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Los humedales se consolidan como aliados frente a las lluvias extremas

Mientras las intensas lluvias vuelven a poner a prueba distintas zonas del país, los humedales emergen como uno de los ecosistemas más importantes para enfrentar los efectos del cambio climático. Desde el Altiplano hasta la Patagonia, Chile alberga cerca de 40 mil humedales, de acuerdo con el Inventario Nacional del Ministerio del Medio Ambiente, cubriendo una superficie cercana a los 5,6 millones de hectáreas. Más allá de su riqueza en biodiversidad, estos espacios cumplen una función clave al regular el agua, disminuir el riesgo de inundaciones y ayudar a moderar las temperaturas extremas.

Los humedales comprenden una amplia variedad de ecosistemas donde el agua determina la vida vegetal y animal, incluyendo lagos, ríos, marismas, salares, turberas y zonas costeras. Su capacidad para almacenar agua los convierte en un componente estratégico frente a eventos climáticos cada vez más frecuentes e intensos. En ese sentido, el biólogo ambiental y director del Departamento de Gestión Agraria de la Universidad de Santiago, Darío Moreira, explica que durante episodios de precipitaciones intensas estos ecosistemas funcionan como verdaderas barreras naturales para reducir el impacto de las crecidas.

“Técnicamente estamos hablando de su capacidad de regulación del flujo hídrico y, por lo tanto, mitigación de inundaciones. Esta capacidad responde a las propiedades físicas, biogeoquímicas y estructurales de este tipo de ecosistema”, señala el especialista. Según explica, los suelos de los humedales contienen grandes cantidades de materia orgánica acumulada en condiciones de escasez de oxígeno, formando una estructura altamente porosa que retiene enormes volúmenes de agua. A ello se suma la vegetación característica, compuesta por juncos, totoras y otras especies que disminuyen la velocidad de las corrientes, favoreciendo la infiltración del agua hacia las napas subterráneas y reduciendo el riesgo de inundaciones aguas abajo.

Pero su aporte no termina cuando cesan las lluvias. Para Moreira, los humedales también desempeñan un rol decisivo durante los episodios de calor extremo. Debido a la capacidad del agua para absorber grandes cantidades de energía sin elevar rápidamente su temperatura, estos ecosistemas funcionan como reguladores térmicos naturales. “Ante el aumento de calor, ese calor evapora el agua generando un efecto de enfriamiento evaporativo que puede reducir la temperatura ambiental local en varios grados respecto a las zonas urbanas o agrícolas adyacentes”, explica el académico, destacando que este fenómeno contribuye a disminuir los efectos de las islas de calor presentes en muchas ciudades.

Pese a estos beneficios, el especialista advierte que conservar los humedales no significa impedir completamente el acceso de las personas. “Proteger un humedal no implica necesariamente aislarlo de la sociedad, sino gestionar el territorio bajo el principio de capacidad de carga e integridad ecológica”, afirma. Para ello propone controlar el ingreso de nutrientes provenientes de actividades agrícolas y urbanas, mantener el flujo natural del agua, evitar la fragmentación causada por obras de infraestructura y desarrollar espacios de uso público mediante pasarelas elevadas y zonas especialmente destinadas a la educación ambiental, sin afectar los sectores más sensibles del ecosistema.

El investigador sostiene que una gestión adecuada también requiere establecer normas claras para proteger la fauna y la flora que habitan estos espacios. Entre ellas menciona la prohibición del ingreso de mascotas, la reducción del ruido y la restricción de actividades motorizadas que puedan alterar el equilibrio ecológico. En un escenario marcado por el cambio climático y la mayor frecuencia de eventos meteorológicos extremos, los humedales aparecen como una infraestructura natural indispensable para fortalecer la resiliencia ambiental del país y preservar uno de los patrimonios ecológicos más valiosos de Chile.

Chile completa 42 meses con una desocupación superior al 8%

El mercado laboral chileno continúa mostrando señales de fragilidad. El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) informó que la tasa de desocupación alcanzó un 9,4% durante el trimestre abril-junio de 2026, manteniéndose sin cambios respecto del trimestre móvil anterior, pero aumentando 0,5 puntos porcentuales en comparación con igual período del año pasado. Con este resultado, el país acumula 42 meses consecutivos con un desempleo igual o superior al 8%, un escenario que refleja las dificultades para generar nuevos puestos de trabajo al ritmo que exige la economía.

