Salud y bienestar

La verdad sobre las verrugas y por qué requieren atención dermatológica

Las verrugas son mucho más comunes de lo que parecen y, aunque generalmente no representan un riesgo grave para la salud, un mal manejo puede complicar el cuadro. Lejos de ser un simple detalle estético, estas lesiones cutáneas están provocadas por variantes del virus del papiloma humano (VPH) que, si se tratan incorrectamente, pueden extenderse por distintas zonas del cuerpo y transmitirse a otras personas. La Dra. Irene Araya, directora del Departamento de Dermatología y especialista del Hospital Clínico Universidad de Chile, explica que “lo primero que hay que identificar es que la verruga es un virus, por lo tanto, hay que tener precaución de no contagiar a otros ni a uno mismo”.

A pesar de que suelen pasar desapercibidas, los números hablan por sí solos: se estima que entre un 7% y un 19% de la población presenta verrugas, con una prevalencia especialmente alta en escolares, donde alcanza entre un 10% y un 20%. El peak de casos ocurre en la adolescencia, entre los 12 y 16 años. Existen principalmente dos tipos: las verrugas planas, pequeñas y lisas, que se concentran en la cara, cuello y manos, y las verrugas vulgares, de textura dura y rugosa, más frecuentes en la zona de la barba de los hombres y que se propagan con facilidad al afeitarse.

La facilidad de contagio está directamente ligada a las características del virus. Según la Sociedad Chilena de Dermatología, el VPH puede sobrevivir hasta ocho meses en objetos inanimados, lo que significa que toallas, máquinas de afeitar y utensilios de uso personal pueden transformarse en focos de transmisión. “El virus se contagia por contacto directo, piel con piel. Además, el trauma lo activa, así que hay que tratar de evitar irritaciones”, advierte la Dra. Araya, subrayando que niños, embarazadas y personas inmunodeprimidas son especialmente vulnerables.

Cuando se trata de buscar soluciones, no todas las opciones en el mercado son seguras. Para las verrugas planas, los retinoides —como el retinol— pueden ayudar al recambio celular, aunque requieren estricta supervisión médica, ya que un mal uso puede irritar la piel y favorecer la aparición de nuevas lesiones. En el caso de las verrugas vulgares, los tratamientos más utilizados son el nitrógeno líquido (crioterapia) y la electrocirugía. En casos más complejos, resistentes o extensos, se puede recurrir a procedimientos quirúrgicos con anestesia local. Sin embargo, la dermatóloga es enfática en desaconsejar los productos de venta libre que prometen “quemar” verrugas, ya que pueden dejar cicatrices permanentes.

Los cuidados posteriores también juegan un rol fundamental. Mantener una higiene adecuada, usar toallas personales, aplicar correctamente los medicamentos recetados y proteger la piel con bloqueador solar son pasos clave para evitar complicaciones. “Esto no es un tema dermocosmético; es un virus que requiere consulta médica. Es importante tratar las lesiones antes de usar productos de skincare”, concluye la especialista, recordando que lo esencial no es ocultar la verruga, sino abordarla desde su raíz viral con un tratamiento profesional.

Cómo el juego protege el desarrollo frente al exceso de pantallas

El juego ha sido históricamente reconocido como una de las principales vías para que los niños desarrollen habilidades cognitivas, sociales y emocionales. Así lo sostiene Unicef, que lo define como una de las formas más importantes de adquirir conocimientos en la primera infancia, mientras que la Superintendencia de Educación chilena enfatiza su rol para imaginar, explorar y expresar emociones. Sin embargo, este espacio esencial hoy se ve tensionado por un factor creciente en los hogares: el tiempo que los niños pasan frente a las pantallas. Según la Sociedad Nacional de Pediatría, en 2022 los menores en Chile permanecían entre 5,3 y 6,1 horas al día conectados, lo que representa más de un tercio de su tiempo despiertos.

