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Ciencia made in Chile busca revolucionar las baterías de litio

La promesa de una tecnología más limpia y eficiente depende, en gran medida, de algo que la mayoría de las personas lleva todos los días en el bolsillo: las baterías de ion-litio. Desde smartphones y computadores hasta vehículos eléctricos, estos dispositivos se han convertido en la columna vertebral de la transición energética. Sin embargo, uno de sus principales problemas sigue siendo el mismo: con el tiempo pierden capacidad, se degradan y almacenan cada vez menos energía.

En ese escenario, un equipo de investigadores de la Universidad de Santiago de Chile está trabajando en una solución que podría cambiar las reglas del juego. El doctor Rudy Martín, académico de la Facultad de Química y Biología de la Usach, lidera un proyecto Fondecyt Regular que busca desarrollar materiales capaces de aumentar la capacidad de almacenamiento y mejorar la estabilidad de las baterías de ion-litio, permitiendo que duren más tiempo sin sacrificar rendimiento.

La investigación pone el foco en uno de los componentes más importantes de una batería: el ánodo. Actualmente, este elemento está fabricado principalmente con grafito, un material confiable pero limitado en términos de capacidad energética. El silicio aparece como una alternativa altamente atractiva porque puede almacenar hasta diez veces más energía que el carbono. El problema es que, durante los ciclos de carga y descarga, su estructura se expande y contrae de manera extrema, provocando un rápido deterioro.

“Las baterías tienen varias partes: un ánodo, un cátodo, una membrana y un electrolito. Cada componente es imprescindible y en el caso del ánodo porque es donde se almacena la energía una vez que se carga la batería. Hoy ese ánodo es de carbono, pero hay un material mucho más prometedor, que es el silicio, porque puede almacenar mucha más energía por unidad de masa. El problema es que, cuando el litio forma aleación con el silicio durante la carga, este cambia mucho su volumen, se expande y eso hace que el material se deteriore”, menciona el académico Martín.

Para enfrentar este desafío, el equipo desarrollará un innovador polímero que actuará como un aglutinante, una especie de pegamento inteligente encargado de mantener unidos los materiales activos del ánodo. La apuesta es que este material tenga la capacidad de autorrepararse frente al desgaste provocado por cientos o incluso miles de ciclos de carga. “Todas las baterías tienen un polímero, que corresponde a entre un 5% y un 10% de su masa total, que se llama aglutinante, este actúa como un pegamento, ya que mantiene unidos los materiales activos del electrodo (donde se almacena la energía), que en realidad son partículas, fijándolos a un conductor electrónico. Para que funcione bien, este material tiene que ser capaz de auto-repararse con los sucesivos ciclos de carga y descarga, y que pueda ciclar de cien a mil veces sin perder tanta capacidad”, explica el Dr. Rudy Martín.

Durante los próximos cuatro años, los investigadores construirán y probarán baterías experimentales para evaluar el comportamiento de estos nuevos materiales en condiciones reales. Más allá del laboratorio, el proyecto también busca una aplicación concreta en la industria. A diferencia de otras propuestas tecnológicas que requieren procesos costosos o materiales difíciles de escalar, esta solución podría incorporarse a las cadenas de producción actuales sin aumentar significativamente los costos. En un mundo cada vez más dependiente de la energía portátil y la electromovilidad, una batería capaz de almacenar más energía y resistir mejor el paso del tiempo podría convertirse en una de las piezas clave de la próxima generación tecnológica.

Calor, plástico y salud infantil bajo la lupa de la ciencia chilena

El plástico está en prácticamente todos los rincones de la vida cotidiana. Desde envases y botellas hasta juguetes y utensilios para bebés, su presencia parece inevitable. Sin embargo, mientras la ciencia continúa descubriendo los efectos que algunos de sus componentes pueden tener sobre la salud humana, una nueva investigación chilena busca responder una pregunta que preocupa especialmente a madres, padres y cuidadores: ¿qué ocurre realmente cuando una mamadera se expone al calor de forma repetida?

Ese es el desafío que lidera el doctor Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, quien encabeza un proyecto Fondecyt Regular orientado a estudiar la migración de compuestos químicos desde distintos tipos de plásticos hacia la leche o el agua que consumen niños y niñas. El estudio surge en un contexto donde el bisfenol A (BPA), uno de los disruptores endocrinos más conocidos, ya fue restringido en diversos países debido a sus posibles efectos sobre los sistemas inmunológico, neurológico y hormonal.

