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El hallazgo chileno que podría cambiar las cirugías de cáncer de mama

Durante años, la grasa mamaria fue vista como un simple “relleno” biológico alrededor de los tumores. Pero una investigación liderada por la doctora Lobos-González está cambiando esa idea y abriendo una nueva discusión dentro de la ciencia oncológica chilena. El foco ya no está solo en las células cancerígenas, sino también en cómo el propio tejido adiposo podría ayudar al cáncer de mama a expandirse, reaparecer e incluso generar metástasis años después de una cirugía aparentemente exitosa.

La clave de esta investigación está en la lactadherina, una proteína presente normalmente en la leche materna, pero que en pacientes con cáncer de mama aumenta de manera agresiva. Según explica el equipo científico, esta molécula tendría un rol importante en la progresión tumoral y en la capacidad del cáncer para diseminarse. “Estamos abriendo el camino a un área desconocida, pero que, de lograr comprender mejor estos adipocitos asociados al cáncer, podríamos impactar rápidamente en nuestras pacientes que sufren y se angustian por no saber qué se viene en su evolución clínica. Estamos peleando contra ese miedo con herramientas de biología celular y molecular”, señala la doctora Lobos-González.

Para enfrentar este fenómeno, las investigadoras desarrollaron LacApta, un aptámero —una especie de “capturador molecular”— diseñado para bloquear la lactadherina. La idea es que este biofármaco pueda utilizarse durante las cirugías de cáncer de mama para limpiar el tejido intervenido y evitar que queden rastros moleculares capaces de provocar futuras recurrencias. El proyecto apunta incluso a que las pacientes puedan continuar el tratamiento posteriormente, frenando células con potencial metastásico antes de que se expandan a órganos como pulmones o cerebro.

Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio tiene relación con los adipocitos asociados al cáncer. El equipo descubrió que las células tumorales son capaces de “reprogramar” las células grasas de la mama, transformándolas en estructuras que favorecen la propagación del cáncer. “Lo hemos visto in vitro; si a adipocitos les ponemos células tumorales mamarias cerca, o la secreción de estas células tumorales, el adipocito cambia, se adelgaza y alarga, secreta ácido palmítico y luego se queda tal cual, casi eterno”, explica la académica. Según la investigación, estas células modificadas podrían permanecer durante años en el tejido cicatricial después de una mastectomía.

El estudio también pone bajo la lupa un procedimiento ampliamente utilizado en reconstrucción mamaria: usar grasa de la propia paciente para reconstruir la mama tras la cirugía. El equipo científico sospecha que, si quedan adipocitos alterados en la zona operada, estas nuevas células grasas podrían volver a transformarse y generar un ambiente favorable para el regreso del cáncer. La hipótesis todavía está en desarrollo, pero ya abrió conversaciones con cirujanos y oncólogos respecto a posibles cambios futuros en protocolos médicos.

Con modelos celulares avanzados y pruebas en sistemas experimentales, la investigación chilena busca entender cómo el microentorno del cáncer influye en su agresividad. Y aunque todavía falta camino para trasladar estos hallazgos a tratamientos masivos, el proyecto ya está instalando una pregunta incómoda dentro de la medicina moderna: ¿qué pasa si el cáncer no desaparece del todo porque ciertas células del propio cuerpo siguen ayudándolo a sobrevivir en silencio?

Ciencia chilena busca anticiparse a futuras crisis sanitarias en la salmonicultura

En 2007, la industria salmonera chilena vivió una de sus peores crisis cuando un brote del virus de la anemia infecciosa del salmón (ISAV) arrasó con centros de cultivo en el sur del país, dejando miles de despidos y paralizando más del 60% de la producción. Hoy, casi dos décadas después, Chile ha recuperado su posición como el segundo mayor productor de salmones a nivel mundial, pero las amenazas sanitarias siguen latentes.

