanza con rapidez ocupando los espacios disponibles.

Claudia Leal, ingeniera en Recursos Naturales Renovables de la Universidad de Chile, doctorante de la Universidad de Freiburg y autora principal del estudio, advierte sobre la magnitud del problema. “Se ha registrado que las plántulas de ruil crecen rodeadas de pino en una proporción alarmante: por cada plántula de ruil pueden establecerse hasta diez de pino en su entorno inmediato, limitando severamente su capacidad de recuperar el espacio perdido tras el fuego”, explicó.

Aunque el ruil posee mecanismos naturales de resiliencia, como la capacidad de rebrotar desde su base y generar regeneración por semillas, estos procesos resultan insuficientes frente a una especie diseñada para prosperar después de los incendios. El Pinus radiata libera grandes cantidades de semillas que germinan rápidamente tras el fuego, consolidando un ciclo que favorece su expansión. Cada nuevo incendio facilita aún más su establecimiento, aumentando la acumulación de combustible vegetal y elevando las probabilidades de futuras emergencias forestales.

Mauro González, académico de la Universidad Austral de Chile, investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia CR2 y coautor del estudio, sostiene que esta dinámica amenaza directamente la supervivencia del bosque nativo. “Los que son capaces de recuperarse después del incendio son los pinos. Además, no solo el pino genera un problema, obstaculizando la recuperación del bosque maulino, sino que este también se ve afectado por las condiciones climáticas actuales, a diferencia del pino, que está más adaptado a condiciones más secas y cálidas”, señaló.

El escenario se vuelve aún más complejo debido a la fragmentación histórica del paisaje. Los remanentes de bosque de ruil sobreviven rodeados por extensas plantaciones forestales de pino, lo que facilita la dispersión de semillas invasoras y aumenta la vulnerabilidad frente a nuevos incendios. Para los investigadores, el riesgo ya no es solamente ecológico, sino también patrimonial. El ruil forma parte de un ecosistema único en el mundo y su desaparición representaría una pérdida irreparable para la biodiversidad chilena.

La advertencia de los científicos es clara. Sin medidas de manejo y restauración, la extinción local del ruil podría convertirse en una realidad durante las próximas décadas. “En este contexto, la extinción local se convierte en un escenario altamente probable si no se implementa un manejo de control y erradicación de las especies invasoras en el hábitat de estos bosques relictos”, advirtió Claudia Leal.

Frente a este panorama, el estudio propone actuar con urgencia mediante monitoreo satelital, control temprano de pinos invasores, restauración ecológica y una coordinación efectiva entre comunidades locales, organismos públicos y empresas forestales. En un contexto marcado por el cambio climático, la sequía y el aumento de los incendios forestales, el futuro del ruil dependerá de la capacidad de intervenir a tiempo. Lo que está en juego no es únicamente la supervivencia de un árbol, sino la permanencia de uno de los últimos vestigios del bosque maulino costero.

La batalla por el mar que trasciende la Ley Lafkenche

La discusión sobre el futuro del borde costero chileno volvió al centro de la agenda política tras la Cuenta Pública del Presidente José Antonio Kast. El anuncio de eventuales modificaciones a la Ley Indígena y el avance de conversaciones para reformar la Ley Lafkenche han generado inquietud en comunidades indígenas desde Atacama hasta Los Lagos, que observan con preocupación cómo el debate público se ha concentrado en cuestionar mecanismos de protección territorial sin considerar la experiencia acumulada en los territorios donde ya operan los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO).

La controversia se intensificó luego de la visita del subsecretario de Pesca, Osvaldo Urrutia, a Puerto Montt, donde participó en el taller “Diálogo por el futuro del borde costero”. Allí se adelantó que los cambios en estudio podrían abordar aspectos como las solicitudes de ECMPO, la proporcionalidad de las áreas y los criterios para acreditar el uso consuetudinario. Sin embargo, desde distintas comunidades sostienen que la conversación se está desarrollando desde una lógica administrativa y productiva que deja fuera dimensiones culturales, ambientales y sociales fundamentales.