Frente a la pregunta sobre si esta tendencia es perjudicial, Rodrigo Rojas, psicólogo y académico de la Universidad de Santiago, plantea que la clave no está en demonizar la tecnología, sino en regularla. Explica que en edades tempranas la exposición debe ser mínima: casi nula en los primeros dos años de vida, no más de una hora diaria entre los 2 y 5 años, y menos de dos horas en el rango de 6 a 10, siempre fuera del contexto escolar. El exceso, advierte, puede limitar experiencias fundamentales que solo el juego libre y simbólico puede ofrecer, como el desarrollo de habilidades sociales, la motricidad o la creatividad.

No obstante, no todo uso de pantallas es negativo. El académico de la Pontificia Universidad Católica, Valerio Fuenzalida, recuerda que existen programas infantiles con un fuerte componente educativo que aportan al aprendizaje socioemocional, la autoestima y la resiliencia. Series como Las Pistas de Blue o Bob Esponja, afirma, han demostrado trabajar con elementos vinculados a la neurociencia, ofreciendo a los niños herramientas para enfrentar emociones y obstáculos. A su juicio, el CNTV debería potenciar la producción y distribución de este tipo de contenidos en Chile, de modo que incluso puedan ser utilizados en el aula.

El riesgo, según Rojas, es que las pantallas reemplacen el espacio del juego libre, esencial en la construcción de la infancia. Cuando los niños exploran, corren, inventan historias o interactúan con otros, no solo se divierten, sino que entrenan la empatía, la cooperación y la resolución de conflictos. Varios estudios han demostrado que la sobreexposición digital se asocia a dificultades en el lenguaje, problemas de atención, alteraciones del sueño y menor capacidad de regulación emocional. En un escenario de rutinas aceleradas y padres con poco tiempo disponible, entregar un celular o una tablet se convierte en un recurso fácil, pero que a largo plazo puede traer consecuencias significativas.

Para los especialistas, el desafío está en recuperar y proteger el valor del juego en la infancia. Esto implica establecer límites claros al uso de pantallas, fomentar la supervisión parental y crear entornos que favorezcan la curiosidad, la exploración y la interacción social. “Proteger el juego es, de alguna forma, proteger la infancia”, concluye Rojas, recordando que invertir en esos primeros años significa construir una sociedad más sana, creativa y empática para el futuro.

El peligro silencioso de la pornografía en la infancia y adolescencia

En un mundo cada vez más conectado, el acceso a internet sin límites ha expuesto a niños, niñas y adolescentes a contenidos pornográficos desde edades muy tempranas. Esta realidad preocupa a especialistas, quienes advierten que el consumo precoz de pornografía puede afectar profundamente el desarrollo emocional de los menores, distorsionar su comprensión de las relaciones afectivas y sexuales, e incluso abrir la puerta a otras adicciones en la adultez.

Un reciente estudio presentado en el congreso de la Sociedad Española de Patología Dual (SEPD) evidenció que los jóvenes con uso problemático de pornografía muestran niveles elevados de ansiedad, depresión y somatización. Además, suelen presentar conductas adictivas concurrentes, que van desde el consumo de alcohol y drogas hasta problemas con videojuegos, internet y compras compulsivas. Este fenómeno, aún no reconocido formalmente como trastorno mental por los principales manuales diagnósticos, se vincula con la conducta sexual compulsiva, donde el uso problemático de pornografía se considera un síntoma.

Los expertos señalan que los hombres, especialmente adolescentes, son más vulnerables a desarrollar esta problemática. Se estima que entre un 1% y 38% de los adultos, y entre un 5% y 14% de los adolescentes, podrían presentar este tipo de uso problemático. Si bien la terapia cognitivo conductual ha mostrado resultados prometedores para mejorar la calidad de vida y reducir síntomas asociados, se requieren más estudios para confirmar su eficacia.

Desde Chile, el psicólogo clínico y académico de la Universidad de Santiago de Chile, Antonio Letelier, explica que la pornografía entrega una imagen distorsionada de la sexualidad, dificultando que niños y adolescentes integren aspectos emocionales y afectivos esenciales para un desarrollo sexual sano. Este contenido refuerza roles de género patriarcales, asocia violencia con placer y enfatiza una hipersexualización centrada en el rendimiento genital, lo que empobrece la complejidad de la experiencia sexual.

