Salud y bienestar

Convivir con gatos y el arte de no estresarlos

En tiempos donde los gatos dominan silenciosamente los hogares —y también los feeds de redes sociales—, la idea de mantenerlos dentro de casa se ha instalado como una práctica cada vez más común en Chile. Pero puertas adentro no significa automáticamente bienestar. Así lo advierte la médica veterinaria Guisela Acuña, especialista en comportamiento felino, quien plantea que el verdadero desafío no es encerrar, sino construir un entorno que dialogue con la naturaleza del animal.

Porque sí, los gatos pueden vivir más seguros dentro del hogar, lejos de peleas, atropellos o enfermedades como la leucemia felina. Pero esa seguridad tiene letra chica. “Dentro de su modelo de prevención de conflictos, la emoción predominante en los gatos es el miedo”, explica la especialista, dejando claro que estos animales siguen funcionando bajo códigos evolutivos que combinan su rol de cazadores con el de potenciales presas. En otras palabras, un gato no deja de ser gato por vivir en un departamento.

Esa tensión constante —entre instinto y entorno— es la que puede convertir un espacio aparentemente cómodo en un lugar hostil si no está bien adaptado. El estrés en los gatos no siempre se nota de inmediato, pero se acumula. Cambios bruscos, falta de refugios o rutinas alteradas pueden gatillar problemas de salud que van desde trastornos conductuales hasta enfermedades físicas. “Lo que ocurre si esto no se cumple es que los gatos se estresan y el estrés se traduce en enfermedades”, advierte Acuña.

Por eso, el concepto de bienestar felino se vuelve clave. No basta con comida, agua y una caja de arena. El hogar debe transformarse en un ecosistema donde el gato pueda trepar, esconderse, observar y, sobre todo, sentir control sobre su entorno. La lógica es simple pero profunda: un gato necesita territorio, aunque ese territorio sea un departamento de 60 metros cuadrados. Y en casas con más de un felino, la ecuación se vuelve aún más exigente, obligando a multiplicar recursos para evitar conflictos silenciosos.

El juego también deja de ser un accesorio y pasa a ser una necesidad biológica. No es solo entretención, es simulación de caza, descarga de energía y regulación emocional. Ignorar esto es desconocer una parte esencial de su comportamiento. A eso se suma el respeto por sus tiempos, su olfato y sus rutinas, aspectos que muchas veces chocan con la dinámica humana, más acelerada y menos predecible.

Pero incluso en espacios controlados, el riesgo no desaparece. El hogar está lleno de amenazas invisibles para un gato. Plantas como los lirios pueden ser letales, al igual que alimentos tan cotidianos como el chocolate o productos con xilitol. “Los lirios son sumamente tóxicos para los gatos. Pueden provocar una falla renal aguda”, advierte la especialista, subrayando que el peligro no siempre está donde uno lo imagina. A eso se suma un error frecuente y crítico: la automedicación. “No recomiendo que automediquen a ningún gato o perro”, recalca, poniendo especial énfasis en el paracetamol, que en felinos es directamente tóxico.

En paralelo, el seguimiento veterinario se vuelve parte del contrato invisible que implica tener un gato. Vacunas al día, esterilización y controles periódicos no son opcionales si se busca calidad de vida. Más aún considerando que un gato indoor puede vivir más de 20 años. Esa longevidad no es casualidad, sino el resultado de cuidados constantes y de una observación atenta a cualquier cambio, por mínimo que parezca.

Al final, tener un gato no es solo sumar un compañero silencioso al hogar, sino aceptar una convivencia con una especie que funciona bajo reglas distintas. En una generación que valora el bienestar, la conciencia y el vínculo emocional con los animales, entender esto no es un lujo, es parte del mínimo ético. Porque cuidar a un gato no es domesticarlo del todo, sino aprender a convivir con su naturaleza.

La fruta viral que divide entre salud real y marketing

En el ecosistema de la alimentación saludable —ese mismo que vive entre reels, bowls fotogénicos y etiquetas clean— hay un nuevo protagonista que se instaló con fuerza en Chile: el açaí. Esta baya morada, originaria del Amazonas, dejó de ser un secreto regional para convertirse en un símbolo global del wellness. Hoy aparece en cafeterías, gimnasios y cocinas domésticas, pero su popularidad también abre una pregunta incómoda: ¿es realmente tan saludable como parece o estamos frente a otro fenómeno impulsado por el marketing?

Su expansión local tiene lógica. El açaí casi no se consume fresco en Chile debido a su rápida descomposición, pero encontró su lugar en formatos más prácticos como la pulpa congelada sin azúcar y el polvo liofilizado. Desde ahí, se transforma en jugos, helados y especialmente en los ya icónicos bowls, donde cada persona construye su versión con toppings que pueden ir desde fruta fresca hasta granolas ultra procesadas. Esa versatilidad es precisamente la que lo posiciona como tendencia, pero también la que puede distorsionar su valor nutricional.

