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El cabello como territorio de resistencia


En Chile, el cabello también es territorio político. María Gabriela Palma lo sabe y lo trabaja con las manos, la palabra y la paciencia de quien entiende que peinar no es solo estética, sino historia viva. Peluquera autodidacta especializada en cabellos con curvatura, rizados y crespos, su recorrido cruza migración, comunidad y una herencia afrodescendiente que en este país aún incomoda, se exotiza o se intenta domesticar. Desde su home studio y los espacios culturales que ha logrado habitar, María Gabriela propone algo simple y radical a la vez: que los cuerpos negros existan sin pedir permiso.

Llegó a Chile hace siete años, luego de un tránsito previo por Australia, con una maleta cargada de ideas y el pelo corto como gesto de reinicio. Desde entonces, cuatro de esos años los ha dedicado a trabajar activamente con comunidades afrodescendientes en el territorio. “Mi experiencia ha sido bastante reflexiva y de mucho aprendizaje, sobre todo en otros cuerpos y otras historias”, cuenta. En ese cruce, la estética se vuelve lenguaje común, incluso entre personas de distintos países. “Así no seamos del mismo país, podemos conectar a través de la estética y el cabello”, dice, marcando un punto clave de la diáspora africana en Chile: la comunidad se arma en el hacer.

No romantiza el proceso. Ser mujer, afrodescendiente y migrante implica abrir conversaciones incómodas en un país que muchas veces prefiere evitarlas. “Uno de los mayores desafíos como persona afrodescendiente en este territorio podría ser iniciar conversaciones incómodas”, explica, sin caer en el relato del país hostil, pero tampoco en la negación. El racismo, la discriminación y las microagresiones aparecen de forma cotidiana, especialmente en el mundo laboral, donde el cabello afro aún es leído como “desordenado” o “no profesional”. Frases como “¿no te vas a peinar?” o “no vengas con ese cabello a trabajar” siguen circulando, minando la autoestima desde lo pequeño.

La falta de representación es otra barrera persistente. María Gabriela es clara: no es común ver personas negras en la televisión chilena ni en campos laborales visibles. “No es constantes, no es que yo vea gente negra en la televisión o campos laborales”, afirma. Esa ausencia refuerza prejuicios y limita referentes, especialmente para las infancias afrodescendientes. Por eso su trabajo no se queda en el salón. Ha llevado su cuerpo y su emprendimiento a espacios como el Centro Cultural Gabriela Mistral, ferias afrodiásporicas y encuentros en Arica convocados por la única Oficina de Desarrollo Afrodescendiente del país, donde hablar de cabello es también hablar de racismo, historia y dignidad.

Su propuesta artística y laboral dialoga directamente con su identidad. Para ella, trabajar con estética es trabajar con autoestima. “Siempre he pensado que trabajar con estética es trabajar directamente con autoestima”, señala. Define la belleza negra como autocuidado, constancia e innovación, y entiende el cabello como un acto de afirmación política. “Cada vez que veo una mujer negra utilizando su cabello como objeto político de statement es súper poderoso”, dice. No se trata de imponer una forma, sino de habilitar la elección y el bienestar en cualquier espacio.

La discriminación, aclara, no siempre llega como un portazo. A veces es exotización, hipersexualización o comentarios que parecen halagos pero cargan prejuicio. “Eso todo está mal”, resume, apuntando a una mirada ajena que proyecta estereotipos sobre cuerpos que no se ajustan a la norma. Frente a eso, su respuesta ha sido selectiva y colectiva: elegir con quién relacionarse, construir comunidad y sostenerse económicamente desde un emprendimiento que valida las texturas y las historias.

El cierre de su relato no es una consigna abstracta, sino una invitación directa, especialmente a las nuevas generaciones. A las infancias y juventudes afrodescendientes les dice que sigan buscando su luz, que la belleza se reconoce de a poco y que equivocarse también es parte del camino. Y a la sociedad chilena, el mensaje es claro: “Empiecen a conversar, con el corazón abierto”. Salir de la burbuja, escuchar otros cuerpos y entender que la salvación no es individual, sino colectiva. En un país que aún aprende a mirarse diverso, María Gabriela sigue trenzando resistencia, identidad y futuro, mechón por mechón.

