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Cuatro toxinas bajo la lupa en una investigación chilena sobre el queso roquefort

El queso azul podría convertirse en el próximo laboratorio de la biotecnología alimentaria. Un equipo liderado por el Dr. Renato Chávez, académico de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, investigará cómo modificar el hongo responsable de las características del roquefort para evitar que produzca determinadas toxinas, sin perder el sabor, la textura y el color que distinguen a este tipo de queso.

El protagonista de esta investigación es el Penicillium roqueforti, un hongo que participa en la maduración del queso azul y genera las vetas azuladas que lo caracterizan. Además de contribuir a su aroma y sabor, algunas cepas pueden producir sustancias cuya toxicidad y posibles efectos tras un consumo prolongado todavía requieren mayor investigación. El proyecto busca aportar evidencia sobre estas sustancias y explorar alternativas que permitan avanzar en la inocuidad de los alimentos.

La iniciativa se basa en resultados preliminares obtenidos por el equipo durante una investigación doctoral, en la que lograron que el hongo creciera en queso sin producir una de estas toxinas. “Llevamos años estudiando los compuestos que producen los hongos. A partir de una tesis doctoral nos preguntamos algo que nadie había probado con el hongo del queso azul: si al quitarle la capacidad de producir una toxina, todavía podía crecer en el alimento. Hicimos quesos en el laboratorio y comprobamos que el hongo crecía y que esa toxina no aparecía en ellos”, describe Chávez.

La nueva etapa se concentrará en cuatro sustancias que puede producir el hongo: roquefortina C, ácido micofenólico, toxina PR e isofumigaclavina A. Para estudiar su producción, el equipo utilizará CRISPR-Cas9, una herramienta de edición genética que permite intervenir genes específicos. El objetivo es obtener 15 versiones del hongo con distintas modificaciones y comprobar que los cambios impidan producir las toxinas seleccionadas.

Pero eliminar esas sustancias no garantiza que el queso mantenga sus propiedades. Antes de elaborar nuevas muestras, los investigadores deberán verificar que las cepas modificadas puedan crecer en condiciones similares a las del alimento, tolerar la sal y seguir transformando componentes de la leche durante la maduración. Después, los quesos experimentales se compararán con los elaborados de forma tradicional, evaluando su sabor, color, textura y los microorganismos presentes.

“Podemos quitarle al hongo la capacidad de producir las cuatro toxinas, pero si después no crece, esa cepa no serviría. Por eso, primero tenemos que estudiar cómo se comporta en el laboratorio y luego hacer los quesos para evaluar su sabor, su color, su textura y los microorganismos que viven en ellos”, explica el académico. La pregunta de fondo es si resulta posible reducir la producción de estas sustancias sin alterar los procesos biológicos que hacen reconocible al queso azul.

La investigación se extenderá durante cuatro años e involucrará a especialistas de distintas áreas, con la colaboración de la Universidad de Chile para identificar las sustancias producidas por el hongo y de otro equipo de la Usach para analizar la calidad de los quesos y los microorganismos que participan en su maduración. Aunque todavía no se puede afirmar que los quesos resultantes sean más seguros, el proyecto busca generar evidencia para evaluar esa posibilidad y contribuir al estudio de nuevas estrategias de inocuidad alimentaria.

Pueblos indígenas, guardianes de la biodiversidad y la alimentación

En América Latina y el Caribe, más de 54 millones de personas indígenas aportan una riqueza cultural, alimentaria y espiritual que moldea la identidad de la región. Su vínculo con la tierra, los bosques, los ríos y los mares no solo preserva tradiciones milenarias, sino que también resguarda conocimientos fundamentales para afrontar retos urgentes como la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y la transformación de los sistemas agroalimentarios hacia modelos más sostenibles y resilientes.

Pese a su papel esencial, muchas comunidades indígenas viven en condiciones de pobreza, sufren mayores índices de malnutrición y desnutrición, y enfrentan amenazas constantes derivadas de modelos de desarrollo que ponen en riesgo sus territorios, su cultura y su cosmovisión. En medio de crisis ambientales y alimentarias, su resistencia y capacidad de adaptación se vuelven un ejemplo y una lección para el resto del mundo.

Este 9 de agosto, con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la FAO los reconoce como aliados estratégicos en la construcción de un planeta más equilibrado. Sus sistemas alimentarios, basados en la diversidad, el respeto y la reciprocidad con la naturaleza, han nutrido a generaciones y siguen ofreciendo respuestas innovadoras para los desafíos globales.

A través de cuatro historias de vida compartidas por comunidades de la región, la FAO mostrará cómo estos pueblos trabajan para mantener su conexión con la tierra, proteger sus saberes ancestrales y fortalecer su resiliencia. Es un recordatorio de que la sostenibilidad no puede entenderse sin su participación y de que su voz es crucial en la conversación sobre el futuro de la alimentación y el medio ambiente.

Tecnología y vigilancia para defender los alimentos de Chile

El Estado chileno ha dado un paso estratégico para blindar su producción agropecuaria frente a los desafíos del cambio climático, el comercio global y las crisis sanitarias emergentes. Con una inversión total de 50 millones de dólares financiada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el programa “Chile alimenta el futuro” busca modernizar y fortalecer los servicios públicos vinculados a la seguridad alimentaria, con especial énfasis en el rol del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), que ejecutará más de 33 mil millones de pesos hasta 2029.

El foco estará puesto en tres ejes: modernizar la red nacional de laboratorios, robustecer los controles fronterizos y crear una Unidad de Inteligencia Fito y Zoosanitaria capaz de anticipar y contener nuevas amenazas con el respaldo de datos, algoritmos y modelos predictivos. Para el director nacional del SAG, José Guajardo Reyes, se trata de un avance decisivo hacia una gestión sanitaria “más preventiva y basada en tecnología”, clave para sostener la capacidad exportadora del país y enfrentar contextos de riesgo creciente.

Los laboratorios del SAG, pieza clave en la sanidad animal, vegetal e inocuidad alimentaria, serán renovados con tecnología de punta, incluyendo la incorporación de un laboratorio con nivel de bioseguridad 3 (BSL3), permitiendo diagnósticos más rápidos y respuestas más eficaces frente a brotes. Esto elevará los estándares analíticos tanto para el consumo interno como para los mercados internacionales.

En paralelo, el programa fortalecerá los más de 100 puntos de control fronterizo del país. Solo en 2023, el SAG inspeccionó más de 20 millones de envíos postales internacionales, además de ejercer un control total en aeropuertos y pasos terrestres. Con la llegada de nuevos equipos de rayos X, incineradores y otras tecnologías, se busca elevar aún más la capacidad de vigilancia y contención de amenazas externas.

La gran innovación será la implementación de una unidad de inteligencia fito y zoosanitaria que, inspirada en modelos como los de Nueva Zelanda y México, empleará inteligencia artificial y análisis de datos para anticiparse a enfermedades, plagas o riesgos emergentes, en un entorno marcado por la interconexión global y el cambio climático.

“Chile alimenta el futuro” es ejecutado por la Subsecretaría de Agricultura y coejecutado por SAG e INDAP. Su propósito va más allá de una respuesta técnica: busca garantizar un sistema alimentario justo, sostenible y resiliente frente a los desafíos del presente y del futuro.