Desde la vereda científica, hay razones para su fama. Daniela González, nutricionista y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, explica que este alimento “se destaca por su alta concentración de compuestos bioactivos, fibra y minerales”. A eso suma su narrativa más conocida: “se dice que es un ‘superalimento’ por su alta capacidad antioxidante y antiinflamatoria, lo que a su vez se asocia a posibles beneficios para el perfil cardiometabólico, a la reducción del estrés oxidativo y al apoyo a la salud cerebral e intestinal”.

Pero el mismo concepto que lo posicionó también lo pone en duda. “el concepto “superalimento es más comercial que científico”, advierte González, desmontando una etiqueta que suele instalar expectativas poco realistas. En un contexto donde lo saludable muchas veces se mide por tendencias y no por evidencia, el açaí se mueve en esa zona gris donde conviven beneficios reales con sobrepromesas.

El problema no siempre está en la fruta, sino en lo que la rodea. “Comer açai en batidos (uno de sus formatos más populares) puede ser saludable o no dependiendo de los ‘topping’, es decir, de lo que se le agregue”, indica la especialista. En su versión más equilibrada, mezclado con fruta natural, avena o yogurt, puede ser un aporte interesante. Pero cuando se carga con jarabes, azúcares añadidos o granolas excesivamente dulces, la ecuación cambia por completo. “un ‘açai bowl” puede transformarse fácilmente en un postre con altos niveles de azúcar, y por lo mismo, terminar aumentando la respuesta a la insulina”.

La discusión entonces se traslada a la cantidad. Viviana Carrasco, también nutricionista de la Usach, sostiene que “en la actualidad no hay evidencia establecida sobre una cantidad específica de açai, por lo que se recomienda su consumo en cantidades moderadas, dentro de una alimentación equilibrada e, idealmente, sin acompañamiento de ingredientes que aporten azúcares”. En esa línea, la referencia más clara sigue siendo práctica. “Una porción adecuada y segura bordea los 200 gramos de pulpa o 200 mililitros de jugo al día”, complementa González.

Aunque su consumo es considerado seguro, tampoco está exento de matices. Carrasco advierte que, en comparación con otras frutas, el açaí tiene un mayor aporte energético debido a sus grasas saludables. Y hay un detalle menos visible, pero relevante: “no todo el mundo sabe que el açai tiene un alto contenido de manganeso. Y si una persona lo consume todos los días, y en grandes cantidades, podría presentar problemas con la absorción de hierro. Por lo mismo, la clave está en la moderación”, concluye González.

En una era donde comer sano también puede transformarse en una performance, el açaí refleja esa tensión entre lo que parece saludable y lo que realmente lo es. No es un enemigo ni un milagro. Es, más bien, un recordatorio de que incluso las tendencias más “fit” necesitan contexto, criterio y algo que el algoritmo no suele recomendar tanto como debería: equilibrio.

Sandía en modo verano y ciencia en la mesa

La sandía se instala cada verano como un clásico transversal, presente en ferias, mesas familiares y escapadas a la playa. Fresca, jugosa y fácil de compartir, esta fruta de pulpa roja suele asociarse solo al placer inmediato del calor, pero su perfil nutricional la convierte en algo más que un simple antojo estacional. Con más del 90% de agua y apenas 60 calorías por porción, la sandía aparece como un aliado silencioso en tiempos de altas temperaturas.

Para profundizar en sus propiedades, Diario Usach conversó con Marcela Zamorano, experta en análisis de alimentos y composición química, y académica de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago de Chile. Desde una mirada científica, la especialista explicó que el principal atributo de la sandía es su capacidad de hidratación, clave en jornadas donde el calor se vuelve extremo y el cuerpo exige líquidos de forma constante.

“La sandía es ideal para combatir esos días de intenso calor”, señaló Zamorano, subrayando que “su gran característica es su gran contenido de agua. Alrededor de 100 gramos de sandía es parte comestible. Además, la parte roja que nosotros comemos tiene cerca de 91% de agua”. Este alto porcentaje la transforma en una fruta liviana, refrescante y fácil de digerir, especialmente valorada en épocas donde el apetito suele disminuir.

Pero no todo es agua. La académica detalló que la sandía contiene cerca de un 7% de azúcares y alrededor de un 0,9% de proteína, además de minerales relevantes. “Su gran aporte es ser un hidratante importante y tiene algunos minerales importantes, siendo una buena fuente de potasio”, complementó, apuntando a su rol en el equilibrio electrolítico del organismo.

El consumo, sin embargo, también tiene límites. Pese a su perfil saludable, Zamorano aclaró que la porción recomendada se sitúa entre los 150 y 200 gramos. “Significa un trozo aproximadamente de espesor de unos 2 a 3 centímetros”, precisó. En términos de frecuencia, la recomendación es una o dos porciones diarias, dentro del marco general de cinco raciones de frutas y verduras al día.

Existen, eso sí, grupos que deben prestar mayor atención. La especialista advirtió que en personas con diabetes o resistencia a la insulina, el consumo debe ser moderado. “Debido al alto contenido de azúcares que tiene, debe ser limitada”, afirmó, recordando que incluso los alimentos naturales requieren una mirada consciente según cada condición de salud.

