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El scroll infinito que reconfigura la mente

La escena es cotidiana y silenciosa, pero profundamente reveladora. Un dedo que se desliza sin pausa sobre la pantalla, un video tras otro, una risa breve, un segundo de sorpresa y luego nada. En esa secuencia aparentemente inofensiva, se esconde una lógica que ya no solo pertenece a los casinos, sino que se instaló con fuerza en el ecosistema digital. Hoy, plataformas como TikTok están replicando mecanismos propios de los juegos de azar, generando una relación cada vez más intensa entre usuario y pantalla.

La explicación no es solo cultural, sino también neurológica. Al igual que las máquinas tragamonedas, el consumo de videos cortos activa el sistema de recompensa del cerebro mediante la dopamina, ese neurotransmisor que regula el placer, la motivación y la satisfacción. La diferencia es que aquí no hay fichas ni luces de neón, sino un algoritmo que aprende, predice y entrega estímulos diseñados para mantenerte enganchado el mayor tiempo posible.

El psicólogo y académico de la Usach, Rodrigo Rojas, lo plantea sin rodeos: “comparten pilares fundamentales como la recompensa variable, la anticipación y la incertidumbre sobre el próximo estímulo”. En ese sentido, el usuario no consume contenido de forma lineal, sino que entra en una dinámica de búsqueda constante de ese “video perfecto” que justifique seguir deslizando. La lógica es simple y efectiva: pequeñas dosis de satisfacción intercaladas con contenido irrelevante, replicando exactamente el patrón de las apuestas.

En esa línea, Rojas profundiza aún más en el comportamiento que se genera: “al igual que en una tragamonedas, el cerebro busca una “victoria” visual (un video que genere risa o sorpresa) entre mucho contenido irrelevante. Aunque no es ludopatía en sentido clínico estricto, la lógica conductual de repetición y uso compulsivo es idéntica”. La comparación no es menor, sobre todo cuando se observa el tiempo que los usuarios dedican diariamente a estas plataformas.

Los datos son contundentes y reflejan una transformación en los hábitos digitales. En Chile, el consumo de pantallas alcanza cerca de nueve horas diarias, con casi cinco horas desde smartphones y más de tres horas exclusivamente en redes sociales. En ese escenario, TikTok lidera la retención con un promedio mensual que supera las 45 horas por usuario. No es solo una app más, es un sistema diseñado para capturar atención de forma sostenida.

El problema no radica únicamente en el tiempo invertido, sino en cómo ese tiempo se experimenta. La ausencia de pausas naturales, como capítulos o finales definidos, genera una sensación de continuidad infinita que desdibuja la percepción del tiempo. Rojas advierte que “la arquitectura de estas apps prioriza la retención sobre la utilidad, manipulando la atención y reduciendo activamente la autonomía de la persona para dificultar su salida del sistema”. En otras palabras, no se trata solo de consumir contenido, sino de permanecer dentro de una estructura que hace cada vez más difícil salir.

Cuando se intenta cortar este ciclo, el impacto también es evidente. El cerebro, acostumbrado a estímulos rápidos y constantes, entra en un proceso de desajuste. “Se produce un desajuste temporal en el sistema de atención y recompensa. El individuo suele experimentar aburrimiento, inquietud y un deseo intenso o craving por volver a conectar. Además, se observa una baja tolerancia hacia cualquier tarea que requiera un ritmo lento o esfuerzo sostenido”, explica el académico. Lo que parece una simple pausa digital, en realidad, expone una dependencia más profunda de lo que muchos están dispuestos a admitir.

En un contexto donde casi la mitad de los jóvenes reconoce haber tenido problemas con el uso de internet sin lograr reducir su consumo, la discusión deja de ser anecdótica y se vuelve estructural. El scroll infinito ya no es solo una función, es un síntoma de una economía de la atención que compite por cada segundo disponible. Y en esa competencia, el usuario muchas veces deja de ser protagonista para convertirse en parte del mecanismo.