Letelier advierte que esta exposición precoz puede generar en los niños percepciones erróneas y traumáticas, desembocando en ansiedad, síntomas depresivos y distorsiones en la percepción corporal. Muchas veces, el problema surge cuando estos menores enfrentan una realidad para la cual no fueron preparados adecuadamente por una educación sexual integral y abierta.

Para enfrentar esta situación, el especialista enfatiza la necesidad de un diálogo constante y una educación sexual amplia, tanto en el hogar como en los colegios. Destaca que la sexualidad va más allá de la biología y las identidades sexuales, abarcando también el placer, las emociones, las expectativas y las frustraciones que moldean la experiencia humana desde la infancia.

Este llamado a una educación sexual integral y realista busca no solo proteger a las nuevas generaciones, sino también brindarles herramientas para construir relaciones saludables y una comprensión madura y respetuosa de su propia sexualidad.

Fatiga crónica y vida moderna cuando el cansancio no desaparece

Sentirse agotado constantemente puede parecer una consecuencia natural del ritmo de vida actual, pero para muchas personas es la manifestación de una condición clínica conocida como Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) o encefalomielitis miálgica. Según el académico Mario Ríos, de la Universidad de Santiago, esta enfermedad se caracteriza por una fatiga intensa y persistente que no mejora con el descanso y puede durar más de seis meses, reduciendo drásticamente la capacidad funcional y afectando el bienestar físico, social y emocional de quienes la padecen.

El síndrome se presenta con síntomas complejos como dolor muscular, sueño no reparador, deterioro cognitivo, hipersensibilidad sensorial, malestar post esfuerzo y, en algunos casos, intolerancia ortostática. Aunque sus causas no están completamente claras, se ha asociado a factores genéticos, infecciones virales como el Epstein-Barr, alteraciones inmunitarias, traumas y estrés crónico. Además, afecta principalmente a mujeres entre 20 y 50 años, aunque no hay estudios concluyentes en Chile sobre su prevalencia, y los diagnósticos suelen hacerse por descarte debido a la falta de pruebas específicas.

Internacionalmente, el SFC afecta entre el 0,2% y el 0,8% de la población, y suele vincularse a otras condiciones como el dolor crónico o la fibromialgia. Según Ríos, aunque no existe una cura, el tratamiento incluye terapias psicológicas, ejercicio adaptado, una dieta antiinflamatoria y apoyo médico integral. El experto enfatiza que reconocer y tratar esta condición es clave para mejorar la calidad de vida de los pacientes y para visibilizar una realidad que muchas veces queda en silencio bajo el disfraz del “cansancio normal”.

Triptófano, dopamina y recuerdos: el poder oculto de la pasta

Un reciente estudio realizado por la Universidad IULM de Milán reveló que comer pasta puede generar niveles de felicidad superiores a los que provoca ver deportes o escuchar música favorita. La investigación, basada en el análisis neurológico y emocional de un grupo de participantes mientras degustaban un plato de fideos, mostró que esta experiencia va mucho más allá del simple placer culinario. La pasta no solo activa áreas del cerebro relacionadas con el placer, sino también zonas ligadas a la memoria, el bienestar y las emociones compartidas.

Durante el experimento, un 76% de los encuestados declaró sentirse feliz comiendo pasta y un 40% describió esta experiencia como “reconfortante y buena para el estado de ánimo”. Para muchos, el plato evocó recuerdos familiares y momentos compartidos con amigos, subrayando la poderosa carga emocional y social que puede tener la comida. Esta dimensión afectiva, según los investigadores, refuerza el impacto positivo de la pasta en el estado mental de las personas.

La clave detrás de este fenómeno podría estar en la biología. La pasta contiene triptófano, un aminoácido esencial para la producción de serotonina, conocida como la “hormona de la felicidad”. Además, el alto contenido de carbohidratos de los fideos favorece la liberación de dopamina y activa los sistemas de recompensa del cerebro, intensificando la sensación de placer. Así lo explicó el neurólogo Pedro Chaná, académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago.

