Salud y bienestar

Ventilar, alimentarse mejor y entender el invierno

Con la llegada del invierno y las temperaturas acercándose a sus niveles más bajos del año, las conversaciones sobre resfríos, defensas bajas y remedios caseros vuelven a instalarse en la rutina cotidiana. Sin embargo, detrás de muchas creencias populares existe una explicación científica que ayuda a entender qué ocurre realmente cuando el frío se instala en las ciudades y hogares. Especialistas de la Universidad de Chile advierten que el problema no es únicamente la temperatura, sino la combinación de factores ambientales, hábitos domésticos y condiciones biológicas que terminan favoreciendo la circulación de virus respiratorios.

Una de las ideas más repetidas durante esta época es que el frío enferma. La académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile e integrante del Núcleo Interdisciplinario de Microbiología, Vivian Luchsinger, aclara que la situación es más compleja. “Lo que sí hace es disminuir la respuesta inmune, innata de las personas. Por ejemplo, disminuye la actividad de los cilios nasales que ayudan a eliminar los virus hacia el exterior y eso altera las mucosas, entonces favorece las infecciones por los virus”. A esto se suma un fenómeno cotidiano: durante el invierno las personas pasan más tiempo en espacios cerrados y reducen la ventilación de las viviendas, aumentando las posibilidades de contagio.

La ventilación aparece precisamente como uno de los factores más importantes para atravesar la temporada fría sin comprometer la salud. Bárbara Rodríguez Droguett, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, sostiene que abrir las ventanas varias veces al día es una práctica esencial, incluso cuando el frío parece desaconsejarlo. Según explica, la humedad acumulada por duchas, cocinas, calefacción, mascotas e incluso la respiración diaria termina generando condensación en muros y ventanas. Ese exceso de humedad favorece la aparición de moho y microorganismos que afectan la calidad del aire interior.

La especialista advierte que las consecuencias van más allá de una pared manchada. “La exposición al moho intradomiciliario está vinculado al asma, alergias respiratorias y en años recientes incluso se ha vinculado a neuroinflamación que puede empeorar a síntomas de ansiedad y depresión”. Por eso, una práctica tan habitual como secar ropa dentro de la casa durante el invierno puede transformarse en un problema silencioso para la salud de quienes habitan esos espacios.

El invierno también modifica la forma en que nos relacionamos con la comida. La sensación de hambre aumenta porque el cuerpo necesita más energía para mantener su temperatura. Carmen Gloria González, académica del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), explica que la exposición al frío incrementa el gasto energético basal y estimula el apetito. La recomendación no es comer más ultraprocesados ni caer en el exceso de calorías vacías, sino privilegiar preparaciones nutritivas que aporten energía sostenida, como legumbres, cereales integrales, verduras cocidas, sopas y caldos tradicionales.

Junto con la alimentación, los especialistas recomiendan reforzar hábitos simples que pueden marcar diferencias durante los meses más fríos. Mantener una hidratación adecuada, aunque no exista sensación de sed, consumir fuentes naturales de vitamina C y evitar cambios bruscos de temperatura forman parte de las medidas más efectivas. En una temporada donde las bajas temperaturas suelen dominar la conversación, la evidencia científica apunta a una conclusión clara: el verdadero desafío no es el frío en sí mismo, sino cómo convivimos con él dentro y fuera de nuestras casas.

Calor, plástico y salud infantil bajo la lupa de la ciencia chilena

El plástico está en prácticamente todos los rincones de la vida cotidiana. Desde envases y botellas hasta juguetes y utensilios para bebés, su presencia parece inevitable. Sin embargo, mientras la ciencia continúa descubriendo los efectos que algunos de sus componentes pueden tener sobre la salud humana, una nueva investigación chilena busca responder una pregunta que preocupa especialmente a madres, padres y cuidadores: ¿qué ocurre realmente cuando una mamadera se expone al calor de forma repetida?

Ese es el desafío que lidera el doctor Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, quien encabeza un proyecto Fondecyt Regular orientado a estudiar la migración de compuestos químicos desde distintos tipos de plásticos hacia la leche o el agua que consumen niños y niñas. El estudio surge en un contexto donde el bisfenol A (BPA), uno de los disruptores endocrinos más conocidos, ya fue restringido en diversos países debido a sus posibles efectos sobre los sistemas inmunológico, neurológico y hormonal.

