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Sobregiro ecológico confirma que Chile ya vive en déficit

Chile llegará este 7 de mayo a su sobregiro ecológico, una fecha que en simple significa algo incómodo: el país ya habrá consumido todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año. Lo que viene desde ahí en adelante es déficit. Vivir a crédito, pero con ecosistemas. Y no es un dato aislado. Es la séptima vez consecutiva que Chile se convierte en el primer país de Latinoamérica en entrar en números rojos ambientales.

La medición la realiza la Global Footprint Network y funciona como una especie de termómetro del desgaste global. Lo que calcula es cuándo la demanda humana supera la capacidad de regeneración de la Tierra. En el caso chileno, la señal empeoró: este año el sobregiro se adelantó diez días respecto de 2025. Traducido fuera del lenguaje técnico, estamos consumiendo más rápido de lo que el planeta puede reponer.

La dimensión del problema se vuelve más clara con una cifra brutal. Según el WWF, si todo el mundo viviera con el nivel de consumo de Chile, harían falta 2,9 planetas Tierra para sostener ese ritmo. No es solo sobre reciclar más o usar menos plástico. Es una señal estructural sobre cómo producimos, consumimos y agotamos territorio como si no tuviera límite.

Ricardo Bosshard, director de WWF Chile, lo resume sin dramatismo, pero sin margen para romantizar el dato. “indicadores como el sobregiro ecológico no capturan cada detalle de la realidad, pero son una de las aproximaciones más robustas disponibles para entender las tendencias”. Y la tendencia, dice, es clara: “estamos ejerciendo una presión creciente sobre los ecosistemas, en un contexto donde la naturaleza tiene límites”.

Desde la academia, Juan José Garcés, jefe de carrera de Ingeniería Civil en Territorio y Medio Ambiente de la Universidad de Santiago de Chile, aterriza el concepto. “El sobregiro ecológico corresponde a un cálculo realizado por el Global Footprint Network, que estima la fecha en la cual la demanda de recursos ecológicos supera la regeneración. Es decir, cuando la humanidad está consumiendo todos los recursos que tiene un territorio o un espacio dado”. La lógica no es simbólica: mide el desfase real entre lo que consumimos y lo que el entorno puede sostener.

Chile no está solo en este colapso, pero sí mal posicionado. A nivel continental, solo Canadá y Estados Unidos llegaron antes al sobregiro este año. El resto de América Latina todavía resiste un poco más. Y esa diferencia importa, porque muestra que no se trata solo de desarrollo o crecimiento, sino de cuánto cuesta sostener un modelo que consume como si el planeta tuviera refill infinito.

El agua se vuelve urgente y América Latina aún no logra ponerse al día

Mientras el discurso global habla de sostenibilidad como si fuera tendencia, en América Latina el acceso al agua sigue siendo una deuda estructural. En la novena reunión del Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible, organizada por la CEPAL, el foco se puso en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 6, ese que apunta a garantizar agua limpia y saneamiento. Lo que salió de esa mesa no fue optimismo, sino una alerta: el ritmo actual no alcanza.

Rene Orellana Halkyer, representante regional de la FAO, lo planteó sin rodeos. “En relación con el ODS 6, si bien se observan avances en la región, estos siguen siendo insuficientes para alcanzar las metas al 2030 y reflejan persistentes desigualdades. El 20% de la población con menores ingresos destina proporcionalmente 1,6 veces más de sus recursos a agua y saneamiento que el 20% con mayores ingresos, con rezagos más pronunciados en hogares vulnerables, comunidades indígenas y afrodescendientes, mujeres y territorios rurales y periféricos”. La brecha no es solo hídrica, es social.

Las cifras refuerzan el diagnóstico. “Al ritmo actual, solo el 19% de las metas del ODS 6 se alcanzaría, mientras el 42% avanza lentamente y el 39% se mantiene estancado o en retroceso”, advirtió Orellana Halkyer. El dato más crítico conecta directamente con la producción de alimentos: la agricultura consume cerca del 72% del agua dulce disponible a nivel mundial. En ese escenario, hablar de desarrollo sostenible sin transformar los sistemas agroalimentarios es, básicamente, un discurso vacío.

El debate también aterrizó en experiencias concretas. Desde Colombia, Ruth Quevedo expuso que la mayoría de los conflictos en la región están vinculados al agua, empujando a repensar la gestión desde la equidad más que desde la escasez. La idea es clara: el problema no es solo cuánto recurso hay, sino cómo se distribuye. En Paraguay, David Fariña apuntó a la presión creciente sobre las aguas subterráneas y a la necesidad de construir sistemas de monitoreo en tiempo real que superen las fronteras políticas, especialmente en ecosistemas compartidos como el acuífero Guaraní.

Chile también apareció en la conversación desde la innovación aplicada. Hernán Chiriboga, del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, mostró avances que mezclan tecnología y sentido práctico, desde sistemas de captación de agua hasta técnicas de riego que reducen en casi un 50% el uso hídrico en cultivos como el arroz. Incluso soluciones más simples, como huertas con vasijas porosas enterradas, están demostrando que la eficiencia no siempre depende de grandes infraestructuras, sino de creatividad aplicada al territorio.

