Salud y bienestar

Por qué algunas casas gastan más energía y siguen estando frías

Cada invierno, miles de hogares chilenos enfrentan la misma paradoja: gastar cada vez más en luz, gas, leña o parafina y, aun así, seguir viviendo en casas frías. El problema no estaría únicamente en el precio de los combustibles, sino también en una infraestructura habitacional que, en muchos casos, deja escapar rápidamente el calor. Un nuevo análisis de la Universidad de Chile plantea que mejorar la aislación térmica de las viviendas debería ser parte central de las políticas contra la pobreza energética.

El Policy Paper “Vivienda y pobreza energética en Chile: hacia una política integral de habitabilidad”, elaborado por la Red de Pobreza Energética y publicado por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, propone mirar el problema desde una perspectiva más amplia. El documento, desarrollado por 18 investigadores y especialistas, plantea que las políticas de vivienda y energía no pueden continuar funcionando como agendas separadas, ya que las condiciones de una vivienda determinan cuánto deben gastar las familias para alcanzar niveles mínimos de confort térmico.

Pero ¿qué significa exactamente pobreza energética? Paz Araya, investigadora de la Red de Pobreza Energética, explica que “Según la definición coconstruida desde la Red de Pobreza Energética, un hogar se encuentra en situación de pobreza energética cuando no tiene acceso equitativo a servicios energéticos de alta calidad, es decir, que sean adecuados, confiables, seguros y no contaminantes, para cubrir las necesidades de energía que le permiten sostener el desarrollo humano y económico de sus integrantes”. El concepto, por tanto, no se reduce a no poder pagar una cuenta: también considera la posibilidad real de vivir en condiciones adecuadas.

El problema comienza en las paredes, techos y ventanas. Una parte importante del parque habitacional chileno fue construida bajo estándares térmicos insuficientes o antes de que existieran exigencias relevantes en esta materia. Como consecuencia, buena parte del calor producido por una estufa termina escapando rápidamente hacia el exterior. Para las familias, esto significa mantener los sistemas de calefacción funcionando durante más tiempo, elevar el gasto mensual y, en algunos casos, reducir el consumo hasta niveles que afectan directamente el confort y la salud.

La situación tampoco termina en el bolsillo. Araya advierte que “la incapacidad de satisfacer adecuadamente necesidades humanas básicas y fundamentales tiene implicancias en la salud física, como enfermedades cardiovasculares y respiratorias asociadas al frío, y contaminación intradomiciliaria por combustión a leña; afectaciones psicológicas provocadas por el estrés crónico, la precariedad y la incertidumbre energética; impactos socioemocionales en las relaciones personales y en el clima familiar, y también efectos en las oportunidades educativas y laborales, como la imposibilidad de estudiar de noche por falta de luz o calefacción y la postergación de la atención médica debido a la reasignación del presupuesto, por ejemplo”.

Por eso, el documento plantea que la respuesta no debería concentrarse exclusivamente en subsidiar combustibles o reemplazar estufas. Si una vivienda pierde calor por sus muros, techos y ventanas, cualquier sistema de calefacción tendrá que trabajar más para mantener una temperatura confortable. La alternativa propuesta pasa por avanzar hacia un mejoramiento térmico masivo de las viviendas existentes, mediante aislación de muros y techos, sellado de ventanas y programas de reacondicionamiento que permitan elevar la calidad del parque habitacional que ya está construido.

La discusión también apunta hacia las viviendas que todavía no existen. El estudio propone estándares de construcción más exigentes que permitan garantizar condiciones mínimas de temperatura, eficiencia energética y ventilación desde el momento en que se diseña una nueva vivienda. Para lograrlo, los investigadores plantean una mayor coordinación entre organismos como los ministerios de Vivienda y Urbanismo y de Energía, entendiendo que la habitabilidad térmica forma parte de una política de vivienda adecuada y no simplemente de una decisión individual sobre cómo calefaccionar.

Y el desafío no termina cuando llega septiembre. En un contexto marcado por eventos climáticos cada vez más extremos, mejorar la vivienda significa prepararla tanto para el frío como para el calor. Araya sostiene que “Las mejoras en habitabilidad implican abordar la pobreza energética considerando sus impactos en hogares que no están preparados para las bajas temperaturas, como las del invierno en la zona centro y sur del país, pero también los impactos de las olas de calor durante el verano”. La casa del futuro, plantea el informe, no debería ser solamente aquella que consuma menos energía, sino aquella capaz de proteger a quienes viven dentro de ella.