Las cifras muestran que el crecimiento de la fuerza laboral continúa superando la capacidad del mercado para absorber nuevos trabajadores. Mientras las personas que buscan empleo aumentaron un 1,5% en doce meses, el número de ocupados solo creció un 0,9%. En paralelo, la cantidad de personas desocupadas se incrementó un 7,7%, consolidando una tendencia que mantiene la incertidumbre sobre la recuperación del empleo formal.

Para Víctor Silva, economista y académico de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad de Santiago, la explicación inmediata es clara. “La fuerza laboral, que es la gente que busca trabajo, creció más rápido que los puestos disponibles”. Sin embargo, advierte que el fenómeno responde a factores mucho más profundos que van más allá de las cifras coyunturales. A su juicio, el deterioro del escenario internacional, el aumento de los costos empresariales y una desaceleración sostenida de la actividad económica están configurando un entorno complejo para la contratación.

El especialista sostiene que uno de los principales detonantes proviene del contexto global. “El origen real tiene al menos tres capas”, afirmó, haciendo referencia al impacto del conflicto en Medio Oriente y al bloqueo del Estrecho de Ormuz sobre el mercado energético. Según explica, el aumento del precio internacional del petróleo elevó significativamente el costo de los combustibles en Chile, afectando tanto a los hogares como a las empresas. “Eso golpeó directamente el bolsillo. La bencina acumula un alza cercana al 27% en lo que va del año y el diésel sobre el 42%. El mecanismo que debería amortiguar ese golpe colapsó en marzo y produjo el mayor ajuste de combustibles desde 1973. Ese shock de costos se traduce en inflación importada, que en 12 meses ya llega a 4,3%”, explicó Silva.

A este escenario internacional se suman presiones internas que, según el académico, han elevado progresivamente el costo de operar para las empresas. Entre ellas menciona la aplicación del IVA a los servicios y el incremento gradual de la cotización adicional contemplada en la reforma previsional. “Desde 2023 rige en régimen la extensión del IVA a los servicios, una reforma que fue encareciendo de forma silenciosa buena parte del consumo de los hogares. Y desde agosto de 2025 comenzó a regir la cotización adicional de cargo del empleador de la reforma previsional”, señaló. En ese contexto, recuerda que el aporte patronal continuará aumentando en los próximos años, elevando el costo de contratar nuevos trabajadores.

Para Silva, estas condiciones generan un efecto directo sobre las decisiones de inversión y contratación de las empresas, especialmente en un escenario de menor dinamismo económico. “Es dinero que no toca el sueldo líquido del trabajador, pero sí encarece el costo de contratar, justo cuando las empresas ya venían conteniendo la contratación”, afirmó. De esta manera, el mercado laboral enfrenta el desafío de recuperar la creación de empleo en un contexto marcado por mayores costos, inflación persistente y un escenario internacional que continúa presionando la economía chilena.

El pesimismo sobre el futuro de Chile alcanza su nivel más alto en una década

La confianza de los chilenos en el futuro atraviesa uno de sus momentos más complejos de los últimos diez años. Así lo revela la última encuesta Plaza Pública Cadem, cuyos resultados muestran que un 58% de la población observa con pesimismo el rumbo del país, el registro más alto desde 2015. La percepción negativa se concentra principalmente en tres áreas que marcan la vida cotidiana: la seguridad, la estabilidad política y la economía, configurando un escenario que, según especialistas, trasciende la coyuntura y comienza a afectar el bienestar psicológico de las personas.

El estudio muestra que la delincuencia continúa siendo la principal inquietud ciudadana, con un 51% de los consultados que cree que la seguridad empeorará durante los próximos seis meses. A ello se suma un 50% que anticipa un escenario político más complejo y un 43% que proyecta un deterioro de la situación económica nacional, la cifra más alta registrada en esta medición desde que comenzó a realizarse. La evolución de este último indicador evidencia un cambio importante en la percepción ciudadana, luego de haber alcanzado solo un 10% en 2018 y un 20% en 2019, reflejando el aumento sostenido de la incertidumbre en los últimos años.

Para comprender el impacto de estos resultados, Diario Usach conversó con Isabel Puga, psicóloga y académica de la Universidad de Santiago, quien sostiene que estas preocupaciones afectan directamente las necesidades básicas de seguridad y estabilidad de las personas. “La estabilidad económica ataca la seguridad de subsistencia, la delincuencia vulnera la integridad física, y la crisis política erosiona la confianza institucional y el sentido de orden”. A juicio de la especialista, cuando estas dimensiones se deterioran simultáneamente, el estrés deja de ser una reacción puntual y comienza a instalarse como un estado permanente.