Aunque muchas mamaderas actuales se comercializan como libres de BPA, la comunidad científica todavía busca comprender qué sucede con otros compuestos presentes en los materiales plásticos. “Hoy en día, el punto es que no sabemos si al calentar una mamadera, incluso aquellas que se comercializan como libres de BPA, se pueden generar compuestos derivados del propio plástico que, con el tiempo, migren hacia el contenido nutricional, como la leche o el agua. En ese sentido, existe consenso en que la exposición a disruptores endocrinos presentes en productos plásticos podría afectar el desarrollo”, explica el Dr. Jaime Pizarro.

La investigación analizará cómo variables tan comunes como la temperatura, la exposición a la luz y el tiempo de uso pueden favorecer la liberación de sustancias químicas desde los plásticos. Se trata de un fenómeno poco estudiado de manera integral, pese a que forma parte de rutinas domésticas diarias. “Hasta la fecha no ha habido un estudio sistemático que aborde el efecto conjunto de factores como la temperatura, la luz y el tiempo de almacenamiento en una mamadera, especialmente considerando su uso cotidiano, como el calentamiento repetido a lo largo del día y su uso prolongado en el tiempo. Tampoco se ha evaluado con precisión su capacidad de generar compuestos que migren hacia la leche o el agua”, explica el investigador.

Para avanzar en estas respuestas, el equipo desarrollará sensores electroquímicos capaces de detectar sustancias como el nonilfenol y el ftalato de dibutilo, compuestos presentes en diferentes tipos de plásticos y que también son considerados potenciales disruptores endocrinos. La apuesta tecnológica busca ofrecer una alternativa más accesible y eficiente para monitorear la presencia de estas sustancias, validando posteriormente los resultados mediante técnicas cromatográficas de alta precisión.

Con una duración proyectada de cuatro años, el estudio no solo busca generar evidencia científica inédita en Chile, sino también abrir una conversación más amplia sobre el uso cotidiano del plástico en contextos sensibles como la alimentación infantil. “Si bien este tipo de investigación tiene un alto potencial de impacto, también es fundamental avanzar en la concientización sobre el uso de estos materiales. Hoy es difícil prescindir del plástico, pero sí es posible promover un uso más informado, especialmente en contextos sensibles como la alimentación infantil. Generar ese conocimiento y ponerlo a disposición de la sociedad es, finalmente, uno de los principales objetivos de este proyecto”, concluye el Dr. Jaime Pizarro.

Los “hermanos riñones” que conquistaron TikTok

En TikTok, donde los trends van y vienen al ritmo de los algoritmos, un video protagonizado por dos personajes disfrazados de riñones rompió la barrera del simple entretenimiento. Con humor y ternura, los llamados “hermanos riñones” lograron explicar de manera directa por qué beber agua no es solo un acto reflejo de sed, sino una necesidad vital para mantener el equilibrio del cuerpo. El clip, que muestra a ambos órganos intentando compensarse hasta colapsar por deshidratación, deja una moraleja clara y urgente: sin agua, el cuerpo no puede sostenerse.

El impacto fue inmediato. En cuestión de días, miles de usuarios y usuarias comentaron que habían cambiado su relación con el agua. Algunos reemplazaron las bebidas azucaradas por botellas reutilizables, otros instalaron recordatorios para hidratarse a lo largo del día. Lo que comenzó como una pieza lúdica terminó generando un cambio conductual real en un público joven que suele informarse y educarse a través de las redes. En tiempos de infoxicación, donde la desinformación circula con la misma velocidad que los memes, este tipo de contenido se vuelve un puente entre el conocimiento científico y el lenguaje cotidiano.

La nutricionista Daniela González, académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, valora este tipo de iniciativas digitales: “Ilustran la importancia de algunos hábitos”, señala, aunque también advierte que “a veces se corre el riesgo de decir cualquier cosa detrás de un personaje sin evidencia científica”. Su llamado es claro: el humor y la pedagogía pueden coexistir, pero deben hacerlo con responsabilidad. La línea que separa el dato útil de la pseudociencia es delgada, especialmente en plataformas donde lo viral pesa más que lo verificado.

Desde el punto de vista médico, González aclara que la recomendación general es consumir alrededor de dos litros de agua al día —unos ocho vasos—, aunque la cifra no es una fórmula rígida. “Dependerá de las circunstancias de cada persona. Si realiza actividad física intensa, vive en un clima seco o tiene una dieta alta en proteína y fibra, probablemente necesitará más agua. Lo mismo si presenta fiebre, vómitos o diarrea, porque el cuerpo pierde líquido más rápido”, explica. En resumen, no hay un número mágico: el cuerpo avisa, y hay que aprender a escucharlo.