Aunque muchas mamaderas actuales se comercializan como libres de BPA, la comunidad científica todavía busca comprender qué sucede con otros compuestos presentes en los materiales plásticos. “Hoy en día, el punto es que no sabemos si al calentar una mamadera, incluso aquellas que se comercializan como libres de BPA, se pueden generar compuestos derivados del propio plástico que, con el tiempo, migren hacia el contenido nutricional, como la leche o el agua. En ese sentido, existe consenso en que la exposición a disruptores endocrinos presentes en productos plásticos podría afectar el desarrollo”, explica el Dr. Jaime Pizarro.

La investigación analizará cómo variables tan comunes como la temperatura, la exposición a la luz y el tiempo de uso pueden favorecer la liberación de sustancias químicas desde los plásticos. Se trata de un fenómeno poco estudiado de manera integral, pese a que forma parte de rutinas domésticas diarias. “Hasta la fecha no ha habido un estudio sistemático que aborde el efecto conjunto de factores como la temperatura, la luz y el tiempo de almacenamiento en una mamadera, especialmente considerando su uso cotidiano, como el calentamiento repetido a lo largo del día y su uso prolongado en el tiempo. Tampoco se ha evaluado con precisión su capacidad de generar compuestos que migren hacia la leche o el agua”, explica el investigador.

Para avanzar en estas respuestas, el equipo desarrollará sensores electroquímicos capaces de detectar sustancias como el nonilfenol y el ftalato de dibutilo, compuestos presentes en diferentes tipos de plásticos y que también son considerados potenciales disruptores endocrinos. La apuesta tecnológica busca ofrecer una alternativa más accesible y eficiente para monitorear la presencia de estas sustancias, validando posteriormente los resultados mediante técnicas cromatográficas de alta precisión.

Con una duración proyectada de cuatro años, el estudio no solo busca generar evidencia científica inédita en Chile, sino también abrir una conversación más amplia sobre el uso cotidiano del plástico en contextos sensibles como la alimentación infantil. “Si bien este tipo de investigación tiene un alto potencial de impacto, también es fundamental avanzar en la concientización sobre el uso de estos materiales. Hoy es difícil prescindir del plástico, pero sí es posible promover un uso más informado, especialmente en contextos sensibles como la alimentación infantil. Generar ese conocimiento y ponerlo a disposición de la sociedad es, finalmente, uno de los principales objetivos de este proyecto”, concluye el Dr. Jaime Pizarro.

El peligro oculto detrás de los termos

Lo que parecía un objeto cotidiano e inofensivo terminó convirtiéndose en una alerta internacional. Más de 8,2 millones de termos y recipientes de acero inoxidable fueron retirados del mercado en Estados Unidos luego de detectarse un desperfecto que podría provocar la expulsión violenta de sus tapas al momento de abrirlos. Y aunque la noticia explotó afuera, Chile también entró en la conversación: el Servicio Nacional del Consumidor emitió una alerta de seguridad por modelos comercializados localmente entre 2018 y 2026.

La situación afecta a productos de la marca Thermos, específicamente las líneas SK3000 Stainless King y SK3020 Food Jar. Según la alerta, algunos modelos no incorporan una válvula liberadora de presión en la tapa, un detalle técnico que puede transformarse en un problema serio cuando se almacenan líquidos o alimentos calientes por mucho tiempo. El resultado: acumulación de presión interna y riesgo de que la tapa salga disparada.

Aunque pueda sonar exagerado, la explicación física es bastante simple. Amaru González, académico de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Santiago de Chile, explica que “cuando un recipiente hermético contiene líquidos o alimentos calientes, se genera vapor y aumenta la presión dentro del termo. Si la tapa no cuenta con un sistema adecuado para liberar esa presión, puede producirse una apertura brusca o incluso que la tapa salga expulsada violentamente”.

La situación también deja en evidencia algo que muchas veces pasa desapercibido: los termos modernos son mucho más complejos de lo que parecen. “Muchas veces pensamos que un termo es un objeto simple, pero en realidad detrás de su funcionamiento existen principios de transferencia de calor, termodinámica y resistencia de materiales”, señala González. Hoy estos recipientes funcionan gracias a sistemas de vacío, aislamiento térmico y mecanismos de seguridad que necesitan precisión técnica para operar correctamente.