Cuando TikTok empieza a diagnosticar nuestras emociones

“Me dio TOC”, “me disocié”, “estoy sobreestimulado” o “eso me da ansiedad”. Expresiones que hace algunos años pertenecían principalmente al lenguaje clínico hoy circulan con naturalidad entre conversaciones, memes y videos de redes sociales. La popularización de estos conceptos ha ayudado a que la salud mental deje de ser un tema tabú, pero también ha instalado una nueva pregunta: ¿cuándo estamos describiendo una experiencia cotidiana y cuándo estamos hablando de una condición que requiere evaluación profesional?

Para Andrea Cruzat, psicóloga del Centro de Atención Psicológica (CAPS) de la Universidad de Chile, que existan más palabras para hablar de lo que sentimos representa un avance. La conversación pública sobre bienestar emocional puede facilitar que las personas comprendan sus experiencias y pierdan el miedo a pedir ayuda. Sin embargo, la especialista advierte que convertir conceptos clínicos complejos en etiquetas de uso cotidiano también puede generar confusión, especialmente cuando el contenido consumido en internet termina reemplazando una evaluación profesional.

“Por un lado, es muy positivo que la gente pueda tener más palabras para pensar sus estados emocionales, cómo se sienten y cómo les afectan las cosas. Eso también facilita que las personas quieran conocer más sobre lo que les ocurre y que hablar de salud mental ya no sea algo tan estigmatizado. Sin embargo, cuando se utilizan términos que son diagnósticamente complejos de forma imprecisa, también aparecen dificultades”, explica Cruzat.

El fenómeno se vuelve particularmente visible cuando ciertas expresiones comienzan a utilizarse como etiquetas identitarias. Decir “tengo TOC” porque una persona es ordenada, afirmar “soy bipolar” después de experimentar cambios de ánimo o atribuir determinadas conductas al espectro autista puede parecer inofensivo, pero simplifica condiciones que tienen criterios clínicos específicos. Según Cruzat, el autodiagnóstico puede incluso modificar la manera en que una persona interpreta sus relaciones, sus dificultades y su propia historia sin contar con las herramientas necesarias para establecer si existe realmente un diagnóstico.

La diferencia tampoco está únicamente en experimentar un síntoma. La intensidad, duración y consecuencias de determinadas experiencias son elementos relevantes para una evaluación clínica. “Una de las características comunes de muchos diagnósticos es que producen un malestar importante y afectan directamente el desarrollo de la vida de las personas, ya sea en lo laboral, social, académico o personal. No son condiciones que puedan tomarse a la ligera solo porque se hayan popularizado en redes sociales”, enfatiza la especialista.

En ese escenario, las redes pueden funcionar como una puerta de entrada, pero no como un sustituto de la atención profesional. La pregunta más útil no necesariamente es “¿tengo este trastorno?”, sino cuánto está interfiriendo ese malestar en la vida cotidiana. Problemas persistentes que afectan el estudio, el trabajo, las relaciones personales o el bienestar general pueden ser una señal para buscar orientación especializada. “Uno no tiene que esperar estar en una situación crítica para acudir a un psicólogo. Muchas personas consultan porque se sienten confundidas, desorientadas o quieren comprender mejor lo que les está pasando. También puede ser una consulta preventiva, antes de que el malestar aumente. Ir a un profesional no significa necesariamente que exista un diagnóstico, sino que también puede ser una forma de entender mejor lo que estamos viviendo”, afirma.

La conversación sobre salud mental, entonces, parece estar entrando en una segunda etapa. El desafío ya no consiste únicamente en conseguir que las personas hablen de ansiedad, depresión, trauma o neurodivergencia, sino en hacerlo con mayor precisión y responsabilidad. En una generación acostumbrada a buscar respuestas inmediatas en TikTok, Instagram o YouTube, reconocer los límites de esa información también forma parte del cuidado. Las redes pueden ponerle nombre a una experiencia y abrir una conversación, pero cuando el malestar comienza a condicionar la vida, la siguiente búsqueda debería conducir hacia un profesional y no solamente hacia otro video.

El pesimismo sobre el futuro de Chile alcanza su nivel más alto en una década

La confianza de los chilenos en el futuro atraviesa uno de sus momentos más complejos de los últimos diez años. Así lo revela la última encuesta Plaza Pública Cadem, cuyos resultados muestran que un 58% de la población observa con pesimismo el rumbo del país, el registro más alto desde 2015. La percepción negativa se concentra principalmente en tres áreas que marcan la vida cotidiana: la seguridad, la estabilidad política y la economía, configurando un escenario que, según especialistas, trasciende la coyuntura y comienza a afectar el bienestar psicológico de las personas.