Desabastecimiento de antipsicótico enciende alertas por continuidad de tratamiento

El retiro de lotes del medicamento Modecate encendió una señal de alerta en el sistema de salud chileno. La medida se adoptó luego de detectarse partículas en suspensión en el fármaco durante febrero, situación que motivó una advertencia del Instituto de Salud Pública y el posterior retiro del producto elaborado por la empresa Ethon Pharmaceuticals SpA. El resultado inmediato fue un desabastecimiento que podría extenderse hasta junio, afectando a pacientes que dependen del medicamento para el tratamiento de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos crónicos.

El impacto se vuelve más sensible considerando el tipo de fármaco involucrado. El psiquiatra y académico de la Universidad de Santiago de Chile, Pedro Lucero, explicó que “el Modecate es un antipsicótico inyectable, de acción prolongada, y cuyo principio activo es la flufenazina. Se utiliza principalmente en personas con esquizofrenia u otros trastornos psicóticos, especialmente cuando se quiere asegurar una buena adherencia al tratamiento”. Al tratarse de un medicamento de depósito, su administración permite mantener niveles estables durante varias semanas, reduciendo el riesgo de recaídas y descompensaciones clínicas.

El especialista subraya que su uso no se limita únicamente a la esquizofrenia. “También, puede utilizarse en otros trastornos psicóticos crónicos, como algunos de características delirantes o con síntomas psicóticos persistentes, siempre bajo supervisión médica”. En Chile, este tratamiento forma parte de las prestaciones cubiertas por el sistema de Garantías Explícitas en Salud, lo que amplía su alcance dentro de la red pública. Por eso, el quiebre de stock genera preocupación entre equipos médicos y pacientes que dependen de su aplicación periódica.

La falta del medicamento no es un problema menor. Lucero advierte que la interrupción del tratamiento puede desencadenar la reaparición de síntomas. “la reaparición de síntomas como ideas delirantes, alucinaciones o la desorganización del pensamiento”. El especialista agrega que estas situaciones pueden escalar rápidamente. “Esto puede traducirse en una descompensación clínica, que en algunos casos puede requerir de atenciones de urgencia o, incluso, hospitalización”. Considerando que el efecto del fármaco se prolonga entre 21 y 28 días, cualquier retraso en su aplicación aumenta la vulnerabilidad de los pacientes.

A pesar del escenario, el experto llama a la calma y señala que existen alternativas terapéuticas disponibles. “hoy contamos con alternativas terapéuticas y los esfuerzos de la red de salud están enfocados en evitar vacíos de tratamiento y mantener a los pacientes estables”. Estos reemplazos corresponden a antipsicóticos de acción prolongada que cumplen una función similar y permiten sostener la estabilidad clínica mientras se normaliza el abastecimiento. “Desde el Ministerio de Salud se han definido opciones terapéuticas disponibles para el remplazo mientras se normaliza el abastecimiento”, sostuvo el académico.

El origen del desabastecimiento también refleja una fragilidad estructural del sistema farmacéutico. Lucero explica que la producción del medicamento depende de pocos fabricantes a nivel internacional. “esto se debe a una combinación de factores. Por un lado, se trata de un fármaco antiguo y de bajo costo, por lo que su producción es realizada por pocos laboratorios a nivel internacional. Y esto hace que el sistema se haga más vulnerable, ya que si uno de los proveedores tiene un problema, el impacto se sentirá más rápido”. La dependencia de un número limitado de proveedores aumenta el riesgo de interrupciones en tratamientos sensibles.

El especialista insiste en que el principal riesgo surge cuando los pacientes intentan reemplazar el medicamento por cuenta propia. “Estos procedimientos deben ajustarse de manera individual, considerando dosis, tiempos y posibles efectos adversos”. La automedicación, advierte, puede agravar el escenario clínico. “Si alguien intenta hacer un reemplazo del remedio sin supervisión médica puede exponerse a una falta de efecto, a una descompensación o a efectos secundarios innecesarios”.

En ese contexto, la recomendación es mantener contacto con los equipos de salud para evaluar alternativas seguras. “ya que existen alternativas seguras y una indicación definida para hacer cambios de manera adecuada”. Mientras el abastecimiento se normaliza, la continuidad terapéutica dependerá de la coordinación entre especialistas, centros de salud y pacientes que requieren este tipo de tratamientos de larga duración.

