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Un reptil marino descubierto en Atacama reescribe la historia de los plesiosaurios

Durante años, la presencia de plesiosaurios del Jurásico en Chile era apenas una hipótesis sostenida por restos fragmentarios. Ese escenario cambió con el hallazgo de Gondwananectes osvaldoi, la primera especie identificada con claridad para ese período en el país. El descubrimiento, publicado en la revista científica Papers in Palaeontology, abre una nueva lectura sobre la evolución de estos reptiles marinos y posiciona al norte chileno como un territorio clave para comprender la historia temprana del grupo.

La investigación fue desarrollada por científicos de la Red Paleontológica de la Universidad de Chile, integrada por Rodrigo Otero, Sergio Soto, Alexander Vargas, Héctor Ortiz y Guillermo Aguirrezabala, en colaboración con Jennyfer Rojas, del Museo de Historia Natural del Desierto de Atacama. El estudio no solo describe una nueva especie, sino que también propone un cambio en la comprensión del origen de Cryptoclidia, uno de los linajes más exitosos de plesiosaurios que sobrevivió hasta la gran extinción de finales del Cretácico.

El fósil fue descubierto en 2014 por Osvaldo Rojas en la localidad de Ojo Pache, en el actual Desierto de Atacama. A partir de ese momento, distintas campañas permitieron recuperar bloques de roca con restos visibles, pero no fue hasta el período entre 2024 y 2025 cuando se realizó una preparación exhaustiva del material, exponiendo gran parte del esqueleto. El resultado fue la identificación de un espécimen parcial articulado perteneciente a un pequeño plesiosaurio de entre 1,5 y 2 metros de largo que habitó antiguas cuencas marinas en una zona que hoy es completamente árida.

El ecosistema donde vivió este reptil marino estaba lejos del paisaje actual. En ese ambiente convivían ammonites, ictiosaurios, peces óseos y posiblemente cocodrilos marinos, configurando una biodiversidad marina propia del Jurásico Medio. La importancia del hallazgo no radica solo en la presencia del animal, sino en su estado de conservación, que permitió a los investigadores definir con claridad su identidad taxonómica. “Este espécimen nos permitió reconocer que se trataba de una forma nueva para la ciencia, un género y una especie nuevos que fueron bautizados como Gondwananectes osvaldoi”, explica el investigador Rodrigo Otero.

El nombre de la especie conecta geología y memoria. Gondwananectes hace referencia a Gondwana, el antiguo supercontinente que incluía a Sudamérica, mientras que osvaldoi homenajea a Osvaldo Rojas, descubridor del fósil y figura clave en la preservación del patrimonio natural y cultural de Calama. Con una antigüedad cercana a los 170 millones de años, correspondiente al Jurásico Medio, este ejemplar se convierte en una pieza única dentro del registro paleontológico sudamericano.

El impacto del descubrimiento también se extiende al campo evolutivo. Durante el Jurásico, los plesiosaurios alcanzaron una gran diversidad, pero solo algunos linajes lograron persistir hasta el Cretácico. Entre ellos se encuentra Cryptoclidia, grupo que sobrevivió hasta la extinción masiva ocurrida hace 66 millones de años. Hasta ahora, la evidencia sugería un origen europeo para este linaje, pero la aparición de Gondwananectes osvaldoi introduce un escenario distinto, donde el hemisferio sur adquiere un rol más relevante en la historia evolutiva del grupo.

Una de las claves para esta reinterpretación estuvo en la anatomía del fósil. “La presencia de una única articulación para la costilla en cada una de las vértebras del cuerpo es tremendamente relevante para entender la taxonomía de este animal”, señaló Rodrigo Otero. Esta característica permitió descartar que se tratara de un pliosaurio y ubicarlo dentro de una línea evolutiva con proyección hacia los plesiosaurios más exitosos del Cretácico.

El hallazgo también abre nuevas perspectivas para la paleontología chilena. La presencia de rocas más antiguas en el norte del país y la existencia de restos fragmentarios previamente registrados sugieren que el territorio podría albergar más especies aún no descritas. En ese contexto, el Desierto de Atacama deja de ser solo un paisaje extremo para convertirse en una ventana hacia mares desaparecidos y una pieza clave para reconstruir la evolución de los reptiles marinos del Jurásico.

