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El ruido de sables que cambió el rumbo político de Chile en 1924

Hace poco más de un siglo, Chile atravesó una crisis política que terminó cambiando la estructura del Estado y devolviendo a los militares al centro de la escena nacional. En septiembre de 1924, un movimiento protagonizado por oficiales del Ejército presionó al Congreso, precipitó la salida del presidente Arturo Alessandri Palma y terminó con la clausura del Parlamento. El episodio, conocido como el “ruido de sables”, abrió un período de inestabilidad que culminaría al año siguiente con una nueva Constitución y el retorno a un régimen presidencial.

La crisis, sin embargo, no comenzó de un día para otro. El sistema parlamentario que predominaba desde 1891 arrastraba conflictos vinculados al estancamiento legislativo, la denominada “cuestión social”, las demandas de nuevos sectores sociales y una creciente tensión entre el Ejecutivo y el Congreso. La crítica al funcionamiento del régimen se había intensificado desde la época del Centenario y, durante el gobierno de Alessandri, las dificultades para avanzar con su programa de reformas sociales profundizaron el escenario.

“Lo primero que hay que comprender es que el sistema parlamentario venía dando señales de agotamiento desde antes de 1920. De hecho, la crisis del centenario en 1910 ya mostraba una profunda crítica al régimen por su incapacidad para responder a los desafíos del siglo XX”, explica Nicolás Molina, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago. El especialista plantea que el conflicto no puede reducirse simplemente a una supuesta desconexión entre parlamentarios y ciudadanía, ya que dentro del Congreso existían distintas posiciones respecto de las reformas laborales y sociales.

El momento que quedó grabado en la historia llegó a comienzos de septiembre de 1924, cuando oficiales jóvenes acudieron a las tribunas del Senado mientras se discutía la dieta parlamentaria. El sonido de los sables al abandonar el recinto terminó convirtiéndose en el símbolo del movimiento. Lo que inicialmente fue una protesta de la oficialidad evolucionó rápidamente hacia una presión política sobre el Gobierno y el Congreso. El 11 de septiembre, Alessandri dejó el poder y una Junta de Gobierno asumió el control, mientras el Parlamento fue disuelto.

Para Molina, detrás de aquella escena existía una acumulación de problemas económicos, sociales y políticos. “Aparecieron actores que exigieron ser escuchados en un contexto reservado a las élites, como el proletariado, la clase media y, por supuesto, los propios militares, quienes en su mayoría pertenecían a esos sectores medios emergentes”. El episodio reflejó así un país que estaba cambiando y donde grupos que habían tenido una participación limitada en las decisiones políticas comenzaban a disputar un espacio mayor.

El movimiento militar también tuvo una dimensión inesperada para la época. La presión de los oficiales coincidió con un malestar que atravesaba distintos sectores de la sociedad y con la percepción de que el sistema político no estaba respondiendo con suficiente rapidez a las demandas existentes. La aprobación acelerada de varias leyes sociales después de la irrupción militar fue parte de ese proceso, aunque la crisis terminó excediendo las reivindicaciones originales y desembocó en una ruptura institucional.

“El comité militar representa, en un sentido concreto, un Golpe de Estado. Quizás fue menos visible y menos dramático que el de 1973, pero en un Estado de Derecho donde la jefatura de gobierno recae en el Presidente, que un comité militar se siente a su lado es una anomalía por donde se le mire”, afirma el académico. El proceso tampoco terminó con la primera Junta de Gobierno: en enero de 1925, un nuevo movimiento militar desplazó a esa Junta y abrió el camino para el retorno de Alessandri, quien reasumió la Presidencia en marzo de ese año.

El desenlace fue una transformación profunda del sistema político. La Constitución promulgada el 18 de septiembre de 1925 estableció un régimen presidencial con una separación más definida de poderes y puso fin al predominio parlamentario que había caracterizado las décadas anteriores. Con ella comenzó una nueva etapa institucional que marcaría buena parte de la historia política chilena del siglo XX.

El “ruido de sables” de 1924 quedó así como uno de los episodios que mejor muestran cómo una crisis institucional puede acumularse durante años antes de estallar. Más que una escena aislada protagonizada por militares molestos por una votación parlamentaria, fue el resultado de tensiones entre un sistema político debilitado, nuevas demandas sociales, dificultades económicas y una sociedad que estaba cambiando. Un siglo después, aquel septiembre sigue siendo una pieza clave para entender cómo Chile pasó del parlamentarismo a un presidencialismo que marcaría su siguiente etapa política.

El terremoto que obligó a Chile a aprender a convivir con los sismos

A las 19:55 horas del 16 de agosto de 1906, la tierra comenzó a moverse frente a las costas de Valparaíso. El terremoto, cuya magnitud se estima entre 8,2 y 8,6 Mw, se prolongó durante varios minutos y fue seguido por un segundo movimiento de gran intensidad. La ciudad puerto quedó devastada: entre el 60% y el 80% de sus edificaciones resultaron destruidas, mientras un tsunami, incendios y una posterior crisis sanitaria profundizaron una tragedia que dejó entre tres mil y cuatro mil personas fallecidas. Pero el desastre también terminó convirtiéndose en uno de los puntos de inflexión más importantes para la ciencia, la ingeniería y las políticas públicas chilenas.

