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La brecha de género en investigación médica sigue marcando riesgos

Durante décadas, la medicina ha operado bajo una premisa silenciosa pero profundamente arraigada: el cuerpo masculino como estándar universal. Ese sesgo, heredado del siglo XX, sigue teniendo consecuencias concretas en la salud de las mujeres. Hoy, las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte femenina, pero solo el 38% de los estudios sobre esta temática las incluyen. La brecha no es casual ni reciente, sino el resultado de una tradición científica que históricamente ha excluido a las mujeres de los ensayos clínicos y de la investigación farmacológica básica.

La incorporación femenina en estudios clínicos comenzó recién hacia finales del siglo pasado. No fue hasta 1993 que se estableció legalmente la obligación de incluir a mujeres en ensayos financiados con fondos federales en Estados Unidos. Antes de esa fecha, gran parte de la investigación médica utilizaba exclusivamente varones como sujetos de estudio, lo que dejó vacíos críticos sobre cómo los tratamientos y medicamentos afectan a la población femenina. Las consecuencias de esa omisión se siguen arrastrando, especialmente en áreas donde la diferencia biológica entre sexos impacta directamente en el diagnóstico y la respuesta terapéutica.

Un caso emblemático ocurrió en 1997, cuando diez medicamentos fueron retirados del mercado estadounidense, ocho de ellos por presentar riesgos desproporcionados para la salud de las mujeres. En los ensayos clínicos, esos fármacos habían sido aprobados sin mayores alertas porque las pruebas se realizaron mayoritariamente en hombres. La falta de datos específicos no solo generó errores, sino que evidenció una falla estructural en la forma en que se produce conocimiento médico.

La discusión también ha sido abordada desde la inmunología. En 2015, la científica Sabra Klein advirtió sobre la importancia de considerar el sexo biológico al administrar vacunas, tras observar que las mujeres presentaban más efectos secundarios frente a inmunizaciones como la de la fiebre amarilla. El hallazgo apuntaba a una diferencia en la respuesta del sistema inmunitario, subrayando que no existe un cuerpo “neutro” en medicina, sino múltiples variables biológicas que influyen en los resultados clínicos.

Desde Chile, la doctora María Teresa Arancibia, radióloga oral y maxilofacial del Centro de Salud de la Usach, advierte que la brecha ha disminuido, pero persiste. “si bien, la brecha ha disminuido aún hay diferencias y, según entiendo, influye bastante en los riesgos o temores a los efectos secundarios que puedan provocar los tratamientos en estudio a la fertilidad”. La especialista subraya que la falta de participación femenina impacta directamente en la calidad de la información disponible y, por extensión, en la precisión diagnóstica.

La profesional profundiza en esa diferencia estructural al señalar que “el cuerpo del hombre es diferente al de la mujer. Por lo cual, al no participar en estudios, hay menos información y el riesgo de error aumenta”. En ese sentido, explica que las diferencias anatómicas y fisiológicas son determinantes en la evolución de enfermedades y tratamientos. “las diferencias en cómo afectan las enfermedades a hombres y mujeres se deben a que anatómica y fisiológicamente somos diferentes. Los niveles mínimos y máximos de la mayoría de los parámetros de evaluación, por ejemplo, en un hemograma son distintos, nuestra cantidad de tejido muscular, adiposo, etc, es distinto. Fuera de las diferencias en el aparato reproductivo que también influyen en todo el resto del organismo”.

Aun así, realizar estudios clínicos diferenciados sigue siendo complejo. Arancibia sostiene que “un factor que influye es el tema económico, y también la convocatoria. En estudios de largo plazo, que son los que tienen mayor impacto, poder mantener a la población en control es muy difícil y costoso, si a esto se le suma la exclusión por género, la cantidad de participación disminuiría aún más”. A esto se suman factores sociales que también amplían la brecha, como la postergación del autocuidado en mujeres que asumen roles laborales y familiares simultáneamente.

Para la especialista, la solución pasa por una respuesta estructural desde la política pública. “las políticas públicas en salud se hagan cargo de este tema, ya que es fundamental tener más información para poder prevenir estas patologías tan prevalentes. Hoy en día, existen numerosas evidencias que confirman que a los hombres y mujeres nos afectan las enfermedades de manera diferente”. La advertencia es clara: sin datos específicos, la medicina corre el riesgo de seguir diagnosticando y tratando a la mitad de la población con información incompleta.

