Cuando Rosalía anuncia un nuevo proyecto, el impacto ya no se mide solo en cifras, charts o récords de streaming. En los últimos años, su figura se ha convertido en un fenómeno cultural que sintetiza moda, identidad, experimentación y narrativa visual, capaz de desplazar tendencias e instalar discusiones sobre el rumbo de la cultura pop contemporánea. Con la llegada de LUX TOUR 2026, esa influencia alcanza un nuevo nivel, expandiendo el imaginario de la artista hacia territorios aún más ambiciosos.
LUX no es un disco cualquiera: es un artefacto cultural. Desde las colaboraciones con iconos como Björk y la Escolania de Montserrat, hasta la grabación con la Orquesta Sinfónica de Londres, el álbum propone un puente entre lo clásico y lo futurista. Esa mezcla es justamente lo que ha convertido a Rosalía en una artista que actúa más como arquitecta cultural que como simple intérprete.
La expansión de su figura en los últimos años refuerza esta lectura. Tras el éxito de MOTOMAMI, Rosalía no solo conquistó la música: irrumpió con fuerza en la moda global, con apariciones como su imponente look de Balmain en la Gala Met 2025, campañas para Calvin Klein o su rol como embajadora de New Balance. Su debut como actriz en Euphoria (2026) terminó de confirmar que su propuesta estética ya no pertenece únicamente al mundo de la música, sino a una narrativa cultural transversal.
A nivel simbólico, LUX representa el inicio de una nueva etapa en la conversación cultural latinoamericana. Rosalía, española pero profundamente integrada en las estéticas globales que cruzan lo urbano, lo transatlántico y lo experimental, se vuelve un espejo de un momento donde la música en español es parte fundamental de la cultura pop mundial. Su éxito en países históricamente herméticos al idioma confirma que la cultura hispanohablante ya no es periferia: es centro.
Con LUX, Rosalía no solo lanza una gira. Presenta un manifiesto estético que desafía categorías y propone una sensibilidad expansiva, emocional y radicalmente moderna. En un mundo saturado de estímulos, su apuesta por lo monumental y lo íntimo a la vez aparece como un gesto cultural que marca época y redefine cómo pensamos la música, la performance y la identidad global.