El lado oscuro del fuego en Chile

Los incendios forestales que azotaron recientemente a la Región del Biobío no solo dejaron un saldo devastador en términos materiales y humanos —con miles de viviendas destruidas y, hasta ahora, 21 víctimas fatales—, sino que también abrieron una discusión incómoda pero necesaria sobre las causas que están detrás de estas tragedias. Hace unos días, el gobernador regional Sergio Giacaman fue claro al señalar que los antecedentes técnicos apuntan a un comportamiento inusual del fuego, con focos simultáneos y una propagación acelerada, descartando de plano la casualidad y afirmando que el origen de la emergencia fue intencional.

La autoridad fue más allá y puso sobre la mesa la responsabilidad humana, planteando un escenario que incomoda tanto como preocupa. “Yo no tengo ninguna duda de que en este caso existe responsabilidad de personas que, no sé con qué fin —pueden ser enfermos pirómanos o incluso algún tipo de organización—, quisieron generar daño”, declaró Giacaman, instalando una pregunta clave: ¿qué lleva a una persona a prender fuego, aun sabiendo las consecuencias devastadoras que puede provocar?

Desde la psiquiatría, el fenómeno de la piromanía ofrece algunas respuestas, aunque lejos de simplificar el problema. El psiquiatra Pedro Lucero, académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Usach, explica que no se trata de un perfil psicológico único o fácilmente identificable. “Más que una personalidad típica, hablamos de alguien con una gran dificultad para controlar impulsos, que siente una tensión creciente antes de prender fuego y luego un alivio o sensación de placer al hacerlo”, señala el especialista, subrayando que el acto responde a una lógica emocional intensa y desregulada.

Lucero agrega que, en muchos casos, existe una fascinación por el fuego desde edades tempranas, la que suele coexistir con otros factores de riesgo. Trastornos de personalidad, consumo de sustancias o antecedentes de violencia aparecen con frecuencia en la historia de estas personas, configurando un escenario complejo donde el incendio no es un hecho aislado, sino la expresión de conflictos más profundos. Desde la psiquiatría forense, además, se advierte que no todos los incendios intencionales responden a la misma motivación. “Es importante diferenciar la piromanía propiamente tal de otros incendios intencionales que tienen motivaciones económicas, ideológicas o de encubrimiento”, precisa el académico.

En el caso específico de la piromanía, el fuego no es un medio para lograr otra cosa: es el objetivo en sí mismo. “En la piromanía el fuego no es un medio para otra cosa, es el fin en sí mismo. Les atrae la intensidad del fuego, la sensación de poder y control, y el ‘espectáculo’ que se genera alrededor: sirenas, bomberos, noticias”, explica Lucero. El incendio se convierte así en una escena cargada de simbolismo, donde destrucción y visibilidad se entrelazan.

El relato de quienes padecen este trastorno suele repetirse con matices similares. “Muchos describen que se sienten tensos o vacíos antes, y que el incendio les produce alivio o excitación”, afirma el psiquiatra. A esto se suma un componente simbólico potente: el fuego como transformación, como ruptura, como una forma extrema de llamar la atención o de canalizar rabias y vacíos profundos. Desde fuera puede parecer un acto irracional e incomprensible, pero para quien lo ejecuta existe una coherencia emocional interna que no puede ser ignorada si se busca prevenir la reincidencia.

La piromanía, además, no afecta de manera homogénea a la población. Según Lucero, se trata de un trastorno del control de los impulsos que aparece predominantemente en hombres, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, etapas en las que el control inhibitorio aún está en desarrollo. En edades más avanzadas, cuando este tipo de conductas emerge, suele estar asociado a otros cuadros, como el consumo problemático de alcohol o trastornos neuropsiquiátricos, lo que complejiza aún más su abordaje.

Frente a este escenario, la pregunta por el tratamiento es inevitable. ¿Es posible que una persona con piromanía cambie su conducta? Para el académico de la Usach, la respuesta es cautelosa pero clara. “Puede disminuir mucho el riesgo, pero requiere un trabajo largo y estructurado”, señala, destacando que el tratamiento combina psicoterapia orientada al control de impulsos, comprensión de los factores gatillantes y, en algunos casos, apoyo farmacológico. Todo esto, advierte, debe darse bajo supervisión y con límites claros del entorno, especialmente cuando existen responsabilidades penales de por medio.

