En medio de una rutina marcada por el agotamiento, las jornadas extensas y las dificultades para descansar, la siesta vuelve a instalarse como una pausa necesaria para recuperar energía. Sin embargo, dormir durante el día no siempre significa descansar mejor. Según la duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, un 18,5% de las personas encuestadas presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, mientras que el insomnio moderado a severo aumentó del 8,6% al 14,3%, su nivel más alto desde agosto de 2021.

Frente a este escenario, la neurociencia plantea que la siesta puede ser una herramienta útil, siempre que se utilice de manera adecuada. Roberto F. Vera Salazar, profesor asociado de FACIDEM de la Universidad de Santiago, explica que “la siesta es una conducta fisiológica normal y, en determinadas circunstancias, una herramienta útil para recuperar la alerta”. El problema aparece cuando dormir durante el día deja de ser una pausa ocasional y se transforma en una necesidad cotidiana para poder funcionar, especialmente si se extiende demasiado y termina afectando el descanso nocturno.

Entonces, ¿cuánto debería durar una siesta? La respuesta no es universal. El académico señala que “no existe una duración ideal para todo el mundo”, ya que depende de factores como las horas de sueño de la noche anterior, el momento del día y el objetivo de ese descanso. Para quienes buscan recuperar rápidamente la atención sin despertar con una sensación de pesadez, recomienda que “una siesta breve de unos 10 a 20 minutos suele ser una buena opción”.

Pero el beneficio de dormir durante el día no se limita a reducir el cansancio. También existen investigaciones sobre su relación con la memoria y el aprendizaje. Un estudio de Leong y colaboradores, publicado en 2023 en la revista Sleep, observó que las siestas de 10, 30 y 60 minutos mejoraron el estado de ánimo y redujeron la somnolencia en adultos jóvenes. Sin embargo, solo el descanso de 30 minutos produjo una mejora significativa en la codificación de información nueva frente a quienes permanecieron despiertos. Para Vera, “la conclusión es que una siesta no es solo un paliativo del cansancio, porque puede favorecer ciertos procesos de memoria. Pero tampoco es una fórmula para aprender más en cualquier circunstancia”.

Uno de los problemas más comunes después de despertar es esa sensación de confusión, lentitud o aturdimiento que dificulta retomar las actividades. Este fenómeno se conoce como inercia del sueño y corresponde a un período transitorio en el que el cerebro todavía no recupera completamente su estado de alerta. El especialista explica que “Desde el punto de vista neurofisiológico, despertar no es como encender una luz”, porque los sistemas cerebrales relacionados con la vigilia necesitan tiempo para reorganizarse después del descanso.

Para reducir ese efecto, la recomendación es probar siestas de entre 10 y 20 minutos, idealmente durante las primeras horas de la tarde, y dejar un margen antes de realizar actividades que requieran concentración. La exposición a la luz natural y caminar un poco después de despertar también pueden ayudar a recuperar la alerta. En determinados casos, el consumo de cafeína antes de una siesta breve podría disminuir el aturdimiento posterior, aunque no se trata de una estrategia adecuada para todas las personas.

La clave está en entender que la siesta puede complementar una buena rutina de descanso, pero no reemplazarla. Si dormir unos minutos durante el día permite recuperar energía y no afecta el sueño nocturno, no necesariamente representa un mal hábito. Sin embargo, cuando el cansancio persiste y obliga a dormir diariamente para sobrellevar la jornada, conviene investigar qué está ocurriendo durante la noche. Como concluye Vera Salazar, “Si necesita dormir durante el día para sobrellevar un cansancio persistente, la pregunta importante no es cómo optimizar la siesta, sino por qué no está descansando bien durante la noche”.