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La ansiedad dejó de ser una excepción y se convirtió en una alerta cotidiana

Sentir ansiedad antes de un examen, una entrevista de trabajo o una entrega importante es una respuesta natural del organismo. El problema comienza cuando esa sensación deja de ser pasajera y se instala como un estado permanente. En Chile, esa realidad afecta a una parte importante de la población. Según el Termómetro de Salud Mental 2025, elaborado por la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) y la Pontificia Universidad Católica, el 25,8% de las 2.300 personas consultadas declaró experimentar ansiedad generalizada, convirtiéndose en el indicador de mayor prevalencia dentro del estudio.

Para Isabel Puga, psicóloga del Centro de Salud de la Universidad de Santiago, la ansiedad no siempre representa un problema. La especialista explica que, desde una perspectiva clínica, se trata de un mecanismo de supervivencia que permite al cerebro responder frente a desafíos cotidianos. “Desde el punto clínico es fundamental comprender que la ansiedad, en su esencia, es una respuesta vital. Imaginemos a nuestro sistema nervioso como un sofisticado centro de vigilancia. Y cuando enfrentamos un desafío cotidiano (como el plazo para una entrega, una dificultad laboral o una demanda académica), esta estructura se activa, libera energía y nos permite movilizar recursos para solucionar el problema”. En condiciones normales, esa activación desaparece una vez superada la situación estresante.

El escenario cambia cuando la ansiedad deja de responder a amenazas concretas y se transforma en un estado permanente de alerta. En esos casos, el cerebro comienza a interpretar estímulos cotidianos como si representaran un peligro constante, afectando tanto el funcionamiento emocional como el cognitivo. Según la académica, este proceso responde a una alteración en la comunicación entre la corteza prefrontal, encargada del razonamiento, y la amígdala, responsable de procesar las emociones, generando una sensación continua de amenaza que las personas no pueden controlar de manera voluntaria.

Las consecuencias de esa hipervigilancia se extienden mucho más allá de la preocupación constante. La especialista advierte que la exposición prolongada al estrés deteriora funciones esenciales del cerebro, afectando la memoria, la capacidad de concentración, la planificación y la toma de decisiones. A ello se suman manifestaciones físicas que suelen pasar desapercibidas, como dolores de cabeza persistentes, problemas gastrointestinales, alteraciones del sueño, irritabilidad y agotamiento generalizado, síntomas que muchas veces terminan normalizándose pese a ser señales claras de un trastorno que requiere atención.

Frente a este panorama, Puga sostiene que la primera tarea consiste en abandonar la idea de que la salud mental funciona separada del cuerpo. “No existe salud mental sin la física”, afirma la psicóloga, enfatizando que ambos aspectos forman parte de un mismo sistema. La especialista también advierte que existen señales que no deben ignorarse, como el aislamiento social, el abandono de actividades que antes resultaban placenteras, las crisis de pánico, las palpitaciones, la falta de aire, el insomnio profundo o la aparición de pensamientos de desesperanza. “Debemos poner alerta cuando la gente comienza a desarrollar conductas de evitación (dejando de ir al trabajo, se aísla de sus vínculos afectivos o abandona intereses que antes les generaban placer). Y cuando se presentan síntomas somáticos, como las palpitaciones, la falta de aire o el insomnio profundo o cuando aparecen pensamientos de desesperanza, estamos ante un punto de inflexión. Ahí la ayuda de especialistas es fundamental para que los sujetos tengan la capacidad para retomar el control de sus propias trayectorias de vida”, señaló.

Más allá del tratamiento individual, la académica considera que el desafío también es estructural. Si bien Chile cuenta con programas y políticas de salud mental, sostiene que el sistema sigue funcionando de manera reactiva y fragmentada. Para la especialista, la verdadera prevención pasa por fortalecer la coordinación entre salud, educación y trabajo, además de impulsar políticas que reduzcan el desgaste psicológico asociado al ritmo de vida actual. En un contexto donde uno de cada cuatro chilenos reconoce convivir con ansiedad generalizada, el reto ya no es únicamente atender los casos existentes, sino construir una cultura que proteja el bienestar mental antes de que el agotamiento se transforme en enfermedad.

