Salud y bienestar

No todas las siestas son iguales y la duración puede cambiar sus efectos

En medio de una rutina marcada por el agotamiento, las jornadas extensas y las dificultades para descansar, la siesta vuelve a instalarse como una pausa necesaria para recuperar energía. Sin embargo, dormir durante el día no siempre significa descansar mejor. Según la duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, un 18,5% de las personas encuestadas presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, mientras que el insomnio moderado a severo aumentó del 8,6% al 14,3%, su nivel más alto desde agosto de 2021.

Frente a este escenario, la neurociencia plantea que la siesta puede ser una herramienta útil, siempre que se utilice de manera adecuada. Roberto F. Vera Salazar, profesor asociado de FACIDEM de la Universidad de Santiago, explica que “la siesta es una conducta fisiológica normal y, en determinadas circunstancias, una herramienta útil para recuperar la alerta”. El problema aparece cuando dormir durante el día deja de ser una pausa ocasional y se transforma en una necesidad cotidiana para poder funcionar, especialmente si se extiende demasiado y termina afectando el descanso nocturno.

Entonces, ¿cuánto debería durar una siesta? La respuesta no es universal. El académico señala que “no existe una duración ideal para todo el mundo”, ya que depende de factores como las horas de sueño de la noche anterior, el momento del día y el objetivo de ese descanso. Para quienes buscan recuperar rápidamente la atención sin despertar con una sensación de pesadez, recomienda que “una siesta breve de unos 10 a 20 minutos suele ser una buena opción”.

Pero el beneficio de dormir durante el día no se limita a reducir el cansancio. También existen investigaciones sobre su relación con la memoria y el aprendizaje. Un estudio de Leong y colaboradores, publicado en 2023 en la revista Sleep, observó que las siestas de 10, 30 y 60 minutos mejoraron el estado de ánimo y redujeron la somnolencia en adultos jóvenes. Sin embargo, solo el descanso de 30 minutos produjo una mejora significativa en la codificación de información nueva frente a quienes permanecieron despiertos. Para Vera, “la conclusión es que una siesta no es solo un paliativo del cansancio, porque puede favorecer ciertos procesos de memoria. Pero tampoco es una fórmula para aprender más en cualquier circunstancia”.

Uno de los problemas más comunes después de despertar es esa sensación de confusión, lentitud o aturdimiento que dificulta retomar las actividades. Este fenómeno se conoce como inercia del sueño y corresponde a un período transitorio en el que el cerebro todavía no recupera completamente su estado de alerta. El especialista explica que “Desde el punto de vista neurofisiológico, despertar no es como encender una luz”, porque los sistemas cerebrales relacionados con la vigilia necesitan tiempo para reorganizarse después del descanso.

Para reducir ese efecto, la recomendación es probar siestas de entre 10 y 20 minutos, idealmente durante las primeras horas de la tarde, y dejar un margen antes de realizar actividades que requieran concentración. La exposición a la luz natural y caminar un poco después de despertar también pueden ayudar a recuperar la alerta. En determinados casos, el consumo de cafeína antes de una siesta breve podría disminuir el aturdimiento posterior, aunque no se trata de una estrategia adecuada para todas las personas.

La clave está en entender que la siesta puede complementar una buena rutina de descanso, pero no reemplazarla. Si dormir unos minutos durante el día permite recuperar energía y no afecta el sueño nocturno, no necesariamente representa un mal hábito. Sin embargo, cuando el cansancio persiste y obliga a dormir diariamente para sobrellevar la jornada, conviene investigar qué está ocurriendo durante la noche. Como concluye Vera Salazar, “Si necesita dormir durante el día para sobrellevar un cansancio persistente, la pregunta importante no es cómo optimizar la siesta, sino por qué no está descansando bien durante la noche”.

Chile enfrenta el desafío de detectar a tiempo el cáncer colorrectal

El cáncer colorrectal está dejando de ser visto como una enfermedad asociada únicamente a las personas mayores. Su aumento en menores de 50 años ha encendido alertas en distintos países y vuelve a poner el foco sobre la prevención, el diagnóstico oportuno y las señales que muchas veces pasan inadvertidas. En Chile, el escenario también preocupa: según un informe del Centro de Políticas Públicas e Innovación en Salud de la Universidad del Desarrollo, publicado en agosto de 2026, esta enfermedad representa la segunda causa de muerte oncológica en el país, con 7.965 nuevos casos y 3.794 fallecimientos al año.

Este tipo de cáncer se origina en el revestimiento del colon o del recto, partes del intestino grueso, y generalmente comienza con el crecimiento de pólipos que pueden transformarse en tumores malignos. Uno de sus principales riesgos es que durante las primeras etapas puede avanzar sin síntomas evidentes. “uno de los principales problemas de esta dolencia es que en sus etapas iniciales puede no presentar síntomas, por lo que muchas veces se diagnóstica cuando la enfermedad ya está avanzada”, explicó Macarena Hidalgo, oncóloga y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago.

