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TikTok redefine el concepto de buscar en la era digital

Durante años, abrir Google fue el primer paso para resolver cualquier duda. Hoy, para millones de jóvenes, ese lugar lo ocupa TikTok. Según el informe 2025 de Metricool, la plataforma no solo acumula más de mil millones de usuarios activos mensuales, sino que también ha registrado un aumento del 71% en el tiempo de visualización y del 70% en el alcance de sus publicaciones, superando ampliamente a los reels de Instagram en visualizaciones promedio (24.098 frente a 13.084).

Pero la tendencia no se explica solo con números. TikTok está transformando la forma en que buscamos información. La Generación Z no quiere resultados jerarquizados por SEO, sino respuestas auténticas, visuales y cercanas, producidas por personas que se perciben como pares. Una receta viral grabada en la cocina de un usuario, un consejo de viaje contado desde una calle desconocida o una noticia desmenuzada con humor y emoción resultan más atractivos que un artículo impersonal.

En esta red se consulta de todo: desde dónde comer en una ciudad hasta tips de estudio, salud mental o moda. Como destaca Ariel Jeria, gerente general de Rompecabeza Digital, el algoritmo de TikTok no entrega una lista de enlaces, sino una experiencia personalizada y casi curada, que convierte a la plataforma en un buscador emocional y directo. Sin embargo, esta inmediatez tiene su contraparte: la veracidad de la información no siempre está garantizada. La viralidad puede priorizar el impacto sobre la precisión, abriendo espacio para la desinformación, el clickbait o los sesgos.

El gran desafío, entonces, no es solo producir contenido atractivo, sino formar audiencias jóvenes capaces de cuestionarlo y contrastarlo. Para medios, empresas y educadores, la lección es clara: entender el lenguaje del video corto y la voz auténtica ya no es opcional. TikTok no es únicamente un canal de entretenimiento; es una nueva puerta de entrada al conocimiento, donde buscar significa también identificarse, emocionarse y compartir.

El boom chileno del anime más allá del fandom

El anime ha dejado de ser un nicho para convertirse en una industria global con una influencia que trasciende generaciones y geografías. Un estudio de Dentsu para Variety reveló que el 50% de las personas entre 12 y 44 años consume anime regularmente, especialmente entre millennials y Gen Z. Su popularidad se explica por su originalidad narrativa, la diversidad de géneros y un renovado interés por la cultura japonesa, en contraposición con la creciente fatiga hacia los contenidos más predecibles del cine hollywoodense. De hecho, el 29% de los fans de anime en EE.UU. declararon sentirse agotados por las producciones tradicionales.

El mercado mundial del anime, valorado en 24 mil millones de dólares, podría alcanzar los 43 mil millones para 2027. En Chile, su arraigo es profundo y particular. Según Oriel Rodríguez, académico de la Usach y traductor de japonés, este fenómeno comenzó a gestarse a fines de los años 70 con la emisión de series como Mazinger Z o La Abeja Maya en televisión abierta, lo que introdujo a varias generaciones —incluyendo a padres y abuelos de los actuales fanáticos— al universo animado japonés. A diferencia de otros países latinoamericanos, Chile vivió una recepción intergeneracional y continua del anime, un fenómeno atípico que se fortaleció en la década del 80 gracias a la importación de series baratas que rotaban en bloques infantiles como Pipiripao.

Este contexto local se entrelaza con la cultura nacional de consumo narrativo: las teleseries. Rodríguez explica que el gusto chileno por las historias de largo aliento, donde el desenlace se construye lentamente episodio tras episodio, conecta perfectamente con la estructura serializada del anime. En lugar de historias autoconclusivas como en los cartoons occidentales, el anime propone una continuidad emocional que el público chileno ya apreciaba.

Con la llegada de internet y más tarde de los smartphones, el fandom se expandió. Las personas comenzaron a descubrir que no estaban solas en su pasión por la animación japonesa, y se consolidaron comunidades online, foros y páginas especializadas. Este acceso masivo cambió por completo las reglas del juego, tanto para el consumo como para la producción. Japón lo entendió y transformó al anime en un estandarte cultural que hoy marca presencia en merchandising, música, videojuegos y cine.

La fascinación por el anime ya no es solo una tendencia, sino un espejo cultural donde generaciones conectan, se identifican y construyen comunidad. Desde la nostalgia hasta el hype contemporáneo, Chile es prueba viva de cómo la animación japonesa dejó de ser un pasatiempo para convertirse en parte del ADN visual y emocional de su gente.