El terremoto se sintió desde Tacna hasta Puerto Montt y afectó también a ciudades como Viña del Mar, Illapel y Talca. En una época en que la sismología todavía estaba lejos de contar con las herramientas actuales, la magnitud de la destrucción obligó al Estado a cambiar su manera de entender los terremotos. “En apenas doce meses, el planeta registró al menos seis terremotos de magnitud cercana o superior a 8,0 en lugares tan distintos como Ecuador, Alaska, Chile, Nueva Guinea, China y California, además de un evento 7,4 en Japón, que ocurrieron cuando la sismología era todavía una disciplina en una etapa de desarrollo inicial, con redes de instrumentación escasas y que tendían a sobreestimar las magnitudes”, explica Gabriela Herrera, investigadora del Programa Riesgo Sísmico de la Universidad de Chile.

La respuesta institucional comenzó a tomar forma cuando el gobierno de Pedro Montt impulsó la creación de un organismo dedicado al estudio de los terremotos. El 1 de mayo de 1908 nació el Servicio Sismológico de Chile, antecedente directo del actual Centro Sismológico Nacional, que hoy funciona en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Para Sergio Barrientos, director del CSN, el terremoto de Valparaíso “hizo que las autoridades de la época entendieran la importancia de estudiar los sismos que ocurrían en Chile, así como sus efectos”. La llegada del especialista Fernand Montessus de Ballore y la instalación de estaciones de monitoreo en distintos puntos del país marcaron el inicio de una institucionalidad científica que terminaría convirtiendo a Chile en referente internacional en materia sísmica.

Pero la tragedia también cambió la manera de construir. La destrucción dejó en evidencia que algunos sistemas estructurales resistían mejor que otros, impulsando el uso de hormigón armado, muros cortafuegos y estructuras metálicas en reemplazo de parte de las construcciones de adobe y albañilería simple. El académico Rubén Boroschek explica que “La necesidad de masificar el conocimiento de aquello que aprendemos en cada terremoto, en particular Valparaíso 1906 y Talca 1928, llevó a que las primeras regulaciones del diseño sísmico aparecieran a mediados de los años 1930”. Con los terremotos posteriores, Chile fue acumulando datos y experiencia para perfeccionar sus normas, un proceso en el que la Universidad de Chile tuvo un papel central y que actualmente es observado incluso por países como Turquía y Nueva Zelanda.

El desastre también expuso una dimensión menos visible de los terremotos: la crisis sanitaria que aparece cuando colapsan las condiciones básicas de una ciudad. La falta de agua potable, el hacinamiento, los escombros y los cadáveres generaron un escenario propicio para enfermedades como la viruela y el tifus. “El terremoto de 1906 en Valparaíso desnudó la determinación social de la salud: el hacinamiento y la falta de agua potable convirtieron el desastre en una letal crisis de viruela y tifus”, explica Viviana Ulloa Pino, subdirectora del CITRID y académica de la Facultad de Medicina. La instalación de puestos médicos, brigadas sanitarias y espacios de atención de emergencia terminó acelerando procesos que posteriormente contribuirían a la profesionalización de la salud y a la creación de nuevas políticas sanitarias.

En medio de esa emergencia también aparecieron los estudiantes de la Universidad de Chile. Jóvenes que participaron en labores de apoyo, curación y asistencia a las comunidades afectadas comenzaron a construir una tradición de organización estudiantil vinculada con las necesidades del país. Javier Concha, secretario general de la FECh, recuerda que “hace 120 años, frente al terremoto de Valparaíso, los estudiantes de la Universidad de Chile se organizaron para responder a las necesidades de las comunidades afectadas. Ese impulso de organización y de solidaridad fue parte del contexto que dio origen a la FECh en 1906 y que ha marcado desde sus inicios una forma de entender el rol de los estudiantes de la Universidad de Chile dentro de la sociedad”. Esa tradición terminaría proyectándose décadas después en los conocidos trabajos voluntarios.

Hoy, 120 años después, Chile cuenta con una arquitectura institucional, científica y normativa muy distinta a la de 1906. El Centro Sismológico Nacional, SENAPRED, el SHOA, universidades y organismos públicos trabajan sobre una lógica que ya no se limita a responder cuando ocurre el desastre, sino que busca anticiparse a sus consecuencias. El aprendizaje también se amplió hacia una mirada de multiamenaza, donde terremotos, tsunamis, incendios, remociones en masa y eventos asociados al cambio climático forman parte de un mismo desafío. La historia de Valparaíso demuestra que un desastre puede destruir una ciudad, pero también puede obligar a un país a aprender. Y en Chile, buena parte de esa transformación comenzó aquella noche de agosto de 1906.