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Hacer comunidad a través del relato

La historia de Jephte Jeantelus no se cuenta desde el éxito pulido ni desde la épica fácil. Se arma, más bien, desde la constancia, el acento que no se borra y la urgencia de existir en un país que no siempre está preparado para escuchar. Haitiano, migrante, cantante, estudiante de comunicación audiovisual y fundador de JBC 24, Jephte encarna una de las tantas trayectorias de la diáspora africana en Chile: la de quienes llegan sin idioma, sin red y sin garantías, pero con una convicción clara de no desaparecer.

“Me cuesta mucho hablar español porque cuando llegué a Chile yo no había hablado nada”, dice sin rodeos. Aun así, insiste. “Hasta ahora no hablo perfecto, pero entendí algo. Pero yo creo que Chile me sigue bien”. La frase, sencilla y quebrada, condensa una experiencia compartida por miles de personas afrodescendientes que han hecho de Chile su lugar de residencia, aun cuando ese lugar no siempre devuelva la bienvenida de manera explícita. Para Jephte, el agradecimiento convive con la conciencia del esfuerzo: “El chileno nos ayuda, nos da oportunidad de estudiar, de todo. Gracias, a Chile”.

JBC 24 nace desde esa necesidad de narrarse. Primero como un proyecto colectivo, luego como una responsabilidad personal. “Al principio nosotros éramos tres… pero los dos se abandonaron la idea y bueno, ahora soy Jephte JBC 24”. Hoy, el nombre significa Jephte Broadcasting Channel y funciona como una plataforma que escribe sobre lo que ocurre en la comunidad haitiana en Chile, visibilizando artistas, procesos y luchas que rara vez entran en la agenda central. Este año, además, el proyecto dio un giro simbólico: pasar de destacar a “el mejor artista” a premiar a “la gente que hace algo bueno en Chile”.

Nada de eso ocurre sin costo. La octava edición del evento —la primera con premiación formal— se levantó sin sponsors, sin animadores y sin equipo completo. “Yo tenía que hacer todo para allá, para acá porque el evento tenía que hacer hoy”, relata. El financiamiento tampoco apareció como promesa cumplida. “Plan A era con los sponsor… no dice nada. Plan B era sacar el dinero en el sitio web… no se alcanza. Entonces plan C: mi plata”. La frase no busca victimizar, sino dejar constancia de una realidad habitual en los proyectos afrodescendientes: autogestión, desgaste y fe. “Gasto todo mi energía en este evento”, resume.

Pero hay heridas más profundas que el cansancio. Ser afrodescendiente en Chile implica, muchas veces, enfrentar el prejuicio directo. Jephte lo recuerda con nitidez. En la universidad, una profesora no le permitió rendir una evaluación práctica por llegar tarde, mientras que a una estudiante chilena sí. “Eso me marcó mucho. Yo me pregunto si por qué soy negro”. Antes, en Las Condes, mientras trabajaba arreglando casas, escuchó a una niña decirle a su madre: “Ay, mamá, ahí viene un perro negro”. No hubo insulto explícito, pero sí una violencia cotidiana que se incrusta. “Eso me quedó mal ese tiempo”, dice, sin dramatizar, pero sin olvidar.

Frente a ese escenario, la respuesta no ha sido el repliegue, sino la comunidad. “Lo más bueno es la unión de la comunidad afro”, afirma. Haitianos, venezolanos, colombianos, afrodescendientes que se reconocen en una historia compartida. “No importa si venimos de Haití, de Venezuela, de Colombia. Tenemos que unirnos, somos misma sangre”. En esa frase se cruza la memoria africana con la experiencia migrante en Chile, y se configura una identidad que no pide permiso para existir.

El cierre de su relato no es ingenuo ni grandilocuente. Es una advertencia y, al mismo tiempo, una invitación. “Si quieres hacer algo, dale todo tu alma y vas para adelante”, dice, recordando a su madre y el miedo de estudiar periodismo en un país donde ejercerlo puede costar la vida. Para las nuevas generaciones afrodescendientes que crecen o migran a Chile, su mensaje es claro: aprender de quienes van delante, insistir incluso cuando el camino se vuelve hostil y no soltar la voz. Porque en un país que todavía está aprendiendo a mirarse diverso, contar la propia historia también es una forma de resistencia.