El académico además advierte que no todos los termos son iguales. “La diferencia entre un termo de mayor calidad y uno más básico no solamente está en cuánto tiempo mantiene la temperatura, sino también en la calidad de sus materiales, la eficiencia del vacío interno y los sistemas de seguridad incorporados”. Por eso, el problema no pasa solo por mantener el café caliente durante horas, sino también por cómo responde el recipiente frente a cambios de presión y temperatura.

Entre las recomendaciones básicas, especialistas llaman a no llenar completamente los termos con líquidos hirviendo, revisar sellos y tapas periódicamente y abrirlos con precaución después de varias horas cerrados. Porque sí, incluso algo tan cotidiano como llevar té o café al trabajo puede transformarse en un riesgo cuando la ingeniería detrás del objeto falla.

Comer bien no siempre cuesta caro

Durante años fue el plato de emergencia, la comida de fin de mes o el comodín universitario. Pero mientras muchos lo siguen mirando como una opción básica, el arroz con huevo está viviendo una inesperada relectura: la ciencia lo está validando como una combinación nutricional mucho más sólida de lo que su fama humilde sugiere. Lo que parecía cocina de supervivencia hoy también entra en la conversación sobre proteína, saciedad y alimentación inteligente.

La lógica detrás no es nostalgia, es bioquímica. Según la FAO, mezclar cereales como el arroz con huevo permite formar una proteína de alto valor biológico, es decir, una que entrega aminoácidos esenciales en proporciones que el cuerpo realmente puede aprovechar. El punto clave está en el equilibrio: el arroz por sí solo no alcanza un perfil proteico completo, pero el huevo compensa justo lo que le falta. El resultado es una mezcla eficiente, accesible y sorprendentemente competitiva frente a otras fuentes animales.

Ahí es donde este plato deja de ser solo costumbre y se convierte en estrategia. Para quienes entrenan, hacen deporte o simplemente necesitan energía sostenida, el combo funciona: el arroz aporta carbohidratos que ayudan a reponer glucógeno, mientras el huevo entrega proteína disponible para recuperación muscular. En términos simples, es energía que dura y proteína que sí hace la pega. Una fórmula simple, pero funcional.

Daniela González, nutricionista y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, lo explica sin rodeos. “El arroz es una super buena fuente de energía, porque aportan principalmente carbohidratos, y el huevo viene a complementar con proteína de muy buena calidad, además de vitaminas y minerales. Cuando los juntamos, conseguimos un plato más completo, porque el huevo mejora la calidad de la proteína del arroz, que por sí sola no es tan completa. Por eso es una buena combinación especialmente en contextos donde se necesita comer bien con alimentos accesibles”, aseguró.

Pero el valor no está solo en la proteína. También en cómo responde el cuerpo. “también hay algo importante relacionado con la saciedad, porque cuando agregamos proteína, como el huevo, a una comida basada en carbohidratos, tendemos a sentirnos más satisfechos y esto puede ayudar a regular el apetito y evitar estar picoteando entre comidas”. En otras palabras, no solo alimenta mejor, también ordena mejor. Y si además se suma verdura o una grasa saludable como aceite de oliva, el plato gana estabilidad metabólica y mejora la respuesta de glucosa en sangre.

Más que reemplazar la carne, el arroz con huevo aparece como una alternativa realista, económica y nutricionalmente sólida en tiempos donde comer bien también implica pensar en acceso. González lo resume así: “perfectamente puede ser una alternativa. El huevo aporta proteína de excelente calidad y es una muy buena opción, sobre todo si estamos tratando de reducir el consumo de carnes rojas o procesadas”. A veces, el plato más simple sigue siendo el más subestimado.

Convivir con gatos y el arte de no estresarlos

En tiempos donde los gatos dominan silenciosamente los hogares —y también los feeds de redes sociales—, la idea de mantenerlos dentro de casa se ha instalado como una práctica cada vez más común en Chile. Pero puertas adentro no significa automáticamente bienestar. Así lo advierte la médica veterinaria Guisela Acuña, especialista en comportamiento felino, quien plantea que el verdadero desafío no es encerrar, sino construir un entorno que dialogue con la naturaleza del animal.

