La confianza de los chilenos en el futuro atraviesa uno de sus momentos más complejos de los últimos diez años. Así lo revela la última encuesta Plaza Pública Cadem, cuyos resultados muestran que un 58% de la población observa con pesimismo el rumbo del país, el registro más alto desde 2015. La percepción negativa se concentra principalmente en tres áreas que marcan la vida cotidiana: la seguridad, la estabilidad política y la economía, configurando un escenario que, según especialistas, trasciende la coyuntura y comienza a afectar el bienestar psicológico de las personas.

El estudio muestra que la delincuencia continúa siendo la principal inquietud ciudadana, con un 51% de los consultados que cree que la seguridad empeorará durante los próximos seis meses. A ello se suma un 50% que anticipa un escenario político más complejo y un 43% que proyecta un deterioro de la situación económica nacional, la cifra más alta registrada en esta medición desde que comenzó a realizarse. La evolución de este último indicador evidencia un cambio importante en la percepción ciudadana, luego de haber alcanzado solo un 10% en 2018 y un 20% en 2019, reflejando el aumento sostenido de la incertidumbre en los últimos años.

Para comprender el impacto de estos resultados, Diario Usach conversó con Isabel Puga, psicóloga y académica de la Universidad de Santiago, quien sostiene que estas preocupaciones afectan directamente las necesidades básicas de seguridad y estabilidad de las personas. “La estabilidad económica ataca la seguridad de subsistencia, la delincuencia vulnera la integridad física, y la crisis política erosiona la confianza institucional y el sentido de orden”. A juicio de la especialista, cuando estas dimensiones se deterioran simultáneamente, el estrés deja de ser una reacción puntual y comienza a instalarse como un estado permanente.

La académica explica que la combinación de incertidumbre económica, inseguridad y desconfianza institucional termina afectando la percepción de control sobre la propia vida. “Cuando la persona experimenta que no puede controlar lo que gasta, que salir a la calle representa un riesgo inminente y que las figuras de autoridad no ofrecen soluciones, se activa un patrón de sobrecarga de estrés acumulado prolongado”, señala. Desde esta perspectiva, el pesimismo registrado por la encuesta no solo refleja una evaluación negativa del presente, sino también una creciente dificultad para proyectar expectativas positivas hacia el futuro.

Puga advierte que el fenómeno podría tener consecuencias más profundas si se mantiene en el tiempo. “Un 58% de pesimismo sostenido no refleja sólo una preocupación pasajera por la inflación. Indica que la población ha internalizado la idea de que haga lo que haga, el resultado no dependerá de su esfuerzo. Se ha roto el “pacto implícito” de movilidad social”. Para la especialista, cuando esa percepción se instala de manera prolongada, aumenta el riesgo de desarrollar sentimientos de desesperanza, disminuye la motivación y se fortalece un estado de estrés crónico que afecta la calidad de vida.

Más allá de los indicadores económicos o políticos, el estudio también abre una discusión sobre el impacto emocional que tiene la incertidumbre en la sociedad chilena. Según la psicóloga, este escenario puede traducirse en un deterioro de la tolerancia a la frustración, un aumento de la ansiedad que incluso alcanza a las nuevas generaciones, mayores niveles de aislamiento social y una disminución de la empatía entre las personas. En ese contexto, los datos de Cadem no solo describen el estado de ánimo del país, sino que también plantean el desafío de reconstruir la confianza ciudadana como un componente esencial para recuperar las expectativas de futuro.