El estudio muestra que la delincuencia continúa siendo la principal inquietud ciudadana, con un 51% de los consultados que cree que la seguridad empeorará durante los próximos seis meses. A ello se suma un 50% que anticipa un escenario político más complejo y un 43% que proyecta un deterioro de la situación económica nacional, la cifra más alta registrada en esta medición desde que comenzó a realizarse. La evolución de este último indicador evidencia un cambio importante en la percepción ciudadana, luego de haber alcanzado solo un 10% en 2018 y un 20% en 2019, reflejando el aumento sostenido de la incertidumbre en los últimos años.

Para comprender el impacto de estos resultados, Diario Usach conversó con Isabel Puga, psicóloga y académica de la Universidad de Santiago, quien sostiene que estas preocupaciones afectan directamente las necesidades básicas de seguridad y estabilidad de las personas. “La estabilidad económica ataca la seguridad de subsistencia, la delincuencia vulnera la integridad física, y la crisis política erosiona la confianza institucional y el sentido de orden”. A juicio de la especialista, cuando estas dimensiones se deterioran simultáneamente, el estrés deja de ser una reacción puntual y comienza a instalarse como un estado permanente.

La académica explica que la combinación de incertidumbre económica, inseguridad y desconfianza institucional termina afectando la percepción de control sobre la propia vida. “Cuando la persona experimenta que no puede controlar lo que gasta, que salir a la calle representa un riesgo inminente y que las figuras de autoridad no ofrecen soluciones, se activa un patrón de sobrecarga de estrés acumulado prolongado”, señala. Desde esta perspectiva, el pesimismo registrado por la encuesta no solo refleja una evaluación negativa del presente, sino también una creciente dificultad para proyectar expectativas positivas hacia el futuro.

Puga advierte que el fenómeno podría tener consecuencias más profundas si se mantiene en el tiempo. “Un 58% de pesimismo sostenido no refleja sólo una preocupación pasajera por la inflación. Indica que la población ha internalizado la idea de que haga lo que haga, el resultado no dependerá de su esfuerzo. Se ha roto el “pacto implícito” de movilidad social”. Para la especialista, cuando esa percepción se instala de manera prolongada, aumenta el riesgo de desarrollar sentimientos de desesperanza, disminuye la motivación y se fortalece un estado de estrés crónico que afecta la calidad de vida.

Más allá de los indicadores económicos o políticos, el estudio también abre una discusión sobre el impacto emocional que tiene la incertidumbre en la sociedad chilena. Según la psicóloga, este escenario puede traducirse en un deterioro de la tolerancia a la frustración, un aumento de la ansiedad que incluso alcanza a las nuevas generaciones, mayores niveles de aislamiento social y una disminución de la empatía entre las personas. En ese contexto, los datos de Cadem no solo describen el estado de ánimo del país, sino que también plantean el desafío de reconstruir la confianza ciudadana como un componente esencial para recuperar las expectativas de futuro.

La ansiedad dejó de ser una excepción y se convirtió en una alerta cotidiana

Sentir ansiedad antes de un examen, una entrevista de trabajo o una entrega importante es una respuesta natural del organismo. El problema comienza cuando esa sensación deja de ser pasajera y se instala como un estado permanente. En Chile, esa realidad afecta a una parte importante de la población. Según el Termómetro de Salud Mental 2025, elaborado por la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) y la Pontificia Universidad Católica, el 25,8% de las 2.300 personas consultadas declaró experimentar ansiedad generalizada, convirtiéndose en el indicador de mayor prevalencia dentro del estudio.

Para Isabel Puga, psicóloga del Centro de Salud de la Universidad de Santiago, la ansiedad no siempre representa un problema. La especialista explica que, desde una perspectiva clínica, se trata de un mecanismo de supervivencia que permite al cerebro responder frente a desafíos cotidianos. “Desde el punto clínico es fundamental comprender que la ansiedad, en su esencia, es una respuesta vital. Imaginemos a nuestro sistema nervioso como un sofisticado centro de vigilancia. Y cuando enfrentamos un desafío cotidiano (como el plazo para una entrega, una dificultad laboral o una demanda académica), esta estructura se activa, libera energía y nos permite movilizar recursos para solucionar el problema”. En condiciones normales, esa activación desaparece una vez superada la situación estresante.