Sin embargo, existen señales que requieren atención, especialmente cuando se mantienen en el tiempo. La presencia de sangre en las deposiciones, cambios persistentes en el tránsito intestinal —como diarrea o estreñimiento—, dolor abdominal recurrente, pérdida de peso sin explicación y anemia por falta de hierro pueden ser indicios que ameritan evaluación médica. La especialista recuerda que el desarrollo de esta enfermedad suele ser progresivo y que los pólipos pueden detectarse y extirparse antes de que evolucionen hacia un tumor.

El aumento de diagnósticos en adultos jóvenes no tiene una explicación única. Entre los factores que se investigan aparecen los cambios en los hábitos alimentarios, el consumo de alimentos ultraprocesados y carnes, la obesidad, el sedentarismo, el alcohol y el tabaquismo. También existen condiciones genéticas, como el síndrome de Lynch, que elevan el riesgo de desarrollar la enfermedad a edades más tempranas. No obstante, muchos pacientes jóvenes no presentan antecedentes familiares conocidos. La investigación también estudia el posible papel de la microbiota intestinal y su relación con procesos de inflamación crónica.

La detección temprana puede cambiar considerablemente el pronóstico. Entre las herramientas disponibles se encuentran el test inmunoquímico fecal (FIT), que busca rastros de sangre en las deposiciones, y la colonoscopía, que permite examinar el intestino grueso e identificar lesiones. Cuando el cáncer se detecta en etapas iniciales, la cirugía suele ser el tratamiento principal y puede ser curativa en muchos casos. Dependiendo de las características del tumor, también puede requerirse quimioterapia y, para determinados cánceres de recto, radioterapia. En fases metastásicas existen alternativas como terapias dirigidas e inmunoterapia, cuya indicación depende, entre otros factores, de las características moleculares del tumor.

En Chile, el cáncer colorrectal está incorporado a las Garantías Explícitas en Salud (GES) para personas de 15 años o más, tanto en Fonasa como en isapres, con cobertura para diagnóstico, tratamiento y seguimiento. Sin embargo, el acceso efectivo sigue siendo desigual. Hidalgo advierte que en el sistema público la quimioterapia convencional continúa siendo una de las principales alternativas sistémicas, mientras que el acceso a terapias dirigidas es más limitado y depende de criterios específicos de financiamiento, como los contemplados en el Programa de Drogas Oncológicas de Alto Costo (DAC).

“Considero que debemos poner especial atención en la capacidad de respuesta de nuestra red asistencial. No basta con aumentar la detección si no contamos con suficientes colonoscopias, especialistas, equipos multidisciplinarios y acceso oportuno a tratamientos. El desafío es lograr que las oportunidades de tratamientos estén disponibles para todos los pacientes y no dependan de sus posibilidades de acceso al sistema de salud”, concluyó la especialista. El desafío, por tanto, no está únicamente en reconocer los síntomas y promover la detección precoz, sino también en asegurar que el diagnóstico y las distintas alternativas terapéuticas estén disponibles a tiempo, independientemente del sistema de salud al que pertenezca cada persona.

La ciencia chilena busca enriquecer la marraqueta con vitamina D

Chile enfrenta un problema nutricional que podría encontrar una nueva respuesta en uno de los alimentos más presentes en la mesa: el pan. Un equipo de la Universidad de Santiago de Chile está en la etapa final de un proyecto de investigación que busca desarrollar una levadura capaz de enriquecer este producto con vitamina D, sin recurrir a harinas suplementadas y con una propuesta apta para el consumo vegano.

La iniciativa responde a un escenario preocupante. Según los datos de la Encuesta Nacional de Salud citados en el proyecto, el 84% de la población chilena presenta algún grado de déficit de vitamina D, mientras que apenas un 13% mantiene niveles óptimos. En junio entró en vigencia una ley que establece la incorporación de este micronutriente en productos de consumo masivo, mediante la fortificación de alimentos como la leche y la harina. En paralelo, la investigación universitaria explora otra vía para aumentar su presencia en la dieta cotidiana.

El desarrollo utiliza una levadura modificada para producir mayores niveles de ergosterol, una molécula que puede transformarse en vitamina D. La tecnología ya pasó por pruebas piloto en el Laboratorio de Cereales del Departamento de Ciencia y Tecnología de los Alimentos de la Usach y actualmente se evalúa en condiciones reales, junto a panaderías artesanales de Santiago y Valparaíso. “Observamos cómo se comportó la levadura y evaluamos su uso en diferentes tipos de pan, logrando los resultados esperados. Sin embargo, aún quedan aspectos por validar antes de producir a nivel de mercado”, explicó Eduardo Kessi Pérez, investigador de CECTA Usach y director de la iniciativa.