En clave energética, la sandía también suma puntos. Gracias a su alto contenido de agua y a la fructosa de rápida absorción, funciona como un energizante natural. Zamorano confirmó esta idea al señalar que es un alimento que “no tiene tanta caloría y cuenta con una cantidad de fibra de alrededor de 0,4%, lo que también las hace bastante adecuadas como fruta de su consumo”. A esto se suman electrolitos como magnesio y potasio, que ayudan a mejorar el rendimiento físico y la recuperación tras la actividad deportiva.

El cierre lo aporta la ciencia antioxidante. La sandía contiene licopeno, un compuesto bioactivo presente también en los tomates, ampliamente estudiado por sus efectos positivos en la salud. “Se dice que previene algunos cánceres y enfermedades cardiovasculares cuando se come en su porción adecuada”, concluyó Zamorano. Así, esta fruta veraniega confirma que su popularidad no es solo cuestión de sabor, sino también de evidencia.

El calor que no deja apagar la mente

Las noches de verano en Chile se han vuelto un campo de resistencia cotidiana. Cuerpos que giran sin encontrar postura, sábanas abandonadas a mitad de la madrugada, ventiladores funcionando como mantra y termómetros que se niegan a bajar de los 23 grados cuando ya pasó la medianoche. Dormir bien, en este escenario, dejó de ser un hábito automático para transformarse en un desafío de salud pública silencioso, pero persistente.

El problema no es solo la incomodidad. Según explica Daniel Sánchez, médico cirujano y director del Departamento de Promoción Integral de la Salud de la Universidad de Santiago, el descanso nocturno depende de un mecanismo fisiológico clave que el calor extremo interrumpe. “La evidencia científica demuestra que el inicio y mantenimiento del descanso nocturno dependen, en gran parte, de la capacidad del organismo para disminuir su temperatura corporal central, proceso que se ve dificultado cuando el ambiente es demasiado cálido”, advierte.

Desde la medicina, el rango ideal para dormir está claro. En adultos sanos, la temperatura ambiental óptima se sitúa entre los 18 y 22 grados. Fuera de ese margen, el cuerpo entra en conflicto. “En este rango se facilita la termorregulación normal del cuerpo y se favorece un sueño más profundo y continuo. Temperaturas por sobre los 24–25 °C se asocian a mayor número de despertares nocturnos, menor tiempo de sueño profundo y sensación de cansancio al día siguiente”, aclara Sánchez, poniendo cifras a una experiencia que muchos ya conocen en carne propia.

El entorno del dormitorio juega un rol decisivo. Ventilar durante la noche y evitar que el calor se acumule durante el día, usando cortinas o persianas, puede marcar la diferencia. “La utilización de ventiladores puede ayudar a disminuir la sensación térmica al favorecer la evaporación del sudor, siempre evitando el flujo directo sobre el cuerpo. Cuando se dispone de aire acondicionado, su uso moderado y regulado hacia el rango recomendado puede ser beneficioso”, explica el especialista, bajando la ansiedad tecnológica a un uso más consciente.

También hay detalles que suelen pasarse por alto y que influyen directamente en el descanso. “La ropa de cama y el pijama deben ser livianos y de fibras naturales, como algodón o lino, que permiten una mejor transpiración”, señala Sánchez. A eso se suma una práctica simple, pero efectiva: la ducha previa al sueño. “Favorece la vasodilatación periférica y la posterior pérdida de calor, facilitando la conciliación del sueño”, comenta el médico, desmontando el mito de que el agua fría es la única aliada contra el calor.

La alimentación y los hábitos nocturnos completan el mapa. Cenar liviano, idealmente dos o tres horas antes de acostarse, evitar el alcohol, la cafeína y las comidas muy condimentadas no es una recomendación estética, sino fisiológica. “Las comidas abundantes, el alcohol, la cafeína y los alimentos muy condimentados aumentan la activación metabólica y la temperatura corporal, lo que interfiere con el sueño, especialmente en noches calurosas”, detalla el profesional.

En este contexto, la higiene del sueño vuelve a cobrar protagonismo. Horarios regulares, menos pantallas antes de dormir y técnicas simples de relajación ayudan a bajar las revoluciones de un cuerpo que ya viene exigido por el calor. Y si aun así el descanso no llega, la recomendación es clara: consultar con un especialista. Dormir bien no es un lujo estacional, es una necesidad básica para la salud física y mental, especialmente en un país que enfrenta olas de calor cada vez más intensas y prolongadas.

Pantallas bajo la lupa y la infancia en disputa

Mirar un celular antes de dormir, deslizar videos infinitos o responder mensajes hasta que el sueño pierda la batalla se ha vuelto una escena cotidiana en miles de hogares chilenos. Lo que antes parecía una excepción hoy es hábito: la última Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024 reveló que el 54% de los adolescentes usa redes sociales por más de tres horas diarias y que un 42,7% revisa su smartphone o tablet todas las noches después de acostarse. Una rutina silenciosa que, lejos de ser neutra, empieza a encender alertas sobre sus efectos en la salud mental y el desarrollo.