La justicia ordena reincorporar a vecina a un grupo de WhatsApp y abre debate sobre la convivencia digital en Chile

En Arica, un caso judicial aparentemente menor terminó convirtiéndose en un precedente para la convivencia digital en Chile. La Corte de Apelaciones resolvió que una vecina del condominio Terrazas del Alto debía ser reincorporada al grupo de WhatsApp de su edificio, tras haber sido expulsada por decisión de la mitad de sus vecinos. El tribunal consideró que la medida vulneraba su derecho a ser informada y participar en los asuntos comunitarios, al haberse transformado el chat en el principal medio de comunicación y deliberación del condominio. En otras palabras, el grupo de WhatsApp no era solo un espacio social: era, en la práctica, la nueva asamblea vecinal.

“El grupo de WhatsApp, aunque informal, se ha constituido en la práctica como el medio de información, deliberación y votación de las decisiones internas”, estableció la resolución judicial. Con esa frase, la Corte no solo resolvió un conflicto puntual, sino que también reconoció algo más profundo: la digitalización de la vida comunitaria ha llegado a un punto donde la exclusión virtual puede equivaler a una exclusión real. En la era de los teléfonos inteligentes, ser silenciado en un chat puede significar quedar fuera del vecindario.

La socióloga Teresa Pérez, académica de la Universidad de Santiago e investigadora del Centro de Estudios Migratorios (CEM), explica que este tipo de conflictos no son meramente tecnológicos, sino culturales. “El lenguaje escrito, sobre todo cuando es informal, se presta a malas interpretaciones. No todos tienen las mismas habilidades para expresarse digitalmente, y eso genera confusiones, malentendidos y conflictos”, señaló en conversación con Diario Usach. Para Pérez, el problema no está en WhatsApp ni en la hiperconectividad, sino en la falta de normas y educación digital.

“Estos canales debiesen iniciarse con reglas explícitas, compartidas por todos. Y cuando se incorpora un nuevo miembro, es necesario resocializar esas normas constantemente”, enfatizó. La académica sostiene que los grupos vecinales —como los de condominios o colegios— son microcosmos de la sociedad: reproducen dinámicas de liderazgo, exclusión y conflicto. En ese sentido, sugiere crear una suerte de reglamento de convivencia digital, que defina los objetivos del grupo, la veracidad de la información compartida y los mecanismos para resolver desacuerdos sin llegar a la expulsión.

El caso de Arica también reveló vacíos en la forma en que se toman decisiones dentro de las comunidades. La expulsión de la vecina se votó con un 50% de apoyo, lo que para Pérez es insuficiente. “Un 50% no es una mayoría. La votación debe tener reglas claras: si será mayoría simple, calificada o 50% más uno. Estas definiciones son esenciales para legitimar decisiones y evitar arbitrariedades”, comentó. Su análisis expone una paradoja del mundo digital: mientras la tecnología facilita la participación, también puede amplificar la desigualdad cuando no existen mecanismos transparentes.

Pérez advierte que la exclusión digital puede ser emocionalmente dañina. En contextos donde el grupo de WhatsApp es el único canal de comunicación, la expulsión puede afectar el bienestar de la persona y la cohesión del grupo. “Incluso quienes no estuvieron de acuerdo con la exclusión pueden sentirse censurados o temerosos de expresar sus opiniones”, señaló. Para evitar este tipo de fracturas, sugiere que los municipios apoyen con programas de orientación digital que entreguen herramientas para la convivencia y resolución de conflictos en línea. “No se trata de formalizarlos, sino de darles reglas básicas que otorguen seguridad y sentido comunitario”, añadió.

El fallo de la Corte de Apelaciones no solo reinsertó a una vecina en un grupo de chat; también encendió una conversación sobre cómo habitamos los espacios digitales en comunidad. En una época donde los pasillos, las plazas y las juntas de vecinos han sido reemplazadas por pantallas, la justicia chilena reconoce que el mundo digital también es territorio cívico. “Estamos frente a una extensión del espacio público en formato digital”, concluyó Pérez. “No se trata de demonizar el WhatsApp, sino de aprender a habitarlo con empatía, responsabilidad y normas claras”.