Desde la academia, James McPhee, de la Universidad de Chile, puso el foco en el rol del conocimiento. La ciencia, dijo, tiene que ser útil, traducible y precisa para quienes toman decisiones. Hoy, con herramientas que permiten monitorear el planeta desde el espacio y entender mejor la variabilidad climática, el problema ya no es la falta de información. Es qué se hace con ella.

Al cierre, la conclusión fue incómoda pero honesta. América Latina tiene conocimiento, тәжіencia y soluciones para avanzar en el ODS 6. El freno no es técnico. Es político, institucional y de escala. Porque en un contexto donde el cambio climático ya no es futuro sino presente, el agua dejó de ser un recurso más. Es el eje donde se juega todo.

Pueblos indígenas, guardianes de la biodiversidad y la alimentación

En América Latina y el Caribe, más de 54 millones de personas indígenas aportan una riqueza cultural, alimentaria y espiritual que moldea la identidad de la región. Su vínculo con la tierra, los bosques, los ríos y los mares no solo preserva tradiciones milenarias, sino que también resguarda conocimientos fundamentales para afrontar retos urgentes como la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y la transformación de los sistemas agroalimentarios hacia modelos más sostenibles y resilientes.

Pese a su papel esencial, muchas comunidades indígenas viven en condiciones de pobreza, sufren mayores índices de malnutrición y desnutrición, y enfrentan amenazas constantes derivadas de modelos de desarrollo que ponen en riesgo sus territorios, su cultura y su cosmovisión. En medio de crisis ambientales y alimentarias, su resistencia y capacidad de adaptación se vuelven un ejemplo y una lección para el resto del mundo.

Este 9 de agosto, con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la FAO los reconoce como aliados estratégicos en la construcción de un planeta más equilibrado. Sus sistemas alimentarios, basados en la diversidad, el respeto y la reciprocidad con la naturaleza, han nutrido a generaciones y siguen ofreciendo respuestas innovadoras para los desafíos globales.

A través de cuatro historias de vida compartidas por comunidades de la región, la FAO mostrará cómo estos pueblos trabajan para mantener su conexión con la tierra, proteger sus saberes ancestrales y fortalecer su resiliencia. Es un recordatorio de que la sostenibilidad no puede entenderse sin su participación y de que su voz es crucial en la conversación sobre el futuro de la alimentación y el medio ambiente.

Hidrógeno verde sin paneles solares la alternativa sucia que ahora es limpia

En un país como Chile, donde la promesa del hidrógeno verde ha sido tomada casi como política de Estado, una investigadora busca desafiar la forma en que entendemos la producción de esta energía. La Dra. Jhosané Pagés, desde el Departamento de Ingeniería Química y Bioprocesos de la Universidad de Santiago, está apostando por una ruta alternativa: producir biohidrógeno a partir de residuos orgánicos, específicamente purines de cerdo y cochayuyo. En vez de depender exclusivamente de la electrólisis alimentada por fuentes solares o eólicas, este enfoque propone convertir un problema ambiental en una fuente de energía limpia.

Chile ha liderado el desarrollo de hidrógeno verde gracias a su riqueza en energías renovables, pero ha dejado en segundo plano opciones como la generación biológica de hidrógeno. El proyecto liderado por Pagés busca precisamente revalorizar esos desechos agroindustriales que hoy se acumulan en vertederos, como el purín de cerdo, que es altamente contaminante. Al combinarlo con cochayuyo, una macroalga rica en azúcares y abundante en las costas chilenas, se mejora la degradación biológica, se equilibra la relación carbono/nitrógeno y se potencia la producción de biohidrógeno, biometano y otros subproductos útiles.

La innovación del proyecto también pasa por incorporar biochar, un material obtenido al calentar biomasa sin oxígeno. Este biochar actúa como soporte microbiano en los reactores y como filtro activo para capturar nitrógeno residual que no se elimina naturalmente. Lo más interesante es que el biochar se produce del mismo cochayuyo, cerrando así un ciclo virtuoso de valorización de residuos. Además, el equipo investiga cómo mejorar su capacidad de adsorción utilizando materiales industriales de desecho como la bischofita y el polvo de acero.

El plan de investigación contempla evaluar en laboratorio diversas mezclas de residuos, analizar su estabilidad en el tiempo y probar la reutilización del biochar como fertilizante. Si el proceso resulta exitoso, abriría la puerta a sistemas descentralizados de producción de energía en territorios rurales, reduciendo la huella ambiental de sectores como la industria porcina y algal, y transformando un pasivo en un activo energético.

Para Pagés, el objetivo es ambicioso pero claro: demostrar que los residuos pueden ir mucho más allá de dejar de contaminar. La idea es que se transformen en vectores energéticos útiles, en herramientas para la sostenibilidad real. “Si logramos eso, habremos recuperado un potencial que hoy se pierde”, afirma.