El escenario cambia cuando la ansiedad deja de responder a amenazas concretas y se transforma en un estado permanente de alerta. En esos casos, el cerebro comienza a interpretar estímulos cotidianos como si representaran un peligro constante, afectando tanto el funcionamiento emocional como el cognitivo. Según la académica, este proceso responde a una alteración en la comunicación entre la corteza prefrontal, encargada del razonamiento, y la amígdala, responsable de procesar las emociones, generando una sensación continua de amenaza que las personas no pueden controlar de manera voluntaria.

Las consecuencias de esa hipervigilancia se extienden mucho más allá de la preocupación constante. La especialista advierte que la exposición prolongada al estrés deteriora funciones esenciales del cerebro, afectando la memoria, la capacidad de concentración, la planificación y la toma de decisiones. A ello se suman manifestaciones físicas que suelen pasar desapercibidas, como dolores de cabeza persistentes, problemas gastrointestinales, alteraciones del sueño, irritabilidad y agotamiento generalizado, síntomas que muchas veces terminan normalizándose pese a ser señales claras de un trastorno que requiere atención.

Frente a este panorama, Puga sostiene que la primera tarea consiste en abandonar la idea de que la salud mental funciona separada del cuerpo. “No existe salud mental sin la física”, afirma la psicóloga, enfatizando que ambos aspectos forman parte de un mismo sistema. La especialista también advierte que existen señales que no deben ignorarse, como el aislamiento social, el abandono de actividades que antes resultaban placenteras, las crisis de pánico, las palpitaciones, la falta de aire, el insomnio profundo o la aparición de pensamientos de desesperanza. “Debemos poner alerta cuando la gente comienza a desarrollar conductas de evitación (dejando de ir al trabajo, se aísla de sus vínculos afectivos o abandona intereses que antes les generaban placer). Y cuando se presentan síntomas somáticos, como las palpitaciones, la falta de aire o el insomnio profundo o cuando aparecen pensamientos de desesperanza, estamos ante un punto de inflexión. Ahí la ayuda de especialistas es fundamental para que los sujetos tengan la capacidad para retomar el control de sus propias trayectorias de vida”, señaló.

Más allá del tratamiento individual, la académica considera que el desafío también es estructural. Si bien Chile cuenta con programas y políticas de salud mental, sostiene que el sistema sigue funcionando de manera reactiva y fragmentada. Para la especialista, la verdadera prevención pasa por fortalecer la coordinación entre salud, educación y trabajo, además de impulsar políticas que reduzcan el desgaste psicológico asociado al ritmo de vida actual. En un contexto donde uno de cada cuatro chilenos reconoce convivir con ansiedad generalizada, el reto ya no es únicamente atender los casos existentes, sino construir una cultura que proteja el bienestar mental antes de que el agotamiento se transforme en enfermedad.

La ciencia explica por qué la sopa de pollo ayuda cuando estás resfriado

Cada invierno reaparece como una de las recetas más recomendadas cuando llegan los resfríos, la influenza y otros virus respiratorios. La sopa de pollo ocupa un lugar casi obligatorio en los hogares chilenos, aunque la ciencia aclara que su principal aporte no está en curar enfermedades ni en prevenir contagios, sino en ayudar al organismo a sobrellevar mejor los síntomas propios de esta época del año.

Con el aumento de cuadros respiratorios durante los meses más fríos, la nutricionista del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile, Consuelo Burgos, explica que esta preparación puede transformarse en un buen complemento durante la recuperación gracias a su alto contenido de líquido, su temperatura y la posibilidad de incorporar ingredientes nutritivos cuando el apetito disminuye. Sin embargo, advierte que no debe entenderse como un tratamiento médico. “No existe evidencia científica convincente que asocie el consumo de sopa de pollo con la reducción del riesgo de contraer virus respiratorios. Desde el punto de vista metodológico, no se puede afirmar que prevenga el contagio”, explica.

Uno de los mayores beneficios de esta preparación está relacionado con la hidratación, un aspecto fundamental durante un resfrío o una influenza. Al tratarse de un alimento principalmente líquido y consumido caliente, favorece la fluidificación de la mucosidad y contribuye a aliviar la congestión nasal. “En un cuadro respiratorio, lo que tenemos que resguardar es, efectivamente, la hidratación, ya que nos ayudará mucho a eliminar la mucosidad propia de estos procesos infecciosos”, señala Burgos.

El vapor que desprende la sopa también genera un alivio temporal en las vías respiratorias, similar al efecto que produce una ducha caliente. A eso se suma que es una preparación de fácil digestión, ideal para personas que presentan decaimiento o poco apetito durante la enfermedad. En ese sentido, los especialistas coinciden en que su utilidad está asociada al confort que entrega al organismo mientras este enfrenta el proceso infeccioso.