Entre las señales que indican falta de agua, la especialista menciona la sed, la boca seca, la reducción de la orina o su color oscuro. “Algunas veces se puede sentir cansancio, debilidad o dolores de cabeza, porque la falta de agua reduce el rendimiento físico y mental”, agrega. Son signos simples pero decisivos que, como muestran los “hermanos riñones”, pueden pasar desapercibidos hasta que el organismo empieza a resentirse.

Más allá de la moda del “agua challenge”, los expertos recuerdan que este líquido no solo hidrata, sino que es el motor de la vida. Cerca del 65% de nuestro peso corporal es agua, y cada célula depende de ella para funcionar. “Tiene un rol súper importante en la regulación de la temperatura corporal, a través del sudor. También actúa como lubricante de las articulaciones, protege órganos y tejidos sensibles, y mantiene la estructura de las células”, detalla González. No beber agua puede llegar incluso a ser incompatible con la vida, advierte, porque el agua participa en todos los procesos vitales, desde la eliminación de toxinas hasta la protección de los órganos internos.

El viral de los “hermanos riñones” no solo entretuvo: recordó, entre risas y drama, una verdad que a menudo olvidamos. En una era saturada de información y estímulos, a veces basta una historia simple, dos trajes de felpa y un mensaje honesto para que millones recuerden lo esencial. Beber agua no es una moda. Es supervivencia.

Rescate del patrimonio artesanal busca impulsar desarrollo y turismo

El turismo se ha consolidado como un eje clave de la economía mundial, representando cerca del 10% del PIB en la Unión Europea y generando 1,5 billones de euros anuales, según cifras del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC). Países como Croacia incluso dependen de él en casi un 26% de su economía. La clave en muchos de estos casos ha sido poner en valor el patrimonio cultural: la gastronomía, las tradiciones y los productos típicos se han convertido en atractivos globales capaces de atraer millones de visitantes cada año.

Chile, sin embargo, ha mantenido gran parte de su herencia histórica en la sombra. Pese a poseer una riqueza cultural que se remonta a los primeros siglos coloniales, este legado ha sido invisibilizado y poco capitalizado. En esa época, los artesanos no solo producían herramientas, vestimenta o mobiliario, sino también alimentos y preparaciones que definieron la identidad de distintas regiones, desde panes y dulces hasta bebidas como el pipeño o el pajarete.

Desde la Universidad de Santiago de Chile, el Dr. Pablo Lacoste, académico del Instituto de Estudios Avanzados, lidera una investigación que busca rescatar estos oficios y su papel en la construcción del Chile colonial temprano entre 1550 y 1650. El proyecto analiza cerca de 400 contratos artesanales —parte de un corpus mayor de 6.000 documentos conservados en el Archivo Nacional— en los que maestros de oficios se comprometían a formar aprendices, revelando la importancia de la transmisión de saberes. “Queremos demostrar que la historia de Chile no fue únicamente obra de las élites ni de los grandes nombres de la política y la guerra, sino el resultado de una construcción colectiva”, explica Lacoste.

El académico destaca que estas investigaciones ya arrojan hallazgos significativos: “Hemos encontrado antecedentes que muestran, por ejemplo, que el pisco se producía en Chile un siglo antes que en Perú y que la papa frita fue documentada por primera vez en el sur de nuestro país en el siglo XVII.” Además, pone en evidencia tesoros invisibles de valor global, como el lapislázuli, presente en la máscara funeraria de Tutankamón pero desconocido en su origen chileno. “Deberíamos levantar rutas patrimoniales que permitan conocer esta historia, visitar sus canteras y proyectar su valor en artesanía y joyería. Los países desarrollados han convertido sus productos típicos y denominaciones de origen en verdaderos símbolos nacionales. Si Chile reconoce y activa los suyos, también podrá transformar su patrimonio en motor de prosperidad.”

El proyecto busca no solo rescatar un pasado invisibilizado, sino también ofrecer una hoja de ruta para el futuro. Al reconstruir cómo funcionaban los talleres, qué conocimientos se transmitían y cómo esos saberes se reflejaban en la vida cotidiana, se revela una historia de construcción horizontal en la que mujeres, indígenas, afrodescendientes y mestizos desempeñaron un rol fundamental. “Durante cuatro años vamos a sumergirnos en los archivos como buzos en busca de tesoros, y estamos seguros de que encontraremos hallazgos extraordinarios que entregaremos a Chile y al mundo. Se trata de hacer justicia, de entender que este país se construyó de manera horizontal”, concluye Lacoste.