Porque sí, los gatos pueden vivir más seguros dentro del hogar, lejos de peleas, atropellos o enfermedades como la leucemia felina. Pero esa seguridad tiene letra chica. “Dentro de su modelo de prevención de conflictos, la emoción predominante en los gatos es el miedo”, explica la especialista, dejando claro que estos animales siguen funcionando bajo códigos evolutivos que combinan su rol de cazadores con el de potenciales presas. En otras palabras, un gato no deja de ser gato por vivir en un departamento.

Esa tensión constante —entre instinto y entorno— es la que puede convertir un espacio aparentemente cómodo en un lugar hostil si no está bien adaptado. El estrés en los gatos no siempre se nota de inmediato, pero se acumula. Cambios bruscos, falta de refugios o rutinas alteradas pueden gatillar problemas de salud que van desde trastornos conductuales hasta enfermedades físicas. “Lo que ocurre si esto no se cumple es que los gatos se estresan y el estrés se traduce en enfermedades”, advierte Acuña.

Por eso, el concepto de bienestar felino se vuelve clave. No basta con comida, agua y una caja de arena. El hogar debe transformarse en un ecosistema donde el gato pueda trepar, esconderse, observar y, sobre todo, sentir control sobre su entorno. La lógica es simple pero profunda: un gato necesita territorio, aunque ese territorio sea un departamento de 60 metros cuadrados. Y en casas con más de un felino, la ecuación se vuelve aún más exigente, obligando a multiplicar recursos para evitar conflictos silenciosos.

El juego también deja de ser un accesorio y pasa a ser una necesidad biológica. No es solo entretención, es simulación de caza, descarga de energía y regulación emocional. Ignorar esto es desconocer una parte esencial de su comportamiento. A eso se suma el respeto por sus tiempos, su olfato y sus rutinas, aspectos que muchas veces chocan con la dinámica humana, más acelerada y menos predecible.

Pero incluso en espacios controlados, el riesgo no desaparece. El hogar está lleno de amenazas invisibles para un gato. Plantas como los lirios pueden ser letales, al igual que alimentos tan cotidianos como el chocolate o productos con xilitol. “Los lirios son sumamente tóxicos para los gatos. Pueden provocar una falla renal aguda”, advierte la especialista, subrayando que el peligro no siempre está donde uno lo imagina. A eso se suma un error frecuente y crítico: la automedicación. “No recomiendo que automediquen a ningún gato o perro”, recalca, poniendo especial énfasis en el paracetamol, que en felinos es directamente tóxico.

En paralelo, el seguimiento veterinario se vuelve parte del contrato invisible que implica tener un gato. Vacunas al día, esterilización y controles periódicos no son opcionales si se busca calidad de vida. Más aún considerando que un gato indoor puede vivir más de 20 años. Esa longevidad no es casualidad, sino el resultado de cuidados constantes y de una observación atenta a cualquier cambio, por mínimo que parezca.

Al final, tener un gato no es solo sumar un compañero silencioso al hogar, sino aceptar una convivencia con una especie que funciona bajo reglas distintas. En una generación que valora el bienestar, la conciencia y el vínculo emocional con los animales, entender esto no es un lujo, es parte del mínimo ético. Porque cuidar a un gato no es domesticarlo del todo, sino aprender a convivir con su naturaleza.

La fruta viral que divide entre salud real y marketing

En el ecosistema de la alimentación saludable —ese mismo que vive entre reels, bowls fotogénicos y etiquetas clean— hay un nuevo protagonista que se instaló con fuerza en Chile: el açaí. Esta baya morada, originaria del Amazonas, dejó de ser un secreto regional para convertirse en un símbolo global del wellness. Hoy aparece en cafeterías, gimnasios y cocinas domésticas, pero su popularidad también abre una pregunta incómoda: ¿es realmente tan saludable como parece o estamos frente a otro fenómeno impulsado por el marketing?

Su expansión local tiene lógica. El açaí casi no se consume fresco en Chile debido a su rápida descomposición, pero encontró su lugar en formatos más prácticos como la pulpa congelada sin azúcar y el polvo liofilizado. Desde ahí, se transforma en jugos, helados y especialmente en los ya icónicos bowls, donde cada persona construye su versión con toppings que pueden ir desde fruta fresca hasta granolas ultra procesadas. Esa versatilidad es precisamente la que lo posiciona como tendencia, pero también la que puede distorsionar su valor nutricional.