El debate no es exclusivo de Chile. En Australia, el Estado decidió ir más allá y prohibió por ley el acceso a redes sociales a menores de 16 años, convirtiéndose en el primer país del mundo en aplicar una restricción de ese calibre. En Francia, el presidente Emmanuel Macron ya anunció su intención de seguir el mismo camino a partir de 2026, con advertencias explícitas al momento de ingresar a estas plataformas. El argumento es claro: proteger a niños y adolescentes de una sobreexposición digital que puede dejar huellas profundas.

¿Funcionaría una medida así en Chile? Para Roberto Vera, académico de la Universidad de Santiago de Chile y magíster en Neurociencia, la respuesta no es binaria. “No es una solución mágica, pero sí puede funcionar como barrera de contención del mismo modo que existen límites de edad para el consumo de alcohol, el tabaco o la conducción”, explica. A su juicio, cualquier restricción podría tener efectos protectores “siempre que se acompañe de educación digital, fiscalización real y alternativas de socialización”.

La advertencia tiene base científica. Vera recuerda que “sabemos con bastante certeza que el cerebro adolescente, especialmente la corteza prefrontal (responsable del control inhibitorio, la planificación y la evaluación de riesgos) no alcanza su madurez funcional sino bien entrada la adultez temprana”. El problema es que las redes sociales juegan en desventaja: están diseñadas, dice, “para explotar circuitos dopaminérgicos de recompensa inmediata, comparación social y validación externa”, generando una brecha evidente entre el poder del estímulo y la capacidad de autorregulación de los menores.

A eso se suma un diseño algorítmico optimizado para maximizar el tiempo de permanencia y la activación emocional, no necesariamente el bienestar. “Desde las neurociencias, resulta difícil no concluir en la existencia de responsabilidades morales, y potencialmente jurídicas, de las plataformas”, afirma Vera, subrayando que la evidencia sobre los efectos en cerebros en desarrollo es conocida. En ese contexto, insiste en que “la regulación estatal no es una censura, sino una protección a una población vulnerable, un principio básico de la ética pública”.

La discusión se cruza además con el aula. La eventual prohibición del uso de celulares en colegios a partir de 2026 podría ayudar, según el especialista, siempre que se aplique “con criterio pedagógico”. “El aula es uno de los pocos espacios donde el cerebro joven puede entrenar la atención sostenida, la interacción social cara a cara y la tolerancia a la frustración”, habilidades que se erosionan cuando la pantalla está siempre presente. Pero advierte que la medida debe ir acompañada de formación docente, uso pedagógico planificado de tecnología y una explicación clara a estudiantes y familias.

El cierre del debate no es complaciente. “Cuando existe evidencia robusta del daño potencial en población vulnerable, la inacción también es una forma de negligencia”, concluye Vera. Regular, en este escenario, no sería retroceder, sino asumir que el mundo digital también necesita límites cuando lo que está en juego es el desarrollo de las próximas generaciones.

Relaciones afectivas en un país políticamente fracturado

En tiempos donde la política parece dividir hasta a los grupos de WhatsApp familiares, algunas parejas jóvenes están demostrando que las diferencias ideológicas no necesariamente quiebran los vínculos afectivos. Daniela, psicóloga, y Gustavo, ingeniero, son ejemplo de ello. Comparten fines de semana entre cerros, viajes y sobremesas con amigos, pero cuando llega la hora de votar, se paran en veredas distintas. Ella eligió a Jeannette Jara en la primera vuelta del 16 de noviembre y repetirá su voto este 14 de diciembre. Él, en cambio, marcó por Evelyn Matthei y ahora apoya a José Antonio Kast. Lo sorprendente es que, pese a la polarización del país, la relación no se erosiona. “No estaría con alguien que es acérrimo fanático de Kast, sé que vota porque lo ve como la opción menos mala, pero no porque siga sus mismos ideales”, explica Daniela. Ese matiz —y el respeto— ha marcado la diferencia.

El fenómeno no es aislado. Las elecciones chilenas, cada vez más volátiles, están permeando la vida cotidiana y ofreciendo un retrato íntimo de cómo se negocian los desacuerdos en una sociedad tensionada. El académico y sociólogo Dante Castillo, de la Facultad de Humanidades de la Usach, confirma que la disparidad ideológica dentro de las parejas es más común entre generaciones recientes. “En la actualidad, la interacción de aspectos personales e individuales ha disminuido la influencia de la opción política en la consolidación de una relación de pareja”, señala. Es decir, hoy el amor no está condicionado a la papeleta. Lo que pesa es la conexión emocional, la compatibilidad cotidiana y la capacidad de construir un proyecto común sin la exigencia de pensar igual.