La nutricionista recomienda privilegiar siempre las preparaciones caseras por sobre las sopas instantáneas, ya que permiten controlar la cantidad de sodio y evitar aditivos presentes en muchos productos procesados. Para obtener un mejor resultado aconseja utilizar pollo sin piel, incorporar verduras como cebolla, ajo y zanahoria, mantener una consistencia más líquida y moderar el uso de sal. En personas con diabetes, además, llama a controlar la cantidad de carbohidratos presentes en ingredientes como arroz, fideos o papas.

Más allá de este tradicional plato, Burgos recuerda que la recuperación frente a enfermedades respiratorias también depende de mantener una alimentación equilibrada, una buena hidratación y el consumo de frutas y verduras frescas que aporten vitaminas, fibra y otros nutrientes esenciales. Así, la sopa de pollo mantiene su lugar como un clásico del invierno, no como una cura milagrosa, sino como un aliado que ayuda a hacer más llevaderos los días de enfermedad.

La ciencia cambia la mirada sobre el vitiligo

Cada 25 de junio se conmemora el Día Mundial del Vitiligo, una fecha que busca poner sobre la mesa una enfermedad que todavía carga con mitos, estigmas y desinformación. Aunque suele reconocerse por las manchas blancas que aparecen sobre la piel, los especialistas advierten que el vitiligo es una enfermedad autoinmune, crónica y adquirida cuyo impacto trasciende lo estético, afectando también la salud mental, las relaciones sociales y la calidad de vida de quienes la viven.

La doctora María Irene Araya Bertucci, dermatóloga del Hospital Clínico Universidad de Chile y profesora asociada de la Facultad de Medicina, sostiene que comprender el origen de la enfermedad es el primer paso para combatir la desinformación. “Es una enfermedad autoinmune, crónica y adquirida de la piel, que se manifiesta mediante la aparición de manchas blancas debido a la destrucción selectiva de los melanocitos”, explica. Estas células son las responsables de producir melanina, el pigmento que da color a la piel y al cabello. Su desaparición responde a una combinación de factores genéticos, inmunológicos y procesos inflamatorios, y no a causas superficiales o cosméticas.

El diagnóstico precoz continúa siendo uno de los mayores desafíos. La enfermedad suele comenzar con manchas blancas bien delimitadas, muchas veces distribuidas de forma simétrica e incluso precedidas por episodios de picazón. Detectarla a tiempo permite frenar su avance y mejorar la respuesta a los tratamientos disponibles. “La consulta temprana es muy importante porque el vitíligo es más fácil de tratar en sus etapas iniciales. Un diagnóstico oportuno permite iniciar terapias que detengan la progresión de la enfermedad, especialmente en niños, donde la variedad no segmentaria puede avanzar rápidamente”, afirma la especialista.

En los últimos años, las opciones terapéuticas también han evolucionado. A la fototerapia con luz ultravioleta de banda estrecha, considerada uno de los tratamientos de referencia, se suman nuevos medicamentos como los inhibidores de JAK y terapias combinadas que buscan controlar la respuesta del sistema inmunológico y favorecer la repigmentación. Además, las personas con vitiligo deben mantener controles médicos, ya que presentan mayor riesgo de desarrollar otras enfermedades autoinmunes como trastornos tiroideos, diabetes tipo 1, lupus o alopecia areata.

Sin embargo, los especialistas insisten en que el tratamiento no puede limitarse únicamente a la piel. El vitiligo también puede afectar profundamente el bienestar emocional debido a los prejuicios que aún persisten en torno a la enfermedad. “Es fundamental abordar el vitiligo de manera integral porque el impacto en la salud mental, en algunos casos, es significativo. El éxito real no solo se mide en la repigmentación de la piel, sino en el aseguramiento del bienestar emocional y la calidad de vida del paciente”, señala Araya. Estudios han demostrado una relación bidireccional entre vitiligo y trastornos como la depresión, la ansiedad y la fobia social.

Más allá de los avances médicos, la principal tarea sigue siendo derribar mitos. El vitiligo no es contagioso, no aparece por consumir determinados alimentos y tampoco responde a problemas de higiene. La evidencia científica apunta a una enfermedad compleja que requiere diagnóstico oportuno, acceso a especialistas y un acompañamiento integral. En un escenario donde la conversación sobre diversidad e inclusión gana espacio, entender el vitiligo desde la ciencia también significa reconocer que la salud va mucho más allá de lo que se ve a simple vista.