La académica explica que la combinación de incertidumbre económica, inseguridad y desconfianza institucional termina afectando la percepción de control sobre la propia vida. “Cuando la persona experimenta que no puede controlar lo que gasta, que salir a la calle representa un riesgo inminente y que las figuras de autoridad no ofrecen soluciones, se activa un patrón de sobrecarga de estrés acumulado prolongado”, señala. Desde esta perspectiva, el pesimismo registrado por la encuesta no solo refleja una evaluación negativa del presente, sino también una creciente dificultad para proyectar expectativas positivas hacia el futuro.

Puga advierte que el fenómeno podría tener consecuencias más profundas si se mantiene en el tiempo. “Un 58% de pesimismo sostenido no refleja sólo una preocupación pasajera por la inflación. Indica que la población ha internalizado la idea de que haga lo que haga, el resultado no dependerá de su esfuerzo. Se ha roto el “pacto implícito” de movilidad social”. Para la especialista, cuando esa percepción se instala de manera prolongada, aumenta el riesgo de desarrollar sentimientos de desesperanza, disminuye la motivación y se fortalece un estado de estrés crónico que afecta la calidad de vida.

Más allá de los indicadores económicos o políticos, el estudio también abre una discusión sobre el impacto emocional que tiene la incertidumbre en la sociedad chilena. Según la psicóloga, este escenario puede traducirse en un deterioro de la tolerancia a la frustración, un aumento de la ansiedad que incluso alcanza a las nuevas generaciones, mayores niveles de aislamiento social y una disminución de la empatía entre las personas. En ese contexto, los datos de Cadem no solo describen el estado de ánimo del país, sino que también plantean el desafío de reconstruir la confianza ciudadana como un componente esencial para recuperar las expectativas de futuro.

Tradición, sabor y nutrición en el clásico que define la mesa chilena

Hay platos que sobreviven al paso del tiempo porque son mucho más que una receta. En Chile, la cazuela ocupa ese lugar privilegiado: un caldo humeante que mezcla carne, verduras y tradición en una preparación que atraviesa generaciones. No es casualidad que cada 30 de julio el país celebre el Día Nacional de la Cazuela, una fecha creada para reconocer uno de los mayores símbolos del patrimonio gastronómico nacional.

Para el historiador y académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago, Cristóbal García-Huidobro, el valor de este plato radica en que representa la identidad culinaria chilena desde su origen mestizo. “Toda la cocina chilena tiene identidad chilena. Lo que pasa es que nuestra cocina es mestiza. Es una cocina que mezcla elementos del viejo mundo, especialmente europeo, con elementos gastronómicos que son netamente americanos”. En esa combinación conviven ingredientes introducidos desde Europa, como la cebolla, el ajo o el apio, con productos originarios de América, como la papa o el pimentón, dando forma a una preparación que terminó convirtiéndose en un clásico de la cocina local.

Aunque hoy es considerada una receta profundamente chilena, sus raíces se remontan a antiguos guisos españoles. Según explica García-Huidobro, “la cazuela proviene de una serie de guisos y caldos españoles, como por ejemplo la olla podrida de Burgos, por la cantidad de ingredientes que tiene y nuestra versión es mucho más humilde y también mucho más campesina”. Con el paso de los siglos, la preparación fue adaptándose a los productos disponibles en cada territorio hasta consolidar una identidad propia, al mismo nivel que otras recetas tradicionales como el pulmay o el cocido valdiviano.

Esa capacidad de adaptarse explica también por qué la cazuela cambia según la región donde se prepare. En la zona central predominan las versiones con vacuno o pollo, mientras que en el sur es frecuente encontrar preparaciones con cordero. Más al norte aparecen variantes con cabrito e incluso existen recetas elaboradas con productos del mar. Para el historiador, estas diferencias responden tanto a la disponibilidad estacional de ingredientes como a las particularidades culturales de cada territorio, manteniendo intacta la esencia de un plato que ha sabido evolucionar sin perder su identidad.

Pero el atractivo de la cazuela no termina en la nostalgia. Desde el punto de vista nutricional, continúa siendo una de las comidas más completas de la cocina chilena. La nutricionista y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, Daniela González, explica que, independiente de si se prepara con ave o vacuno, “aporta proteínas, carbohidratos complejos y variedad de vegetales”. Además, destaca que “es un plato muy recomendable. Los carbohidratos complejos van liberando lentamente glucosa a la sangre, lo que permite evitar alzas bruscas de glicemia y mantener energía estable por más tiempo”.

