Hay noches que funcionan como manifiestos. El lanzamiento del primer extended play de Francelis López Sinisterra, en un City Lab encendido y sudoroso, fue una de ellas. Backstage con maquillaje a contrarreloj, vestuarios afinados hasta el último detalle y un nerviosismo que no se esconde, porque tampoco hace falta. Afuera, la comunidad afro se reconoce entre abrazos, outfits afilados y una identidad que se siente más firme, más libre, incluso más visible que la del Chile mestizo que todavía aprende a mirarse en el espejo. La música suena antes de que el show empiece: ya está pasando algo.
Francelis tiene 26 años, nació el 21 de febrero de 1999 en Ciudad Guayana, Venezuela, y llegó a Chile en marzo de 2017, apenas terminó su educación media técnica como Bachiller y Técnico Medio en Aduanas. Hoy tiene visa definitiva, algo que dice sin solemnidad, pero con peso histórico. “Un alivio, que me gané a punta de boletas de honorarios que mantuvieron el pago de mis impuestos al día”, señala. Migrar, en su historia, no es un concepto abstracto: es trámite, disciplina, desgaste y también una forma de afirmarse en un país que no siempre abre la puerta de inmediato.
La noche del lanzamiento de su EP —diez minutos de música nueva, directa al nervio— es también la presentación pública de una propuesta que cruza trap, flow bailable y letras conscientes. Seis canciones en vivo, DJs de la escena, una telonera y un público que entiende el código: joseo, presencia y cuerpo. Francelis sube al escenario con una seguridad que no niega el temblor previo. “Estoy nerviosa, ansiosa, pero también muy emocionada. Me siento acompañada, como sostenida”, dice antes de salir. No es solo un show: es la idea de escena como causa compartida.
Su herencia afro no aparece como adorno, sino como estructura. En lo vocal, decide ir contra lo esperado. “Mi propuesta vocal es no abarcar notas muy agudas, que es lo que normalmente se espera de la afrodescendiente. Busco una voz más grave, con presencia y fuerza, sin necesidad de agudos”, explica. Esa decisión estética también es política: romper con el estereotipo sonoro que se le asigna a los cuerpos negros, incluso dentro de la música urbana.
Las letras hablan de empoderamiento, de decir lo que incomoda, de nombrar lo que se necesita sin pedir permiso. “Mi narrativa artística tiene que ver con que la mujer se atreva a decir lo que le molesta, lo que le gusta, lo que necesita, y comunicarlo con fuerza, sin importar a quién incomode”, afirma. Ser mujer, afrodescendiente y migrante en Chile no es una suma neutra de identidades; es un cruce donde la exigencia es mayor y el margen de error, más estrecho. “Es difícil ser artista emergente en Chile, pero siendo mujer afrodescendiente y extranjera depende mucho de tu disciplina y tu constancia, incluso cuando ya no quieres seguir”, reconoce.
Algunos días baja el volumen, pero no la intensidad. El fin de semana, en una casona del barrio República una mini feria alberga moda emergente y un desfile experimental transmitido por streaming. Backstage otra vez: maquillaje, peinados, pruebas de vestuario. Francelis no solo desfila; enseña. Coordina, explica, acompaña a nuevas modelos en formato workshop. La moda, dice, le dio actitud y presencia; la música, voz. “La moda me enseñó a comerme la cámara y la música me dio voz”, resume. Su herencia afro dialoga con ambas disciplinas desde el cuerpo, la pisada y la imponencia. “No es solo nacer con esta piel o este pelo, es llevarlo con conciencia de tu historia, con empoderamiento, aunque incomode”.
Las barreras existen, aunque no siempre se manifiesten como un portazo. A veces son comentarios, miradas, prejuicios cotidianos. Recuerda un episodio en el metro, una maleta pequeña, una señora que asume demasiado. “Para bien o para mal, es un prejuicio”, dice, sin dramatizar, pero sin minimizar. Al mismo tiempo, reconoce que también hay cariño, validación, personas que se acercan a decirle “qué lindo tu pelo” o “eres modelo”. En ese equilibrio tenso se mueve su día a día: aprender a no soltar el espacio ganado y a no pedir disculpas por ocuparlo.
Francelis asume, además, una responsabilidad que no buscó, pero que entiende. “Siento que lo que hagamos ahora va a depender muchísimo de cómo las personas que nos miran tengan un camino más directo para seguir”, dice, consciente de que la observan niñas, adolescentes y mujeres afrodescendientes que buscan referentes posibles. Por eso se exige, se cuestiona y vuelve a intentarlo. No desde la perfección, sino desde el aprendizaje compartido.
El cierre no es una consigna vacía, sino una invitación directa. “Atrévete, incomoda, hazlo diferente. Si quieres un cambio en la sociedad, parte por ti. El ritmo te lo marcas tú, no tienes que ir al ritmo de nadie más”, dice Francelis mirando hacia adelante. En un Chile atravesado por la migración y la diáspora africana, su historia no es excepcional: es parte de un pulso más grande que insiste en existir, sonar y desfilar con nombre propio.