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Cómo la IA se convirtió en asesor futbolero

Aunque Chile quedó fuera de la Copa del Mundo 2026, el torneo sigue ocupando conversaciones, grupos de WhatsApp y oficinas completas. Como ocurre cada cuatro años, miles de personas se han sumado a las tradicionales pollas mundialeras, una práctica que mezcla pasión futbolera, intuición y la esperanza de quedarse con el pozo acumulado. Pero esta vez hay un nuevo jugador en la cancha: la inteligencia artificial.

Herramientas como ChatGPT y Gemini se han transformado en aliados inesperados para quienes buscan una ventaja al momento de pronosticar resultados. Desde analizar estadísticas hasta comparar el rendimiento reciente de las selecciones, estas plataformas están siendo utilizadas por fanáticos experimentados y también por quienes apenas siguen el fútbol durante las grandes citas deportivas. La pregunta es inevitable: ¿realmente pueden ayudar a ganar una polla?

Para Diego Fuentealba, doctor en informática, director del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Departamento de Contabilidad y Auditoría y académico de la Facultad de Administración y Economía de la Usach, la respuesta requiere matices. “Puede ser útil como apoyo informativo, pero no como una herramienta que prediga resultados con seguridad. En el fútbol hay muchas variables difíciles de anticipar: lesiones, rotaciones, expulsiones, clima, presión del partido, instancia del torneo y hasta eventos fortuitos”.

La irrupción de estas tecnologías refleja un fenómeno más amplio: la inteligencia artificial ya no es una herramienta reservada para especialistas. Hoy forma parte de la vida cotidiana y se abre paso incluso en espacios tan informales como una apuesta entre amigos. Según Fuentealba, plataformas como ChatGPT permiten organizar información, comparar escenarios y construir análisis más completos. Sin embargo, advierte que la incertidumbre sigue siendo parte esencial del deporte más popular del planeta.

El académico explica que la diferencia entre las distintas plataformas no está necesariamente en cuál es mejor, sino en cómo se utilizan. “ChatGPT puede ser muy bueno para estructurar análisis, comparar escenarios y explicar el razonamiento. Además, ChatGPT puede buscar información actualizada en la web y entregar fuentes cuando la consulta lo requiere”. Sobre Gemini, agrega que también puede ser una herramienta útil gracias a su integración con el ecosistema Google, aunque recuerda que sus propias advertencias reconocen la posibilidad de errores o información incorrecta presentada como verdadera.

La expansión de la IA también está democratizando el acceso al conocimiento futbolístico. Quienes antes participaban en una polla simplemente por diversión ahora pueden acceder rápidamente a datos, rankings, antecedentes históricos y explicaciones sobre conceptos que antes parecían exclusivos de comentaristas deportivos. “Es útil para alguien que sabe poco de este deporte. La IA puede funcionar como una especie de “traductor futbolero” explicando quiénes son los favoritos, cómo llega cada selección, qué significa jugar fase de grupos o eliminación directa, qué tan relevante es el ranking FIFA, o por qué un empate puede ser razonable en ciertos partidos”, sostiene Fuentealba.

Sin embargo, el experto insiste en que el verdadero valor de estas herramientas está en la calidad de las preguntas. En lugar de consultar simplemente quién ganará un partido, recomienda solicitar análisis que incorporen variables como forma reciente, bajas por lesión, enfrentamientos previos, contexto competitivo y probabilidades de empate. Cuanto más específica sea la consulta, más útil será la respuesta. La IA, plantea, funciona mejor cuando se le exige argumentar y fundamentar sus conclusiones.

Mientras el Mundial avanza sin presencia chilena en la cancha, miles de personas seguirán buscando la fórmula perfecta para acertar resultados. Algunos confiarán en la experiencia, otros en la intuición y cada vez más recurrirán a algoritmos capaces de procesar millones de datos en segundos. Pero incluso en la era de la inteligencia artificial, el fútbol mantiene intacta una de sus mayores virtudes: la capacidad de sorprender cuando nadie lo espera.

El dilema ecológico de ser amable con un chatbot

Saludar, decir “por favor” o terminar con un “gracias” parece una cortesía mínima, casi automática, en cualquier conversación. Pero cuando estas palabras son dirigidas a una inteligencia artificial como ChatGPT, podrían tener un efecto inesperado: mejorar la calidad de las respuestas. Al menos eso sugieren investigadores y especialistas en tecnología del lenguaje, que observan cómo la forma en que se formula una consulta; el llamado prompt, puede influir en la precisión y profundidad de la respuesta generada por un modelo de lenguaje.

Según Gustavo Alcántara, académico en Telecomunicaciones y Aplicaciones de la Universidad de Santiago, estudios recientes muestran que un tono más cordial y emocional puede generar mejores resultados. Cita una investigación de la Universidad de Waseda, que demuestra cómo la cortesía al interactuar con modelos LLM (Large Language Models) no solo mejora la interacción, sino que reduce la tasa de errores. Estos sistemas, como ChatGPT, operan a partir de complejos procesos de aprendizaje profundo que dependen de matices lingüísticos para entender lo que se les pide. Y ahí es donde las fórmulas amables parecen marcar una diferencia.

Esta hipótesis; casi contraintuitiva, sugiere que las emociones humanas no solo hacen más llevaderas las conversaciones con máquinas, sino que también pueden afinar sus capacidades cognitivas artificiales. Decir “¿Podrías explicarme, por favor?” no es solo un gesto de buena educación: es también una estrategia que puede sacar lo mejor del algoritmo.

Pero esta amabilidad no es gratis. O, mejor dicho, tiene un costo invisible que va más allá del tiempo o el estilo. Como advierte Alcántara, esta manera más personalizada y emocional de interactuar con sistemas como ChatGPT podría implicar un mayor consumo energético. “Cada vez que el sistema tiene que analizar más profundamente un mensaje cargado de matices emocionales o personalizados, se intensifica su procesamiento, lo que puede elevar el uso de energía”, explica.

OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, estima que el entrenamiento de su modelo GPT-3 demandó más de 1.287 MWh, una cifra significativa si se considera el volumen masivo de usuarios que interactúan con el sistema a diario. Y aunque una simple pregunta parezca inofensiva en términos ambientales, cuando millones de personas lo hacen constantemente, y de forma extensa o emocional, el impacto acumulativo se vuelve más preocupante.

Además, este procesamiento intensivo requiere sistemas de refrigeración de alto consumo hídrico en los centros de datos, lo que suma otra capa de tensión ambiental. En un contexto global de crisis climática y escasez de agua, esta huella ecológica no puede pasarse por alto.

Así, la paradoja queda planteada: ser amable con la inteligencia artificial mejora la interacción, pero también puede contribuir a una carga ambiental más pesada. ¿Estamos dispuestos a asumir ese costo por una respuesta mejor formulada? ¿O deberíamos repensar cómo y cuándo usamos estos recursos tecnológicos?

La relación entre humanos e inteligencias artificiales está lejos de ser neutral. Hasta un “hola” bienintencionado puede tener consecuencias insospechadas.