Aguantarse la orina no es una buena idea

Con la llegada del invierno, salir de la cama o abandonar un espacio calefaccionado para ir al baño puede convertirse en una misión que muchos prefieren postergar. Sin embargo, ese hábito tan común como silencioso podría tener consecuencias para la salud. Especialistas advierten que retener la orina de manera frecuente no solo aumenta el riesgo de infecciones urinarias, sino que también puede alterar el funcionamiento normal de la vejiga y afectar la calidad de vida a largo plazo.

La ginecóloga de la Clínica Universidad de Chile Quilín, Libertad Méndez Núñez, explica que convertir esta práctica en una costumbre no es inocuo. “La retención voluntaria y habitual de la orina puede tener consecuencias negativas para la salud del sistema urinario. Aunque hacerlo de forma esporádica no suele causar problemas graves, convertirlo en un hábito sistemático puede”. Entre las principales complicaciones se encuentran el debilitamiento de los músculos del piso pélvico, el sobreestiramiento de la vejiga, una mayor probabilidad de desarrollar infecciones urinarias y alteraciones en la coordinación neuromuscular encargada del proceso de micción.

El problema, además, no distingue entre hombres y mujeres. El jefe de Urología del Hospital Clínico Universidad de Chile, Tomás Olmedo Barros, sostiene que “en este punto no hay diferencias entre hombres y mujeres” y que, en ambos casos, “no es recomendable aguantarse para ir al baño cuando se tienen deseos de orinar, porque puede aumentar el riesgo de infección urinaria o afectar el funcionamiento de la vejiga”. Aunque muchas personas normalizan este comportamiento durante jornadas laborales, viajes largos o días especialmente fríos, los especialistas coinciden en que la vejiga no está diseñada para soportar esa presión de manera reiterada.

Entonces, ¿cuántas veces al día es normal ir al baño? Según la doctora Méndez, la respuesta depende principalmente de la cantidad de líquidos consumidos y de factores como la actividad física o la temperatura ambiental. En términos generales, una persona sana suele orinar entre seis y ocho veces durante un período de 24 horas, considerando una ingesta cercana a los dos litros diarios. El consumo de café, té o alcohol también puede aumentar la frecuencia debido a su efecto diurético, mientras que superar las ocho micciones diarias de manera habitual o presentar síntomas asociados requiere una evaluación médica.

La necesidad constante de orinar tampoco debe ignorarse. Detrás de este síntoma pueden existir causas tan diversas como infecciones urinarias, vejiga hiperactiva, diabetes, embarazo, alteraciones prostáticas o cambios hormonales asociados a la menopausia. En las mujeres también es frecuente la polaquiuria, caracterizada por orinar muchas veces al día pero en pequeñas cantidades, condición que puede responder tanto a problemas urológicos como ginecológicos. Para los especialistas, cualquier cambio persistente en los hábitos urinarios merece atención profesional y no debería normalizarse.

Más allá de la incomodidad del invierno, el mensaje es simple: escuchar al cuerpo sigue siendo la mejor estrategia de prevención. Posponer ocasionalmente una visita al baño probablemente no traerá consecuencias, pero transformar esa decisión en una rutina sí puede afectar la salud del sistema urinario. Como recuerda la doctora Libertad Méndez, “Nunca es normal tener pérdidas de orina; puede ser esperable o frecuente, pero, sobre todo si afecta la calidad de vida, es importante acudir a consultar”.

El café podría estar ayudando a tu memoria

Para millones de personas, el día simplemente no comienza sin una taza de café. Está presente en reuniones de trabajo, jornadas universitarias, conversaciones entre amigos y hasta en las primeras horas después de una noche larga. En Chile, donde tres de cada cuatro adultos consumen café al menos una vez por semana, esta bebida se ha transformado en mucho más que un hábito: es parte de la cultura cotidiana. Pero detrás de su aroma y capacidad para mantenernos despiertos, la ciencia sigue descubriendo cómo influye realmente en nuestro cerebro.

Aunque muchas veces se habla del café y la cafeína como si fueran lo mismo, los especialistas advierten que existen diferencias importantes. Miguel Reyes, académico de la Escuela de Medicina de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, explica que “la cafeína es el principal componente activo del café, pero el café tiene una serie de otros productos”. Esa diferencia es clave para entender por qué una taza de café no genera exactamente los mismos efectos que una bebida energética o un suplemento de cafeína.

A nivel cerebral, el café funciona principalmente como un estimulante. Según el investigador, “Tienen un efecto que se denomina técnicamente estimulante, pero fundamentalmente aumentan la vigilia y disminuyen el sueño. Aumentan también un poco la atención, aumentan la capacidad de concentrarse”. En otras palabras, el clásico espresso antes de una prueba, una reunión o una jornada intensa de trabajo tiene una explicación biológica concreta: ayuda al cerebro a mantenerse alerta y enfocado.