Pero no todo es simple. La política, especialmente cuando se entrelaza con valores morales, puede convertirse en un campo minado. Psychology Today lo describe como una “tensión emocional donde entran en juego identidades, valores y experiencias previas”. Castillo agrega que esas diferencias pueden esconder dinámicas mucho más profundas. “Las diferencias en las opciones políticas pueden esconder dinámicas de poder que artificialmente se expresan como diferencias políticas”, sostiene. A veces, votar por otro candidato no es un gesto ideológico, sino una forma de marcar límites, independencia o incluso resistencia dentro de la relación.

A medida que el debate electoral se hace más agresivo en redes sociales, también se intensifica la discusión privada. Videos virales de “parejas de izquierda y derecha” se multiplican, poniendo en escena la pregunta de qué tan sostenible puede ser un vínculo afectivo cuando la política opera como un sello identitario. Castillo advierte que ese cruce puede transformarse en un problema serio. “Las diferencias políticas pueden sentirse como un ataque o una traición a nivel personal, transformando el desacuerdo en una crisis de valores e identidad”, comenta. Esa sensación puede activar un círculo de decepción, resentimiento o silencios estratégicos.

Frente a ese ruido, algunas parejas han optado por blindar ciertos espacios. Conversan, sí, pero sin entrar en el “modo debate”. Otras han delimitado horarios sin política, especialmente en semanas críticas como la previa al balotaje. Están quienes aceptan que nunca van a convencer al otro y que el foco debe estar en la relación, no en ganar una discusión que podría durar años. Castillo insiste en que la clave es el cuidado mutuo. “La pareja debe comprometerse a prohibir la burla o el insulto. Cuestionar una postura política no debe confundirse con un ataque a la relación”. Sin respeto, dice, la conversación se vuelve trinchera.

Para el académico, la ruta hacia una convivencia sana no pasa por coincidir, sino por desacordar mejor. Separar la política del valor moral permite que ambos entiendan que pueden querer lo mismo —seguridad, justicia, estabilidad— aunque difieran en cómo alcanzarlo. Practicar la escucha activa sin reducir al otro a una etiqueta es fundamental. Y no perder de vista el proyecto común también sostiene el vínculo en medio del caos electoral. Como sintetiza Castillo, el verdadero desafío es “aceptar la diferencia con respeto y evitar que la opción política afecte la intimidad de la pareja”. En un país cada vez más crispado, tal vez ahí se esconda una lección mayor: si el amor sobrevive a la polarización, quizás la sociedad también pueda hacerlo.

La batalla por un estacionamiento reservado en un país que aún normaliza la viveza

En Santiago y en cualquier ciudad chilena, basta caminar por un mall, un centro de salud o un supermercado para ver una escena que se repite con vergonzosa normalidad: autos sin credencial estacionados en espacios reservados para personas con discapacidad. Es una postal tan cotidiana que ya ni sorprende, pero que vuelve a instalarse con fuerza tras la advertencia pública de la Fundación Chilena de la Discapacidad (FCHD), que denunció el aumento sostenido de estas infracciones. El organismo no solo expone un problema cultural, sino una falla estructural del país para garantizar accesibilidad real.

Chile tiene 3.291.602 personas con discapacidad según la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia de 2022. Muchas de ellas dependen de estos estacionamientos para desplazarse con autonomía y seguridad. Aun así, su uso indebido se ha convertido en una práctica recurrente. El presidente de la FCHD, Matías Poblete, lo resume sin rodeos. “Estamos recibiendo denuncias de manera constante, y eso que la multa por la mal utilización de estos espacios es bastante cara. Y si hay una reiteración, ese valor se incrementa más”, sostuvo a Diario Usach. La Ley de Tránsito clasifica esta acción como “falta grave”, con sanciones entre 1 y 1,5 UTM, lo que equivale a un rango que supera los 100 mil pesos en casos reiterados.

Las reglas son claras, aunque la calle indique lo contrario. Solo pueden ocupar estos estacionamientos quienes cuenten con la credencial oficial de discapacidad emitida por el Registro Civil, previa inscripción en el Registro Nacional de la Discapacidad. El documento debe exhibirse en el parabrisas, no basta una fotocopia y menos el símbolo de la “cruz de malta”, que —por más tradición que tenga— no posee validez legal. Tampoco está permitido que embarazadas ni adultos mayores utilicen estos espacios. Sin embargo, la realidad muestra que el problema está lejos de resolverse.

Cuando se pregunta por qué esta práctica persiste, surgen teorías que van desde el desconocimiento de la normativa hasta la clásica excusa del “solo será un minuto”. Pero para Poblete, el origen está en una falla institucional más profunda. El informe “Análisis del Cumplimiento de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad en Chile”, publicado recientemente por la FCHD, sostiene que el país “no cumple plenamente el artículo N°8 de la CDPD porque las acciones de sensibilización sobre discapacidad son esporádicas, no forman parte de una política sostenida y carecen de coordinación, evaluación y alcance nacional”. En otras palabras, no existe una estrategia continua que eduque, fiscalice y transforme la conducta social.

