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Glaciares en riesgo y una alerta que cruza la cordillera

Lo que está pasando en Argentina con sus glaciares no es solo un tema local. Hace unos días, la Cámara de Diputados aprobó una reforma a la Ley de Glaciares impulsada por el gobierno de Javier Milei que podría cambiar el mapa ambiental de la cordillera. El punto más crítico es este: ahora serán las provincias las que podrán redefinir las zonas periglaciares, abriendo espacio para proyectos de minería de litio, cobre y oro en territorios que hasta ahora estaban bajo resguardo.

La señal encendió alertas inmediatas, no solo en Argentina, también en Chile. Jorge Aranda, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Chile y especialista en derecho ambiental, advierte que el problema no está solo en la reforma, sino en quién la ejecuta. “Las leyes en Argentina que dependen de las provincias no siempre tienen una buena aplicación. Por ejemplo, hace ya varios años tienen una ley de presupuestos mínimos para proteger bosques, y no todas las provincias o muy pocas han logrado cumplir la meta y el objetivo social”, acotó.

El riesgo, según Aranda, no es abstracto. Tiene que ver con una posible fragmentación en la protección ambiental, donde cada provincia podría interpretar el resguardo glaciar según sus propios intereses económicos. “si me dicen ahora vamos a tener una ley que le va a asignar competencias provinciales sobre protección de glaciares, yo tendría a pensar que vamos a tener realidades dispares, no necesariamente va a haber una protección quizá adecuada conforme a estos precedentes en otras leyes. Creo que podría haber una desprotección y un retroceso en protección ambiental”.

Y Chile no está fuera de ese radar. Compartir cordillera también significa compartir riesgos. Sobre un posible impacto en cuencas hídricas transfronterizas, Aranda fue claro: “podría haber afectación”. En ese escenario, el académico plantea que Chile no puede mirar desde lejos. “correspondería a la Dirección Nacional de Fronteras y Límites del Estado (DIFROL), que es un organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, evaluar cuáles podrían ser las acciones que tomaría cada provincia en el caso y activar los mecanismos que tiene para evitar impactos transfronterizos aplicando estos tratados internacionales que Chile ha suscrito previamente con Argentina”.

La preocupación no es solo jurídica. También es ecológica. Un informe técnico elaborado por organizaciones como Aves Argentinas, Fundación Vida Silvestre Argentina y WCS Argentina advierte que debilitar la protección glaciar podría desencadenar impactos profundos sobre biodiversidad, disponibilidad hídrica y equilibrio climático. El dato más duro es también el más simple: más de la mitad de las especies evaluadas en Argentina vive en regiones alimentadas por agua de glaciares.

Ahí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve urgente. El informe advierte que el 56% de las especies evaluadas depende de ecosistemas sostenidos por agua glaciar, una cifra que escala al 86% en mamíferos y al 83% en anfibios amenazados. En otras palabras, intervenir glaciares no solo habilita minería: también reconfigura ecosistemas completos. Y cuando el agua cruza fronteras, el impacto también.

Geólogos alertan sobre puntos críticos en el Cajón del Maipo

El corazón cordillerano de la Región Metropolitana guarda una amenaza latente. Un estudio reciente de los geólogos Felipe Ugalde y Sergio Sepúlveda, de la Universidad de Chile, alerta sobre la alta susceptibilidad de remociones en masa de origen glaciar en al menos cuatro glaciares del Cajón del Maipo: El Morado, Loma Larga, Muñiri y Mesoncito. Esta investigación, publicada en Journal of South American Earth Sciences, no busca alarmar, sino anticipar. En palabras de Ugalde, se trata de una evaluación preventiva destinada a orientar decisiones en torno al resguardo de comunidades y ecosistemas vulnerables.