En medio de un escenario marcado por la presión sobre los recursos naturales y la creciente demanda por espacios costeros, dirigentes indígenas insisten en aclarar uno de los puntos que consideran más distorsionados en la discusión pública: los ECMPO no representan privatización del mar ni exclusión de otros usuarios. Desde Carelmapu, la Comunidad Indígena Encura Mapu asegura que estos instrumentos han permitido generar modelos de gobernanza compartida donde conviven la pesca artesanal, actividades productivas y la conservación de los ecosistemas.

“Se ha instalado la idea de que los ECMPO privatizan el mar o frenan el desarrollo, y eso ha generado temor y desinformación en muchos territorios, dificultando el diálogo. Pero nuestra experiencia demuestra todo lo contrario: la gobernanza comunitaria puede convivir con actividades productivas y aportar a modelos de desarrollo más sostenibles, donde exista equilibrio entre economía, ecosistemas y comunidades”, señala José Alberto Molina Hueichán, líder de la Comunidad Indígena Encura Mapu.

Más al sur, en los territorios australes de la Patagonia, la discusión adquiere una dimensión aún más profunda. Para las comunidades Kawésqar, el mar no es únicamente un espacio económico, sino una parte esencial de su historia, identidad y memoria colectiva. “Para nuestra comunidad Kawésqar el mar no es un recurso separado de nuestra vida o nuestra cultura. Es parte de nuestra memoria, de nuestra forma de habitar el territorio y de nuestra identidad. Por eso cuando defendemos estos espacios no lo hacemos desde una discusión técnica o económica, sino desde la experiencia de quienes han vivido históricamente vinculados al mar. La protección territorial no puede quedar subordinada únicamente a intereses industriales”, afirma Leticia Caro, representante de la comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar.

Las organizaciones indígenas coinciden en que el debate sobre la Ley Lafkenche trasciende una discusión legal. En regiones como Aysén y La Araucanía, advierten que la conversación pública se ha polarizado y que temas como la protección de ecosistemas, la crisis climática y la participación de las comunidades en la toma de decisiones han quedado relegados. En ese contexto, el llamado es a construir una mirada de largo plazo que permita compatibilizar desarrollo económico, conservación ambiental y derechos territoriales. Como resume Andrea Soledad Reuca Neculman, representante de la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar, “Lo que está en discusión no es solo una ley. Lo que está en juego es cómo Chile decide relacionarse con el mar, con los territorios y con las comunidades que históricamente los han cuidado”.

Separar residuos no salvará al planeta si el sistema sigue fallando

Separar botellas, aplastar latas o lavar envases de yogurt se volvió parte del mood eco de una generación que intenta vivir con más conciencia ambiental. Pero en Chile, reciclar todavía se parece más a una misión individual que a una política realmente integrada. En el marco del Día Mundial del Reciclaje, especialistas de la Universidad de Chile advierten que el problema no termina cuando alguien deja sus residuos en un punto limpio: recién ahí empieza una cadena que muchas veces simplemente no existe.

La cifra golpea fuerte. Según la Estrategia Nacional para la Gestión Integral de Residuos Sólidos Municipales publicada este 2025, el 86% de los residuos del país termina en rellenos sanitarios o sitios de eliminación final. En otras palabras, la mayoría de la basura sigue teniendo el mismo destino de siempre, pese al auge del reciclaje, las campañas verdes y la instalación de una estética sustentable que domina redes sociales, marcas y estilos de vida urbanos.

Para la antropóloga María Elena Acuña, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, el reciclaje doméstico implica mucho más trabajo del que suele reconocerse. “Este cambio de práctica implica, a veces, mucho esfuerzo para las unidades domésticas”, explica. Y es que reciclar no solo significa separar residuos: también implica lavar envases, secarlos, guardarlos, conocer las reglas y muchas veces trasladarlos personalmente hasta puntos de reciclaje que ni siquiera existen en todos los barrios.