Desde la vereda científica, hay razones para su fama. Daniela González, nutricionista y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, explica que este alimento “se destaca por su alta concentración de compuestos bioactivos, fibra y minerales”. A eso suma su narrativa más conocida: “se dice que es un ‘superalimento’ por su alta capacidad antioxidante y antiinflamatoria, lo que a su vez se asocia a posibles beneficios para el perfil cardiometabólico, a la reducción del estrés oxidativo y al apoyo a la salud cerebral e intestinal”.

Pero el mismo concepto que lo posicionó también lo pone en duda. “el concepto “superalimento es más comercial que científico”, advierte González, desmontando una etiqueta que suele instalar expectativas poco realistas. En un contexto donde lo saludable muchas veces se mide por tendencias y no por evidencia, el açaí se mueve en esa zona gris donde conviven beneficios reales con sobrepromesas.

El problema no siempre está en la fruta, sino en lo que la rodea. “Comer açai en batidos (uno de sus formatos más populares) puede ser saludable o no dependiendo de los ‘topping’, es decir, de lo que se le agregue”, indica la especialista. En su versión más equilibrada, mezclado con fruta natural, avena o yogurt, puede ser un aporte interesante. Pero cuando se carga con jarabes, azúcares añadidos o granolas excesivamente dulces, la ecuación cambia por completo. “un ‘açai bowl” puede transformarse fácilmente en un postre con altos niveles de azúcar, y por lo mismo, terminar aumentando la respuesta a la insulina”.

La discusión entonces se traslada a la cantidad. Viviana Carrasco, también nutricionista de la Usach, sostiene que “en la actualidad no hay evidencia establecida sobre una cantidad específica de açai, por lo que se recomienda su consumo en cantidades moderadas, dentro de una alimentación equilibrada e, idealmente, sin acompañamiento de ingredientes que aporten azúcares”. En esa línea, la referencia más clara sigue siendo práctica. “Una porción adecuada y segura bordea los 200 gramos de pulpa o 200 mililitros de jugo al día”, complementa González.

Aunque su consumo es considerado seguro, tampoco está exento de matices. Carrasco advierte que, en comparación con otras frutas, el açaí tiene un mayor aporte energético debido a sus grasas saludables. Y hay un detalle menos visible, pero relevante: “no todo el mundo sabe que el açai tiene un alto contenido de manganeso. Y si una persona lo consume todos los días, y en grandes cantidades, podría presentar problemas con la absorción de hierro. Por lo mismo, la clave está en la moderación”, concluye González.

En una era donde comer sano también puede transformarse en una performance, el açaí refleja esa tensión entre lo que parece saludable y lo que realmente lo es. No es un enemigo ni un milagro. Es, más bien, un recordatorio de que incluso las tendencias más “fit” necesitan contexto, criterio y algo que el algoritmo no suele recomendar tanto como debería: equilibrio.

Sandía en modo verano y ciencia en la mesa

La sandía se instala cada verano como un clásico transversal, presente en ferias, mesas familiares y escapadas a la playa. Fresca, jugosa y fácil de compartir, esta fruta de pulpa roja suele asociarse solo al placer inmediato del calor, pero su perfil nutricional la convierte en algo más que un simple antojo estacional. Con más del 90% de agua y apenas 60 calorías por porción, la sandía aparece como un aliado silencioso en tiempos de altas temperaturas.

Para profundizar en sus propiedades, Diario Usach conversó con Marcela Zamorano, experta en análisis de alimentos y composición química, y académica de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago de Chile. Desde una mirada científica, la especialista explicó que el principal atributo de la sandía es su capacidad de hidratación, clave en jornadas donde el calor se vuelve extremo y el cuerpo exige líquidos de forma constante.

“La sandía es ideal para combatir esos días de intenso calor”, señaló Zamorano, subrayando que “su gran característica es su gran contenido de agua. Alrededor de 100 gramos de sandía es parte comestible. Además, la parte roja que nosotros comemos tiene cerca de 91% de agua”. Este alto porcentaje la transforma en una fruta liviana, refrescante y fácil de digerir, especialmente valorada en épocas donde el apetito suele disminuir.

Pero no todo es agua. La académica detalló que la sandía contiene cerca de un 7% de azúcares y alrededor de un 0,9% de proteína, además de minerales relevantes. “Su gran aporte es ser un hidratante importante y tiene algunos minerales importantes, siendo una buena fuente de potasio”, complementó, apuntando a su rol en el equilibrio electrolítico del organismo.