A diferencia de la bien documentada inestabilidad glaciar en la Patagonia, este estudio se centra en los Andes centrales, donde la cercanía con núcleos habitados como Baños Morales y Lo Valdés eleva la urgencia. Lo que está en juego no es menor: un colapso glaciar puede liberar millones de metros cúbicos de hielo que, al movilizarse súbitamente, desatan aluviones similares a los que devastaron zonas alpinas en Suiza hace apenas unos días.

El análisis técnico se basa en cinco tipos de amenazas geológicas: desde vaciamientos súbitos de lagos glaciares (GLOF) hasta deslizamientos catastróficos de hielo o avances anómalos de glaciares. De los 70 cuerpos de hielo evaluados, más de una decena mostró alta susceptibilidad en al menos dos categorías. Los cuatro glaciares destacados preocupan por su proximidad a poblados, su exposición al turismo y su inestabilidad concreta.

El glaciar El Morado, por ejemplo, perdió una cascada de hielo clave para su equilibrio estructural. Este hecho incrementa el riesgo de rebalse de la laguna que se encuentra justo debajo. En Loma Larga, el atractivo turístico de su cueva de hielo convive con una amenaza inminente: el avance del glaciar podría bloquear el cauce de agua, formando una represa natural con potencial destructivo. El glaciar Muñiri sorprendió a los científicos con el vaciamiento total de una laguna en solo tres días, lo que evidencia una dinámica violenta y difícil de predecir. Y en Mesoncito, la acumulación de cuerpos de agua sobre el hielo podría detonar vaciamientos súbitos hacia el valle, dada la fuerte pendiente de mil metros.

La investigación no habla de riesgos inminentes, pero sí urge a actuar ahora. En un contexto de acelerado cambio climático, la estabilidad de estas masas de hielo se ve comprometida. Lo que antes se desplazaba en siglos, hoy puede hacerlo en días. Los glaciares, que alguna vez fueron símbolos de quietud, se están volviendo impredecibles.

La lección de Suiza deja claro que la anticipación salva vidas. En Chile, el Cajón del Maipo es un laboratorio natural de glaciología aplicada, pero también un espacio donde ciencia, planificación y comunidad deben dialogar antes de que el hielo decida moverse.

La lucha por salvar los glaciares de los Andes

A más de 5,100 metros de altitud, el glaciar del Huayna Potosí en Bolivia se desmorona ante el avance del cambio climático. Donde antes había una gruesa capa de hielo azul, hoy sobresalen rocas desnudas y un lago recién formado marca el retroceso del glaciar, que disminuye a un ritmo alarmante de 24 metros al año.

Un equipo internacional de científicos de los Andes y el Himalaya, con apoyo de la FAO y el OIEA, ha instalado sensores de neutrones de rayos cósmicos para medir la acumulación de nieve y monitorear el deshielo. Los datos confirman lo inevitable: el glaciar está desapareciendo, amenazando la seguridad hídrica de comunidades enteras.

Miles de personas dependen de este glaciar para el abastecimiento de agua potable, la agricultura y el pastoreo en el altiplano boliviano. Sin embargo, el aumento de las temperaturas, los sedimentos que oscurecen el hielo y fenómenos como El Niño están acelerando el proceso. De mantenerse la tendencia actual, el glaciar occidental del Huayna Potosí podría desaparecer en solo 20 años.

Ante esta crisis, las comunidades han comenzado a almacenar agua mediante embalses y nuevas técnicas agrícolas para mejorar la absorción del suelo. Los científicos buscan generar conciencia y movilizar recursos para enfrentar los desafíos del futuro.

El retroceso del Huayna Potosí no es un caso aislado, sino parte de un patrón global de pérdida de glaciares que afecta a millones de personas. La reducción de estas reservas de agua congelada no solo impacta los ecosistemas locales, sino que también altera el equilibrio hídrico de regiones enteras. A medida que la crisis se profundiza, la colaboración entre gobiernos, científicos y comunidades se vuelve esencial para encontrar soluciones sostenibles y mitigar los efectos del calentamiento global.