Los dos terremotos que golpearon a Venezuela esta semana, dejando al menos 164 fallecidos, 971 heridos y decenas de edificios colapsados, volvieron a recordar una realidad que América Latina conoce demasiado bien: cuando la tierra se mueve, la diferencia entre una tragedia y una emergencia controlada suele estar en cómo se construyen las ciudades. Mientras el país caribeño enfrenta las consecuencias de uno de los peores desastres naturales de su historia reciente, en Chile la pregunta surge de inmediato: ¿estamos realmente preparados para un evento similar?
El denominado “doblete sísmico”, conformado por dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia y a escasa profundidad, provocó un nivel de destrucción inusual. Según explica el geólogo Ayaz Alam, académico de la Universidad de Santiago, “el doblete sísmico de Yaracuy consistió en dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos, con epicentros a 21,9 y 10 kilómetros de profundidad, respectivamente, y ocurrieron sobre el sistema de fallas de Boconó, en el límite entre las placas del Caribe y Sudamericana. Lo que los hizo tan devastadores no fue solo su magnitud, sino precisamente esa escasa profundidad”.
La comparación con Chile es inevitable, aunque los especialistas llaman a no simplificar el escenario. Mientras la mayoría de los grandes terremotos chilenos provienen de procesos de subducción entre las placas de Nazca y Sudamericana, también existen fallas corticales capaces de generar sismos superficiales, especialmente en la Región Metropolitana, Atacama y el sur del país. “Los terremotos superficiales (a menos de 20 km de profundidad), como el venezolano, corresponden a otro tipo de mecanismo: fallas de desgarre o fallas corticales. Estos sí existen en Chile, especialmente en zonas como la Región Metropolitana, Atacama, y el sur del país. Y ante ese tipo específico de eventos, nuestra preparación es heterogénea: los edificios modernos están bien diseñados, pero el parque habitacional antiguo y las construcciones en adobe o mampostería no reforzada son nuestra mayor vulnerabilidad”, advierte Alam.
Una de las mayores diferencias está en la ingeniería. Chile lleva décadas fortaleciendo su normativa sísmica a partir de la experiencia acumulada tras terremotos históricos. Para Leonardo Brescia, doctor en Ciencias de la Ingeniería y académico de la Usach, esa evolución ha permitido que el país cuente con edificaciones mucho más resistentes que las observadas en otras zonas de América Latina. “En Chile los edificios se diseñan bajo la normativa de la NCh433 (Diseño Sísmico de Edificios), en conjunto con los decretos 60 y 61. Y en dicha normativa, la NH 433, en el capítulo 5, se establece básicamente que los edificios en caso de un sismo leve no debe pasar nada, en un sismo mediano pueden haber daños de elementos menores y en un sismo de mayor categoría básicamente no debe colapsar la estructura para que no falle el canal. Eso ha hecho que en Chile el diseño sea bastante robusto”.
La tragedia venezolana también expuso las consecuencias de construir con materiales altamente vulnerables frente a movimientos intensos. Gran parte de los edificios afectados corresponden a estructuras de mampostería sin refuerzo o adobe, materiales que presentan un comportamiento frágil durante un terremoto. En contraste, la construcción chilena privilegia el hormigón armado y los muros de corte, sistemas que distribuyen mejor las cargas sísmicas y reducen el riesgo de colapso estructural, aunque los expertos insisten en que aún existen edificaciones antiguas que requieren atención.
Más allá de las cifras y las comparaciones técnicas, el desastre ocurrido en Venezuela vuelve a demostrar que la preparación sísmica nunca puede darse por garantizada. Chile posee una de las normativas más exigentes del mundo y una experiencia reconocida internacionalmente, pero la existencia de viviendas antiguas, construcciones informales y fallas geológicas activas recuerda que la resiliencia depende tanto de la ingeniería como de la constante actualización de las políticas de prevención. En un país acostumbrado a convivir con los terremotos, el mayor riesgo sigue siendo creer que ya está todo aprendido.