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El calor que no deja apagar la mente

Las noches de verano en Chile se han vuelto un campo de resistencia cotidiana. Cuerpos que giran sin encontrar postura, sábanas abandonadas a mitad de la madrugada, ventiladores funcionando como mantra y termómetros que se niegan a bajar de los 23 grados cuando ya pasó la medianoche. Dormir bien, en este escenario, dejó de ser un hábito automático para transformarse en un desafío de salud pública silencioso, pero persistente.

El problema no es solo la incomodidad. Según explica Daniel Sánchez, médico cirujano y director del Departamento de Promoción Integral de la Salud de la Universidad de Santiago, el descanso nocturno depende de un mecanismo fisiológico clave que el calor extremo interrumpe. “La evidencia científica demuestra que el inicio y mantenimiento del descanso nocturno dependen, en gran parte, de la capacidad del organismo para disminuir su temperatura corporal central, proceso que se ve dificultado cuando el ambiente es demasiado cálido”, advierte.

Desde la medicina, el rango ideal para dormir está claro. En adultos sanos, la temperatura ambiental óptima se sitúa entre los 18 y 22 grados. Fuera de ese margen, el cuerpo entra en conflicto. “En este rango se facilita la termorregulación normal del cuerpo y se favorece un sueño más profundo y continuo. Temperaturas por sobre los 24–25 °C se asocian a mayor número de despertares nocturnos, menor tiempo de sueño profundo y sensación de cansancio al día siguiente”, aclara Sánchez, poniendo cifras a una experiencia que muchos ya conocen en carne propia.

El entorno del dormitorio juega un rol decisivo. Ventilar durante la noche y evitar que el calor se acumule durante el día, usando cortinas o persianas, puede marcar la diferencia. “La utilización de ventiladores puede ayudar a disminuir la sensación térmica al favorecer la evaporación del sudor, siempre evitando el flujo directo sobre el cuerpo. Cuando se dispone de aire acondicionado, su uso moderado y regulado hacia el rango recomendado puede ser beneficioso”, explica el especialista, bajando la ansiedad tecnológica a un uso más consciente.

También hay detalles que suelen pasarse por alto y que influyen directamente en el descanso. “La ropa de cama y el pijama deben ser livianos y de fibras naturales, como algodón o lino, que permiten una mejor transpiración”, señala Sánchez. A eso se suma una práctica simple, pero efectiva: la ducha previa al sueño. “Favorece la vasodilatación periférica y la posterior pérdida de calor, facilitando la conciliación del sueño”, comenta el médico, desmontando el mito de que el agua fría es la única aliada contra el calor.

La alimentación y los hábitos nocturnos completan el mapa. Cenar liviano, idealmente dos o tres horas antes de acostarse, evitar el alcohol, la cafeína y las comidas muy condimentadas no es una recomendación estética, sino fisiológica. “Las comidas abundantes, el alcohol, la cafeína y los alimentos muy condimentados aumentan la activación metabólica y la temperatura corporal, lo que interfiere con el sueño, especialmente en noches calurosas”, detalla el profesional.

En este contexto, la higiene del sueño vuelve a cobrar protagonismo. Horarios regulares, menos pantallas antes de dormir y técnicas simples de relajación ayudan a bajar las revoluciones de un cuerpo que ya viene exigido por el calor. Y si aun así el descanso no llega, la recomendación es clara: consultar con un especialista. Dormir bien no es un lujo estacional, es una necesidad básica para la salud física y mental, especialmente en un país que enfrenta olas de calor cada vez más intensas y prolongadas.

Expertos explican cómo cuidarse de las altas temperaturas proyectadas para este verano

Una primavera lluviosa y un verano con altas temperaturas. Este es el pronóstico de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), que anticipa que el Fenómeno del Niño afectará a nuestro país al menos hasta el primer trimestre de 2024.

El académico del Departamento de Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, Pablo Sarricolea, explica que en la zona centro y sur del país, “como primavera es una época no tan lluviosa, los montos que podría aumentar la lluvia no debiesen ser muy altos, pero son montos que podrían afectar la fruticultura, la agricultura. Es bien complejo que llueva en primavera. No va a generar problemas de aluviones ni damnificados desde el punto de vista de habitabilidad, pero sí va a generar estragos en la agricultura y en la fruticultura, viñedos, frutales y cultivos”.