Consciente de este desafío, el Dr. Marcelo Cortez, académico de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago, lidera una investigación que busca desentrañar los mecanismos genéticos que hacen al virus más o menos agresivo. Su proyecto, recientemente adjudicado con fondos Fondecyt (Nº 1251842), emplea una herramienta de genética reversa para diseñar variantes controladas del virus en laboratorio y así anticipar su comportamiento ante posibles brotes.

“El ISAV pertenece a la misma familia que el virus de la influenza humana y, como éste, tiene la capacidad de mutar y generar epidemias. Nuestro objetivo es identificar los marcadores de virulencia, como la proteína Fusión, que explican por qué ciertas variantes causan más daño que otras”, explica el Dr. Cortez. Estas mutaciones pueden aumentar la capacidad del virus para propagarse, burlar el sistema inmune o resistir tratamientos, lo que convierte su análisis en una prioridad para la sanidad acuícola.

A través de la modificación genética del virus en condiciones de laboratorio, los investigadores pueden observar cómo cambian sus propiedades y anticiparse a sus efectos antes de que una nueva variante cause daño en terreno. “Podemos incluso diseñar vacunas que se adelanten a variantes futuras, como una suerte de vigilancia molecular preventiva”, agrega el científico.

El equipo del Dr. Cortez trabaja en colaboración con expertas como la Dra. Yesseny Vasquez (Escuela de Medicina Usach) y la Dra. Margarita Montoya (Departamento de Biología), en un esfuerzo que va más allá del virus ISAV: busca fortalecer la virología como disciplina científica en Chile. “Somos pocos virologistas en el país y no existe una comunidad consolidada ni congresos especializados. Si queremos estar preparados para futuras pandemias, debemos invertir en ciencia, infraestructura y formación de nuevos investigadores”, señala.

En un contexto donde la salmonicultura chilena exportó más de un millón de toneladas en 2023, esta investigación se vuelve estratégica no solo para proteger una industria clave, sino también para posicionar a Chile como un referente en ciencia aplicada y vigilancia epidemiológica en ambientes acuáticos.

Cuando la biotecnología mira al pasado para salvar el presente

El equipo científico internacional logró un avance notable en biotecnología al replicar ciertas características del extinto lobo gigante (Canis dirus) mediante modificaciones en el ADN del lobo gris, su pariente más cercano. Aunque no se trata de una resurrección completa, como en la ciencia ficción, el experimento abre la puerta al uso de herramientas genéticas para fines de conservación. Desde Chile, expertos destacan el potencial de esta tecnología para proteger especies en peligro.

Miguel Allende, director del Instituto Milenio Centro de Regulación del Genoma, explica que la “recuperación parcial” consistió en insertar genes del lobo extinto en el genoma del lobo gris para recrear ciertos rasgos físicos, un proceso complejo pero técnicamente posible gracias a tecnologías como CRISPR. Juliana Vianna, investigadora en genómica evolutiva de la Universidad Católica y coordinadora del proyecto 1000 Genomas, detalla que se realizaron 20 modificaciones en 14 genes, logrando replicar características como el pelaje y la forma del cráneo del lobo gigante.

Ambos científicos coinciden en que el verdadero valor de estas técnicas radica en su capacidad para preservar la biodiversidad actual. Vianna subraya que no se trata solo de traer especies de vuelta, sino de prepararlas para sobrevivir en el contexto ambiental actual. El proyecto 1000 Genomas, que estudia especies chilenas vivas y amenazadas, busca precisamente secuenciar su información genética para diseñar estrategias de conservación más efectivas, incluyendo adaptaciones que les permitan resistir enfermedades o el cambio climático.

Allende no descarta que en el futuro cercano se puedan aplicar estas herramientas en especies emblemáticas chilenas, utilizando la edición genética para dotarlas de mayor resistencia. Aunque la desextinción completa sigue siendo improbable, los científicos chilenos ya están utilizando estas tecnologías para proteger el presente y futuro de nuestra biodiversidad. La ciencia, más que revivir el pasado, ofrece hoy una poderosa herramienta para cuidar la vida que aún nos queda.