El desafío no es solo científico, sino cultural. Incorporar a las mujeres en la investigación médica no significa agregar una variable más, sino corregir un sesgo histórico que ha condicionado diagnósticos, tratamientos y políticas sanitarias. En un momento donde la evidencia se vuelve central para la toma de decisiones, la pregunta ya no es si se deben incluir mujeres en los estudios, sino cuánto tiempo más puede la ciencia permitirse no hacerlo.

Estudio reveló que mujeres tienen menor rendimiento en pruebas de alta consecuencia debido a estereotipos

¿Hasta qué punto las pruebas competitivas de altas consecuencias, como los exámenes de ingreso a las universidades, aumentan las brechas de género en rendimiento educacional? Esto fue lo indagó un estudio desarrollado por investigadores del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile y del Núcleo Milenio sobre Movilidad Intergeneracional, trabajo que analizó cómo estas pruebas afectan el desempeño de hombres y mujeres.

El equipo utilizó datos de parejas de hombres y mujeres mellizos para comparar sus resultados en la prueba SIMCE de 2° Medio, test no competitivo, y en la Prueba de Selección Universitaria (PSU), que es competitiva y tiene altas consecuencias, si bien ambas pruebas miden los conocimientos del currículo escolar de los y las estudiantes. Este enfoque permitió comparar a estudiantes que provienen de un mismo hogar y poseen la misma edad, pero que son de distinto género.

Utilizando un modelo econométrico, el equipo estimó el puntaje predicho en el SIMCE de 2° Medio y la PSU de estudiantes con características promedio en todas las variables consideradas, esto es, rendimiento escolar, establecimiento educacional donde estudiaron y nivel socioeconómico, entre otros, quienes solo difieren en su género. Los resultados mostraron que en matemáticas los hombres obtienen mejores puntajes SIMCE que las mujeres y que esta brecha crece en la PSU. En lenguaje, en tanto, las mujeres superan a sus pares hombres en la prueba SIMCE. Sin embargo, en la PSU la brecha se revierte favoreciendo a los hombres.

Adicionalmente, el equipo de investigadores separó a las y los estudiantes según su nivel de rendimiento académico previo, encontrando que el efecto negativo de las pruebas competitivas en las mujeres creció en las estudiantes de mayor rendimiento en matemáticas. En otras palabras, el efecto en la PSU de matemáticas se explica, en mayor medida, por la brecha que se produce en las estudiantes de mejor rendimiento. En lenguaje, por otra parte, pese a que ellas tenían un rendimiento superior en SIMCE, todas las estudiantes bajan sus resultados en la PSU, independiente de su rendimiento escolar.

“Esto indica que las pruebas competitivas afectan negativamente a las mujeres, incluso en áreas donde estas suelen tener mejor desempeño, como lenguaje, debido posiblemente a los estereotipos de género”, sostiene Catalina Canals, investigadora del CIAE de la U. de Chile y una de las autoras del estudio. En efecto, estudios previos han mostrado que, debido a los estereotipos de género, las mujeres tienden a estar menos dispuestas a competir y a correr riesgos que los hombres, y además su desempeño se ve perjudicado en contextos donde hay restricciones de tiempo.

“En el caso de matemáticas, las pruebas competitivas afectan de forma negativa especialmente a las mujeres de mayor rendimiento, porque estas tienen una autoconfianza más baja que sus homólogos masculinos. Esto probablemente se deba al estereotipo social de que las matemáticas son un campo masculino”, indica Alejandra Mizala, Prorrectora de la U. de Chile, investigadora del CIAE y autora de este estudio, quien explica que esto significa que es más probable que las alumnas sobresalientes en matemáticas estén más expuestas al estereotipo social, por ejemplo, al recibir comentarios como ‘tu desempeño es impresionante para ser mujer’. “Esto puede socavar la confianza de las mujeres en sí mismas, hacerlas sentir fuera de lugar y disminuir sus expectativas de éxito en dicho campo”, indica la académica.

Por esto, las y los autores del estudio recomiendan que las brechas de género en las pruebas competitivas sean consideradas en la sala de clases y en las políticas educacionales. “Una de las medidas, por ejemplo, que apunta en el sentido correcto es la existencia de dos oportunidades en el año para rendir la PAES (Prueba de Acceso a la Educación Superior), que disminuye la presión que se produce al tener solo una oportunidad al año para rendir esta prueba”, precisa Mizala.

A nivel escolar, otras medidas recomendadas pueden ser utilizar materiales educativos que eviten los estereotipos de género, priorizar la realización de varias evaluaciones de baja ponderación por sobre exámenes de alto impacto, y considerar intervenciones que enseñen a sus estudiantes a manejar el estrés y la ansiedad asociados a competir, agrega Canals.