Cuando el beat se vuelve raíz

Mariana Villafaña Brito tiene 43 años, nació en Santo Domingo, República Dominicana, y lleva 23 viviendo en Chile. Su nombre artístico, Étnika Beats, no es un alias de marketing ni una pose estética: es una declaración identitaria. DJ, curadora sonora y figura de la electrónica alternativa, su historia cruza migración, duelo, racismo, autogestión y una búsqueda espiritual constante, todo atravesado por una herencia afrodescendiente que se manifiesta en ritmo, energía y memoria corporal. Desde la pista de baile hasta la vida cotidiana, Mariana encarna una diáspora africana que no siempre encuentra espacio, pero que insiste en hacerse escuchar.

“Yo no soy la típica tropicalonga”, dice sin rodeos. “Vengo más del lado alternativo… me gusta el rock, soy romántica en el tipo de música”. En un país que suele encasillar los cuerpos negros en estereotipos festivos o folclorizados, su propuesta rompe el molde: electrónica progresiva, tribal, melódica y etérea, pensada como experiencia emocional más que como consumo rápido. “Provoco a las personas a que sean auténticas en la pista… llegar al corazón y hacerlo vibrar”, explica. Para ella, la música no es solo sonido: es transmutación, karma, sensualidad y memoria compartida.

Su llegada a Chile en 2002, poco después del atentado a las Torres Gemelas, marcó el inicio de una vida atravesada por reinicios constantes. Matrimonio, pérdidas familiares profundas, trabajos fuera del circuito artístico, emprendimientos gastronómicos truncados por el terremoto del 27F, separaciones y duelos que se acumulan. La música aparece como refugio y como lenguaje cuando todo lo demás se cae. “La música me reconectó con gente que yo no conocía… yo decía: esta es mi tribu, mi familia está aquí”. Así nace Étnika Beats, bautizada tras la muerte de su profesor de tornamesa, en un gesto íntimo que une memoria, herencia y creación.

Ser mujer afrodescendiente en Chile, sin embargo, no ha sido un camino amable. Mariana lo dice con calma, pero sin minimizarlo: “Fui prejuiciada mucho tiempo. Desde que llegué a Chile me pasaron muchas historias cuáticas”. Habla de bullying, acoso laboral, abusos de poder y comentarios racistas directos: “Esta negra te está robando la pega”. Episodios que no siempre encontraron respaldo institucional y que hoy observa con distancia crítica. “Recién ahora hay leyes… de haber sabido antes, hubiera demandado”. Aun así, decide no habitar el rencor: “Lo que no aporta, ¿para qué lo voy a tomar?”.

En la escena musical, las barreras son más sutiles pero persistentes. La inclusión muchas veces llega como cuota o tendencia pasajera. “Ahora que estamos de moda, quieren poner un afro por aquí y por allá”, dice, cuestionando la lógica superficial de la diversidad sin transformación real. Para Mariana, el problema no es la visibilidad, sino la falta de profundidad: “Cuando se muestra, tiene que ser real, real, real. La autenticidad es lo que conlleva energía”. Su negativa a “venderse como producto” la ha dejado fuera de ciertos circuitos, pero también le ha permitido sostener una ética propia basada en la energía, el respeto y la coherencia.

Su herencia afrodescendiente no es solo un origen, es una fuerza vital. “Nosotros somos una raza importante… aportamos una esencia única”, afirma. En su visión, la diáspora africana no es pasado, sino presente activo que debe integrarse en la educación, la cultura y los espacios públicos. “Tienen que integrarlo en escuelas, universidades, ferias, espectáculos, para que no se pierda”. En un Chile que aún debate su diversidad, Mariana insiste en mirar más allá de la burbuja: “Que salgan más, que vean más. Hay mucha ignorancia porque no ha habido roce social”.

Hoy vive en Rancagua, se define como su propia empresa y como una “alumna constante”. Reconoce sus contradicciones, su lucha con el ego, su tendencia a apagarse para no incomodar. “No sé el valor que tengo ni la luz que tengo”, confiesa. Pero cuando sube a la cabina, todo eso se ordena. Étnica no es un personaje: “Es la esencia del ser… entregar energía a la pista siempre”. Sus sets son viajes emocionales donde la gente, dice, “siente lo que no sabía que quería escuchar”.

El cierre de su relato no mira hacia atrás, sino hacia quienes vienen creciendo en un país que aún debe aprender a mirarse diverso. Su mensaje es directo y sin adornos: “Que respeten su poder y su autenticidad. Que no permitan que nadie les venga a ningunear su manera de expresarse… hagan todo lo que les haga feliz”. En un contexto donde la diáspora africana sigue luchando por reconocimiento real, Mariana Villafaña —Étnika Beats— demuestra que resistir también puede ser bailar, vibrar y existir sin pedir permiso.