La especialista agrega que una porción de cazuela puede aportar entre 300 y 500 calorías, dependiendo de su tamaño, mientras que la variedad de verduras presentes en el plato entrega fibra y antioxidantes esenciales para el organismo. “Dependiendo del tamaño de las porciones, puede aportar entre 300 y 500 calorías. Los vegetales aportan fibra y antioxidantes muy importantes para la prevención de enfermedades crónicas”. En tiempos donde la alimentación saludable gana protagonismo, la cazuela demuestra que la cocina tradicional también puede ser una aliada del bienestar, reafirmando por qué sigue siendo uno de los platos más queridos de la mesa chilena.

Cancamusa proyecta su mejor momento con una gira por escenarios españoles

La internacionalización de la música chilena suma un nuevo capítulo con el regreso de AIEnRuta, uno de los programas de intercambio artístico más relevantes entre Chile y España. Tras varios años de pausa, la iniciativa impulsada por la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales (SCD) y la Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España (AIE) confirmó las fechas que llevarán a Cancamusa a recorrer cinco ciudades españolas durante noviembre, consolidando el mejor momento de la cantautora nacional tras el éxito de su álbum Dopamina.

La cantante, compositora y baterista chilena será la primera representante nacional de esta nueva etapa del programa, mientras que desde España llegará la banda El Nido, cuyos conciertos en Chile serán anunciados durante los próximos meses. La gira europea de Cancamusa comenzará el 13 de noviembre en Castellón, en el marco de la Feria Trovam, para continuar el 15 de noviembre en Barcelona, el 18 en Madrid, el 19 en Toledo y cerrar el 21 de noviembre en El Puerto de Santa María, dentro del reconocido festival Monkey Week.

El recorrido servirá para presentar el espectáculo de su Dopamina Tour, una propuesta que reúne canciones de sus tres discos de estudio y que refleja la evolución artística de una de las voces más sólidas de la escena independiente chilena. La gira llega, además, pocos meses después de que la artista obtuviera el Premio Pulsar 2026 a la Canción del Año gracias a “Dopamina”, reconocimiento que reafirmó el crecimiento de su proyecto tanto a nivel creativo como de convocatoria.

Sobre este nuevo desafío internacional, Cancamusa expresó su entusiasmo por volver a encontrarse con públicos fuera del país. “Estoy muy emocionada y profundamente agradecida”, afirmó la artista, agregando que “será una oportunidad para compartir mis canciones y el camino que he ido construyendo durante estos últimos años como cantautora y baterista, en medio de tantos viajes. Como alguien que nació en el sur de Chile, me emociona profundamente poder llevar mi música a nuevos escenarios y compartirla con personas de otras partes del mundo. Las canciones tienen la capacidad de viajar mucho más lejos de lo que imaginamos, y eso es algo que nunca deja de sorprenderme. Gracias a todas las personas que escuchan mi música, y también a la SCD y a la AIE por hacer posible esta iniciativa. Gracias por hacer que estas canciones sigan encontrando nuevos caminos”.

AIEnRuta nació hace más de una década con el objetivo de fortalecer la circulación de artistas entre ambos países y abrir nuevas oportunidades para la música iberoamericana. Tras varias ediciones exitosas, el programa debió suspender sus actividades en 2020 debido a la pandemia del Covid-19. Su regreso representa un nuevo impulso para la movilidad internacional de músicos independientes y para la consolidación de redes de colaboración entre Chile y España.

Mientras Cancamusa prepara su desembarco en Europa, la organización adelantó que próximamente revelará las fechas de la gira chilena de El Nido, completando así el intercambio artístico que caracteriza a AIEnRuta. Las entradas para los conciertos de la artista nacional en España ya se encuentran disponibles a través de las plataformas oficiales de cada recinto y en su sitio web, marcando el inicio de una nueva etapa para un programa que busca seguir proyectando el talento chileno más allá de las fronteras.

La lagartija negroverdosa revela un mapa genético que cambia su conservación

Antes de desaparecer entre los bosques y quebradas de la cordillera de la Costa y de los Andes, la lagartija negroverdosa ha dejado una pista clave para la ciencia. Un nuevo estudio liderado por investigadores de la Universidad de Chile reveló que esta especie endémica no constituye una única población homogénea, sino que está dividida en grupos genéticamente diferenciados que habitan las llamadas “islas del cielo”, ecosistemas montañosos aislados donde la conectividad entre individuos es prácticamente inexistente.