A eso se suma una fiscalización que, según los propios afectados, simplemente no alcanza. “Esa labor corresponde principalmente a Carabineros de Chile y a los funcionarios municipales, con calidad de inspectores, habilitados para cursar multas”, señala Poblete. Pero en la práctica, la vigilancia es escasa y el control casi inexistente. El resultado es un ecosistema que normaliza la infracción, donde la falta de consecuencias alimenta la impunidad cotidiana.

Desde la academia también alertan sobre la necesidad de cambiar el enfoque. Américo Ibarra, académico de la Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido de la USACH, plantea que mejorar el sistema exige “fortalecimiento de los procesos de fiscalización y del uso de tecnología que permita contar con registros de las infracciones (a través de fotografías); el establecimiento de mecanismos y sanciones ejemplificadoras; el mejoramiento de las campañas de sensibilización (entendiendo que esto se trata de un problema cultural); y la aplicación de estrategias formativas desde el colegio”. Su diagnóstico no solo refleja la urgencia del tema, sino que recuerda que la accesibilidad es también un producto de la educación.

La paradoja se vuelve aún más evidente cuando se contrasta con gestos de solidaridad masiva. La madrugada del 30 de noviembre, Chile celebraba el éxito de la Teletón y la recaudación de $44.253.268.546. Un evento que moviliza al país entero a donar, empatizar y abrazar una causa común. Sin embargo, en la calle, en la vida diaria, ese mismo compromiso parece diluirse. “En el país no existe mucha cultura de los estacionamientos exclusivos. En general, no se respetan ni para los casos de discapacidad, adultos mayores o embarazadas. En muchas ocasiones, el chileno aplica la lógica de la ‘viveza’ y se autoexplica que su accionar se prolongará ‘por un par de minutos’. Así, además, piensa que esta práctica no generará ningún tipo tensión o conflicto”, señala Ibarra, quien además subraya la falta de control y sanción ante esta conducta.

Si Chile es capaz de movilizar millones en nombre de la inclusión, también debería ser capaz de respetar algo tan básico como un estacionamiento reservado. La pregunta ya no es por qué ocurre, sino cuánto tiempo más aceptaremos que este tipo de atropellos sigan formando parte del paisaje urbano sin consecuencias reales.

Cómo la ola de calor está afectando nuestra salud mental

Cuando Santiago y gran parte de Chile superan los 30 grados, la ciudad se convierte en una olla a presión emocional. No se trata solo del sol pegando fuerte ni del asfalto ardiendo bajo los pies: el calor modifica nuestras reacciones, altera nuestro humor y nos empuja a una montaña rusa de irritabilidad, cansancio y apatía que puede aparecer en cuestión de minutos. La pregunta que emerge en cada veraneo urbano es simple y brutal: ¿de verdad el calor intenso nos amarga? La ciencia dice que sí, y que el impacto es mucho más profundo de lo que imaginamos.

Un reciente estudio publicado en One Earth reveló que las altas temperaturas afectan negativamente el bienestar emocional en todo el planeta. No se trata únicamente de riesgo físico o caída en la productividad, sino de una alteración diaria en la manera en que sentimos. “No solo amenaza la salud física o la productividad económica, sino que también afecta el estado de ánimo de las personas, a diario, en todo el mundo”, explica Siqi Zheng, uno de los autores principales de la investigación. El calor extremo, según los datos, no solo agota: distorsiona la forma en que transitamos nuestra rutina.

En Chile, esta discusión llega en momentos donde las olas de calor son cada vez más frecuentes. Pedro Chaná, médico cirujano especialista en neurología y académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, confirma que el fenómeno es real y creciente. “Hay bastante evidencia, y de buena calidad, sobre que el calor ambiental tiene efectos significativos en la salud mental y el estado de ánimo. En este último tiempo el aumento de la temperatura se ha asociado con un incremento de los síntomas de ansiedad, irritabilidad y un empeoramiento del bienestar emocional”, señaló en Diario Usach. Y aunque el calor golpea a todos, no lo hace con la misma fuerza. “Sin embargo, hay poblaciones que tienen mayor vulnerabilidad, especialmente aquellas que están previamente afectadas por problemas de salud mental”, precisó.

El nivel socioeconómico, las condiciones de la vivienda, la edad avanzada, los problemas de salud y la capacidad de adaptación al calor se combinan como pequeñas piezas de un rompecabezas que determinan cuán fuerte impacta la temperatura en nuestro ánimo. La experiencia cotidiana lo confirma: cuando la ciudad arde, no todos tienen aire acondicionado, sombra ni infraestructura para resistir el golpe térmico. Para Chaná, estas desigualdades intensifican la carga emocional que trae cada ola de calor.

El mal humor también aparece al volante. Ya en los años 80, investigaciones demostraban que mientras más subía la temperatura, más probable era que los conductores tocaran la bocina. Aquellos con ventanillas abajo y sin aire acondicionado eran especialmente propensos a reaccionar con rabia. Décadas después, las conclusiones siguen vigentes. “Con temperaturas elevadas, entre 26 y 30 grados, se demuestra que aparece una percepción de incomodidad térmica, donde pueden aparecer molestias físicas, como irritación de las mucosas, dolor de cabeza, dificultad para pensar con claridad o concentrarse”, sostuvo el especialista.

