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El boom chileno del anime más allá del fandom

El anime ha dejado de ser un nicho para convertirse en una industria global con una influencia que trasciende generaciones y geografías. Un estudio de Dentsu para Variety reveló que el 50% de las personas entre 12 y 44 años consume anime regularmente, especialmente entre millennials y Gen Z. Su popularidad se explica por su originalidad narrativa, la diversidad de géneros y un renovado interés por la cultura japonesa, en contraposición con la creciente fatiga hacia los contenidos más predecibles del cine hollywoodense. De hecho, el 29% de los fans de anime en EE.UU. declararon sentirse agotados por las producciones tradicionales.

El mercado mundial del anime, valorado en 24 mil millones de dólares, podría alcanzar los 43 mil millones para 2027. En Chile, su arraigo es profundo y particular. Según Oriel Rodríguez, académico de la Usach y traductor de japonés, este fenómeno comenzó a gestarse a fines de los años 70 con la emisión de series como Mazinger Z o La Abeja Maya en televisión abierta, lo que introdujo a varias generaciones —incluyendo a padres y abuelos de los actuales fanáticos— al universo animado japonés. A diferencia de otros países latinoamericanos, Chile vivió una recepción intergeneracional y continua del anime, un fenómeno atípico que se fortaleció en la década del 80 gracias a la importación de series baratas que rotaban en bloques infantiles como Pipiripao.

Este contexto local se entrelaza con la cultura nacional de consumo narrativo: las teleseries. Rodríguez explica que el gusto chileno por las historias de largo aliento, donde el desenlace se construye lentamente episodio tras episodio, conecta perfectamente con la estructura serializada del anime. En lugar de historias autoconclusivas como en los cartoons occidentales, el anime propone una continuidad emocional que el público chileno ya apreciaba.

Con la llegada de internet y más tarde de los smartphones, el fandom se expandió. Las personas comenzaron a descubrir que no estaban solas en su pasión por la animación japonesa, y se consolidaron comunidades online, foros y páginas especializadas. Este acceso masivo cambió por completo las reglas del juego, tanto para el consumo como para la producción. Japón lo entendió y transformó al anime en un estandarte cultural que hoy marca presencia en merchandising, música, videojuegos y cine.

La fascinación por el anime ya no es solo una tendencia, sino un espejo cultural donde generaciones conectan, se identifican y construyen comunidad. Desde la nostalgia hasta el hype contemporáneo, Chile es prueba viva de cómo la animación japonesa dejó de ser un pasatiempo para convertirse en parte del ADN visual y emocional de su gente.

El impacto cultural y económico del anime en Japón y su controversia en Chile

El presidente chileno Gabriel Boric generó debate en redes sociales tras referirse a la influencia del anime japonés en su vida, mencionando clásicos como Capitán Tsubasa, Dragon Ball y Caballeros del Zodíaco, así como el juego Pokémon Yellow. Boric confesó que, aunque en su juventud estas animaciones y videojuegos marcaron su infancia, actualmente se inclina más por la literatura japonesa. Sus declaraciones fueron rápidamente criticadas por algunos sectores en Chile, que consideraron sus palabras como frívolas o irrelevantes frente a temas políticos y diplomáticos de mayor importancia.

Sin embargo, lejos de ser un desacierto, las palabras del mandatario tienen un eco muy distinto en Japón, donde el anime es una fuente de orgullo nacional y un componente cultural fundamental. Prueba de ello fue cuando en 2018 Shigeru Ishiba, entonces Primer Ministro, inauguró un museo dedicado a Dragon Ball Z disfrazado de Majin Boo, una muestra clara del valor simbólico que el anime tiene en la sociedad nipona. Además, para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, Gokú, junto a otros personajes emblemáticos como Sailor Moon y Naruto, fue nombrado embajador cultural para promover la identidad y atractivo de Japón en el mundo.

Riko Iizumi, académica experta en cultura japonesa de la Universidad de Santiago, explica que el anime forma parte central de la estrategia “Cool Japan” que desde 2013 busca difundir la cultura japonesa globalmente, estimulando no solo el turismo, sino también el aprendizaje del idioma y la difusión de otros productos culturales y comerciales nipones. Según Iizumi, el anime no solo entretiene, sino que también transmite valores culturales y mensajes profundos tanto para niños como para adultos, un aspecto que a menudo se subestima en Chile, donde algunos reducen esta cultura a la etiqueta de “otaku” sin entender su complejidad y alcance.

La especialista también destaca el impacto económico que el anime genera en Japón, con gobiernos locales invirtiendo en festivales y museos que atraen a miles de fans internacionales. Estos visitantes realizan verdaderos “peregrinajes” para conocer lugares emblemáticos del anime, contribuyendo a la economía local. No obstante, señala que esta masiva afluencia a veces supera la capacidad de los municipios para atender a tantos turistas.

Así, mientras en Chile las palabras de Boric provocaron debate y críticas, en Japón reflejan la profunda conexión cultural y el papel que el anime juega como símbolo y motor social, económico y diplomático en la era moderna.