El proyecto también busca demostrar que la innovación puede integrarse a recetas tradicionales sin quedar limitada a la producción industrial. Durante los ensayos se trabajó con panes integrales y ciabatta, además de explorar aplicaciones en hallulla y marraqueta. Marcia Cárdenas, ingeniera en alimentos y asesora técnica de la propuesta, destacó los resultados obtenidos. “Hemos comprobado que la obtención de levadura con vitamina D no solo es posible, sino que es demostrable”, señaló, subrayando la importancia de mantener una colaboración directa con quienes producen pan a diario.

Para las pequeñas y medianas panaderías, incorporar un atributo nutricional podría convertirse en una oportunidad para diferenciar sus productos en un mercado competitivo. José Carreño, fundador de la Panadería Castrodeza, valoró la posibilidad de sumar innovación a una elaboración tradicional. “Sería un refuerzo para los que somos pymes. Agregar un valor más a la marraqueta para que sea fortificada sería una oportunidad para las panaderías”, sostuvo. La iniciativa también despertó interés entre representantes del sector de las levaduras, que ven en esta tecnología una alternativa para ampliar el valor nutricional del pan y abrir nuevas líneas de desarrollo para la industria.

El avance fue presentado el 9 de octubre en el taller “Mejoramiento de levaduras para superar desafíos de la industria panadera”, organizado por CECTA Usach junto a Chilepan, la Asociación de Panaderías y Pastelerías de Chile. El encuentro permitió discutir la viabilidad de llevar el desarrollo desde el laboratorio hasta los negocios del rubro. Aunque todavía se requieren validaciones antes de su comercialización, el proyecto plantea una conexión entre ciencia aplicada, nutrición y producción artesanal. Si las siguientes etapas confirman su viabilidad, una levadura desarrollada en Chile podría abrir una nueva forma de abordar el déficit de vitamina D a través de un alimento cotidiano, manteniendo como desafío asegurar su eficacia nutricional y su incorporación a escala comercial.

Más diagnósticos de sífilis y gonorrea reabren el debate sobre educación sexual en Chile

Las infecciones de transmisión sexual (ITS) vuelven a encender las alertas sanitarias en Chile. Durante 2025 se notificaron 11.155 casos de sífilis, con una tasa de 55,2 por cada 100 mil habitantes, y 2.682 casos de gonorrea, equivalentes a 13,3 por cada 100 mil habitantes. Según los datos del Ministerio de Salud incluidos en el comunicado, ambas tasas alcanzaron sus niveles más altos de la última década, en un escenario que pone en discusión el autocuidado, la educación sexual y el acceso a información sobre prevención.

Aunque el aumento se concentra principalmente entre personas de 20 a 39 años, los especialistas también advierten sobre el crecimiento de los diagnósticos en mayores de 60. Para Alejandro Afani, inmunólogo y director del Centro de VIH del Hospital Clínico Universidad de Chile, entre los factores que influyen en este escenario está una menor percepción del riesgo frente al VIH y otras infecciones. El especialista recuerda que las herramientas preventivas han avanzado, pero que protegerse de un virus no significa quedar a salvo de todas las ITS.

“Con la incorporación progresiva del uso de la profilaxis preexposición (PrEP) muchas personas han optado por utilizarla como una alternativa al preservativo. Por otro lado, también existe una menor percepción de riesgo frente al VIH, debido a que hoy las personas saben que, con un diagnóstico oportuno y un tratamiento adecuado, quienes viven con el virus pueden llevar una vida normal. Sin embargo, el VIH no es la única infección que requiere atención. La sífilis, gonorrea, clamidia y otras ITS continúan circulando y pueden generar complicaciones si no son diagnosticadas y tratadas oportunamente”, detalló Afani. La PrEP es una estrategia eficaz para prevenir el VIH, pero no protege frente a infecciones como la sífilis y la gonorrea.

Los datos sobre el uso del preservativo también preocupan. Una encuesta del Centro de VIH, realizada a más de 7 mil personas que acudieron a hacerse un test rápido de VIH, encontró que menos del 25% utilizaba condón de manera regular. Según Afani, quienes lo usaban señalaban principalmente la prevención de embarazos como motivo, antes que la protección frente a infecciones. Para el académico, estas cifras reflejan una brecha que va más allá de conocer los métodos disponibles y que también involucra la educación sexual, el acceso a consejería y la capacidad de tomar decisiones informadas.