En esa línea, Lucero enfatiza que tratamiento no es sinónimo de impunidad. “La responsabilidad penal se evalúa caso a caso. Lo ideal es que el abordaje combine sanción, tratamiento y seguimiento, porque solo castigar sin intervenir el problema de fondo aumenta el riesgo de reincidencia, especialmente en conductas tan graves como los incendios forestales”, concluye. Una reflexión que cobra especial relevancia en un país donde el fuego, cada verano, vuelve a recordarnos que detrás de las llamas no solo hay sequía y viento, sino también decisiones humanas que no pueden seguir siendo ignoradas.

Cómo la ola de calor está afectando nuestra salud mental

Cuando Santiago y gran parte de Chile superan los 30 grados, la ciudad se convierte en una olla a presión emocional. No se trata solo del sol pegando fuerte ni del asfalto ardiendo bajo los pies: el calor modifica nuestras reacciones, altera nuestro humor y nos empuja a una montaña rusa de irritabilidad, cansancio y apatía que puede aparecer en cuestión de minutos. La pregunta que emerge en cada veraneo urbano es simple y brutal: ¿de verdad el calor intenso nos amarga? La ciencia dice que sí, y que el impacto es mucho más profundo de lo que imaginamos.

Un reciente estudio publicado en One Earth reveló que las altas temperaturas afectan negativamente el bienestar emocional en todo el planeta. No se trata únicamente de riesgo físico o caída en la productividad, sino de una alteración diaria en la manera en que sentimos. “No solo amenaza la salud física o la productividad económica, sino que también afecta el estado de ánimo de las personas, a diario, en todo el mundo”, explica Siqi Zheng, uno de los autores principales de la investigación. El calor extremo, según los datos, no solo agota: distorsiona la forma en que transitamos nuestra rutina.

En Chile, esta discusión llega en momentos donde las olas de calor son cada vez más frecuentes. Pedro Chaná, médico cirujano especialista en neurología y académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, confirma que el fenómeno es real y creciente. “Hay bastante evidencia, y de buena calidad, sobre que el calor ambiental tiene efectos significativos en la salud mental y el estado de ánimo. En este último tiempo el aumento de la temperatura se ha asociado con un incremento de los síntomas de ansiedad, irritabilidad y un empeoramiento del bienestar emocional”, señaló en Diario Usach. Y aunque el calor golpea a todos, no lo hace con la misma fuerza. “Sin embargo, hay poblaciones que tienen mayor vulnerabilidad, especialmente aquellas que están previamente afectadas por problemas de salud mental”, precisó.

El nivel socioeconómico, las condiciones de la vivienda, la edad avanzada, los problemas de salud y la capacidad de adaptación al calor se combinan como pequeñas piezas de un rompecabezas que determinan cuán fuerte impacta la temperatura en nuestro ánimo. La experiencia cotidiana lo confirma: cuando la ciudad arde, no todos tienen aire acondicionado, sombra ni infraestructura para resistir el golpe térmico. Para Chaná, estas desigualdades intensifican la carga emocional que trae cada ola de calor.

El mal humor también aparece al volante. Ya en los años 80, investigaciones demostraban que mientras más subía la temperatura, más probable era que los conductores tocaran la bocina. Aquellos con ventanillas abajo y sin aire acondicionado eran especialmente propensos a reaccionar con rabia. Décadas después, las conclusiones siguen vigentes. “Con temperaturas elevadas, entre 26 y 30 grados, se demuestra que aparece una percepción de incomodidad térmica, donde pueden aparecer molestias físicas, como irritación de las mucosas, dolor de cabeza, dificultad para pensar con claridad o concentrarse”, sostuvo el especialista.

El ambiente laboral tampoco queda fuera de esta ecuación. La clásica y eterna pelea por la temperatura ideal del aire acondicionado es apenas la superficie del problema. “Se repercute con una disminución del rendimiento laboral y un aumento de la fatiga y el malestar. Además, en lo social se ha relacionado estos ambientes con conductas disruptivas en el ambiente laboral. Especialmente en temperaturas superiores a los treinta grados y marcadamente sobre los 32 grados”, explicó Chaná. Una oficina caliente no solo incomoda: tensa, desgasta y rompe dinámicas de convivencia.

