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Chile revisa su normativa para enfrentar la contaminación acústica

El ruido urbano volvió al centro del debate público. Esta vez no como una molestia pasajera, sino como un problema estructural que impacta directamente en la salud y la calidad de vida en las ciudades chilenas. El Ministerio del Medio Ambiente, en conjunto con el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, anunció el inicio del proceso de revisión del Decreto Supremo N°7, la norma que regula la emisión de ruido de vehículos livianos, medianos y motocicletas, con un foco claro en un vacío histórico de la regulación: las motocicletas en circulación.

Desde el Ejecutivo, el diagnóstico es contundente. “El ruido es un contaminante invisible que afecta la salud, el descanso y el bienestar de las personas”, afirmó la ministra del Medio Ambiente, Maisa Rojas, al presentar la iniciativa. Una definición que conecta con una experiencia cotidiana en Santiago y otras grandes urbes del país, donde el tránsito vehicular se ha consolidado como la principal fuente de contaminación acústica.

El ministro de Transportes y Telecomunicaciones, Juan Carlos Muñoz, puso el acento en las limitaciones del marco actual y en la necesidad de avanzar hacia mecanismos de control más efectivos. “Este trabajo busca analizar nuevas maneras para controlar el cumplimiento de los niveles de ruido de un vehículo, especialmente si consideramos que hoy sólo podemos certificar ese aspecto, cuando el vehículo ingresa al país y es homologado”, explicó, subrayando que la revisión abre la puerta a herramientas como controles en plantas de revisión técnica u otras instancias de fiscalización en terreno.

Desde el mundo académico, la advertencia es clara respecto a los efectos del ruido prolongado. “La contaminación acústica puede generar efectos graves en la salud de las personas, desde estrés y trastornos del sueño hasta pérdida auditiva y un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, especialmente cuando existe una exposición prolongada a altos niveles de ruido”, señaló Daniel Arancibia, académico del Departamento de Ingeniería Geoespacial y Ambiental de la Universidad de Santiago. Una realidad que, según el experto, obliga a tratar el ruido con la misma seriedad que otros contaminantes ambientales.

Arancibia enfatiza que la solución no pasa por una única medida, sino por una combinación de acciones coordinadas. “Efectivamente se pueden disminuir los niveles de emisión acústica y existen varios ámbitos de acción”, afirmó, mencionando desde la mantención y fiscalización de los vehículos, hasta la gestión del tránsito, la instalación de pantallas acústicas en sectores sensibles y una transición decidida hacia la electromovilidad como horizonte de largo plazo.

El foco inicial de la revisión normativa estará puesto en las motocicletas, un parque vehicular que ha crecido un 40% en apenas cuatro años. Estudios del propio Ministerio del Medio Ambiente revelan diferencias de hasta 20 decibeles entre motocicletas nuevas homologadas y esas mismas unidades en uso, una brecha asociada principalmente a modificaciones irregulares o al deterioro de los sistemas de escape. Hoy, la norma solo controla el ruido al momento de la homologación, dejando sin herramientas efectivas el control posterior.

La publicación del decreto en el Diario Oficial marca el inicio de una etapa técnica y regulatoria que buscará cerrar ese vacío, en un contexto donde cerca del 70% de los niveles de ruido ambiental se concentran en Santiago. Más que un ajuste burocrático, la revisión del Decreto Supremo N°7 aparece como una señal política y sanitaria: el ruido dejó de ser el telón de fondo de la ciudad y pasó a ser un problema que exige respuesta.

Bicicleta chilena entre la moda, la necesidad y el abandono estatal

En poco más de una década, el uso de la bicicleta en Santiago ha dado un salto notable. Si en 2012 representaba apenas el 4% de los viajes, hoy alcanza un 7,8%, lo que equivale a cerca de 1,5 millones de trayectos diarios. Un cambio que, según Rodrigo Mora, experto en movilidad activa y académico de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, marca el inicio de una segunda etapa para la bicicleta como medio de transporte en el país: una que va más allá de construir ciclovías y se plantea integrar de forma estructural y masiva este vehículo a la vida urbana chilena.

Comparado con otras grandes ciudades del mundo, Santiago se ubica en una posición destacada dentro de América Latina. Londres, por ejemplo, reportaba en 2022 un 4,5% de sus viajes en bicicleta, mientras que París, que ha sido modelo de transformación urbana agresiva a favor del ciclismo, alcanza un 11%. En ese contexto, el 7,8% chileno no es menor, y refleja una transformación cultural y social que combina la necesidad de movilidad eficiente, el costo creciente del transporte y la creciente conciencia medioambiental.

Pero el fenómeno no es homogéneo. En el norte del país, donde las condiciones climáticas son ideales, el uso de la bicicleta es sorprendentemente bajo. Arica, Iquique, Antofagasta y La Serena no superan el 2% de participación ciclista. En contraste, ciudades del centro-sur como Chillán, Linares, Parral o San Fernando —donde la bicicleta ha estado tradicionalmente integrada a la vida cotidiana, especialmente por su vínculo rural— muestran porcentajes del 11% al 12%. Es un contraste que, según Mora, responde menos a infraestructura y más a factores culturales.

Actualmente, la infraestructura ciclista a nivel nacional suma 1.225 kilómetros, con planes de expansión que agregarían otros 1.661 kilómetros. Esto significaría un aumento del 136% en las comunas priorizadas por el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, que además creó una unidad específica de movilidad activa. Sin embargo, la distribución de ciclovías sigue siendo desigual: las comunas de mayores ingresos en Santiago; Providencia, Ñuñoa, Las Condes, concentran la mayoría de las obras de calidad, mientras que los sectores periféricos, donde muchas veces se requiere con urgencia una alternativa de transporte digna y económica, están rezagados.

El Gobierno Regional Metropolitano ha anunciado un plan ambicioso para Santiago: 820 kilómetros nuevos de ciclovías que podrían cambiar por completo la forma en que la ciudad se mueve. No obstante, en el resto del país, la iniciativa sigue dependiendo del empuje individual de alcaldes y gobiernos locales, lo que impide una política verdaderamente nacional de movilidad activa.

Rodrigo Mora sostiene que el país necesita pasar a una nueva etapa: ya no basta con trazar líneas de pintura en las calles. Es momento de crear entornos que hagan del ciclismo una opción segura, cómoda y viable para más personas. Esto implica políticas públicas como subsidios para la compra de bicicletas eléctricas, sistemas de estacionamientos seguros en espacios laborales, educativos y de transporte público, y medidas que promuevan la intermodalidad, es decir, combinar bici con metro, bus o tren.

El auge del BMX y el freestyle en Chile también merece mención. Aunque muchas veces invisibilizado, el BMX ha encontrado en espacios urbanos como plazas, skateparks y calles una forma de expresión y movilidad entre jóvenes. Eventos como los nacionales de freestyle BMX o la reciente inclusión del deporte en los Juegos Panamericanos han visibilizado la disciplina, empujando a municipios como Maipú, La Florida y Rancagua a invertir en infraestructura específica. No es solo deporte: es cultura urbana, es apropiación del espacio público, es resistencia y comunidad. Y es parte de una transformación más amplia hacia un Chile que se mueve distinto.

Este impulso ciclista puede ser también una respuesta ciudadana ante el colapso del transporte público y la saturación de las autopistas urbanas. Pedalear, entonces, ya no es sólo una elección ecológica o económica: es también un acto político.