El impacto del café no termina ahí. Durante años, distintos estudios científicos han investigado su relación con la memoria y el envejecimiento cerebral. Los resultados han sido mayoritariamente positivos. Reyes sostiene que “se ha demostrado con bastante evidencia que el consumo de café es lo que se denomina neuroprotector. Es decir, disminuye, no muy significativamente, pero disminuye la probabilidad de desarrollar Alzheimer o Parkinson, por ejemplo”. Además, a corto plazo, la cafeína puede facilitar la retención de información y mejorar la capacidad de recordar datos específicos.

Sin embargo, el entusiasmo por el café también tiene límites. Como ocurre con casi cualquier sustancia, la dosis es determinante. El consumo excesivo puede generar efectos adversos, especialmente en personas con problemas cardiovasculares. Taquicardias, aumento de la presión arterial y complicaciones asociadas a arritmias son algunos de los riesgos que los especialistas observan cuando la ingesta supera niveles razonables. Por eso, quienes presentan trastornos del sueño o hipertensión deben prestar especial atención a sus hábitos de consumo.

Otro elemento que suele pasar desapercibido es que no todos los cafés son iguales. La variedad del grano, el tipo de tostado, el método de preparación e incluso la calidad del agua pueden modificar significativamente la cantidad de cafeína y otros compuestos presentes en cada taza. Además, el café contiene antioxidantes que contribuyen al funcionamiento general del organismo, un beneficio que no necesariamente se replica en productos altamente procesados. De hecho, Reyes advierte que el mayor cuidado debe estar puesto en las bebidas energéticas. “Yo diría que donde hay que tener particular cuidado con la cafeína es en las dosis contenidas en las bebidas energéticas, porque ahí las dosis sí son bastante altas. Ahí puede haber problemas, por ejemplo, a nivel cardiovascular”, concluyó.

En un país donde el café forma parte del paisaje diario, la evidencia científica parece confirmar una noticia que muchos querían escuchar: consumido con moderación, no solo ayuda a despertar. También puede convertirse en un aliado para la concentración, la memoria y la salud cerebral. La clave, como suele ocurrir, está en saber cuánto, cuándo y qué tipo de café estamos tomando.

Ventilar, alimentarse mejor y entender el invierno

Con la llegada del invierno y las temperaturas acercándose a sus niveles más bajos del año, las conversaciones sobre resfríos, defensas bajas y remedios caseros vuelven a instalarse en la rutina cotidiana. Sin embargo, detrás de muchas creencias populares existe una explicación científica que ayuda a entender qué ocurre realmente cuando el frío se instala en las ciudades y hogares. Especialistas de la Universidad de Chile advierten que el problema no es únicamente la temperatura, sino la combinación de factores ambientales, hábitos domésticos y condiciones biológicas que terminan favoreciendo la circulación de virus respiratorios.

Una de las ideas más repetidas durante esta época es que el frío enferma. La académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile e integrante del Núcleo Interdisciplinario de Microbiología, Vivian Luchsinger, aclara que la situación es más compleja. “Lo que sí hace es disminuir la respuesta inmune, innata de las personas. Por ejemplo, disminuye la actividad de los cilios nasales que ayudan a eliminar los virus hacia el exterior y eso altera las mucosas, entonces favorece las infecciones por los virus”. A esto se suma un fenómeno cotidiano: durante el invierno las personas pasan más tiempo en espacios cerrados y reducen la ventilación de las viviendas, aumentando las posibilidades de contagio.

La ventilación aparece precisamente como uno de los factores más importantes para atravesar la temporada fría sin comprometer la salud. Bárbara Rodríguez Droguett, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, sostiene que abrir las ventanas varias veces al día es una práctica esencial, incluso cuando el frío parece desaconsejarlo. Según explica, la humedad acumulada por duchas, cocinas, calefacción, mascotas e incluso la respiración diaria termina generando condensación en muros y ventanas. Ese exceso de humedad favorece la aparición de moho y microorganismos que afectan la calidad del aire interior.

La especialista advierte que las consecuencias van más allá de una pared manchada. “La exposición al moho intradomiciliario está vinculado al asma, alergias respiratorias y en años recientes incluso se ha vinculado a neuroinflamación que puede empeorar a síntomas de ansiedad y depresión”. Por eso, una práctica tan habitual como secar ropa dentro de la casa durante el invierno puede transformarse en un problema silencioso para la salud de quienes habitan esos espacios.