Publicada en la revista científica Animal Conservation, la investigación “Highly Isolated Populations of a Lizard Inhabiting Sky Islands: A Challenge for Conservation” analizó el ADN de 175 ejemplares provenientes de distintas cumbres de Chile central. Los resultados muestran que, aunque las lagartijas mantienen intercambio genético entre sectores cercanos de una misma montaña, ese flujo desaparece casi por completo entre cordones montañosos distintos. Esto significa que cada población ha seguido una trayectoria evolutiva propia, un hallazgo que obliga a replantear las estrategias de conservación de la especie.

“En las cumbres se producen verdaderos microclimas que están aislados de las zonas inferiores. Si cambian sus condiciones, las especies que viven allí no tienen hacia dónde escapar. No es simplemente bajar, cruzar un área intervenida o una vegetación a la que no están acostumbradas y subir a otra montaña”, explica Jorge Mella-Romero, autor principal del estudio. A partir del análisis genético, el equipo identificó cinco poblaciones que deberían ser consideradas de forma independiente: El Roble, Cantillana, Los Caracoles, Farellones y El Yeso. “Al analizar una escala más reciente aparecen cinco unidades de las que deberíamos preocuparnos. Esto permite establecer prioridades, porque los recursos para conservación siempre son limitados y no todas las poblaciones enfrentan hoy el mismo nivel de amenaza”, sostiene el investigador.

Uno de los casos que más preocupa es el de Altos de Cantillana. Según el estudio, esta población presenta un prolongado descenso en su tamaño poblacional efectivo durante los últimos mil años, una disminución que se intensificó en los dos siglos más recientes y que se suma al fuerte aislamiento geográfico y a la creciente intervención humana de su entorno. Además, los modelos climáticos proyectan que este será uno de los hábitats más afectados por el cambio climático, convirtiéndolo en la principal prioridad para futuras acciones de protección.

Frente a este escenario, los investigadores plantean que la conservación deberá considerar medidas mucho más específicas que las aplicadas hasta ahora. Entre las alternativas aparece la migración asistida, una estrategia que consistiría en trasladar ejemplares hacia ecosistemas donde puedan sobrevivir bajo las futuras condiciones climáticas. Sin embargo, advierten que esta opción requiere una evaluación científica exhaustiva antes de implementarse. “No es llegar y trasladarlas, antes deben realizarse estudios para evaluar si esos ambientes son apropiados, qué riesgos existen y cuáles podrían ser las consecuencias. La migración asistida es una posibilidad que debemos investigar para saber si puede ser útil frente a un cambio global acelerado”, enfatiza Mella-Romero.

Más allá de la lagartija negroverdosa, la investigación abre una nueva mirada sobre la conservación de la biodiversidad chilena. Al integrar genética, ecología y proyecciones climáticas, el trabajo propone que proteger una especie implica reconocer la diversidad que existe dentro de ella y diseñar estrategias diferenciadas para cada población. “Estamos generando información que permite identificar qué poblaciones necesitan acciones urgentes. Proteger una especie no puede significar tratar a todos sus grupos como si fueran iguales, porque en cada uno existe una parte distinta de su historia”, concluye el investigador.

BTS confirmó que el K-pop ya es parte de la cultura juvenil chilena

La movilización de miles de seguidores de BTS en Chile, surgida a raíz de la incertidumbre que rodeó la realización de los conciertos del grupo en Santiago, volvió a demostrar que el fenómeno del K-pop va mucho más allá de la música. Para especialistas de la Universidad de Chile, el auge de las culturas coreana y japonesa ha dejado de ser un interés de nicho para convertirse en una experiencia cultural que atraviesa generaciones, fomenta el aprendizaje de idiomas, inspira estudios universitarios y crea comunidades con identidad propia.

Lo que hoy se expresa en estadios repletos, clubes de lectura, cursos de idioma y encuentros de fanáticos comenzó hace décadas con un punto de partida mucho más cotidiano: la televisión. El profesor Franco Casoni, especialista en literatura japonesa, recuerda que el anime fue la primera ventana hacia Japón para miles de niños y jóvenes chilenos. “La tele cumplió quizás ese rol como de compañía (…) antes era como el internet”, explica el académico, destacando cómo aquellas series despertaron la curiosidad por una cultura que entonces parecía lejana. Más tarde, internet y las propias comunidades de seguidores permitieron acceder a mangas, videojuegos y música que durante años fueron difíciles de conseguir de manera oficial.