“En el norte, en la zona costera o del Niño Costero, como también se conoce, podría generar aluviones en Perú y Ecuador y, a lo mejor, podría alcanzar Arica, no sé si Iquique”, agrega el profesor Sarricolea, añadiendo que “en el Altiplano chileno se podrían generar sequías, desde la Región de Arica y Parinacota hasta Antofagasta, podría ser más seco”.

En cuanto al verano, el académico detalla que “hay que tener cuidado al hacer proyecciones estacionales de valores extremos. No se sabe el número de olas de calor que podría haber en detalle y los montos máximos. O sea, hablar de 40° o más de 43° no es correcto porque, en general, no se hacen pronósticos de las máximas”.

Sin embargo, asegura que los informes hablan que “vamos a estar con temperaturas más altas, efectivamente, hasta aproximadamente Concepción máximo, la Región del Biobío, y al sur las temperaturas debiesen estar en torno a lo normal, pero en Chile centro-norte debiese haber temperaturas algo más altas de lo habitual”.

La jefa de Pediatría del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, Mariela Muñoz, explica que “los recién nacidos son uno de los grupos etarios más afectados por el calor, son más susceptibles a afectarse por el calor. En general, el tema con los recién nacidos es porque ellos termo regulan mal, aún son muy inmaduros, les cuesta termo regular cuando aumenta la temperatura o cuando baja mucho la temperatura, entonces nosotros tenemos que estar muy atentos a eso”.

Además, agrega la doctora Muñoz, los recién nacidos que están expuestos a altas temperaturas, que están expuestos a mucho calor, no son capaces de pedir agua, por ejemplo, y pueden tener deshidratación e incluso fiebre debido a la alta temperatura”. En esta línea, agrega que “los lactantes o los mayores ya tienen mayor capacidad de termo regular, pero como no pueden hablar ni hacen las cosas por sí mismos, también es un grupo al que hay que tenerle cuidado”.

Dentro de las recomendaciones que entrega la pediatra, indica “estar pendientes de ellos. Si toman pecho darles más pecho, hidratarlos. Tampoco hay que exponerlos directamente al sol y siempre evitar el sobreabrigo, solo una prenda más que con la que uno está y se siente cómodo. También que tengan una buena diuresis, una eliminación de orina frecuente, y si lloran que lloren con lágrimas para saber que están adecuadamente hidratados”.

“Si hace mucho calor en el ambiente y ven que el paciente está respirando más rápido, está con la cara roja o el cuerpo, y efectivamente esta orinando menos, decaído, poco reactivo e incluso inapetente, hay que consultar. Se puede deber a varias razones, especialmente en los recién nacidos y los lactantes, pero en el contexto de olas de calor podría tener que ver con un cuadro que se llama shock de calor o golpe de calor”, agrega.

Este shock de calor o golpe de calor es un trastorno que puede ocurrir cuando alguien deja a un niño encerrado en un autor, por ejemplo, pero no es exclusivo de los recién nacidos o menores de edad, también puede afectar a adultos y a adultos mayores. El especialista broncopulmonar del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, Felipe Rivera, añade que “las olas de calor también pueden ser perjudiciales para pacientes con enfermedades cardiovasculares u otras enfermedades crónicas porque nuestro organismo funciona adecuadamente con una temperatura estándar de 37 grados interna, sobre eso y extremadamente bajo eso, automáticamente disfuncionan”.

“Para que esto no ocurra, nuestro cuerpo tiene un termostato, que es el que regula la temperatura, sobre todo cuando hay calor. Hace que la sangre se vaya hacia la periferia para refrescarse. Eso significa vasodilatación, es decir, los vasos se abren más para que la sangre fluya especialmente hacia la piel y eso significa que el corazón tiene que trabajar más, tiene que hacer taquicardia, función que significa contraerse más rápidamente e implica un esfuerzo mayor. Por lo tanto, un anciano, un enfermo cardiovascular, puede sufrir inmediatamente las consecuencias de aquello”, indica el doctor Rivera.