El ambiente laboral tampoco queda fuera de esta ecuación. La clásica y eterna pelea por la temperatura ideal del aire acondicionado es apenas la superficie del problema. “Se repercute con una disminución del rendimiento laboral y un aumento de la fatiga y el malestar. Además, en lo social se ha relacionado estos ambientes con conductas disruptivas en el ambiente laboral. Especialmente en temperaturas superiores a los treinta grados y marcadamente sobre los 32 grados”, explicó Chaná. Una oficina caliente no solo incomoda: tensa, desgasta y rompe dinámicas de convivencia.

La ciencia va aún más lejos y revela que el calor actúa como un detonador biológico. “Hay evidencia de que el calor afecta en diferentes niveles, por ejemplo, en el sistema endocrino, inmunológico y metabólico. Por ejemplo, calores superiores a los cuarenta grados elevan el cortisol, activan el eje hipotálamo, el sistema simpático, entre otras cosas. Se habla de estrés térmico. En resumen, podemos decir que el calor actúa como un potente factor fisiológico de estrés que debe ser manejado en todo ambiente”, concluyó el neurólogo. Lo que sentimos no es exageración: es el cuerpo respondiendo a un ambiente que se vuelve hostil.

Mientras Chile enfrenta veranos cada vez más extremos, queda claro que el calor no solo derrite el hielo del freezer. También derrite la paciencia, el equilibrio emocional y la capacidad de transitar el día sin estallar. Entenderlo —y prepararse para ello— parece ser el nuevo desafío urbano en tiempos de crisis climática.

Precauciones urgentes para una Navidad más segura

Cada diciembre, los barrios de Santiago y distintas regiones del país se transforman en un mapa luminoso. Balcones envueltos en guirnaldas LED, fachadas que destellan al ritmo de villancicos electrónicos y árboles que compiten en brillo con cualquier vitrina del centro. Las redes sociales impulsan nuevas tendencias y las familias replican, con orgullo, decoraciones cada vez más elaboradas. Pero mientras Chile se deslumbra con esta estética festiva, un riesgo silencioso crece en paralelo: la seguridad eléctrica de los adornos que se instalan sin mayor revisión ni cuidado técnico.

El académico Héctor Chávez, del Departamento de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Santiago, advierte que el principal foco de peligro está en los cables. Según explicó a Diario Usach, detrás de cada instalación navideña se acumulan tensiones, tirones y esfuerzos para los que muchos productos, sobre todo los más económicos, no están diseñados. “Los elementos que van conectando las luces pueden estar sujetos a atracciones mecánicas. La gente los toma, incluso a veces las mascotas son buenas para jugar con esos cables, y esos cables deberían tener una buena resistencia a la atracción mecánica, a que los tiren”, señaló. Su comentario deja al descubierto un problema habitual: cuando la luz deja de funcionar, el cable no necesariamente deja de estar energizado.

El académico agrega que este escenario puede desencadenar accidentes más graves de lo que muchos creen. “Ahí alguien lo toca, o bien puede producirse un arco eléctrico (…) y esos arcos producen la quema, o puede ser que algo, como la rama del árbol de Navidad o un adorno de tela, pueda incendiarse”. La escena, común en celebraciones domésticas, se vuelve todavía más crítica cuando se trata de luces instaladas por niños o ubicadas cerca de materiales inflamables. Lo que comienza como un desperfecto menor puede convertirse en un principio de incendio en segundos.

Otro punto que preocupa a Chávez es la creciente tendencia a instalar decoraciones exteriores inspiradas en modelos internacionales. La presión estética que circula en redes sociales ha llevado a muchas familias a decorar terrazas y balcones con productos que no están diseñados para soportar las condiciones climáticas locales. “Las luces adaptadas para ambientes exteriores soportan el splash de agua, la lluvia, el riego, la acumulación de humedad”, afirma. Cuando esa resistencia no existe, el agua puede ingresar a zonas activas del artefacto, generando cortocircuitos o transmitiendo electricidad directamente a quien toque la estructura.

El académico insiste en que el problema no es simplemente técnico, sino también cultural. En la mayoría de los hogares, no se verifica si el producto es apto para exterior, si viene sellado contra humedad o si cuenta con materiales aislantes. Chávez es claro respecto a la condición ideal: “El artefacto tendría que estar completamente aislado, encapsulado, para que al contacto con el agua esa agua no ingrese”. Sin esa protección, cada adorno se vuelve una lotería de riesgos.

En Chile, la fiscalización de este tipo de artefactos recae en la Superintendencia de Electricidad y Combustibles (SEC), entidad que certifica que cada producto cumpla con los estándares necesarios. Sin embargo, la verificación todavía no es un hábito instalado en la ciudadanía. “Todos los artefactos eléctricos debieran tenerlo (…) es un código QR que uno lo ve en todos los artefactos eléctricos”, recuerda el académico. Esa etiqueta, tantas veces ignorada, es hoy una de las barreras más efectivas para prevenir accidentes, evitar cortocircuitos y asegurar una temporada festiva sin emergencias domésticas.