Las mujeres también enfrentan un escenario que requiere atención. Aunque los hombres concentran cerca de dos tercios de los casos de sífilis notificados, los diagnósticos en mujeres aumentaron un 16% durante el último año, con una tasa de 38,4 por cada 100 mil habitantes. Un estudio publicado en 2026 en BMC Public Health, basado en datos de la Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género (ENSSEX) 2022-2023, encontró que el 14,5% de las mujeres sexualmente activas declaró usar siempre preservativo, frente al 20% de los hombres. La investigación apunta a factores como las dinámicas de pareja y las dificultades para negociar el uso del condón, recordando que la prevención no depende únicamente del conocimiento individual.

Otro dato que rompe con la idea de que las ITS afectan principalmente a personas jóvenes es el aumento de notificaciones entre mayores de 60 años. Entre 2021 y 2025, la tasa de sífilis en mujeres de ese grupo etario pasó de 14,4 a 28,8 casos por cada 100 mil habitantes. En hombres, los diagnósticos subieron de 419 a 909, con una tasa de 50,8 por cada 100 mil habitantes. En cuanto a la gonorrea, la tasa entre hombres mayores de 60 años casi se triplicó en el mismo período, desde 3,9 hasta 11,6 casos por cada 100 mil habitantes. Para Afani, una vida sexual activa en edades más avanzadas también debe ir acompañada de información y medidas de protección.

A las herramientas preventivas tradicionales se suman nuevas estrategias, como la DoxyPEP, que consiste en el uso de doxiciclina después de una exposición sexual para reducir el riesgo de algunas ITS bacterianas. Su indicación depende de la evaluación clínica y de las recomendaciones sanitarias vigentes, ya que no es adecuada para todas las personas y su uso debe considerar, entre otros factores, la resistencia a los antimicrobianos. Afani también advierte que persiste desinformación sobre la PrEP incluso entre algunos profesionales de la salud, lo que refuerza la necesidad de mejorar la capacitación y la orientación clínica.

El desafío, en definitiva, no consiste solo en promover el testeo cuando aparecen síntomas, sino en fortalecer una cultura de prevención que considere distintas edades, prácticas sexuales y realidades sociales. El acceso a preservativos, la consejería, el diagnóstico oportuno y una educación sexual clara son piezas centrales para reducir los riesgos y evitar complicaciones. En un escenario de aumento de las notificaciones, contar con información confiable permite entender que prevenir el VIH y prevenir otras infecciones son objetivos relacionados, pero no equivalentes.

Más de 2.700 millones de personas expuestas al humo ajeno según cifras globales

Decir “yo no fumo” no significa estar libre de los riesgos asociados al tabaco. El humo que queda en el ambiente puede afectar a quienes comparten espacios con personas fumadoras, incluso si nunca han encendido un cigarrillo. Según cifras atribuidas al estudio Global Burden of Disease (GBD) en el comunicado, más de 2.700 millones de personas estarían expuestas al humo de segunda mano en el mundo, mientras que más de 1,66 millones de muertes se habrían asociado a esta realidad.

El llamado tabaquismo pasivo ocurre cuando una persona inhala el humo producido por la combustión del cigarrillo y el que exhala quien fuma. La exposición puede darse en el hogar, en espacios compartidos o en otros lugares donde el humo del tabaco permanece en el aire. Felipe Rivera, cirujano especializado en enfermedades respiratorias y académico asociado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, explica que entre las personas expuestas pueden estar las parejas y los niños que pasan varias horas al día cerca de alguien que fuma.

El problema está en los componentes del humo, que incluyen nicotina, monóxido de carbono y distintas sustancias irritantes y carcinogénicas. Javier Bravo, pediatra y académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile (Usach), subraya que quienes respiran este aire no eligen exponerse a sus componentes. “De esa manera, ellos se ven enfrentados a compuestos como la nicotina y el monóxido de carbono, y también, a una serie de otras moléculas de distinto nombre y calibre, que tienen funciones irritantes y moléculas carcinogénicas”, señala.

Los efectos no son iguales para todas las personas. La duración y la intensidad de la exposición, junto con factores individuales y enfermedades preexistentes, pueden influir en el impacto sobre la salud. Rivera advierte que el humo del tabaco puede agravar problemas respiratorios como el asma, la bronquitis y la rinitis, además de provocar inflamación en las vías respiratorias. La exposición también se relaciona con un mayor riesgo de cáncer pulmonar, por lo que no se trata únicamente de una molestia pasajera causada por el olor del cigarrillo.

En la infancia, los riesgos son especialmente relevantes porque los pulmones todavía están en desarrollo. Bravo explica que la exposición al humo puede aumentar la frecuencia y gravedad de las infecciones respiratorias y favorecer las exacerbaciones de asma y bronquitis. “aquí definitivamente estamos hablamos sobre uno de los grandes antagonistas de cualquier pediatra. Los niños tienen un pulmón que está en desarrollo, que es más pequeño y que es más susceptible a la agresión de todos los gases irritantes del tabaco. Asimismo tenemos amplia información respecto a que la exposición a un ambiente tabáquico genera infecciones respiratorias mucho más graves, mayor frecuencia de exacerbaciones de bronquitis o de asma”.