La ciencia va aún más lejos y revela que el calor actúa como un detonador biológico. “Hay evidencia de que el calor afecta en diferentes niveles, por ejemplo, en el sistema endocrino, inmunológico y metabólico. Por ejemplo, calores superiores a los cuarenta grados elevan el cortisol, activan el eje hipotálamo, el sistema simpático, entre otras cosas. Se habla de estrés térmico. En resumen, podemos decir que el calor actúa como un potente factor fisiológico de estrés que debe ser manejado en todo ambiente”, concluyó el neurólogo. Lo que sentimos no es exageración: es el cuerpo respondiendo a un ambiente que se vuelve hostil.

Mientras Chile enfrenta veranos cada vez más extremos, queda claro que el calor no solo derrite el hielo del freezer. También derrite la paciencia, el equilibrio emocional y la capacidad de transitar el día sin estallar. Entenderlo —y prepararse para ello— parece ser el nuevo desafío urbano en tiempos de crisis climática.

El mapa emocional de las pesadillas

Despertar de golpe, con el corazón desbocado y la sensación de haber estado atrapado en un peligro real, es un momento que muchos prefieren olvidar rápido. Pero las pesadillas, lejos de ser un fenómeno aislado o anecdótico, conviven con millones de personas en todo el mundo. La American Academy of Sleep Medicine estima que entre el 50% y el 85% de la población ha experimentado alguna vez este tipo de sueños vívidos y perturbadores. No importa la edad ni el momento de la vida: el miedo nocturno es un visitante inesperado que aparece cuando quiere y sin pedir permiso.

En Chile, así como en cualquier parte, la pregunta se repite: ¿por qué soñamos cosas tan inquietantes? Para despejar dudas, conversamos con Pedro Chaná, médico cirujano y especialista en neurología de la Universidad de Santiago, quien explica que las pesadillas están directamente ligadas a un proceso fisiológico del sueño. “Para interpretar las pesadillas, tenemos que entender que son parte del proceso fisiológico de dormir, normalmente durante la etapa conocida como de sueño R.E.M. en que hay mayor actividad del cerebro y hay movimientos oculares”, señaló a Diario Usach. En esa fase, el cerebro se enciende, las emociones se mezclan y los recuerdos se reorganizan, dando paso a escenarios intensos que pueden terminar en un despertar abrupto.

Chaná también profundiza sobre el rol emocional de las pesadillas. “Se asocia a la presentación de sueños vívidos y pesadillas, estos fenómenos se explican desde el punto de vista fisiológico, pero también tienen una representación psicológica para estar relacionados con mecanismo de adaptación emocional”. El especialista detalla que este tipo de sueños, cargados de contenido negativo, activan respuestas físicas como la sudoración y la taquicardia. A veces se recuerdan con claridad y a veces no, dependiendo del momento del ciclo en que ocurre el despertar.

Otro mito clásico vincula las pesadillas con lo que comemos antes de dormir. Y aunque suena a consejo que podría dar cualquier abuela, la ciencia ha intentado entender el vínculo. Un estudio de la Universidad MacEwan, publicado en Frontiers in Psychology, consultó a más de mil estudiantes sobre sus hábitos de alimentación y la relación con sus sueños. Los postres, dulces y lácteos fueron percibidos por los propios encuestados como los alimentos que más afectan la calidad del sueño y generan sueños “extraños” o “perturbadores”. El investigador Tore Nielsen afirmó a AFP que “sabemos que las emociones negativas experimentadas en estado de vigilia pueden prolongarse en los sueños. Probablemente ocurre lo mismo con aquellas que emergen a causa de trastornos digestivos ocurridos durante el sueño”.

Chaná coincide parcialmente con esa intuición popular, pero advierte que falta evidencia robusta: “Aunque no hay mucha evidencia científica, la cultura popular plantea la posibilidad de que algunos alimentos induzcan pesadillas, especialmente aquellos que contienen más contenidos grasos y retardan el vaciamiento gástrico o también el comer en forma excesiva”. El especialista agrega que estimulantes como ciertos fármacos o bebidas pueden exacerbar estos episodios, sobre todo cuando hay estrés o ansiedad acumulada.

