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Estrés, pantallas y noches en vela bajo la lupa

Dormir mal alguna vez es parte de la vida. Una semana de mayor carga laboral, preocupaciones personales o un cambio de horario pueden alterar el descanso durante algunos días. La señal de alerta aparece cuando el problema deja de ser ocasional, se vuelve persistente y comienza a afectar la energía, concentración y funcionamiento durante la jornada.

En Chile, este escenario convive con una creciente demanda por estudios especializados del sueño. Uno de los más completos es la polisomnografía, examen que permite observar qué ocurre en el organismo mientras una persona duerme. El procedimiento registra simultáneamente la actividad cerebral y las distintas etapas del sueño, además del flujo y esfuerzo respiratorio, saturación de oxígeno, frecuencia cardíaca y movimientos musculares. En determinados casos también incorpora video para identificar conductas o movimientos que ocurren durante la noche.

La demanda por este tipo de evaluaciones se relaciona, entre otros factores, con una mayor identificación de trastornos como la apnea obstructiva del sueño. Sin embargo, tener dificultades para conciliar el sueño, despertarse varias veces durante la noche o levantarse con la sensación de no haber descansado no significa necesariamente que exista una enfermedad específica. El estrés, la ansiedad y la transformación de los hábitos cotidianos también pueden alterar significativamente el descanso.

“A nivel mundial muchas personas tienen dificultades para quedarse dormidas, despertares frecuentes o un sueño poco reparador”, explicó Mérida Terán, académica de la Universidad de Santiago y coordinadora del Programa de Especialidad de Neurología de la Facultad de Ciencias Médicas. La especialista apunta especialmente a una rutina en la que la jornada parece no terminar nunca, marcada por la conexión permanente a dispositivos, redes sociales y trabajo.

“Creo que uno de los grandes problemas es que hemos ido extendiendo artificialmente nuestro día. Estamos permanentemente conectados mediante el celular, computador, redes sociales, trabajo, mensajes. Muchas personas llegan a la cama, pero mentalmente siguen trabajando”, sostuvo la doctora a Diario Usach. A esto se suman otros hábitos que pueden dificultar el descanso, como el sedentarismo, el estrés, comer muy tarde o en exceso y consumir cafeína durante la tarde.

La diferencia entre una mala noche y un problema que requiere atención está, en buena medida, en su duración y en el impacto que genera durante el día. Cansancio persistente, somnolencia, irritabilidad, dificultades para concentrarse o una disminución del rendimiento pueden ser señales para consultar a un profesional. En paralelo, el aumento de las solicitudes de polisomnografías ha generado listas de espera que pueden extenderse por tres meses o más, tanto en el sistema público como en el privado, dificultando un diagnóstico oportuno en algunos casos.

“Muchas personas piensan que cuando dormimos el cerebro simplemente se apaga, pero en realidad ocurre todo lo contrario. El sueño es un período de intensa actividad cerebral, en el que se producen procesos fundamentales para nuestra salud: se consolida la memoria y el aprendizaje, se regulan las emociones, se reorganizan distintas funciones cerebrales y se favorecen procesos de recuperación del organismo”, comentó Terán.

Ante este escenario, la especialista plantea que el acceso a los estudios debería considerar la prioridad clínica de cada paciente y que, cuando corresponda, pueden utilizarse alternativas como los estudios de sueño domiciliarios. “Es importante que las listas de espera se gestionen con prioridad clínica y que, cuando se pueda, se utilicen alternativas diagnósticas como los estudios de sueño domiciliarios. La polisomnografía sigue siendo fundamental en determinadas situaciones, pero no todos los pacientes necesitan necesariamente el mismo estudio”, sentenció.

Insomnio y deterioro cognitivo preocupan a la salud pública

El insomnio, presente desde tiempos remotos, ha empeorado significativamente en la era postpandemia. Según datos de 2023, el 40% de la población mundial lo padece, mientras que en Chile cerca del 27% lo sufre de manera crónica. Frente a esta realidad, el uso de medicamentos inductores del sueño se ha masificado, aunque su consumo prolongado ha comenzado a levantar alertas por sus posibles efectos en la salud cerebral.

Un artículo de The Washington Post planteó una posible relación entre el uso prolongado de estos fármacos y el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas. Aunque aún no existe certeza científica sobre si los medicamentos causan demencia o si son usados por personas que ya presentan un deterioro cognitivo incipiente, el vínculo preocupa a los especialistas. Pedro Chaná, neurólogo y académico de la Universidad de Santiago, afirma que la falta crónica de sueño sí tiene un efecto comprobado sobre la salud cognitiva, y que en los casos más severos se evidencian daños en la memoria.

El artículo estadounidense destaca especialmente los fármacos con efecto anticolinérgico, los cuales bloquean un neurotransmisor clave y pueden alterar funciones del sistema nervioso. En Chile, sin embargo, su uso es menor en comparación con las benzodiazepinas, que son más accesibles pero también riesgosas, pues afectan directamente la memoria y pueden generar dependencia. Chaná enfatiza que, aunque tengan diferentes mecanismos, ambos tipos de medicamentos podrían tener impactos negativos si se usan por periodos prolongados, especialmente en personas predispuestas.

El experto advierte que los trastornos del sueño, como el insomnio o la apnea, representan un desafío creciente para la salud pública. Por ello, insiste en la necesidad de estudiar con mayor profundidad sus causas y consecuencias, proponiendo que se prioricen estrategias de tratamiento que aborden el origen del problema y no solo sus síntomas.