La exposición durante el embarazo y los primeros años de vida también preocupa a los especialistas por sus posibles consecuencias a largo plazo. Rivera señala que existen asociaciones entre el contacto con el humo del tabaco, las enfermedades respiratorias infantiles y el desarrollo pulmonar. En personas con asma u otras patologías crónicas, además, la recuperación frente a infecciones respiratorias puede ser más difícil y prolongada. Por eso, mantener ambientes libres de humo es una medida preventiva relevante, especialmente en hogares donde viven niños, personas mayores o pacientes con enfermedades respiratorias.

Las cifras internacionales mencionadas en el comunicado refuerzan la importancia de abordar el tabaquismo pasivo como un asunto de salud pública. Evitar fumar en espacios compartidos y proteger los ambientes interiores de la exposición al humo ayuda a reducir un riesgo que afecta también a quienes no consumen tabaco. En palabras de Bravo, las cifras del GBD son “alarmantes e importantes desde el punto de vista de la salud pública”. La idea es simple: no fumar es una decisión personal, pero respirar humo ajeno puede convertirse en un problema para toda la gente que comparte el mismo espacio.

Cuatro toxinas bajo la lupa en una investigación chilena sobre el queso roquefort

El queso azul podría convertirse en el próximo laboratorio de la biotecnología alimentaria. Un equipo liderado por el Dr. Renato Chávez, académico de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, investigará cómo modificar el hongo responsable de las características del roquefort para evitar que produzca determinadas toxinas, sin perder el sabor, la textura y el color que distinguen a este tipo de queso.

El protagonista de esta investigación es el Penicillium roqueforti, un hongo que participa en la maduración del queso azul y genera las vetas azuladas que lo caracterizan. Además de contribuir a su aroma y sabor, algunas cepas pueden producir sustancias cuya toxicidad y posibles efectos tras un consumo prolongado todavía requieren mayor investigación. El proyecto busca aportar evidencia sobre estas sustancias y explorar alternativas que permitan avanzar en la inocuidad de los alimentos.

La iniciativa se basa en resultados preliminares obtenidos por el equipo durante una investigación doctoral, en la que lograron que el hongo creciera en queso sin producir una de estas toxinas. “Llevamos años estudiando los compuestos que producen los hongos. A partir de una tesis doctoral nos preguntamos algo que nadie había probado con el hongo del queso azul: si al quitarle la capacidad de producir una toxina, todavía podía crecer en el alimento. Hicimos quesos en el laboratorio y comprobamos que el hongo crecía y que esa toxina no aparecía en ellos”, describe Chávez.

La nueva etapa se concentrará en cuatro sustancias que puede producir el hongo: roquefortina C, ácido micofenólico, toxina PR e isofumigaclavina A. Para estudiar su producción, el equipo utilizará CRISPR-Cas9, una herramienta de edición genética que permite intervenir genes específicos. El objetivo es obtener 15 versiones del hongo con distintas modificaciones y comprobar que los cambios impidan producir las toxinas seleccionadas.

Pero eliminar esas sustancias no garantiza que el queso mantenga sus propiedades. Antes de elaborar nuevas muestras, los investigadores deberán verificar que las cepas modificadas puedan crecer en condiciones similares a las del alimento, tolerar la sal y seguir transformando componentes de la leche durante la maduración. Después, los quesos experimentales se compararán con los elaborados de forma tradicional, evaluando su sabor, color, textura y los microorganismos presentes.

“Podemos quitarle al hongo la capacidad de producir las cuatro toxinas, pero si después no crece, esa cepa no serviría. Por eso, primero tenemos que estudiar cómo se comporta en el laboratorio y luego hacer los quesos para evaluar su sabor, su color, su textura y los microorganismos que viven en ellos”, explica el académico. La pregunta de fondo es si resulta posible reducir la producción de estas sustancias sin alterar los procesos biológicos que hacen reconocible al queso azul.

La investigación se extenderá durante cuatro años e involucrará a especialistas de distintas áreas, con la colaboración de la Universidad de Chile para identificar las sustancias producidas por el hongo y de otro equipo de la Usach para analizar la calidad de los quesos y los microorganismos que participan en su maduración. Aunque todavía no se puede afirmar que los quesos resultantes sean más seguros, el proyecto busca generar evidencia para evaluar esa posibilidad y contribuir al estudio de nuevas estrategias de inocuidad alimentaria.