Con el tiempo, ese interés dejó de limitarse al entretenimiento. Desde el Centro de Lenguas y Culturas del Mundo de la Universidad de Chile, Casoni y la investigadora Constanza Jorquera sostienen que el acercamiento a Japón y Corea ha evolucionado hacia una búsqueda de conocimiento sobre la historia, la literatura y las transformaciones sociales de ambos países. En ese sentido, Casoni plantea que “Uno no tiene por qué saberse toda la historia de Corea o Japón para que algo le guste”, aunque agrega que muchas personas terminan profundizando en esas culturas a medida que descubren nuevas expresiones artísticas y literarias.

El caso de Corea del Sur resulta especialmente visible gracias a la llamada Hallyu o “ola coreana”, fenómeno que combina música, series, cine, gastronomía, literatura y moda. Para Jorquera, el reciente debate en torno a los conciertos de BTS solo hizo visible un proceso que lleva más de una década consolidándose en Chile. “Lo que me ha sorprendido del caso reciente de BTS es que el tema de la ola coreana y el K-pop lleva en Chile al menos 15 años”, afirma. La investigadora añade que reducir este movimiento únicamente a una banda invisibiliza un ecosistema cultural mucho más amplio que ha fortalecido el interés por Corea entre distintas generaciones.

Los especialistas también coinciden en que el crecimiento internacional de estas industrias culturales responde tanto al trabajo de las comunidades de seguidores como a una estrategia impulsada desde el propio Estado surcoreano. Jorquera sostiene que “Hay elementos muy fuertes de estrategia de política exterior y de inversión importante por parte del Estado coreano”, aunque subraya que la expansión global tampoco habría sido posible sin los fandoms, que durante años tradujeron contenidos, organizaron encuentros y construyeron redes de difusión mucho antes de que existiera una oferta masiva en plataformas digitales.

Este cambio también ha llegado a las aulas universitarias. Tanto Casoni como Jorquera aseguran que cada año reciben estudiantes con un mayor conocimiento previo sobre Japón y Corea, interesados no solo en consumir cultura pop, sino también en comprender sus contextos históricos, sociales y políticos. Para ambos académicos, el fenómeno ya superó hace tiempo la etiqueta de moda pasajera: hoy representa una nueva forma de construir comunidad, intercambiar conocimientos y estrechar vínculos entre Chile y Asia a través de la cultura.

La ansiedad dejó de ser una excepción y se convirtió en una alerta cotidiana

Sentir ansiedad antes de un examen, una entrevista de trabajo o una entrega importante es una respuesta natural del organismo. El problema comienza cuando esa sensación deja de ser pasajera y se instala como un estado permanente. En Chile, esa realidad afecta a una parte importante de la población. Según el Termómetro de Salud Mental 2025, elaborado por la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) y la Pontificia Universidad Católica, el 25,8% de las 2.300 personas consultadas declaró experimentar ansiedad generalizada, convirtiéndose en el indicador de mayor prevalencia dentro del estudio.

Para Isabel Puga, psicóloga del Centro de Salud de la Universidad de Santiago, la ansiedad no siempre representa un problema. La especialista explica que, desde una perspectiva clínica, se trata de un mecanismo de supervivencia que permite al cerebro responder frente a desafíos cotidianos. “Desde el punto clínico es fundamental comprender que la ansiedad, en su esencia, es una respuesta vital. Imaginemos a nuestro sistema nervioso como un sofisticado centro de vigilancia. Y cuando enfrentamos un desafío cotidiano (como el plazo para una entrega, una dificultad laboral o una demanda académica), esta estructura se activa, libera energía y nos permite movilizar recursos para solucionar el problema”. En condiciones normales, esa activación desaparece una vez superada la situación estresante.

El escenario cambia cuando la ansiedad deja de responder a amenazas concretas y se transforma en un estado permanente de alerta. En esos casos, el cerebro comienza a interpretar estímulos cotidianos como si representaran un peligro constante, afectando tanto el funcionamiento emocional como el cognitivo. Según la académica, este proceso responde a una alteración en la comunicación entre la corteza prefrontal, encargada del razonamiento, y la amígdala, responsable de procesar las emociones, generando una sensación continua de amenaza que las personas no pueden controlar de manera voluntaria.