Chaná señaló que este tipo de alimentos, al elevar la glicemia, disparan una respuesta química que el cerebro interpreta como placentera. Este efecto se ve amplificado por la memoria olfativa-gustativa, que activa el sistema límbico y puede transportar a las personas a momentos felices del pasado. En palabras del especialista, el bienestar que genera la pasta no es solo físico, sino profundamente emocional y sensorial.

Más allá de los datos bioquímicos, el estudio sugiere que compartir un plato de pasta puede ser una forma real de reconectar con la felicidad cotidiana. En tiempos donde el estrés domina, la ciencia respalda lo que la intuición ya sabía: un plato de fideos, además de sabroso, puede ser medicina para el alma.

Desconectados en un mundo hiperconectado

Durante la presentación del primer Informe Mundial sobre Soledad y Aislamiento Social en Ginebra, en el que participó la ministra de Salud chilena Ximena Aguilera, la Organización Mundial de la Salud advirtió que uno de cada seis habitantes del planeta vive afectado por la desconexión social. Esta condición, que va más allá del simple hecho de estar solo, se ha convertido en un nuevo factor de riesgo para la salud, equiparable a la obesidad o el tabaquismo, y se asocia a más de 800 mil muertes al año a nivel global.

Alejandra Fuentes-García, académica de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, señala que la soledad es una experiencia dolorosa derivada de la distancia entre las relaciones que deseamos tener y las que realmente existen, mientras que el aislamiento social se refiere a la ausencia objetiva de vínculos suficientes. Ambos fenómenos, aunque distintos, son detonantes de enfermedades físicas como diabetes, hipertensión y afecciones cardiovasculares, además de trastornos mentales como depresión, ansiedad y deterioro cognitivo, especialmente en personas mayores, jóvenes, migrantes y personas con discapacidad.

La doctora Viviana Guajardo, coordinadora de Estrategia de Salud Mental de la misma universidad, enfatiza que el aislamiento no siempre implica sentirse solo, pero sí representa un peligro cuando se prolonga en el tiempo y no se aborda. La desconexión social, dice, debilita la autoconfianza, alimenta pensamientos negativos y puede llevar a cuadros graves como el suicidio o las autoagresiones.

Ambas especialistas coinciden en que fomentar la conexión social es una necesidad vital. Los vínculos humanos fortalecen la salud mental, refuerzan la resiliencia, estimulan el aprendizaje emocional y aportan sentido a la vida. Desde la infancia hasta la vejez, contar con una red de apoyo influye directamente en la longevidad y en la calidad de vida.

El informe de la OMS plantea acciones estructurales urgentes. Desde rediseñar las ciudades para favorecer los encuentros informales, repensar el modelo de vivienda, impulsar la política laboral de las 40 horas, hasta incluir la educación emocional como herramienta de base. También se propone aprovechar los centros de salud como espacios de sociabilización, formar en empatía a estudiantes y profesionales, e integrar tecnologías que fomenten interacciones cara a cara.

Qué hacer (y qué no) cuando el smog te persigue al entrenar

Santiago vive una nueva temporada de preemergencias ambientales mientras espera un sistema frontal que podría traer alivio a la zona centro-sur del país. Sin embargo, la mala calidad del aire no solo implica restricciones vehiculares o cielos cubiertos: también impacta directamente en la salud, especialmente si decides entrenar al aire libre. Médicos y expertos de la Universidad de Chile advierten que hacer ejercicio en días con altos niveles de contaminación puede amplificar el daño de las partículas tóxicas que respiramos, incrementando el riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

El doctor Felipe Rivera, broncopulmonar del Hospital Clínico de la U. de Chile, explica que al hacer ejercicio se respira más rápido y profundamente, lo que arrastra contaminantes como metales pesados, hidrocarburos y partículas PM2.5 hacia los pulmones y eventualmente al torrente sanguíneo. Esto eleva significativamente la probabilidad de inflamación, daño pulmonar y problemas cardíacos, sobre todo en personas con asma o enfermedades crónicas. El pediatra Guillermo Zepeda añade que durante la actividad física solemos respirar por la boca, lo que anula el filtro natural de la nariz, dejando entrar aire frío, seco y sucio directamente a los pulmones, lo cual puede ser especialmente peligroso en menores y adultos mayores.