El consumo, sin embargo, también tiene límites. Pese a su perfil saludable, Zamorano aclaró que la porción recomendada se sitúa entre los 150 y 200 gramos. “Significa un trozo aproximadamente de espesor de unos 2 a 3 centímetros”, precisó. En términos de frecuencia, la recomendación es una o dos porciones diarias, dentro del marco general de cinco raciones de frutas y verduras al día.

Existen, eso sí, grupos que deben prestar mayor atención. La especialista advirtió que en personas con diabetes o resistencia a la insulina, el consumo debe ser moderado. “Debido al alto contenido de azúcares que tiene, debe ser limitada”, afirmó, recordando que incluso los alimentos naturales requieren una mirada consciente según cada condición de salud.

En clave energética, la sandía también suma puntos. Gracias a su alto contenido de agua y a la fructosa de rápida absorción, funciona como un energizante natural. Zamorano confirmó esta idea al señalar que es un alimento que “no tiene tanta caloría y cuenta con una cantidad de fibra de alrededor de 0,4%, lo que también las hace bastante adecuadas como fruta de su consumo”. A esto se suman electrolitos como magnesio y potasio, que ayudan a mejorar el rendimiento físico y la recuperación tras la actividad deportiva.

El cierre lo aporta la ciencia antioxidante. La sandía contiene licopeno, un compuesto bioactivo presente también en los tomates, ampliamente estudiado por sus efectos positivos en la salud. “Se dice que previene algunos cánceres y enfermedades cardiovasculares cuando se come en su porción adecuada”, concluyó Zamorano. Así, esta fruta veraniega confirma que su popularidad no es solo cuestión de sabor, sino también de evidencia.

El calor que no deja apagar la mente

Las noches de verano en Chile se han vuelto un campo de resistencia cotidiana. Cuerpos que giran sin encontrar postura, sábanas abandonadas a mitad de la madrugada, ventiladores funcionando como mantra y termómetros que se niegan a bajar de los 23 grados cuando ya pasó la medianoche. Dormir bien, en este escenario, dejó de ser un hábito automático para transformarse en un desafío de salud pública silencioso, pero persistente.

El problema no es solo la incomodidad. Según explica Daniel Sánchez, médico cirujano y director del Departamento de Promoción Integral de la Salud de la Universidad de Santiago, el descanso nocturno depende de un mecanismo fisiológico clave que el calor extremo interrumpe. “La evidencia científica demuestra que el inicio y mantenimiento del descanso nocturno dependen, en gran parte, de la capacidad del organismo para disminuir su temperatura corporal central, proceso que se ve dificultado cuando el ambiente es demasiado cálido”, advierte.

Desde la medicina, el rango ideal para dormir está claro. En adultos sanos, la temperatura ambiental óptima se sitúa entre los 18 y 22 grados. Fuera de ese margen, el cuerpo entra en conflicto. “En este rango se facilita la termorregulación normal del cuerpo y se favorece un sueño más profundo y continuo. Temperaturas por sobre los 24–25 °C se asocian a mayor número de despertares nocturnos, menor tiempo de sueño profundo y sensación de cansancio al día siguiente”, aclara Sánchez, poniendo cifras a una experiencia que muchos ya conocen en carne propia.

El entorno del dormitorio juega un rol decisivo. Ventilar durante la noche y evitar que el calor se acumule durante el día, usando cortinas o persianas, puede marcar la diferencia. “La utilización de ventiladores puede ayudar a disminuir la sensación térmica al favorecer la evaporación del sudor, siempre evitando el flujo directo sobre el cuerpo. Cuando se dispone de aire acondicionado, su uso moderado y regulado hacia el rango recomendado puede ser beneficioso”, explica el especialista, bajando la ansiedad tecnológica a un uso más consciente.

También hay detalles que suelen pasarse por alto y que influyen directamente en el descanso. “La ropa de cama y el pijama deben ser livianos y de fibras naturales, como algodón o lino, que permiten una mejor transpiración”, señala Sánchez. A eso se suma una práctica simple, pero efectiva: la ducha previa al sueño. “Favorece la vasodilatación periférica y la posterior pérdida de calor, facilitando la conciliación del sueño”, comenta el médico, desmontando el mito de que el agua fría es la única aliada contra el calor.