Las consecuencias de esa hipervigilancia se extienden mucho más allá de la preocupación constante. La especialista advierte que la exposición prolongada al estrés deteriora funciones esenciales del cerebro, afectando la memoria, la capacidad de concentración, la planificación y la toma de decisiones. A ello se suman manifestaciones físicas que suelen pasar desapercibidas, como dolores de cabeza persistentes, problemas gastrointestinales, alteraciones del sueño, irritabilidad y agotamiento generalizado, síntomas que muchas veces terminan normalizándose pese a ser señales claras de un trastorno que requiere atención.

Frente a este panorama, Puga sostiene que la primera tarea consiste en abandonar la idea de que la salud mental funciona separada del cuerpo. “No existe salud mental sin la física”, afirma la psicóloga, enfatizando que ambos aspectos forman parte de un mismo sistema. La especialista también advierte que existen señales que no deben ignorarse, como el aislamiento social, el abandono de actividades que antes resultaban placenteras, las crisis de pánico, las palpitaciones, la falta de aire, el insomnio profundo o la aparición de pensamientos de desesperanza. “Debemos poner alerta cuando la gente comienza a desarrollar conductas de evitación (dejando de ir al trabajo, se aísla de sus vínculos afectivos o abandona intereses que antes les generaban placer). Y cuando se presentan síntomas somáticos, como las palpitaciones, la falta de aire o el insomnio profundo o cuando aparecen pensamientos de desesperanza, estamos ante un punto de inflexión. Ahí la ayuda de especialistas es fundamental para que los sujetos tengan la capacidad para retomar el control de sus propias trayectorias de vida”, señaló.

Más allá del tratamiento individual, la académica considera que el desafío también es estructural. Si bien Chile cuenta con programas y políticas de salud mental, sostiene que el sistema sigue funcionando de manera reactiva y fragmentada. Para la especialista, la verdadera prevención pasa por fortalecer la coordinación entre salud, educación y trabajo, además de impulsar políticas que reduzcan el desgaste psicológico asociado al ritmo de vida actual. En un contexto donde uno de cada cuatro chilenos reconoce convivir con ansiedad generalizada, el reto ya no es únicamente atender los casos existentes, sino construir una cultura que proteja el bienestar mental antes de que el agotamiento se transforme en enfermedad.

Santiago Centro cambia de rostro y deja atrás su pasado financiero

Durante años, el centro de Santiago estuvo dominado por bancos, oficinas y servicios financieros que marcaban el ritmo de la ciudad. Hoy, ese paisaje comienza a transformarse. Restaurantes, cafeterías, farmacias, ópticas, centros de salud, locales de cuidado personal y tiendas de vestuario están ocupando cada vez más espacio en el casco histórico, reflejando un cambio en la forma en que las personas viven y utilizan el corazón de la capital.

La tendencia fue identificada por el informe “High Street Santiago Centro 1S 2026”, elaborado por la consultora inmobiliaria CBRE, que evidencia una recuperación paulatina del comercio a nivel de calle. El estudio muestra que la tasa de desocupación de locales comerciales alcanzó un 12,48%, completando tres semestres consecutivos de descenso, una señal de reactivación que comienza a modificar la identidad urbana del sector.

Para Américo Ibarra, académico de la Universidad de Santiago y director del Instituto de Ambiente Construido de la misma casa de estudios, esta transformación responde a cambios estructurales que se aceleraron tras el estallido social y la pandemia. “La dinámica estructural de la actividad comercial actual, con menos bancos y más restaurantes, cafeterías, servicios de salud y comercio, refleja de manera evidente un cambio en la manera en que se habita el centro de Santiago”, sostuvo.

El especialista explica que el centro dejó de funcionar exclusivamente como un lugar destinado a realizar trámites para convertirse en un espacio donde convergen trabajadores, estudiantes, turistas y nuevos residentes que demandan servicios cotidianos. Según el académico, este fenómeno también se relaciona con el crecimiento de viviendas en algunos sectores, lo que impulsa una mayor necesidad de comercio, alimentación y atención de salud en el día a día. “El espacio deja de ser principalmente un lugar de trámites y servicios financieros para convertirse en un entorno de consumo, encuentro y vida diaria. Esto sugiere que el centro está transitando hacia un modelo más vinculado a la experiencia urbana”, afirmó.

