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El lado oscuro del litio chileno

En el corazón del desierto de Atacama, el litio; ese mineral que impulsa la transición energética mundial, ha desatado una nueva ola extractivista que amenaza con arrasar los delicados ecosistemas altoandinos. Mientras gobiernos y empresas anuncian una revolución verde, comunidades indígenas, científicos y activistas denuncian que el costo ambiental y social de esta promesa podría ser irreparable. El litio chileno, altamente demandado para baterías de autos eléctricos, se extrae de salares milenarios, muchos de ellos frágiles, interconectados, y hoy más vulnerables que nunca.

La periodista Francisca González y la fotógrafa Jessica Acuña recorrieron los salares de Maricunga, Atacama y Pedernales, epicentros de este conflicto. Allí recogieron relatos de guías turísticos, líderes de comunidades Colla, geólogos y defensores del territorio, quienes coinciden en una idea clave: la transición energética no puede reproducir el modelo extractivista del pasado. “El Estado sólo ha protegido la laguna, no el salar completo”, dice Gonzalo Bordolli, guía en Atacama. “Los flamencos desaparecen, y con ellos se va una parte de la vida que aquí siempre existió”.

La geóloga Andrea Caneo agrega que estos ecosistemas tardaron millones de años en formarse y hoy se destruyen en apenas una década. La extracción intensiva, incluso con nuevas tecnologías como la “extracción directa”, no está libre de impactos. La escasez de evaluaciones ambientales rigurosas y la desconexión entre ciencia y política han dejado a las comunidades sin información clara, ni participación vinculante en los proyectos. En la práctica, muchos se enteran cuando las perforaciones ya están en marcha.

Organizaciones como Fundación Atacamita y movimientos como “Salvemos Maricunga” han emergido como actores clave en la defensa del territorio, articulando datos científicos, memoria comunitaria y herramientas jurídicas. Exigen que la Estrategia Nacional del Litio no sea solo un discurso, sino un compromiso concreto con la justicia ambiental. Voces como la de Elena Rivera, del pueblo Colla, urgen a detener la expansión de proyectos sin estudios de base ni consulta efectiva: “No se puede hablar de desarrollo si nos quedamos sin agua, sin animales, sin territorio”.

Este reportaje es parte de Narrar la TEJ, un programa que busca visibilizar las contradicciones de la transición energética desde América Latina. Más allá del litio como recurso estratégico, lo que está en juego es el modelo de futuro que se quiere construir. ¿Puede existir una energía limpia basada en la destrucción de ecosistemas? ¿Puede haber justicia climática sin justicia territorial? En Atacama, estas preguntas no son teoría: son la base de una resistencia que defiende la vida en uno de los paisajes más extremos y hermosos del planeta.

Energía limpia con deuda ecológica

La instalación del proyecto “Parque Eólico Coloane” en el norte de la Isla Grande de Chiloé podría convertirse en una amenaza directa para uno de los centros de investigación científica más importantes del país: la Estación Biológica Senda Darwin (EBSD). Así lo advirtió la Fundación Senda Darwin, que desde hace más de 30 años lidera estudios sobre biodiversidad, bosques templados y cambio climático en este laboratorio natural ubicado en Ancud. A pesar del valor ambiental y científico de la zona, la empresa detrás del proyecto busca continuar el proceso de evaluación mediante una Declaración de Impacto Ambiental (DIA), un mecanismo que organizaciones científicas y comunidades locales consideran insuficiente y poco transparente para la magnitud del impacto.

La EBSD, parte del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), alberga la torre Eddy Covariance, que desde 2013 mide flujos de carbono como parte de la red internacional FLUXNET. Esta infraestructura es vital para demostrar la eficiencia de los bosques del sur de Chile en la captura de CO₂ y para proyectar respuestas ante la crisis climática. El ruido y las perturbaciones generadas por las turbinas eólicas de gran escala alterarían las condiciones ambientales necesarias para mantener la precisión de estos estudios, comprometiendo una base de datos construida durante más de una década y financiada con fondos públicos.

Además del daño a la investigación, el proyecto contempla obras como canales artificiales y defensas fluviales que intervenir directamente el cauce del río Huicha, lo que podría alterar el equilibrio hídrico del área. La zona también incluye uno de los últimos remanentes de bosque nativo primario del norte de Chiloé, hogar de especies en peligro como el zorro de Darwin, el huillín, la guiña y diversas aves. Estos ecosistemas, esenciales para la conservación y escasamente protegidos, han sido estudiados y citados en más de 100 publicaciones científicas.

Desde la comunidad huilliche local también han surgido críticas. Denuncian la falta de consulta, el desconocimiento del valor cultural y ecológico del territorio, y acusan prácticas de hostigamiento y manipulación de información por parte de la empresa. La zona está reconocida como Zona de Interés Turístico (ZOIT), y recibe a estudiantes, visitantes y científicos cada año, reforzando su valor educativo y paisajístico.

Tanto la Fundación Senda Darwin como el IEB exigen que el proyecto se someta a un Estudio de Impacto Ambiental (EIA), más riguroso y participativo que una DIA. No se trata de oponerse a las energías renovables, aclaran los científicos, sino de evitar una transición energética que sacrifica la ciencia, los bosques y las comunidades locales en nombre del desarrollo.