Por qué el consumo de alcohol puede afectar más durante la vejez

El consumo problemático de alcohol en personas mayores puede avanzar sin levantar sospechas. La jubilación, la viudez, la pérdida de vínculos y el aislamiento social pueden cambiar la relación con la bebida, especialmente cuando existe una historia de consumo que se arrastra desde hace décadas. En Chile, las cifras y la experiencia clínica apuntan a un fenómeno que cruza salud, bienestar emocional y calidad de vida.

Un análisis del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, correspondiente al período 2016-2024, registró 1.662 defunciones por síndrome de dependencia del alcohol. Dentro de este grupo, los hombres de entre 65 y 75 años presentan las tasas más altas de mortalidad asociadas a esta causa. Para el Dr. Matías Ibáñez, médico experto en adicciones y fundador de Clínica Pellet Chile, parte del problema está en la continuidad del consumo y los cambios que pueden intensificarlo durante la vejez. “Cada vez hay más personas sobre 65 años que llegan con un consumo que arrastran desde hace décadas y que se disparó cuando se quedaron sin rutina, sin pareja o sin compañía”, explicó.

A los cambios sociales se suman transformaciones fisiológicas que hacen que el organismo procese el alcohol de otra manera. Tito Pizarro, académico de la Universidad de Santiago de Chile y experto en salud pública y nutrición, señala que las personas mayores suelen tener menos agua corporal disponible y una menor masa muscular, lo que puede aumentar la concentración de alcohol en el organismo y modificar sus efectos. “Eso hace que el alcohol se concentre más en la sangre y afecta más a las personas con la misma cantidad”, señaló a Diario Usach. El impacto también puede agravarse por el uso de medicamentos, las caídas, los trastornos del sueño y las dificultades de memoria y funcionamiento cognitivo.

La dimensión emocional es otra señal que los especialistas llaman a observar. En algunos casos, beber deja de estar vinculado a encuentros sociales y comienza a funcionar como una forma de enfrentar la ansiedad, la depresión, el aburrimiento o la angustia. “Muchas veces el consumo no es el problema de fondo, sino la forma de manejar ansiedad, depresión o malestar emocional. Funciona como una válvula de escape momentánea, pero después el costo es mayor”, advirtió Ibáñez. Cuando el alcohol se convierte en una herramienta para sobrellevar el malestar, el consumo puede pasar inadvertido para el entorno y retrasar la búsqueda de ayuda.

El contexto social también importa. Según datos del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, basados en la VI Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez UC-Caja Los Andes, el 49,2% de las personas mayores declara sentirse sola y el 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social. La situación es especialmente marcada entre los hombres que no tienen pareja: el 65,5% declara sentirse solo, frente al 33% de quienes sí la tienen. Estas cifras no demuestran que la soledad provoque una dependencia, pero ayudan a dimensionar las condiciones en que algunas personas pueden enfrentar esta etapa de la vida.

Pizarro advierte que jubilar, perder espacios cotidianos y despedir a personas cercanas puede transformar el sentido de pertenencia y las relaciones familiares. “Vivir un periodo en donde jubilas, dejas de trabajar o dejas de tener el oficio, en donde la sociedad te considera como un menos valor, donde hay un poco de prejuicio hacia las personas mayores, en donde hay una vida social que es distinta, en donde tus espacios normales desaparecen, tú ya no vas al trabajo o a tu oficio”, planteó. Por eso, detectar un consumo problemático requiere mirar más allá de la cantidad de alcohol: también importa identificar para qué se utiliza, qué cambios acompañan su aumento y si existe una pérdida de vínculos o de actividades significativas. Hablar del tema sin estigmatizar a las personas mayores y facilitar el acceso a apoyo profesional puede ayudar a reconocer una situación que, de otro modo, permanece oculta.

Cuando el dinero se convierte en un secreto dentro de la pareja

Hablar de plata dentro de una relación puede ser incómodo, pero cuando las deudas, compras importantes o cuentas comienzan a esconderse, el problema puede ir mucho más allá del presupuesto. La llamada “infidelidad financiera” describe precisamente aquellas situaciones en que uno de los integrantes oculta de manera intencional información económica relevante que puede terminar afectando los planes, el patrimonio o el bienestar de ambos.

Para Isabel Puga, psicóloga y académica de la Universidad de Santiago de Chile, el conflicto no está necesariamente en cuánto dinero se gasta, sino en la ruptura de la confianza que genera el ocultamiento. “Hablamos de infidelidad financiera cuando uno de los miembros oculta intencionalmente información económica relevante como deudas, compras sustanciales o cuentas secretas, que impacta de forma directa o explícita el patrimonio, los planes compartidos o el bienestar del proyecto en común”, explicó la especialista a Diario Usach.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente el problema. “la ‘infidelidad’ no está en el gasto en sí, sino en el engaño sistemático y la quiebra de la transparencia”. Cuando una persona esconde información que puede comprometer económicamente a la pareja, la otra queda expuesta a consecuencias que nunca tuvo la posibilidad de conocer o decidir. El dinero, además, suele cargar con significados que van mucho más allá de una cifra en una cuenta bancaria.