Para no frenar el movimiento pero sí cuidar el cuerpo, el kinesiólogo Edgardo Opazo propone adaptar las rutinas de ejercicio en días de preemergencia. Recomienda entrenamientos de fuerza con el peso del cuerpo como planchas, sentadillas o abdominales, además de prácticas más suaves como yoga o pilates. La clave está en mantener la intensidad baja y evitar esfuerzos aeróbicos que demanden una respiración agitada. ¿El mejor lugar? Espacios cerrados, bien ventilados y libres de contaminación. Si no queda otra que salir, hazlo muy temprano o al atardecer, alejándote del tráfico y de fuentes de humo. Cuidar tu salud también es parte del entrenamiento.

El boom de la miel en cosmética y sus promesas bajo la lupa científica

En los últimos años, la miel ha dejado de ser solo un dulce infaltable en la cocina chilena para convertirse en un ingrediente cada vez más habitual en el mundo de la cosmética. Cremas hidratantes, contornos de ojos, jabones y shampoo con miel se han multiplicado en góndolas y ferias, prometiendo beneficios antibacterianos, antioxidantes y antiinflamatorios. Pero ¿qué tan reales son estas propiedades? ¿Y qué deberíamos observar al momento de elegir un cosmético que la contenga?

Según la académica Marcela Zamorano, experta en análisis de alimentos de la Universidad de Santiago, la miel efectivamente puede aportar a productos cosméticos una mejor humectación, suavidad en la piel y capacidad antibacteriana natural. En cremas y shampoo, esto se traduce en una sensación de frescura y en una retención de la humedad, además de una disminución del uso de compuestos sintéticos. La clave, sin embargo, está en la concentración. Aunque puede haber fórmulas que van desde un 2% hasta un 50% de contenido de miel, la mayoría de los productos disponibles en el mercado utilizan dosis más bien bajas, tanto por razones económicas como técnicas. A mayor porcentaje, mayor viscosidad y dificultad para manipular el producto.

Además de hidratar y suavizar, la miel contiene flavonoides y polifenoles que, si no se exponen a altas temperaturas, conservan propiedades antioxidantes que pueden ayudar a retrasar el envejecimiento cutáneo. Es decir, no solo se trata de un ingrediente de moda, sino que su uso bien formulado puede tener efectos reales sobre la piel.

Pero hay advertencias importantes. Zamorano recalca la necesidad de que todo cosmético tenga resolución sanitaria del Instituto de Salud Pública (ISP), para garantizar que su composición ha sido revisada y cumple con buenas prácticas de manufactura. Esta exigencia cobra aún más relevancia frente al crecimiento de productos artesanales que, aunque atractivos, podrían estar contaminados o no contar con la debida higiene en su elaboración.

La especialista también advierte que no todos los cuerpos reaccionan igual a la miel. Personas con alergias al polen o a las abejas deberían evitar estos productos, ya que, incluso tras su purificación, la miel puede contener trazas de alérgenos.

Así, aunque la miel puede sumar calidad a la cosmética natural, el entusiasmo no debe eclipsar la necesidad de informarse, verificar concentraciones reales del ingrediente y, sobre todo, exigir productos que cuenten con respaldo sanitario. No todo lo que dice “natural” en la etiqueta está libre de riesgos.

La nueva soledad que afecta a los treintañeros en Chile

Aunque la salud mental general en Chile muestra su mejor índice desde 2020, la soledad sigue ganando terreno, especialmente entre quienes bordean los 30 años. Así lo reveló la nueva edición del Termómetro de Salud Mental Achs-UC, que identificó un 19% de personas que se sienten solas, con una alza sostenida durante el último año. El grupo más afectado son quienes tienen entre 30 y 39 años: uno de cada cuatro afirma experimentar soledad. También se evidencian brechas de género, con un 21,7% de mujeres que declara sentirse sola frente al 16,1% de los hombres.

