Aunque para muchos resulta común ver liebres y conejos en distintos rincones de Chile, pocos saben que ninguno de los dos animales es nativo. Ambos fueron introducidos hace más de un siglo y, desde entonces, su expansión ha sido imparable. Un reciente estudio liderado por el investigador Gabriel Lobos, del Centro de Estudios de Vida Silvestre de la Universidad de Chile, confirma que la liebre europea (Lepus europaeus) ya rompió la barrera natural que hasta ahora la había mantenido limitada a Copiapó y alcanzó el extremo norte, colonizando incluso ambientes extremos como el Desierto de Atacama y el altiplano andino.

Lo preocupante no es solo la llegada, sino el impacto que este animal invasor podría tener en ecosistemas donde cada planta y especie endémica cumple un rol irremplazable. A diferencia del sur de Chile, donde ya se sabe que liebres y conejos compiten directamente con la ganadería ovina, en el norte la amenaza está dirigida a la vegetación escasa y altamente frágil, así como a especies en peligro crítico como las chinchillas de cola corta y de cola larga. La expansión de la liebre altera la composición de la flora, aumenta la competencia con herbívoros nativos y pone en jaque la supervivencia de animales cuya existencia depende de un delicado equilibrio en zonas áridas.

El estudio también advierte que las liebres se asocian estrechamente a los canales de regadío, lo que las convierte en un riesgo no solo para la biodiversidad, sino también para la agricultura del norte de Chile. Regiones como las cuencas de los ríos Loa, Copiapó, Azapa o Tana ya muestran señales de invasión, y con ellas la posibilidad de pérdidas económicas para agricultores locales. La experiencia histórica con conejos demuestra que, si no se toman medidas preventivas, los efectos pueden ser difíciles de revertir.

Pero la liebre también ha comenzado a integrarse a la cadena trófica local. Investigaciones muestran que carnívoros como el zorro culpeo y el puma han modificado su dieta para incorporar a esta presa abundante, compensando la disminución de especies nativas producto del cambio climático, la sequía y la pérdida de hábitat. Aun así, Lobos advierte que eliminar completamente a la liebre podría generar un efecto dominó en los depredadores que hoy dependen de ella, lo que hace aún más complejo cualquier plan de erradicación.

El desafío, por ahora, está en el monitoreo y en la evaluación constante de su impacto real. Aunque la caza ha sido hasta ahora la principal medida de control, no existen estrategias masivas de manejo como las que se aplican con los conejos. Mientras tanto, la presencia creciente de la liebre europea en zonas extremas del país abre un debate urgente sobre cómo proteger la flora, los herbívoros endémicos y la agricultura del norte sin desestabilizar a los depredadores que ya han aprendido a convivir con esta especie invasora.