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Aluvión en Las Condes expone las brechas de Chile para anticipar emergencias

El aluvión que afectó a San Carlos de Apoquindo, en Las Condes, tras el desborde de la Quebrada Honda, dejó cerca de 2.000 viviendas afectadas, 55 inmuebles con anegamientos severos y seis personas lesionadas, según el balance oficial citado en el comunicado. La emergencia, que llevó a declarar a la comuna como zona de catástrofe, también abrió una pregunta incómoda sobre la capacidad del país para anticipar fenómenos extremos y alertar a la población antes de que el agua y el barro lleguen a las zonas habitadas.

Una de las principales críticas surgió por la ausencia de una notificación del Sistema de Alerta de Emergencia en los teléfonos móviles. Desde el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres se explicó que la reactivación de la quebrada fue un evento “súbito e inesperado”, sin una ventana suficiente para organizar una evacuación. El episodio volvió a poner en discusión las limitaciones de los sistemas de monitoreo meteorológico y la necesidad de conectar la información científica con decisiones oportunas de protección civil.

En declaraciones a Emol, el meteorólogo de la Dirección Meteorológica de Chile, Arnaldo Zúñiga, señaló que el país no cuenta con radares meteorológicos terrestres y depende de satélites geoestacionarios que registran la temperatura de la parte superior de las nubes. Esta tecnología puede presentar latencias de hasta 15 minutos y no permite observar directamente, con el mismo nivel de detalle, la intensidad de las precipitaciones en las capas bajas de la atmósfera. En eventos que evolucionan rápidamente, esa diferencia puede reducir el tiempo disponible para anticipar sus consecuencias.

Los radares meteorológicos terrestres permiten observar la lluvia y el viento en tres dimensiones, mediante impulsos electromagnéticos que detectan la intensidad y el movimiento de las precipitaciones. Según el académico de la Universidad de O’Higgins, Raúl Valenzuela, estos equipos pueden realizar escaneos de la atmósfera cada cinco minutos y cubrir radios de hasta 300 kilómetros, dependiendo de las condiciones y características del sistema. Sin embargo, contar con esa información no garantiza por sí solo una evacuación segura. Como advierte Ayaz Alam, doctor en Geología y académico de la Universidad de Santiago de Chile, “un radar meteorológico efectivamente es importante (…), pero no basta por sí solo, porque lo que hace es simplemente medir en tiempo real cuánta agua cae, dónde cae y con qué intensidad. Por lo tanto, ante una quebrada pequeña, nos da tiempo para reaccionar cuando el fenómeno ya está en desarrollo; a veces puede dar solo minutos y a veces horas, lo que permite realizar una evacuación, pero sin ninguna mitigación”.

La discusión sobre la infraestructura meteorológica tampoco es nueva. El climatólogo de la Usach, Raúl Cordero, denunció en CNN Chile que, después de los tornados registrados en 2019, se planteó dotar a la DMC de entre ocho y doce radares Doppler entre las regiones de Valparaíso y Los Lagos. De acuerdo con los antecedentes expuestos, esa propuesta técnica continúa paralizada por falta de presupuesto. La ausencia de una red de este tipo limita la capacidad de observar con mayor precisión sistemas de lluvia intensa y otros fenómenos que pueden desencadenar emergencias en distintas zonas del país.

Para Alam, la detección debe formar parte de una estrategia más amplia que combine radares con pluviómetros, fluviómetros y sensores capaces de monitorear el movimiento de las laderas. “Este sistema siempre se utiliza en combinación con otros tipos de tecnología. Por ejemplo, pluviómetros para medir las lluvias, fluviómetros para la medición de caudales y distintos tipos de sensores para monitorear el movimiento en las laderas”, explicó a Diario Usach. Estos instrumentos permiten reunir información complementaria sobre la lluvia, el comportamiento de los cauces y las condiciones del terreno, elementos relevantes para anticipar riesgos.

Experiencias en ciudades como Medellín, Río de Janeiro y otras zonas de Estados Unidos, Japón y Taiwán muestran cómo las herramientas de monitoreo pueden apoyar la alerta temprana y la evacuación de comunidades expuestas. No obstante, el académico recalca que la tecnología no reemplaza la prevención territorial. En sus palabras, estos sistemas “ha demostrado ser efectiva, pero solo para alertar a la población en las zonas bajas y facilitar su evacuación a tiempo; de ninguna forma constituye una mitigación. Para mitigar se necesita una labor continua y de largo plazo en terreno”. El desafío para Chile, por tanto, no es solo detectar mejor los eventos extremos, sino conectar esa información con protocolos de alerta, planificación urbana y medidas de reducción del riesgo que protejan a quienes viven cerca de quebradas y cauces.