Los incendios forestales que azotaron recientemente a la Región del Biobío no solo dejaron un saldo devastador en términos materiales y humanos —con miles de viviendas destruidas y, hasta ahora, 21 víctimas fatales—, sino que también abrieron una discusión incómoda pero necesaria sobre las causas que están detrás de estas tragedias. Hace unos días, el gobernador regional Sergio Giacaman fue claro al señalar que los antecedentes técnicos apuntan a un comportamiento inusual del fuego, con focos simultáneos y una propagación acelerada, descartando de plano la casualidad y afirmando que el origen de la emergencia fue intencional.
La autoridad fue más allá y puso sobre la mesa la responsabilidad humana, planteando un escenario que incomoda tanto como preocupa. “Yo no tengo ninguna duda de que en este caso existe responsabilidad de personas que, no sé con qué fin —pueden ser enfermos pirómanos o incluso algún tipo de organización—, quisieron generar daño”, declaró Giacaman, instalando una pregunta clave: ¿qué lleva a una persona a prender fuego, aun sabiendo las consecuencias devastadoras que puede provocar?
Desde la psiquiatría, el fenómeno de la piromanía ofrece algunas respuestas, aunque lejos de simplificar el problema. El psiquiatra Pedro Lucero, académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Usach, explica que no se trata de un perfil psicológico único o fácilmente identificable. “Más que una personalidad típica, hablamos de alguien con una gran dificultad para controlar impulsos, que siente una tensión creciente antes de prender fuego y luego un alivio o sensación de placer al hacerlo”, señala el especialista, subrayando que el acto responde a una lógica emocional intensa y desregulada.
Lucero agrega que, en muchos casos, existe una fascinación por el fuego desde edades tempranas, la que suele coexistir con otros factores de riesgo. Trastornos de personalidad, consumo de sustancias o antecedentes de violencia aparecen con frecuencia en la historia de estas personas, configurando un escenario complejo donde el incendio no es un hecho aislado, sino la expresión de conflictos más profundos. Desde la psiquiatría forense, además, se advierte que no todos los incendios intencionales responden a la misma motivación. “Es importante diferenciar la piromanía propiamente tal de otros incendios intencionales que tienen motivaciones económicas, ideológicas o de encubrimiento”, precisa el académico.
En el caso específico de la piromanía, el fuego no es un medio para lograr otra cosa: es el objetivo en sí mismo. “En la piromanía el fuego no es un medio para otra cosa, es el fin en sí mismo. Les atrae la intensidad del fuego, la sensación de poder y control, y el ‘espectáculo’ que se genera alrededor: sirenas, bomberos, noticias”, explica Lucero. El incendio se convierte así en una escena cargada de simbolismo, donde destrucción y visibilidad se entrelazan.
El relato de quienes padecen este trastorno suele repetirse con matices similares. “Muchos describen que se sienten tensos o vacíos antes, y que el incendio les produce alivio o excitación”, afirma el psiquiatra. A esto se suma un componente simbólico potente: el fuego como transformación, como ruptura, como una forma extrema de llamar la atención o de canalizar rabias y vacíos profundos. Desde fuera puede parecer un acto irracional e incomprensible, pero para quien lo ejecuta existe una coherencia emocional interna que no puede ser ignorada si se busca prevenir la reincidencia.
La piromanía, además, no afecta de manera homogénea a la población. Según Lucero, se trata de un trastorno del control de los impulsos que aparece predominantemente en hombres, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, etapas en las que el control inhibitorio aún está en desarrollo. En edades más avanzadas, cuando este tipo de conductas emerge, suele estar asociado a otros cuadros, como el consumo problemático de alcohol o trastornos neuropsiquiátricos, lo que complejiza aún más su abordaje.
Frente a este escenario, la pregunta por el tratamiento es inevitable. ¿Es posible que una persona con piromanía cambie su conducta? Para el académico de la Usach, la respuesta es cautelosa pero clara. “Puede disminuir mucho el riesgo, pero requiere un trabajo largo y estructurado”, señala, destacando que el tratamiento combina psicoterapia orientada al control de impulsos, comprensión de los factores gatillantes y, en algunos casos, apoyo farmacológico. Todo esto, advierte, debe darse bajo supervisión y con límites claros del entorno, especialmente cuando existen responsabilidades penales de por medio.
En esa línea, Lucero enfatiza que tratamiento no es sinónimo de impunidad. “La responsabilidad penal se evalúa caso a caso. Lo ideal es que el abordaje combine sanción, tratamiento y seguimiento, porque solo castigar sin intervenir el problema de fondo aumenta el riesgo de reincidencia, especialmente en conductas tan graves como los incendios forestales”, concluye. Una reflexión que cobra especial relevancia en un país donde el fuego, cada verano, vuelve a recordarnos que detrás de las llamas no solo hay sequía y viento, sino también decisiones humanas que no pueden seguir siendo ignoradas.