“Desde la psicología y el desarrollo de las relaciones, el dinero nunca es solo una cifra. Representa seguridad, control, autonomía y expectativas de futuro”, señaló Puga. Esa relación con las finanzas también está marcada por la historia personal de cada integrante: experiencias de crianza, períodos de carencia económica, formas de vincularse y creencias sobre el éxito o la protección pueden determinar cómo cada persona enfrenta el gasto, el ahorro y las deudas. “Cuando dos personas intentan construir una vida juntas, no solo juntan presupuestos, sino también sistemas de creencias profundas sobre la seguridad y el valor personal”, sostuvo.

Uno de los escenarios que puede aparecer detrás del ocultamiento es el sobreendeudamiento silencioso. Una persona puede intentar mantener determinado nivel de consumo sin revelar que sus finanzas están deterioradas, lo que puede venir acompañado de estrés, irritabilidad, ansiedad, problemas para dormir y dificultades de concentración. También pueden aparecer cambios de comportamiento, como mayor hermetismo frente a aplicaciones bancarias, estados de cuenta o correspondencia financiera, además de una diferencia difícil de explicar entre los ingresos conocidos y el nivel de consumo.

El gasto compulsivo puede convertirse en otra pieza del problema cuando comprar funciona como una forma de regular emociones. La gratificación inmediata puede aliviar momentáneamente la frustración o una sensación de insuficiencia, pero después puede aparecer culpa y aumentar el endeudamiento. En ese escenario, las finanzas terminan conectándose directamente con el bienestar emocional y con la dinámica de pareja. Por eso, identificar estas señales no significa asumir automáticamente que existe una “infidelidad financiera”, sino abrir una conversación sobre transparencia, límites y expectativas antes de que el secreto termine afectando el proyecto compartido.

Estrés, pantallas y noches en vela bajo la lupa

Dormir mal alguna vez es parte de la vida. Una semana de mayor carga laboral, preocupaciones personales o un cambio de horario pueden alterar el descanso durante algunos días. La señal de alerta aparece cuando el problema deja de ser ocasional, se vuelve persistente y comienza a afectar la energía, concentración y funcionamiento durante la jornada.

En Chile, este escenario convive con una creciente demanda por estudios especializados del sueño. Uno de los más completos es la polisomnografía, examen que permite observar qué ocurre en el organismo mientras una persona duerme. El procedimiento registra simultáneamente la actividad cerebral y las distintas etapas del sueño, además del flujo y esfuerzo respiratorio, saturación de oxígeno, frecuencia cardíaca y movimientos musculares. En determinados casos también incorpora video para identificar conductas o movimientos que ocurren durante la noche.

La demanda por este tipo de evaluaciones se relaciona, entre otros factores, con una mayor identificación de trastornos como la apnea obstructiva del sueño. Sin embargo, tener dificultades para conciliar el sueño, despertarse varias veces durante la noche o levantarse con la sensación de no haber descansado no significa necesariamente que exista una enfermedad específica. El estrés, la ansiedad y la transformación de los hábitos cotidianos también pueden alterar significativamente el descanso.

“A nivel mundial muchas personas tienen dificultades para quedarse dormidas, despertares frecuentes o un sueño poco reparador”, explicó Mérida Terán, académica de la Universidad de Santiago y coordinadora del Programa de Especialidad de Neurología de la Facultad de Ciencias Médicas. La especialista apunta especialmente a una rutina en la que la jornada parece no terminar nunca, marcada por la conexión permanente a dispositivos, redes sociales y trabajo.

“Creo que uno de los grandes problemas es que hemos ido extendiendo artificialmente nuestro día. Estamos permanentemente conectados mediante el celular, computador, redes sociales, trabajo, mensajes. Muchas personas llegan a la cama, pero mentalmente siguen trabajando”, sostuvo la doctora a Diario Usach. A esto se suman otros hábitos que pueden dificultar el descanso, como el sedentarismo, el estrés, comer muy tarde o en exceso y consumir cafeína durante la tarde.

La diferencia entre una mala noche y un problema que requiere atención está, en buena medida, en su duración y en el impacto que genera durante el día. Cansancio persistente, somnolencia, irritabilidad, dificultades para concentrarse o una disminución del rendimiento pueden ser señales para consultar a un profesional. En paralelo, el aumento de las solicitudes de polisomnografías ha generado listas de espera que pueden extenderse por tres meses o más, tanto en el sistema público como en el privado, dificultando un diagnóstico oportuno en algunos casos.

