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Ventilar, alimentarse mejor y entender el invierno

Con la llegada del invierno y las temperaturas acercándose a sus niveles más bajos del año, las conversaciones sobre resfríos, defensas bajas y remedios caseros vuelven a instalarse en la rutina cotidiana. Sin embargo, detrás de muchas creencias populares existe una explicación científica que ayuda a entender qué ocurre realmente cuando el frío se instala en las ciudades y hogares. Especialistas de la Universidad de Chile advierten que el problema no es únicamente la temperatura, sino la combinación de factores ambientales, hábitos domésticos y condiciones biológicas que terminan favoreciendo la circulación de virus respiratorios.

Una de las ideas más repetidas durante esta época es que el frío enferma. La académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile e integrante del Núcleo Interdisciplinario de Microbiología, Vivian Luchsinger, aclara que la situación es más compleja. “Lo que sí hace es disminuir la respuesta inmune, innata de las personas. Por ejemplo, disminuye la actividad de los cilios nasales que ayudan a eliminar los virus hacia el exterior y eso altera las mucosas, entonces favorece las infecciones por los virus”. A esto se suma un fenómeno cotidiano: durante el invierno las personas pasan más tiempo en espacios cerrados y reducen la ventilación de las viviendas, aumentando las posibilidades de contagio.

La ventilación aparece precisamente como uno de los factores más importantes para atravesar la temporada fría sin comprometer la salud. Bárbara Rodríguez Droguett, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, sostiene que abrir las ventanas varias veces al día es una práctica esencial, incluso cuando el frío parece desaconsejarlo. Según explica, la humedad acumulada por duchas, cocinas, calefacción, mascotas e incluso la respiración diaria termina generando condensación en muros y ventanas. Ese exceso de humedad favorece la aparición de moho y microorganismos que afectan la calidad del aire interior.

La especialista advierte que las consecuencias van más allá de una pared manchada. “La exposición al moho intradomiciliario está vinculado al asma, alergias respiratorias y en años recientes incluso se ha vinculado a neuroinflamación que puede empeorar a síntomas de ansiedad y depresión”. Por eso, una práctica tan habitual como secar ropa dentro de la casa durante el invierno puede transformarse en un problema silencioso para la salud de quienes habitan esos espacios.

El invierno también modifica la forma en que nos relacionamos con la comida. La sensación de hambre aumenta porque el cuerpo necesita más energía para mantener su temperatura. Carmen Gloria González, académica del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), explica que la exposición al frío incrementa el gasto energético basal y estimula el apetito. La recomendación no es comer más ultraprocesados ni caer en el exceso de calorías vacías, sino privilegiar preparaciones nutritivas que aporten energía sostenida, como legumbres, cereales integrales, verduras cocidas, sopas y caldos tradicionales.

Junto con la alimentación, los especialistas recomiendan reforzar hábitos simples que pueden marcar diferencias durante los meses más fríos. Mantener una hidratación adecuada, aunque no exista sensación de sed, consumir fuentes naturales de vitamina C y evitar cambios bruscos de temperatura forman parte de las medidas más efectivas. En una temporada donde las bajas temperaturas suelen dominar la conversación, la evidencia científica apunta a una conclusión clara: el verdadero desafío no es el frío en sí mismo, sino cómo convivimos con él dentro y fuera de nuestras casas.

El encierro calienta pero también enferma

Aunque el invierno aún no llega oficialmente, las temperaturas en la zona central de Chile ya empujan a miles de personas a sellar puertas y ventanas para conservar el calor. Sin embargo, en esta batalla contra el frío, muchos están olvidando un hábito clave que se volvió costumbre en tiempos de pandemia: ventilar los espacios cerrados. Hoy, cuando la amenaza no es solo el Covid-19, sino también el aire viciado, la salud vuelve a estar en juego.

Mario Pinto, académico de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago y experto en seguridad industrial, advierte que la falta de ventilación puede deteriorar la calidad del aire interior al punto de afectar directamente el bienestar físico y mental de las personas. En casas y oficinas cerradas, el oxígeno comienza a escasear mientras aumentan los niveles de dióxido de carbono y, en casos extremos, incluso monóxido. A esto se suma el humo de estufas, vapores de cocinas y otros contaminantes que, sin una mínima circulación de aire, pueden provocar desde mareos hasta fatiga crónica.

El remedio, aunque incómodo en días fríos, es simple: abrir ventanas por breves intervalos. Pinto sostiene que bastan entre uno y tres minutos para renovar el aire, dependiendo del tamaño del espacio y del acceso al exterior. En un departamento pequeño, apenas 60 segundos bastan para recuperar condiciones saludables. En oficinas, donde muchas veces se impone un cierre hermético en otoño e invierno, la situación puede ser más crítica. Allí el aire solo se recircula, acumulando residuos respiratorios humanos y químicos, lo que afecta la concentración, el ánimo y puede causar síntomas físicos.

La OMS también lo respalda. En espacios sin ventilación, los aerosoles que portan virus; como el Covid-19 o la influenza, pueden permanecer suspendidos por más de un metro y durante largos periodos. Por eso, abrir una ventana puede ser tan importante como abrigarse bien o prender la estufa.

Así que no se trata de elegir entre calor o salud. Se trata de entender que el aire limpio también es parte del confort. Un par de minutos de aire fresco pueden hacer más por tu cuerpo que una hora de calefacción ininterrumpida.