Aguantarse la orina no es una buena idea

Con la llegada del invierno, salir de la cama o abandonar un espacio calefaccionado para ir al baño puede convertirse en una misión que muchos prefieren postergar. Sin embargo, ese hábito tan común como silencioso podría tener consecuencias para la salud. Especialistas advierten que retener la orina de manera frecuente no solo aumenta el riesgo de infecciones urinarias, sino que también puede alterar el funcionamiento normal de la vejiga y afectar la calidad de vida a largo plazo.

La ginecóloga de la Clínica Universidad de Chile Quilín, Libertad Méndez Núñez, explica que convertir esta práctica en una costumbre no es inocuo. “La retención voluntaria y habitual de la orina puede tener consecuencias negativas para la salud del sistema urinario. Aunque hacerlo de forma esporádica no suele causar problemas graves, convertirlo en un hábito sistemático puede”. Entre las principales complicaciones se encuentran el debilitamiento de los músculos del piso pélvico, el sobreestiramiento de la vejiga, una mayor probabilidad de desarrollar infecciones urinarias y alteraciones en la coordinación neuromuscular encargada del proceso de micción.

El problema, además, no distingue entre hombres y mujeres. El jefe de Urología del Hospital Clínico Universidad de Chile, Tomás Olmedo Barros, sostiene que “en este punto no hay diferencias entre hombres y mujeres” y que, en ambos casos, “no es recomendable aguantarse para ir al baño cuando se tienen deseos de orinar, porque puede aumentar el riesgo de infección urinaria o afectar el funcionamiento de la vejiga”. Aunque muchas personas normalizan este comportamiento durante jornadas laborales, viajes largos o días especialmente fríos, los especialistas coinciden en que la vejiga no está diseñada para soportar esa presión de manera reiterada.

Entonces, ¿cuántas veces al día es normal ir al baño? Según la doctora Méndez, la respuesta depende principalmente de la cantidad de líquidos consumidos y de factores como la actividad física o la temperatura ambiental. En términos generales, una persona sana suele orinar entre seis y ocho veces durante un período de 24 horas, considerando una ingesta cercana a los dos litros diarios. El consumo de café, té o alcohol también puede aumentar la frecuencia debido a su efecto diurético, mientras que superar las ocho micciones diarias de manera habitual o presentar síntomas asociados requiere una evaluación médica.

La necesidad constante de orinar tampoco debe ignorarse. Detrás de este síntoma pueden existir causas tan diversas como infecciones urinarias, vejiga hiperactiva, diabetes, embarazo, alteraciones prostáticas o cambios hormonales asociados a la menopausia. En las mujeres también es frecuente la polaquiuria, caracterizada por orinar muchas veces al día pero en pequeñas cantidades, condición que puede responder tanto a problemas urológicos como ginecológicos. Para los especialistas, cualquier cambio persistente en los hábitos urinarios merece atención profesional y no debería normalizarse.

Más allá de la incomodidad del invierno, el mensaje es simple: escuchar al cuerpo sigue siendo la mejor estrategia de prevención. Posponer ocasionalmente una visita al baño probablemente no traerá consecuencias, pero transformar esa decisión en una rutina sí puede afectar la salud del sistema urinario. Como recuerda la doctora Libertad Méndez, “Nunca es normal tener pérdidas de orina; puede ser esperable o frecuente, pero, sobre todo si afecta la calidad de vida, es importante acudir a consultar”.

El café podría estar ayudando a tu memoria

Para millones de personas, el día simplemente no comienza sin una taza de café. Está presente en reuniones de trabajo, jornadas universitarias, conversaciones entre amigos y hasta en las primeras horas después de una noche larga. En Chile, donde tres de cada cuatro adultos consumen café al menos una vez por semana, esta bebida se ha transformado en mucho más que un hábito: es parte de la cultura cotidiana. Pero detrás de su aroma y capacidad para mantenernos despiertos, la ciencia sigue descubriendo cómo influye realmente en nuestro cerebro.

Aunque muchas veces se habla del café y la cafeína como si fueran lo mismo, los especialistas advierten que existen diferencias importantes. Miguel Reyes, académico de la Escuela de Medicina de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago, explica que “la cafeína es el principal componente activo del café, pero el café tiene una serie de otros productos”. Esa diferencia es clave para entender por qué una taza de café no genera exactamente los mismos efectos que una bebida energética o un suplemento de cafeína.

A nivel cerebral, el café funciona principalmente como un estimulante. Según el investigador, “Tienen un efecto que se denomina técnicamente estimulante, pero fundamentalmente aumentan la vigilia y disminuyen el sueño. Aumentan también un poco la atención, aumentan la capacidad de concentrarse”. En otras palabras, el clásico espresso antes de una prueba, una reunión o una jornada intensa de trabajo tiene una explicación biológica concreta: ayuda al cerebro a mantenerse alerta y enfocado.