“Muchas personas piensan que cuando dormimos el cerebro simplemente se apaga, pero en realidad ocurre todo lo contrario. El sueño es un período de intensa actividad cerebral, en el que se producen procesos fundamentales para nuestra salud: se consolida la memoria y el aprendizaje, se regulan las emociones, se reorganizan distintas funciones cerebrales y se favorecen procesos de recuperación del organismo”, comentó Terán.

Ante este escenario, la especialista plantea que el acceso a los estudios debería considerar la prioridad clínica de cada paciente y que, cuando corresponda, pueden utilizarse alternativas como los estudios de sueño domiciliarios. “Es importante que las listas de espera se gestionen con prioridad clínica y que, cuando se pueda, se utilicen alternativas diagnósticas como los estudios de sueño domiciliarios. La polisomnografía sigue siendo fundamental en determinadas situaciones, pero no todos los pacientes necesitan necesariamente el mismo estudio”, sentenció.

¿Siempre tienes las manos frías? Esto es lo que explica un especialista

Tener las manos o los pies helados durante el invierno parece parte del paisaje. Sin embargo, cuando esa sensación aparece incluso con temperaturas cálidas, se repite con frecuencia o tarda demasiado en desaparecer, puede convertirse en una señal que vale la pena observar. Aunque en la mayoría de los casos responde a un mecanismo normal del organismo, existen algunas condiciones de salud que pueden estar detrás de este fenómeno.

El académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, doctor Tito Pizarro, explica que una de las principales razones es la vasoconstricción, proceso mediante el cual los vasos sanguíneos se estrechan temporalmente y reducen el flujo de sangre hacia las extremidades. “Hay muchas personas que sufren de esto, que las manos y los pies se les ponen frías incluso cuando hace calor y tratan de abrigarse. A veces se demora harto en sentir que las manos y pies están calientes”, señaló a Diario Usach.

En términos simples, el cuerpo redistribuye el flujo sanguíneo como una forma de responder a determinadas condiciones ambientales o internas. “Los vasos que hacen la circulación producen una vasoconstricción, se cierran los vasitos y es una sensación de frío que uno tiene en los dedos de las manos y sobre todo en los pies, incluso con temperaturas ambientales cálidas”, explicó Pizarro. Si el episodio es ocasional y desaparece por sí solo, generalmente no significa que exista una enfermedad.

La situación cambia cuando el frío se vuelve recurrente o prácticamente permanente. En esos casos, el especialista recomienda consultar a un profesional para descartar otras causas. “Si esto pasa muchas veces y uno siente que esto está permanentemente ocurriendo en esos fenómenos de vasoconstricción, uno debe consultar a un médico para descartar otras causas que ya no son normales”, advirtió.

Una de las posibilidades es el fenómeno de Raynaud, una respuesta exagerada de los vasos sanguíneos que puede activarse frente al frío o el estrés. Además de la sensación de frío, puede provocar hormigueo, dolor y cambios de coloración en los dedos, que incluso pueden adquirir tonalidades azuladas. “El fenómeno de Raynaud es una vasoconstricción también, sobre todo en las manos, pero a veces ocurre también en los dedos de los pies y ocurre frente al frío, frente al estrés”, indicó el académico.

El Raynaud puede aparecer sin una causa identificable, pero también estar relacionado con otras enfermedades, por lo que una evaluación médica resulta importante cuando los episodios son frecuentes o intensos. El abordaje dependerá de su origen y puede incluir medidas destinadas a evitar el frío y controlar factores desencadenantes como el estrés.

Otra condición que puede estar detrás de una mayor sensibilidad al frío es el hipotiroidismo. Cuando la tiroides produce una cantidad insuficiente de hormonas, pueden aparecer distintos síntomas, entre ellos una mayor intolerancia a las bajas temperaturas. “Otro cuadro que hay que siempre estar atento cuando hay gente que tiene frío es un hipotiroidismo. La disminución de la función de la hormona tiroidea hace que las personas tengan intolerancia al frío”, explicó Pizarro.

Por eso, si la sensación de frío aparece de manera persistente, se presenta incluso en ambientes cálidos o viene acompañada de otros síntomas, consultar puede ayudar a identificar si existe una alteración de la función tiroidea, un trastorno vascular u otra condición que requiera atención. La clave está en observar la frecuencia y la intensidad, más que entrar en pánico frente a un episodio aislado.

De todos modos, el mensaje del especialista también apunta a bajar la alarma innecesaria. Sentir ocasionalmente las manos o los pies fríos es una experiencia bastante común y forma parte de las respuestas normales del organismo. Como enfatiza Pizarro, “Siempre recordar que esa sensación de frío que uno tiene y que siente que las manos están frías, que los pies están fríos, suelen ser muy normales. Mucha gente lo tiene y no hay que asustarse”.