La alimentación y los hábitos nocturnos completan el mapa. Cenar liviano, idealmente dos o tres horas antes de acostarse, evitar el alcohol, la cafeína y las comidas muy condimentadas no es una recomendación estética, sino fisiológica. “Las comidas abundantes, el alcohol, la cafeína y los alimentos muy condimentados aumentan la activación metabólica y la temperatura corporal, lo que interfiere con el sueño, especialmente en noches calurosas”, detalla el profesional.

En este contexto, la higiene del sueño vuelve a cobrar protagonismo. Horarios regulares, menos pantallas antes de dormir y técnicas simples de relajación ayudan a bajar las revoluciones de un cuerpo que ya viene exigido por el calor. Y si aun así el descanso no llega, la recomendación es clara: consultar con un especialista. Dormir bien no es un lujo estacional, es una necesidad básica para la salud física y mental, especialmente en un país que enfrenta olas de calor cada vez más intensas y prolongadas.

Pantallas bajo la lupa y la infancia en disputa

Mirar un celular antes de dormir, deslizar videos infinitos o responder mensajes hasta que el sueño pierda la batalla se ha vuelto una escena cotidiana en miles de hogares chilenos. Lo que antes parecía una excepción hoy es hábito: la última Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024 reveló que el 54% de los adolescentes usa redes sociales por más de tres horas diarias y que un 42,7% revisa su smartphone o tablet todas las noches después de acostarse. Una rutina silenciosa que, lejos de ser neutra, empieza a encender alertas sobre sus efectos en la salud mental y el desarrollo.

El debate no es exclusivo de Chile. En Australia, el Estado decidió ir más allá y prohibió por ley el acceso a redes sociales a menores de 16 años, convirtiéndose en el primer país del mundo en aplicar una restricción de ese calibre. En Francia, el presidente Emmanuel Macron ya anunció su intención de seguir el mismo camino a partir de 2026, con advertencias explícitas al momento de ingresar a estas plataformas. El argumento es claro: proteger a niños y adolescentes de una sobreexposición digital que puede dejar huellas profundas.

¿Funcionaría una medida así en Chile? Para Roberto Vera, académico de la Universidad de Santiago de Chile y magíster en Neurociencia, la respuesta no es binaria. “No es una solución mágica, pero sí puede funcionar como barrera de contención del mismo modo que existen límites de edad para el consumo de alcohol, el tabaco o la conducción”, explica. A su juicio, cualquier restricción podría tener efectos protectores “siempre que se acompañe de educación digital, fiscalización real y alternativas de socialización”.

La advertencia tiene base científica. Vera recuerda que “sabemos con bastante certeza que el cerebro adolescente, especialmente la corteza prefrontal (responsable del control inhibitorio, la planificación y la evaluación de riesgos) no alcanza su madurez funcional sino bien entrada la adultez temprana”. El problema es que las redes sociales juegan en desventaja: están diseñadas, dice, “para explotar circuitos dopaminérgicos de recompensa inmediata, comparación social y validación externa”, generando una brecha evidente entre el poder del estímulo y la capacidad de autorregulación de los menores.

A eso se suma un diseño algorítmico optimizado para maximizar el tiempo de permanencia y la activación emocional, no necesariamente el bienestar. “Desde las neurociencias, resulta difícil no concluir en la existencia de responsabilidades morales, y potencialmente jurídicas, de las plataformas”, afirma Vera, subrayando que la evidencia sobre los efectos en cerebros en desarrollo es conocida. En ese contexto, insiste en que “la regulación estatal no es una censura, sino una protección a una población vulnerable, un principio básico de la ética pública”.

La discusión se cruza además con el aula. La eventual prohibición del uso de celulares en colegios a partir de 2026 podría ayudar, según el especialista, siempre que se aplique “con criterio pedagógico”. “El aula es uno de los pocos espacios donde el cerebro joven puede entrenar la atención sostenida, la interacción social cara a cara y la tolerancia a la frustración”, habilidades que se erosionan cuando la pantalla está siempre presente. Pero advierte que la medida debe ir acompañada de formación docente, uso pedagógico planificado de tecnología y una explicación clara a estudiantes y familias.

El cierre del debate no es complaciente. “Cuando existe evidencia robusta del daño potencial en población vulnerable, la inacción también es una forma de negligencia”, concluye Vera. Regular, en este escenario, no sería retroceder, sino asumir que el mundo digital también necesita límites cuando lo que está en juego es el desarrollo de las próximas generaciones.