Aunque en cifras globales ha disminuido la cantidad de personas con síntomas de ansiedad o depresión severa, la soledad emerge como un síntoma estructural de la vida contemporánea. Según Paulina Calfucoy, de la Achs, este grupo etario requiere atención urgente: además de declararse más solos, son los que menos satisfacción laboral expresan y presentan más síntomas de depresión moderada o severa. Se trata de una generación que enfrenta presiones laborales intensas, relaciones personales inestables y una red de apoyo debilitada.

La doctora en psicología María José Rodríguez, de la Universidad de Santiago, explica que muchas de estas personas viven jornadas extensas, están emocionalmente agotadas y sostienen vínculos afectivos más temporales y esporádicos. La virtualización de los lazos humanos, potenciada tras la pandemia, ha reemplazado el contacto cara a cara por interacciones digitales, que rara vez logran formar vínculos profundos. Las relaciones se vuelven transaccionales, orientadas más al placer inmediato que a la construcción de comunidad o pertenencia.

Rodríguez advierte que, aunque el teletrabajo puede parecer una solución práctica, puede convertirse en un potenciador del aislamiento si no existe una vida social activa fuera de la pantalla. La pandemia dejó secuelas en la forma en que nos vinculamos y, aunque se superó la emergencia sanitaria, los efectos emocionales de ese encierro colectivo siguen presentes.

La soledad no es solo un estado de ánimo, sino un fenómeno estructural que parece instalarse como la nueva pandemia silenciosa entre los adultos jóvenes. Y Chile, como espejo del mundo moderno, ya la está sintiendo.

Microplásticos en el cerebro y el colapso silencioso de la mente

La contaminación por plásticos ya no es solo una crisis ambiental. Se ha transformado en un problema invisible y sistémico que empieza a permear nuestros propios cuerpos. De acuerdo con cifras de National Geographic, cada año se producen más de 300 millones de toneladas de plástico. Una parte de ese volumen, a través de su degradación, termina convertido en micro y nanoplásticos (MNP), residuos que ya se encuentran flotando en el aire, el agua y, más alarmantemente, en nuestro organismo.

Un estudio reciente publicado en Nature Medicine reveló la presencia de microplásticos en el cerebro humano. Según los datos, estos materiales están presentes en concentraciones de hasta 30 veces más en el tejido cerebral que en otros órganos, y tienden a ser más pequeños, lo que les permite infiltrarse con mayor facilidad. La acumulación ocurre sin distinguir edad, género o raza, pero sí se detectó un aumento del 50% de su presencia al momento de la muerte. Se trata de partículas que, si bien invisibles, podrían estar dañando nuestro sistema nervioso desde adentro.

La evidencia científica actual, aunque mayormente basada en estudios animales, sugiere que los MNP pueden generar una serie de efectos tóxicos: estrés oxidativo, inflamación, alteraciones del sistema inmune, problemas metabólicos, malformaciones orgánicas y un eventual potencial cancerígeno. A pesar de que aún no se han podido confirmar estos efectos en humanos con certeza, la comunidad científica ya encendió las alarmas.

Pedro Chaná, neurólogo y académico de la Universidad de Santiago, advierte que gran parte de los hallazgos provienen de modelos animales, pero que los resultados no son menores. En roedores, el polietileno; uno de los plásticos más comunes, logró atravesar la barrera hematoencefálica y se acumuló en zonas clave del cerebro como el hipocampo y la corteza prefrontal. Las consecuencias fueron claras: deterioro cognitivo, trastornos conductuales, ansiedad y síntomas depresivos. “Esto altera el metabolismo del sistema nervioso central y las conexiones neuronales. Reduce la arborización de las dendritas, comprometiendo su funcionamiento normal”, explica Chaná.

Un artículo publicado en Brain Medicine incluso plantea que esta acumulación de MNP podría estar asociada al aumento global de enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y la demencia. Aun así, se reconoce que, por ahora, las conclusiones son especulativas: lo observado en tejidos animales aún debe demostrarse con evidencia robusta en humanos.

Lo innegable es que el plástico, ese material cotidiano y ubicuo, ha comenzado a formar parte de nuestra biología de manera involuntaria. Y si bien los efectos a largo plazo aún no se comprenden del todo, lo cierto es que ya habita dentro de nosotros.