ALMA revela el caos juvenil de otros sistemas solares

Durante décadas, la astronomía ha sido experta en capturar los extremos del relato planetario: el nacimiento de los mundos y la madurez de sistemas como el nuestro. Pero había un vacío incómodo entre ambos momentos. Ahora, un equipo internacional de astrónomos acaba de iluminar esa zona gris y turbulenta conocida como la adolescencia planetaria, gracias a imágenes inéditas obtenidas con ALMA desde el norte de Chile, en el marco del proyecto ARKS.

La investigación, liderada por el astrónomo chileno Sebastián Marino —investigador externo del Núcleo Milenio YEMS y académico de la Universidad de Exeter—, se centra en los llamados discos de escombros, estructuras compuestas por polvo y restos rocosos que rodean a estrellas cuyos planetas ya se han formado. Son huellas de una etapa intermedia: más avanzadas que los discos protoplanetarios, pero todavía lejos de la estabilidad orbital que caracteriza a sistemas consolidados como el Sistema Solar.

“A menudo observamos las ‘fotos de bebé’ de los planetas en formación, pero la adolescencia planetaria era el eslabón perdido”, explicó Meredith Hughes, una de las co-investigadoras principales del proyecto. Y no es una metáfora gratuita. En esta fase, los sistemas planetarios viven procesos violentos y desordenados, marcados por colisiones, migraciones y reacomodos drásticos, similares a los que alguna vez moldearon el Cinturón de Kuiper más allá de Neptuno.

Observar estos discos no es tarea fácil. Son estructuras extremadamente tenues, cientos o incluso miles de veces más débiles que los discos donde nacen los planetas. Sin embargo, la resolución sin precedentes de ALMA permitió al equipo ARKS detectar una diversidad inesperada de formas: anillos múltiples, bordes abruptos, halos extendidos y asimetrías que rompen con la idea de sistemas simples y ordenados. “No estamos viendo simples anillos, sino sistemas complejos y dinámicos que revelan una etapa violenta en la historia de los planetas”, señaló Sebastián Marino.

El proyecto también destaca por la participación activa de investigadores del Núcleo Milenio YEMS con base en la Universidad de Santiago. Sebastián Pérez, director alterno de YEMS; Philipp Weber, investigador postdoctoral; y Fernando Castillo, estudiante de Magíster en Astrofísica, fueron parte clave del análisis. Desde Chile, el desierto de Atacama vuelve a posicionarse como un laboratorio natural para responder preguntas fundamentales sobre el origen y evolución del cosmos.

Uno de los hallazgos más desconcertantes fue la detección de una fuerte asimetría en uno de los discos observados: una acumulación localizada de polvo y rocas, similar a una nube densa de escombros. Este tipo de estructura es difícil de explicar en una etapa donde los discos suelen ser simétricos. Frente a este enigma, investigadores YEMS–Usach lideraron uno de los artículos centrales del proyecto, proponiendo que la interacción entre sólidos y pequeñas cantidades de gas remanente podría generar vórtices capaces de concentrar material durante largos períodos.

“Estas observaciones nos obligan a repensar el rol que puede jugar incluso una cantidad mínima de gas en discos que creíamos casi completamente dominados por sólidos. La posibilidad de vórtices de escombros abre un nuevo escenario dinámico para entender estas asimetrías”, sostuvo Sebastián Pérez. A esta idea se suma la reflexión de Philipp Weber, quien lideró uno de los diez papers publicados por ARKS: “Si bien las observaciones de ALMA muestran claramente que existe gas en algunos cinturones tipo Kuiper extrasolares, todavía no sabemos con certeza si la cantidad que detectamos representa todo el gas que realmente está ahí, o si existe una fracción adicional invisible que escapa a nuestras mediciones directas”.

En conjunto, los resultados sugieren que la adolescencia planetaria es un periodo marcado por migraciones caóticas, colisiones gigantes y una intensa reconfiguración orbital, procesos comparables a los que dieron origen a la Luna en nuestro propio sistema. “Estos discos registran una época en que las órbitas planetarias estaban siendo reordenadas de forma caótica”, señaló Luca Matrà, co-investigador principal del estudio. Una confirmación de que, incluso a escala cósmica, crecer nunca ha sido un proceso limpio ni tranquilo.