La desigualdad territorial también aparece como un factor clave. Mientras algunas comunas cuentan con puntos limpios, retiro diferenciado y alianzas con empresas privadas, otras simplemente dejan la responsabilidad completa en manos de los vecinos. “No se trata solo de la voluntad de las personas, sino que tiene que haber una arquitectura de política pública, sobre todo a nivel micro, a nivel barrial, mucho más ágil y clara”, sostiene Acuña. El reciclaje, además, termina convirtiéndose en otra tarea doméstica invisible que muchas veces recae en una sola persona dentro del hogar, especialmente mujeres.

Desde una mirada más estructural, el profesor Hernán Durán, académico del diplomado en Gestión Ambiental y Economía Circular de Residuos Sólidos, plantea que Chile sigue atrapado en un modelo pensado para retirar basura, no para reducirla ni valorizarla. Aunque leyes como la REP marcaron avances, el sistema todavía funciona bajo una lógica lineal: consumir, desechar y enterrar. “El reciclaje es posible, es bueno, hay que fomentarlo, pero hay mucho esfuerzo que hacer, tanto desde el punto de vista normativo y del esquema institucional como desde el punto de vista de la conciencia ciudadana, para que entendamos que estamos frente a un problema grave”, afirma.

En el fondo, el debate ya no pasa solamente por quién recicla y quién no. La pregunta incómoda apunta al nivel de consumo que sostiene la vida cotidiana actual. “Si lo que queremos hacer es que haya menos residuos, entonces seguramente el tema no tiene que ver tan solo con el reciclaje, sino que tiene que ver con el consumismo”, advierte Durán. Porque mientras el reciclaje siga dependiendo casi exclusivamente de la buena voluntad individual, Chile seguirá acumulando basura más rápido de lo que logra hacerse cargo de ella.

Sobregiro ecológico confirma que Chile ya vive en déficit

Chile llegará este 7 de mayo a su sobregiro ecológico, una fecha que en simple significa algo incómodo: el país ya habrá consumido todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año. Lo que viene desde ahí en adelante es déficit. Vivir a crédito, pero con ecosistemas. Y no es un dato aislado. Es la séptima vez consecutiva que Chile se convierte en el primer país de Latinoamérica en entrar en números rojos ambientales.

La medición la realiza la Global Footprint Network y funciona como una especie de termómetro del desgaste global. Lo que calcula es cuándo la demanda humana supera la capacidad de regeneración de la Tierra. En el caso chileno, la señal empeoró: este año el sobregiro se adelantó diez días respecto de 2025. Traducido fuera del lenguaje técnico, estamos consumiendo más rápido de lo que el planeta puede reponer.

La dimensión del problema se vuelve más clara con una cifra brutal. Según el WWF, si todo el mundo viviera con el nivel de consumo de Chile, harían falta 2,9 planetas Tierra para sostener ese ritmo. No es solo sobre reciclar más o usar menos plástico. Es una señal estructural sobre cómo producimos, consumimos y agotamos territorio como si no tuviera límite.

Ricardo Bosshard, director de WWF Chile, lo resume sin dramatismo, pero sin margen para romantizar el dato. “indicadores como el sobregiro ecológico no capturan cada detalle de la realidad, pero son una de las aproximaciones más robustas disponibles para entender las tendencias”. Y la tendencia, dice, es clara: “estamos ejerciendo una presión creciente sobre los ecosistemas, en un contexto donde la naturaleza tiene límites”.

Desde la academia, Juan José Garcés, jefe de carrera de Ingeniería Civil en Territorio y Medio Ambiente de la Universidad de Santiago de Chile, aterriza el concepto. “El sobregiro ecológico corresponde a un cálculo realizado por el Global Footprint Network, que estima la fecha en la cual la demanda de recursos ecológicos supera la regeneración. Es decir, cuando la humanidad está consumiendo todos los recursos que tiene un territorio o un espacio dado”. La lógica no es simbólica: mide el desfase real entre lo que consumimos y lo que el entorno puede sostener.

Chile no está solo en este colapso, pero sí mal posicionado. A nivel continental, solo Canadá y Estados Unidos llegaron antes al sobregiro este año. El resto de América Latina todavía resiste un poco más. Y esa diferencia importa, porque muestra que no se trata solo de desarrollo o crecimiento, sino de cuánto cuesta sostener un modelo que consume como si el planeta tuviera refill infinito.