Una pregunta clave es cuándo una pesadilla pasa de ser normal a convertirse en un problema. Chaná aclara que no se trata de algo “bueno” o “malo”, sino del impacto en la vida cotidiana. Si se hacen recurrentes o generan miedo a la hora de dormir, podrían indicar un trasfondo emocional que vale la pena atender. “En general, esto estaría representando fenómenos psicológicos o emocionales que están activando estos procesos o pesadillas”, puntualiza. Y aunque no existe una fórmula mágica para evitarlas, sí hay caminos para reducir su frecuencia: mejorar la higiene del sueño, bajar las tensiones acumuladas del día y hacerse cargo de las emociones pendientes.

Mientras la ciencia sigue buscando respuestas, la realidad es que las pesadillas nos recuerdan algo básico pero profundo: incluso cuando dormimos, la mente sigue trabajando, procesando lo que a veces no logramos enfrentar despiertos. Y en ese territorio ambiguo entre el descanso y el miedo, todos somos vulnerables.

El Metro como escenario del dolor urbano en Santiago

En Santiago, el aviso por parlantes de “persona en la vía” se ha vuelto una frase repetida en los últimos días dentro del Metro. Para muchos usuarios significa interrupciones, atrasos e incomodidad, pero tras esa fórmula se esconde un drama silencioso: intentos de suicidio que activan el código interno conocido como Sigma. Esta señal, utilizada por funcionarios del Metro, es un eufemismo que evita nombrar directamente lo que ocurre, aunque cada vez más santiaguinos entienden lo que realmente significa.

El fenómeno no es aislado. Durante esta última semana, en al menos dos jornadas consecutivas, se ha informado de personas que se lanzaron a las vías, confirmando que el tema ya no es esporádico sino que comienza a marcar pauta en la experiencia urbana. La psicóloga Isabel Puga, del Centro de Salud de la Universidad de Santiago, explica que detrás de estas conductas hay un componente estacional clave: la llamada “primavera gris”. Este término alude a cómo el aumento de la luz y la llegada de días más largos, lejos de animar a todos, puede agudizar los sentimientos de angustia, vacío y desesperanza en quienes enfrentan cuadros de depresión.

“Tenemos un factor estacional, es complejo y multifactorial, donde este patrón ocurre tanto en Chile como en otras partes del mundo”, señala Puga. De acuerdo con la especialista, las cifras de suicidio tienden a aumentar hacia el final de la primavera y el inicio del verano. La razón está en los cambios químicos que provoca la luminosidad en el cerebro: alteraciones en la serotonina y la dopamina, neurotransmisores vinculados al ánimo y al sueño. Estos cambios pueden descompensar a personas que ya viven con condiciones previas de salud mental.

La paradoja de la primavera, dice la psicóloga, está en la energía. Durante el invierno, muchas personas con depresión grave atraviesan una especie de ralentización psicomotora, que les impide incluso concretar un plan suicida. Con la llegada de la luz y el aumento de energía, esa inercia se disipa, pero la desesperanza persiste. “Ahora, con el aumento de la luminosidad, la energía y la primavera, se alivia un poco la falta de energía, pero la ideación suicida y la desesperanza aún persisten, entonces les permite planificar y ejecutar el acto”, explicó Puga.

El Metro, por su parte, se ha convertido en escenario de este drama urbano por su visibilidad y accesibilidad. Es un espacio público, céntrico, donde la inmediatez facilita un acto impulsivo. Puga lo sintetiza así: “Existe mayor accesibilidad, mayor disponibilidad, es un lugar donde puede llegar el público, está en el centro de la ciudad, no hay mayores obstáculos”. Además, la psicóloga sugiere que existe un componente simbólico en hacerlo frente a otros, casi como un acto final de visibilidad.

El aumento de casos Sigma es también un llamado de alerta para el Estado y para la propia empresa de transporte. Expertos recomiendan capacitaciones para que los trabajadores del Metro puedan detectar señales de alerta y acercarse de manera empática a personas en riesgo. Paralelamente, se recuerda que en Chile existe el Fono de Prevención del Suicidio (*4141), un canal disponible para quienes necesiten ayuda inmediata. Mientras tanto, en las estaciones de Santiago, los pasajeros siguen escuchando esa frase que interrumpe el trayecto diario, pero que revela un problema mucho más profundo: la crisis silenciosa de salud mental que atraviesa la ciudad.