El invierno también modifica la forma en que nos relacionamos con la comida. La sensación de hambre aumenta porque el cuerpo necesita más energía para mantener su temperatura. Carmen Gloria González, académica del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), explica que la exposición al frío incrementa el gasto energético basal y estimula el apetito. La recomendación no es comer más ultraprocesados ni caer en el exceso de calorías vacías, sino privilegiar preparaciones nutritivas que aporten energía sostenida, como legumbres, cereales integrales, verduras cocidas, sopas y caldos tradicionales.

Junto con la alimentación, los especialistas recomiendan reforzar hábitos simples que pueden marcar diferencias durante los meses más fríos. Mantener una hidratación adecuada, aunque no exista sensación de sed, consumir fuentes naturales de vitamina C y evitar cambios bruscos de temperatura forman parte de las medidas más efectivas. En una temporada donde las bajas temperaturas suelen dominar la conversación, la evidencia científica apunta a una conclusión clara: el verdadero desafío no es el frío en sí mismo, sino cómo convivimos con él dentro y fuera de nuestras casas.

Calor, plástico y salud infantil bajo la lupa de la ciencia chilena

El plástico está en prácticamente todos los rincones de la vida cotidiana. Desde envases y botellas hasta juguetes y utensilios para bebés, su presencia parece inevitable. Sin embargo, mientras la ciencia continúa descubriendo los efectos que algunos de sus componentes pueden tener sobre la salud humana, una nueva investigación chilena busca responder una pregunta que preocupa especialmente a madres, padres y cuidadores: ¿qué ocurre realmente cuando una mamadera se expone al calor de forma repetida?

Ese es el desafío que lidera el doctor Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, quien encabeza un proyecto Fondecyt Regular orientado a estudiar la migración de compuestos químicos desde distintos tipos de plásticos hacia la leche o el agua que consumen niños y niñas. El estudio surge en un contexto donde el bisfenol A (BPA), uno de los disruptores endocrinos más conocidos, ya fue restringido en diversos países debido a sus posibles efectos sobre los sistemas inmunológico, neurológico y hormonal.

Aunque muchas mamaderas actuales se comercializan como libres de BPA, la comunidad científica todavía busca comprender qué sucede con otros compuestos presentes en los materiales plásticos. “Hoy en día, el punto es que no sabemos si al calentar una mamadera, incluso aquellas que se comercializan como libres de BPA, se pueden generar compuestos derivados del propio plástico que, con el tiempo, migren hacia el contenido nutricional, como la leche o el agua. En ese sentido, existe consenso en que la exposición a disruptores endocrinos presentes en productos plásticos podría afectar el desarrollo”, explica el Dr. Jaime Pizarro.

La investigación analizará cómo variables tan comunes como la temperatura, la exposición a la luz y el tiempo de uso pueden favorecer la liberación de sustancias químicas desde los plásticos. Se trata de un fenómeno poco estudiado de manera integral, pese a que forma parte de rutinas domésticas diarias. “Hasta la fecha no ha habido un estudio sistemático que aborde el efecto conjunto de factores como la temperatura, la luz y el tiempo de almacenamiento en una mamadera, especialmente considerando su uso cotidiano, como el calentamiento repetido a lo largo del día y su uso prolongado en el tiempo. Tampoco se ha evaluado con precisión su capacidad de generar compuestos que migren hacia la leche o el agua”, explica el investigador.

Para avanzar en estas respuestas, el equipo desarrollará sensores electroquímicos capaces de detectar sustancias como el nonilfenol y el ftalato de dibutilo, compuestos presentes en diferentes tipos de plásticos y que también son considerados potenciales disruptores endocrinos. La apuesta tecnológica busca ofrecer una alternativa más accesible y eficiente para monitorear la presencia de estas sustancias, validando posteriormente los resultados mediante técnicas cromatográficas de alta precisión.

Con una duración proyectada de cuatro años, el estudio no solo busca generar evidencia científica inédita en Chile, sino también abrir una conversación más amplia sobre el uso cotidiano del plástico en contextos sensibles como la alimentación infantil. “Si bien este tipo de investigación tiene un alto potencial de impacto, también es fundamental avanzar en la concientización sobre el uso de estos materiales. Hoy es difícil prescindir del plástico, pero sí es posible promover un uso más informado, especialmente en contextos sensibles como la alimentación infantil. Generar ese conocimiento y ponerlo a disposición de la sociedad es, finalmente, uno de los principales objetivos de este proyecto”, concluye el Dr. Jaime Pizarro.