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La ola coreana ya cambió la forma en que los jóvenes aprenden idiomas

Lo que partió como playlists, fancams y maratones de K-dramas hoy ya está cruzando otro territorio: las aulas. La llamada Hallyu, la ola cultural surcoreana que hace años domina plataformas de streaming y redes sociales, está empujando a miles de jóvenes en Chile a aprender coreano como una forma de acercarse más profundamente a la cultura que consumen todos los días. Y no es una moda pequeña. Según cifras de Berlitz Chile, el interés por el idioma creció con fuerza en los últimos años, desplazando incluso a lenguas históricamente populares como francés, alemán o italiano.

El fenómeno tiene un perfil bastante claro: cerca del 85% de quienes estudian coreano en Chile son mujeres, principalmente adolescentes y jóvenes adultas. Detrás de eso no solo está el fanatismo por grupos de K-pop o series coreanas, sino también una necesidad de conexión cultural mucho más profunda. “El interés por el idioma ha crecido gracias a la popularidad del K-pop, los dramas televisivos y la gastronomía coreana. Muchos jóvenes ven en el idioma una forma de conectarse de manera más profunda con esa cultura”, explica Michelle Alexandra Varela Soza, Leader of Quality and Training de Berlitz Chile.

Lo interesante es que el fenómeno rompe con la lógica tradicional del aprendizaje de idiomas. Durante años, estudiar una lengua extranjera estuvo ligado casi exclusivamente al trabajo o la educación formal. Hoy gran parte de quienes aprenden coreano lo hacen simplemente porque quieren entender letras, entrevistas, series o contenidos sin subtítulos. La motivación ya no pasa necesariamente por el currículum, sino por identidad, comunidad y consumo cultural.

Eso también cambia la manera de enseñar. “Querer aprender un idioma por gusto o motivación personal suele generar un proceso más liviano y disfrutable. El desafío es mantener ese interés en el tiempo, ya que al no haber una obligación formal, algunos estudiantes tienden a desmotivarse”, comenta Varela Soza. En ese contexto, las escuelas de idiomas comenzaron a integrar elementos culturales, dinámicas inmersivas y formatos más flexibles que dialogan mejor con esta generación hiperconectada.

Aunque el inglés sigue dominando ampliamente las matrículas en Chile, el avance del coreano deja en evidencia algo más grande: la influencia cultural de Corea del Sur ya no se limita al entretenimiento. Hoy también modifica hábitos educativos, consumo digital e incluso formas de socialización. Aprender el idioma se convirtió en una extensión natural de pertenecer a una comunidad global alimentada por TikTok, Spotify y streaming.

Mientras los conciertos de K-pop siguen agotando entradas y los K-dramas dominan plataformas, el idioma coreano empieza a instalarse como uno de los nuevos símbolos culturales de la generación Z en Chile. Ya no se trata solo de escuchar música extranjera. Se trata de entenderla desde adentro.

TikTok redefine el concepto de buscar en la era digital

Durante años, abrir Google fue el primer paso para resolver cualquier duda. Hoy, para millones de jóvenes, ese lugar lo ocupa TikTok. Según el informe 2025 de Metricool, la plataforma no solo acumula más de mil millones de usuarios activos mensuales, sino que también ha registrado un aumento del 71% en el tiempo de visualización y del 70% en el alcance de sus publicaciones, superando ampliamente a los reels de Instagram en visualizaciones promedio (24.098 frente a 13.084).

Pero la tendencia no se explica solo con números. TikTok está transformando la forma en que buscamos información. La Generación Z no quiere resultados jerarquizados por SEO, sino respuestas auténticas, visuales y cercanas, producidas por personas que se perciben como pares. Una receta viral grabada en la cocina de un usuario, un consejo de viaje contado desde una calle desconocida o una noticia desmenuzada con humor y emoción resultan más atractivos que un artículo impersonal.

En esta red se consulta de todo: desde dónde comer en una ciudad hasta tips de estudio, salud mental o moda. Como destaca Ariel Jeria, gerente general de Rompecabeza Digital, el algoritmo de TikTok no entrega una lista de enlaces, sino una experiencia personalizada y casi curada, que convierte a la plataforma en un buscador emocional y directo. Sin embargo, esta inmediatez tiene su contraparte: la veracidad de la información no siempre está garantizada. La viralidad puede priorizar el impacto sobre la precisión, abriendo espacio para la desinformación, el clickbait o los sesgos.

El gran desafío, entonces, no es solo producir contenido atractivo, sino formar audiencias jóvenes capaces de cuestionarlo y contrastarlo. Para medios, empresas y educadores, la lección es clara: entender el lenguaje del video corto y la voz auténtica ya no es opcional. TikTok no es únicamente un canal de entretenimiento; es una nueva puerta de entrada al conocimiento, donde buscar significa también identificarse, emocionarse y compartir.

El boom chileno del anime más allá del fandom

El anime ha dejado de ser un nicho para convertirse en una industria global con una influencia que trasciende generaciones y geografías. Un estudio de Dentsu para Variety reveló que el 50% de las personas entre 12 y 44 años consume anime regularmente, especialmente entre millennials y Gen Z. Su popularidad se explica por su originalidad narrativa, la diversidad de géneros y un renovado interés por la cultura japonesa, en contraposición con la creciente fatiga hacia los contenidos más predecibles del cine hollywoodense. De hecho, el 29% de los fans de anime en EE.UU. declararon sentirse agotados por las producciones tradicionales.

El mercado mundial del anime, valorado en 24 mil millones de dólares, podría alcanzar los 43 mil millones para 2027. En Chile, su arraigo es profundo y particular. Según Oriel Rodríguez, académico de la Usach y traductor de japonés, este fenómeno comenzó a gestarse a fines de los años 70 con la emisión de series como Mazinger Z o La Abeja Maya en televisión abierta, lo que introdujo a varias generaciones —incluyendo a padres y abuelos de los actuales fanáticos— al universo animado japonés. A diferencia de otros países latinoamericanos, Chile vivió una recepción intergeneracional y continua del anime, un fenómeno atípico que se fortaleció en la década del 80 gracias a la importación de series baratas que rotaban en bloques infantiles como Pipiripao.

Este contexto local se entrelaza con la cultura nacional de consumo narrativo: las teleseries. Rodríguez explica que el gusto chileno por las historias de largo aliento, donde el desenlace se construye lentamente episodio tras episodio, conecta perfectamente con la estructura serializada del anime. En lugar de historias autoconclusivas como en los cartoons occidentales, el anime propone una continuidad emocional que el público chileno ya apreciaba.

Con la llegada de internet y más tarde de los smartphones, el fandom se expandió. Las personas comenzaron a descubrir que no estaban solas en su pasión por la animación japonesa, y se consolidaron comunidades online, foros y páginas especializadas. Este acceso masivo cambió por completo las reglas del juego, tanto para el consumo como para la producción. Japón lo entendió y transformó al anime en un estandarte cultural que hoy marca presencia en merchandising, música, videojuegos y cine.

La fascinación por el anime ya no es solo una tendencia, sino un espejo cultural donde generaciones conectan, se identifican y construyen comunidad. Desde la nostalgia hasta el hype contemporáneo, Chile es prueba viva de cómo la animación japonesa dejó de ser un pasatiempo para convertirse en parte del ADN visual y emocional de su gente.