El país se estanca en actividad física y crecen los problemas emocionales

La inactividad física volvió a instalarse como uno de los problemas más críticos de salud pública en Chile. Según la última Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (Encavi), realizada por el Ministerio de Salud, más de la mitad de la población; un 51,2% declaró no realizar ninguna actividad física, una cifra que incluso supera la registrada en 2015-2016.

El estudio expuso también una fuerte brecha de género: un 57,6% de las mujeres aseguró no practicar ejercicio ni deporte de manera regular, mientras que en los hombres la cifra bajó a 44,5%. Expertos apuntan que esta diferencia responde a una combinación de sobrecarga doméstica, menor acceso a espacios deportivos y barreras culturales que todavía restringen la participación femenina en el deporte.

Desde el Ministerio de Salud reconocen que el golpe de la pandemia de Covid-19 sigue dejando huella en los hábitos de movimiento. La ministra Ximena Aguilera subrayó que se están desplegando iniciativas para reforzar la educación física en los colegios, incentivar traslados a pie en trayectos cortos y articular estrategias locales junto a alcaldes y alcaldesas, integrando educación, deporte, salud y desarrollo social.

La mirada académica también refuerza el diagnóstico. Alonso Peña Baeza, investigador de la Universidad de Santiago, sostuvo que la vida activa está profundamente condicionada por factores socioeconómicos, desde la infraestructura hasta el tiempo disponible. En el caso de las mujeres, las responsabilidades de cuidado y trabajo reducen aún más las oportunidades de moverse. “La falta de tiempo para ejercitarse afecta especialmente a quienes asumen roles múltiples en el hogar”, comentó.

La encuesta, además, reflejó un deterioro en la salud mental. El indicador de bienestar emocional cayó de 5,7 a 5,4 puntos en una escala de 1 a 7, y un 19% de la población reportó síntomas de depresión, ansiedad u otros trastornos. Para los expertos, la falta de ejercicio no solo impacta en el cuerpo, sino también en la mente: la actividad física es un factor protector frente a la depresión, fomenta la motivación y abre espacios de socialización que fortalecen las redes de apoyo.

Fatiga crónica y vida moderna cuando el cansancio no desaparece

Sentirse agotado constantemente puede parecer una consecuencia natural del ritmo de vida actual, pero para muchas personas es la manifestación de una condición clínica conocida como Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) o encefalomielitis miálgica. Según el académico Mario Ríos, de la Universidad de Santiago, esta enfermedad se caracteriza por una fatiga intensa y persistente que no mejora con el descanso y puede durar más de seis meses, reduciendo drásticamente la capacidad funcional y afectando el bienestar físico, social y emocional de quienes la padecen.

El síndrome se presenta con síntomas complejos como dolor muscular, sueño no reparador, deterioro cognitivo, hipersensibilidad sensorial, malestar post esfuerzo y, en algunos casos, intolerancia ortostática. Aunque sus causas no están completamente claras, se ha asociado a factores genéticos, infecciones virales como el Epstein-Barr, alteraciones inmunitarias, traumas y estrés crónico. Además, afecta principalmente a mujeres entre 20 y 50 años, aunque no hay estudios concluyentes en Chile sobre su prevalencia, y los diagnósticos suelen hacerse por descarte debido a la falta de pruebas específicas.

Internacionalmente, el SFC afecta entre el 0,2% y el 0,8% de la población, y suele vincularse a otras condiciones como el dolor crónico o la fibromialgia. Según Ríos, aunque no existe una cura, el tratamiento incluye terapias psicológicas, ejercicio adaptado, una dieta antiinflamatoria y apoyo médico integral. El experto enfatiza que reconocer y tratar esta condición es clave para mejorar la calidad de vida de los pacientes y para visibilizar una realidad que muchas veces queda en silencio bajo el disfraz del “cansancio normal”.