Sin embargo, la recuperación no ocurre de manera uniforme. Mientras barrios como Lastarria, Bellas Artes y el entorno de Plaza de Armas muestran una revitalización impulsada por la gastronomía, la cultura y el turismo, otros sectores continúan enfrentando importantes dificultades. Problemas como la inseguridad, el comercio informal y la falta de inversión siguen afectando zonas como barrio Mapocho y algunos tramos de la Alameda, donde el flujo de peatones y la llegada de nuevos negocios todavía no logra consolidarse.

Pensando en el futuro, Ibarra sostiene que uno de los grandes desafíos será extender la vida del centro más allá del horario laboral. “Sería deseable que las condiciones ambientales y de seguridad que ofrece el centro de Santiago permitan modificar sus horarios de funcionamiento, de modo que sea posible recuperar los tradicionales funcionamientos de restaurantes y cafeterías con actividad en la tarde y noche”, señaló. Para el académico, fortalecer la seguridad y recuperar la actividad nocturna será clave para consolidar un centro más dinámico, diverso y conectado con las nuevas formas de habitar la ciudad.

El debate sobre el trabajo sexual vuelve al centro de la discusión desde la justicia social

El trabajo sexual sigue siendo uno de los temas más controvertidos dentro de las discusiones sobre derechos, feminismo y políticas públicas. Ahora, una nueva investigación publicada en Humanities & Social Sciences Communications, de Nature Portfolio, vuelve a instalar el debate desde otra perspectiva. El artículo “Towards Multidimensional Justice for Sex Workers: Redistribution, Recognition, and Participation”, del profesor Pablo Aguayo-Westwood, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, propone analizar la regulación del trabajo sexual utilizando un marco de justicia social que va más allá de la clásica dicotomía entre prohibición y legalización.

El estudio se basa en la teoría de la filósofa estadounidense Nancy Fraser, quien plantea que la justicia debe abordarse desde tres dimensiones: redistribución económica, reconocimiento social y participación política. A partir de ese enfoque, Aguayo-Westwood sostiene que la discusión no puede reducirse a posturas absolutas, sino que debe considerar las condiciones materiales y sociales que enfrentan quienes ejercen esta actividad. “No es que uno promueva el trabajo sexual, que es la crítica habitual. No creo que alguien quiera promoverlo. Lo que uno busca, a largo plazo, es que deje de existir. Sin embargo, en lo inmediato, la mejor respuesta no es prohibirlo ni castigarlo, porque eso termina generando una doble victimización de la trabajadora sexual, que ya es víctima de condiciones iniciales de desigualdad material y económica”, explica.

El académico señala que la investigación surge también desde el diálogo con organizaciones y sindicatos de trabajadoras sexuales, experiencia que modificó su propia mirada sobre el tema. En lugar de defender una posición cerrada, el artículo expone las fortalezas y limitaciones de los distintos modelos regulatorios existentes y plantea que las políticas públicas deben construirse escuchando a las propias personas involucradas en el debate.

Uno de los ejes centrales de la investigación cuestiona la idea de que el trabajo sexual constituye una excepción dentro de los empleos marcados por la precariedad económica. Aguayo-Westwood sostiene que muchas ocupaciones desarrolladas por personas de la clase trabajadora también están condicionadas por la falta de alternativas, especialmente en el caso de las mujeres. Esa comparación abre una discusión sobre las desigualdades estructurales que atraviesan múltiples formas de trabajo y sobre por qué el juicio social suele concentrarse exclusivamente en el trabajo sexual.

El estudio también analiza las consecuencias que tiene la criminalización de esta actividad. “Cuando está prohibido el trabajo sexual, las condiciones de precariedad del ejercicio son peores que cuando está permitido”. Según el investigador, la prohibición dificulta el acceso al sistema financiero, al arriendo de espacios de trabajo, a la organización sindical y a mecanismos de protección social, mientras que también fortalece la presencia de redes de explotación y crimen organizado.

Finalmente, el artículo aborda las diferencias que existen dentro del propio feminismo respecto a este tema, alejándose de la idea de que existe una única postura. “Mi interés también ha sido mostrar que dentro del feminismo hay diferentes posiciones, no hay un feminismo, hay varios feminismos, y en esta variedad también hay diferentes posiciones sobre el debate”. Con un proyecto legislativo que permanece estancado desde hace más de una década en Chile, la investigación busca aportar nuevos elementos para una conversación que continúa abierta y que cruza derechos humanos, igualdad, autonomía y justicia social.