El impacto del café no termina ahí. Durante años, distintos estudios científicos han investigado su relación con la memoria y el envejecimiento cerebral. Los resultados han sido mayoritariamente positivos. Reyes sostiene que “se ha demostrado con bastante evidencia que el consumo de café es lo que se denomina neuroprotector. Es decir, disminuye, no muy significativamente, pero disminuye la probabilidad de desarrollar Alzheimer o Parkinson, por ejemplo”. Además, a corto plazo, la cafeína puede facilitar la retención de información y mejorar la capacidad de recordar datos específicos.

Sin embargo, el entusiasmo por el café también tiene límites. Como ocurre con casi cualquier sustancia, la dosis es determinante. El consumo excesivo puede generar efectos adversos, especialmente en personas con problemas cardiovasculares. Taquicardias, aumento de la presión arterial y complicaciones asociadas a arritmias son algunos de los riesgos que los especialistas observan cuando la ingesta supera niveles razonables. Por eso, quienes presentan trastornos del sueño o hipertensión deben prestar especial atención a sus hábitos de consumo.

Otro elemento que suele pasar desapercibido es que no todos los cafés son iguales. La variedad del grano, el tipo de tostado, el método de preparación e incluso la calidad del agua pueden modificar significativamente la cantidad de cafeína y otros compuestos presentes en cada taza. Además, el café contiene antioxidantes que contribuyen al funcionamiento general del organismo, un beneficio que no necesariamente se replica en productos altamente procesados. De hecho, Reyes advierte que el mayor cuidado debe estar puesto en las bebidas energéticas. “Yo diría que donde hay que tener particular cuidado con la cafeína es en las dosis contenidas en las bebidas energéticas, porque ahí las dosis sí son bastante altas. Ahí puede haber problemas, por ejemplo, a nivel cardiovascular”, concluyó.

En un país donde el café forma parte del paisaje diario, la evidencia científica parece confirmar una noticia que muchos querían escuchar: consumido con moderación, no solo ayuda a despertar. También puede convertirse en un aliado para la concentración, la memoria y la salud cerebral. La clave, como suele ocurrir, está en saber cuánto, cuándo y qué tipo de café estamos tomando.

El calor que no deja apagar la mente

Las noches de verano en Chile se han vuelto un campo de resistencia cotidiana. Cuerpos que giran sin encontrar postura, sábanas abandonadas a mitad de la madrugada, ventiladores funcionando como mantra y termómetros que se niegan a bajar de los 23 grados cuando ya pasó la medianoche. Dormir bien, en este escenario, dejó de ser un hábito automático para transformarse en un desafío de salud pública silencioso, pero persistente.

El problema no es solo la incomodidad. Según explica Daniel Sánchez, médico cirujano y director del Departamento de Promoción Integral de la Salud de la Universidad de Santiago, el descanso nocturno depende de un mecanismo fisiológico clave que el calor extremo interrumpe. “La evidencia científica demuestra que el inicio y mantenimiento del descanso nocturno dependen, en gran parte, de la capacidad del organismo para disminuir su temperatura corporal central, proceso que se ve dificultado cuando el ambiente es demasiado cálido”, advierte.

Desde la medicina, el rango ideal para dormir está claro. En adultos sanos, la temperatura ambiental óptima se sitúa entre los 18 y 22 grados. Fuera de ese margen, el cuerpo entra en conflicto. “En este rango se facilita la termorregulación normal del cuerpo y se favorece un sueño más profundo y continuo. Temperaturas por sobre los 24–25 °C se asocian a mayor número de despertares nocturnos, menor tiempo de sueño profundo y sensación de cansancio al día siguiente”, aclara Sánchez, poniendo cifras a una experiencia que muchos ya conocen en carne propia.

El entorno del dormitorio juega un rol decisivo. Ventilar durante la noche y evitar que el calor se acumule durante el día, usando cortinas o persianas, puede marcar la diferencia. “La utilización de ventiladores puede ayudar a disminuir la sensación térmica al favorecer la evaporación del sudor, siempre evitando el flujo directo sobre el cuerpo. Cuando se dispone de aire acondicionado, su uso moderado y regulado hacia el rango recomendado puede ser beneficioso”, explica el especialista, bajando la ansiedad tecnológica a un uso más consciente.