Desconectados en un mundo hiperconectado

Durante la presentación del primer Informe Mundial sobre Soledad y Aislamiento Social en Ginebra, en el que participó la ministra de Salud chilena Ximena Aguilera, la Organización Mundial de la Salud advirtió que uno de cada seis habitantes del planeta vive afectado por la desconexión social. Esta condición, que va más allá del simple hecho de estar solo, se ha convertido en un nuevo factor de riesgo para la salud, equiparable a la obesidad o el tabaquismo, y se asocia a más de 800 mil muertes al año a nivel global.

Alejandra Fuentes-García, académica de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, señala que la soledad es una experiencia dolorosa derivada de la distancia entre las relaciones que deseamos tener y las que realmente existen, mientras que el aislamiento social se refiere a la ausencia objetiva de vínculos suficientes. Ambos fenómenos, aunque distintos, son detonantes de enfermedades físicas como diabetes, hipertensión y afecciones cardiovasculares, además de trastornos mentales como depresión, ansiedad y deterioro cognitivo, especialmente en personas mayores, jóvenes, migrantes y personas con discapacidad.

La doctora Viviana Guajardo, coordinadora de Estrategia de Salud Mental de la misma universidad, enfatiza que el aislamiento no siempre implica sentirse solo, pero sí representa un peligro cuando se prolonga en el tiempo y no se aborda. La desconexión social, dice, debilita la autoconfianza, alimenta pensamientos negativos y puede llevar a cuadros graves como el suicidio o las autoagresiones.

Ambas especialistas coinciden en que fomentar la conexión social es una necesidad vital. Los vínculos humanos fortalecen la salud mental, refuerzan la resiliencia, estimulan el aprendizaje emocional y aportan sentido a la vida. Desde la infancia hasta la vejez, contar con una red de apoyo influye directamente en la longevidad y en la calidad de vida.

El informe de la OMS plantea acciones estructurales urgentes. Desde rediseñar las ciudades para favorecer los encuentros informales, repensar el modelo de vivienda, impulsar la política laboral de las 40 horas, hasta incluir la educación emocional como herramienta de base. También se propone aprovechar los centros de salud como espacios de sociabilización, formar en empatía a estudiantes y profesionales, e integrar tecnologías que fomenten interacciones cara a cara.

La nueva soledad que afecta a los treintañeros en Chile

Aunque la salud mental general en Chile muestra su mejor índice desde 2020, la soledad sigue ganando terreno, especialmente entre quienes bordean los 30 años. Así lo reveló la nueva edición del Termómetro de Salud Mental Achs-UC, que identificó un 19% de personas que se sienten solas, con una alza sostenida durante el último año. El grupo más afectado son quienes tienen entre 30 y 39 años: uno de cada cuatro afirma experimentar soledad. También se evidencian brechas de género, con un 21,7% de mujeres que declara sentirse sola frente al 16,1% de los hombres.

Aunque en cifras globales ha disminuido la cantidad de personas con síntomas de ansiedad o depresión severa, la soledad emerge como un síntoma estructural de la vida contemporánea. Según Paulina Calfucoy, de la Achs, este grupo etario requiere atención urgente: además de declararse más solos, son los que menos satisfacción laboral expresan y presentan más síntomas de depresión moderada o severa. Se trata de una generación que enfrenta presiones laborales intensas, relaciones personales inestables y una red de apoyo debilitada.

La doctora en psicología María José Rodríguez, de la Universidad de Santiago, explica que muchas de estas personas viven jornadas extensas, están emocionalmente agotadas y sostienen vínculos afectivos más temporales y esporádicos. La virtualización de los lazos humanos, potenciada tras la pandemia, ha reemplazado el contacto cara a cara por interacciones digitales, que rara vez logran formar vínculos profundos. Las relaciones se vuelven transaccionales, orientadas más al placer inmediato que a la construcción de comunidad o pertenencia.

Rodríguez advierte que, aunque el teletrabajo puede parecer una solución práctica, puede convertirse en un potenciador del aislamiento si no existe una vida social activa fuera de la pantalla. La pandemia dejó secuelas en la forma en que nos vinculamos y, aunque se superó la emergencia sanitaria, los efectos emocionales de ese encierro colectivo siguen presentes.

La soledad no es solo un estado de ánimo, sino un fenómeno estructural que parece instalarse como la nueva pandemia silenciosa entre los adultos jóvenes. Y Chile, como espejo del mundo moderno, ya la está sintiendo.