Mientras los barrios ya brillan anticipando la Navidad, la advertencia es clara: la belleza de las luces no debe eclipsar la seguridad. La instalación responsable, la elección de productos certificados y la atención al uso adecuado pueden marcar la diferencia entre una celebración alegre y un susto mayor.

Jornada pone el VIH al centro de la conversación pública

Santiago vivió este miércoles una de esas jornadas que recuerdan por qué la salud pública necesita salir a la calle. Cerca de 200 personas llegaron al Complejo Universitario VM20 para participar en la jornada gratuita de detección precoz de VIH organizada por la Universidad de Chile en conjunto con profesionales del Hospital Clínico. La iniciativa —abierta a estudiantes, funcionarios y habitantes del sector— buscó reforzar el diagnóstico temprano en un contexto donde el virus sigue siendo un desafío urgente tanto dentro como fuera del país. El llamado es claro: testearse salva vidas y es una herramienta esencial para frenar la transmisión.

El panorama internacional tampoco da respiro. Según ONUSIDA, en 2024, alrededor de 5,3 millones de personas en el mundo no sabían que vivían con VIH, lo que reduce las posibilidades de acceder a tratamiento oportuno y aumenta el riesgo de nuevos contagios. Hoy, 40,8 millones de personas conviven con el virus y solo durante el último año 1,3 millones adquirieron la infección. Las cifras hablan por sí solas y sitúan al testeo como un pilar fundamental en la estrategia global de prevención.

En Chile, la situación también exige acción. Así lo explicó el Dr. Alejandro Afani, director del Centro VIH del Hospital Clínico de la U. de Chile, quien enfatizó que “en Chile hay más de 90 mil personas viviendo con VIH y se estima que al menos 10 mil aún desconocen su diagnóstico. Por eso, el test es fundamental para reducir la brecha entre quienes viven con el virus y aún no lo saben. Por un lado, permite iniciar rápidamente el tratamiento, evitando que la enfermedad progrese, y por otro, una persona que accede a terapia y alcanza una carga viral indetectable no transmite el virus. Por lo tanto, tiene un impacto fundamental en la salud pública, es decir, hoy día tratar es prevenir también”. Su mensaje es categórico: la prevención y el acceso a tratamiento van de la mano.

La actividad —instalada en el nuevo espacio VM20 que articula vida universitaria y comunidad— también fue una oportunidad para reforzar la educación en salud sexual. La vicerrectora de Asuntos Estudiantiles y Comunitarios, Josiane Bonnefoy, recalcó la importancia del diagnóstico temprano señalando que “cualquier medida preventiva y la promoción del testeo es fundamental para reducir los diagnósticos tardíos. Con los avances de la medicina, el VIH es una condición controlable, si se detecta a tiempo. Además, el testeo permite articular programas de salud sexual y reproductiva, especialmente considerando el aumento de las infecciones de transmisión sexual en los últimos años, en particular entre jóvenes”. Su llamado apunta a vencer el miedo, informarse y asumir una cultura de autocuidado.

El estigma sigue siendo una barrera. Por eso el testimonio de estudiantes como Tomás Medina, de Administración Pública, es una pieza crucial en la conversación. “Estas instancias me parecen muy importantes porque el VIH todavía arrastra mucho estigma. Por eso es clave normalizar y decir que está bien venir a hacerse un examen: no es el fin del mundo y existe tratamiento. A menudo se confunden el SIDA y el VIH, pero no son lo mismo. Hoy contamos con tratamientos eficaces y con seguimiento”, afirmó. La generación joven toma la palabra para desarticular prejuicios que aún persisten en el imaginario social.

Desde el Ministerio de Salud también hubo respaldo directo. El Dr. Leonardo Chanqueo, jefe del Programa Nacional de VIH e ITS, asistió a la actividad y destacó el rol articulador de la Universidad de Chile en el territorio. “Desde el Ministerio de Salud valoramos y felicitamos que se realicen este tipo de instancias de testeo, porque necesitamos visibilizar el VIH. Tenemos que hablar de VIH todos los días, poner el tema sobre la mesa y motivar a que las personas vengan a testearse (…) Trabajar con aliados clave como la Universidad de Chile es fundamental, ya que nos permite llegar a las poblaciones donde queremos estar, especialmente los jóvenes”, afirmó. Una señal potente de que la estrategia preventiva debe ser multisectorial.

La jornada también marcó un hito para la Clínica Universidad de Chile Quilín, que instaló un stand preventivo ofreciendo controles de presión arterial, glicemia, peso y talla, integrando la salud sexual en un enfoque más amplio de bienestar. Esta participación corresponde a su primera acción de extensión bajo una estrategia institucional que busca acercar servicios preventivos a la comunidad y promover una atención más humana, accesible y conectada con las necesidades reales de las personas. Testeo, acompañamiento y educación se unieron en una misma jornada que apuntó directamente a reforzar el cuidado colectivo.