Relaciones afectivas en un país políticamente fracturado

En tiempos donde la política parece dividir hasta a los grupos de WhatsApp familiares, algunas parejas jóvenes están demostrando que las diferencias ideológicas no necesariamente quiebran los vínculos afectivos. Daniela, psicóloga, y Gustavo, ingeniero, son ejemplo de ello. Comparten fines de semana entre cerros, viajes y sobremesas con amigos, pero cuando llega la hora de votar, se paran en veredas distintas. Ella eligió a Jeannette Jara en la primera vuelta del 16 de noviembre y repetirá su voto este 14 de diciembre. Él, en cambio, marcó por Evelyn Matthei y ahora apoya a José Antonio Kast. Lo sorprendente es que, pese a la polarización del país, la relación no se erosiona. “No estaría con alguien que es acérrimo fanático de Kast, sé que vota porque lo ve como la opción menos mala, pero no porque siga sus mismos ideales”, explica Daniela. Ese matiz —y el respeto— ha marcado la diferencia.

El fenómeno no es aislado. Las elecciones chilenas, cada vez más volátiles, están permeando la vida cotidiana y ofreciendo un retrato íntimo de cómo se negocian los desacuerdos en una sociedad tensionada. El académico y sociólogo Dante Castillo, de la Facultad de Humanidades de la Usach, confirma que la disparidad ideológica dentro de las parejas es más común entre generaciones recientes. “En la actualidad, la interacción de aspectos personales e individuales ha disminuido la influencia de la opción política en la consolidación de una relación de pareja”, señala. Es decir, hoy el amor no está condicionado a la papeleta. Lo que pesa es la conexión emocional, la compatibilidad cotidiana y la capacidad de construir un proyecto común sin la exigencia de pensar igual.

Pero no todo es simple. La política, especialmente cuando se entrelaza con valores morales, puede convertirse en un campo minado. Psychology Today lo describe como una “tensión emocional donde entran en juego identidades, valores y experiencias previas”. Castillo agrega que esas diferencias pueden esconder dinámicas mucho más profundas. “Las diferencias en las opciones políticas pueden esconder dinámicas de poder que artificialmente se expresan como diferencias políticas”, sostiene. A veces, votar por otro candidato no es un gesto ideológico, sino una forma de marcar límites, independencia o incluso resistencia dentro de la relación.

A medida que el debate electoral se hace más agresivo en redes sociales, también se intensifica la discusión privada. Videos virales de “parejas de izquierda y derecha” se multiplican, poniendo en escena la pregunta de qué tan sostenible puede ser un vínculo afectivo cuando la política opera como un sello identitario. Castillo advierte que ese cruce puede transformarse en un problema serio. “Las diferencias políticas pueden sentirse como un ataque o una traición a nivel personal, transformando el desacuerdo en una crisis de valores e identidad”, comenta. Esa sensación puede activar un círculo de decepción, resentimiento o silencios estratégicos.

Frente a ese ruido, algunas parejas han optado por blindar ciertos espacios. Conversan, sí, pero sin entrar en el “modo debate”. Otras han delimitado horarios sin política, especialmente en semanas críticas como la previa al balotaje. Están quienes aceptan que nunca van a convencer al otro y que el foco debe estar en la relación, no en ganar una discusión que podría durar años. Castillo insiste en que la clave es el cuidado mutuo. “La pareja debe comprometerse a prohibir la burla o el insulto. Cuestionar una postura política no debe confundirse con un ataque a la relación”. Sin respeto, dice, la conversación se vuelve trinchera.

Para el académico, la ruta hacia una convivencia sana no pasa por coincidir, sino por desacordar mejor. Separar la política del valor moral permite que ambos entiendan que pueden querer lo mismo —seguridad, justicia, estabilidad— aunque difieran en cómo alcanzarlo. Practicar la escucha activa sin reducir al otro a una etiqueta es fundamental. Y no perder de vista el proyecto común también sostiene el vínculo en medio del caos electoral. Como sintetiza Castillo, el verdadero desafío es “aceptar la diferencia con respeto y evitar que la opción política afecte la intimidad de la pareja”. En un país cada vez más crispado, tal vez ahí se esconda una lección mayor: si el amor sobrevive a la polarización, quizás la sociedad también pueda hacerlo.