También hay detalles que suelen pasarse por alto y que influyen directamente en el descanso. “La ropa de cama y el pijama deben ser livianos y de fibras naturales, como algodón o lino, que permiten una mejor transpiración”, señala Sánchez. A eso se suma una práctica simple, pero efectiva: la ducha previa al sueño. “Favorece la vasodilatación periférica y la posterior pérdida de calor, facilitando la conciliación del sueño”, comenta el médico, desmontando el mito de que el agua fría es la única aliada contra el calor.

La alimentación y los hábitos nocturnos completan el mapa. Cenar liviano, idealmente dos o tres horas antes de acostarse, evitar el alcohol, la cafeína y las comidas muy condimentadas no es una recomendación estética, sino fisiológica. “Las comidas abundantes, el alcohol, la cafeína y los alimentos muy condimentados aumentan la activación metabólica y la temperatura corporal, lo que interfiere con el sueño, especialmente en noches calurosas”, detalla el profesional.

En este contexto, la higiene del sueño vuelve a cobrar protagonismo. Horarios regulares, menos pantallas antes de dormir y técnicas simples de relajación ayudan a bajar las revoluciones de un cuerpo que ya viene exigido por el calor. Y si aun así el descanso no llega, la recomendación es clara: consultar con un especialista. Dormir bien no es un lujo estacional, es una necesidad básica para la salud física y mental, especialmente en un país que enfrenta olas de calor cada vez más intensas y prolongadas.

El mito japonés que aún domina nuestras caminatas

Durante años, los dispositivos móviles y relojes inteligentes han incentivado a millones de personas a perseguir una cifra diaria casi mágica: 10 mil pasos. Convertida en símbolo de salud accesible y sin supervisión médica, esta meta ha sido replicada por aplicaciones, entrenadores informales e incluso campañas de bienestar. Pero ¿es realmente efectiva? Para el académico Alonso Peña Baeza, de la Escuela de Ciencias de la Actividad Física de la Universidad de Santiago, la respuesta no está en el número, sino en la constancia de un estilo de vida activo.

Peña Baeza explica que, aunque caminar es beneficioso, investigaciones recientes muestran que los beneficios asociados a la reducción de la mortalidad se estabilizan en torno a los 7.500 pasos diarios. Más allá de ese umbral, las ventajas tienden a ser mínimas. Por eso, enfatiza que no se trata de alcanzar una cifra exacta sino de incorporar la actividad física como parte habitual de la rutina diaria. La idea de los 10 mil pasos, agrega, no proviene de la ciencia sino del marketing: en 1965, una empresa japonesa lanzó un podómetro llamado Mampo-key, cuyo nombre significa justamente “medidor de 10 mil pasos”, lo que popularizó esta cifra como sinónimo de salud sin evidencia científica detrás.

En este contexto, el enfoque recomendado por la Organización Mundial de la Salud es más amplio: entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de ejercicio intenso, sumado a al menos dos sesiones semanales de fortalecimiento muscular. Caminar puede ser parte de este plan, pero no basta con contar pasos si no hay una integración consciente de la actividad en el día a día.

Los beneficios de caminar van más allá del control de peso. Según la Organización Panamericana de la Salud, ayuda a prevenir enfermedades crónicas como el cáncer, la diabetes y las afecciones cardiovasculares, además de reducir síntomas de depresión y ansiedad, y mejorar la salud cerebral. En niños, niñas y adolescentes, caminar promueve el desarrollo muscular, cognitivo y motor, además de fortalecer el sistema óseo.

Para quienes han estado inactivos por un tiempo, Peña Baeza propone una aproximación progresiva: comenzar con pausas activas en el trabajo, usar las escaleras, extender caminatas cotidianas o planificar salidas simples como recorrer museos o parques urbanos. Estas pequeñas acciones, integradas con regularidad, pueden cimentar el hábito de una vida más activa. A medida que se afianza este nuevo ritmo, es recomendable sumarse a talleres o actividades grupales como clases de baile o clubes deportivos, ya que el componente social suele aumentar la adherencia y el disfrute.

En definitiva, caminar sí ayuda, pero no basta con alcanzar una cifra arbitraria. Lo esencial es moverse todos los días, con intención, adaptándose a cada etapa de la vida, y reconociendo que la salud no se mide solo en pasos, sino en cómo elegimos movernos y vivir.